#ElEspejo/La UNAM, el patriarcado, el machismo, el #8M y el Paro Nacional de Mujeres. Autor: Iván Uranga

¿Vas con las mujeres? ¡No olvides el látigo!
Friedrich Nietzsche

Si asumimos que el machismo es el origen de la violencia hacia las mujeres, para poder erradicarlo primero debemos entender qué es el machismo.

Dice el Dr. Enrique Graue, rector de la UNAM, en su mensaje dirigido a las mujeres en días pasados que “la desigualdad y la violencia de género tienen raíces profundas en todos los ámbitos de la sociedad conformando una estructura históricamente opresiva, que ha violentado, discriminado y excluido a las mujeres, este andamiaje de desigualdad y violencia se agrava ante la impunidad de los perpetradores, la indefensión, la revictimización de las agraviadas y la lenta y con frecuencia insuficiente respuesta de las autoridades. Hay que reconocer la valentía de la generación que hoy se alza en nombre de todas las que vinieron antes, sus voces de protesta se han hecho escuchar con firmeza, y encabezan una nueva y vigorosa ola de transformación; sus manifestaciones que en ocasiones nos pueden parecer intransigentes y radicales, pero las causas por las que luchan están llenas de verdades y dignidad…lo verdaderamente importante es que ellas están apresurando transformaciones imperiosas y necesarias para poder lograr vivir con paz, igualdad y justicia, hay que entenderlas como un llamado de urgencia que debe ser escuchado y entendido en toda su dimensión. La sociedad no puede esperar y la comunidad universitaria tampoco, debemos entender que las mujeres ya han esperado hasta límites inaceptables, con un costo irreparable para miles de ellas”.

¿Por qué parto del análisis del rector de la UNAM?, porque si el responsable de nuestra máxima casa de estudios no entiende la problemática, difícilmente podemos pedirle a un político con mínimos estudios sobre el área como López Obrador entienda y encabece la solución a un problema que va mucho más allá de su ámbito de gobierno.

Fuimos iguales.

Lo primero que debemos entender es que no siempre vivimos en condiciones de desigualdad de género como especie; un estudio reciente de la Universidad de Londres demostró que en las tribus prehistóricas los hombres y las mujeres tenían la misma jerarquía. El descubrimiento contrasta con la imagen que muchos tienen de los cavernícolas como machos dominantes. Esta igualdad de género era una ventaja para la supervivencia durante toda nuestra época de nómadas como especie, porque a diferencia de nuestros parientes más cercanos, los monos, cuyas crías son independientes una vez que acaba el amamantamiento, los bebés humanos necesitan mucha atención. Necesitan tanto de la inversión de la madre como del padre, por eso en las sociedades cazadoras recolectoras, las familias tienden a tener un solo hijo y se mueven de un grupo a otro dependiendo sus necesidades.

Las sociedades de cazadores recolectores, hombres y mujeres tenían la misma influencia sobre las decisiones grupales en torno a dónde vivir y con quién.

Eso hace a la igualdad, porque la madre sola no puede sostener a su hijo. Pero no solo necesitan a ambos padres sino también a sus dos familias, para poder moverse entre los campos de ambas, dependiendo de las necesidades del momento.

Por esta razón, el hecho de que sean sociedades igualitarias, hace más fácil la crianza de los niños y asimismo, la equidad garantiza la cooperación y siempre el número de individuos relacionados en un grupo es menor cuando los hombres y mujeres tienen la misma influencia. Esto obliga a la comunidad a expandir su círculo de conexiones y desarrollar su capacidad de cooperar con otros individuos no vinculados por lazos de familia rompiendo con la estructura de clanes (sanguínea) y creando sociedades más sanas, porque te ofrece una red social más amplia con más opciones para elegir compañeros, y así la endogamia (reproducción con parientes) deja de ser un problema.

Cuando solo los hombres tienen influencia sobre con quién viven, el centro de sus comunidades es una red densa de hombres estrechamente relacionados (hermanos), con sus esposas en la periferia, lo mismo pasa con el matriarcado pero si los hombres y las mujeres deciden, no tienen entonces grupos de cuatro o cinco hermanos o hermanas viviendo juntos.

El desequilibro apareció hace apenas 10 mil años de los 40 mil que tenemos como especie, con el sentido de propiedad y la acumulación del capital, es decir, una vez que empiezan a tener tierras y a acumular recursos, pudieron crear alianzas, pelear por el territorio y tener múltiples esposas, ya que disponían de recursos para alimentar a familias múltiples. Cuando estas sociedades primitivas dejaron de cazar y, a cambio, comenzaron a sembrar, cosechar y acumular recursos, en ese momento los hombres empezaron a tener más poder, por su nivel de influencia en la procuración y acumulación de alimentos, al punto de dejar de cooperar con la crianza y cuidar a los niños, tema que quedó en manos de las mujeres hasta el día de hoy.

La propiedad y acumulación trajo consigo la necesidad del gobierno que surge bajo 3 necesidades básicas que continúan hasta la fecha: La distribución del trabajo, para que no todos hagan los mismo, la administración del excedente económico para garantizar el mayor beneficio a los dueños de la acumulación y el control y represión de los no propietarios.

Bajo esta premisa la mujer dejó de decidir sobre su vida y se convirtió en un bien de consumo que podía ser comprada como objeto, por lo que podemos afirmar que el machismo y el capitalismo tienen la misma fecha de nacimiento.

El patriarcado

A partir de ahí los hombres heredan el poder por medio de líneas paternales. Los hijos varones han sido los que obtenían el poder de sus padres. Aunque existen casos en los que el poder era obtenido por línea materna, el poder recaía sobre la hija de mayor edad, aun con eso, las mujeres seguían siendo las que tenían que cambiar de tribu en caso de matrimonio y quien ejercía el control en la escena doméstica normalmente era el hermano de la madre. Es decir a falta de un padre a cargo del patriarcado, es el tío hermano de la madre quien asumía ese rol.

Los dueños de la acumulación se veían amenazados por la sobrepoblación y la escasez de recursos de los no propietarios. Por lo que rentaron y se valieron de la fuerza masculina para hacer la guerra y para contrarrestar el poder reproductivo de las mujeres y, de este modo, evitar la superpoblación y las consecuencias de la fertilidad sin restricciones. Los peligros de la superpoblación para ellos eran mucho mayores que el peligro de una guerra. La fertilidad de las mujeres de otras tribus se veía como peligro incluso en su niñez.

La guerra contribuyó a la regulación de la población de dos maneras. Primero, condujo a la dispersión de grupos enemigos, los cuales se iban en busca de nuevas tierras con recursos aún no explotados; segundo, proporcionó la motivación y la justificación para criar más hijos que hijas. La práctica del infanticidio y la guerra fue una victoria extraordinaria, aunque muy sombría, sobre la amenaza de la sobrepoblación.

En las tribus y sociedades guerreras, los hombres eran los principales combatientes. En estas circunstancias, la fuerza y la altura de los hombres adquirió una importancia crítica. El éxito militar y la supervivencia dependían del número de hombres agresivos y musculosos aptos para combatir y arriesgar sus vidas. Para prepararlos para el combate se recurrió a sistemas de castigos y recompensas. Aquellos que superaban las pruebas eran recompensados con mujeres. De este modo, los hombres formaron núcleos en los que se intercambiaban mujeres para establecer alianzas militares adquiriendo el control sobre los recursos de la comunidad. Cuando las sociedades de bandas y aldeas se convirtieron en estados expansionistas, la guerra dejó de ser efectiva para frenar el crecimiento de la población. Aun así, el infanticidio continuó en las nuevas sociedades “civilizadas” como medio de planificación familiar.

En lo personal no hace muchos años, me tocó trabajar en una comunidad en Centroamérica que había sido desplazada 3 veces por la guerra, así que cada vez que nacía un tercer hijo o hija la mataban, bajo la lógica de que si tenían que salir huyendo sólo podían cargar con un hijo cada quien y no querían que el ejército les matara a un hijo o hija que ya quisieran.

La visión occidental siempre ha sido la de culpar a las mujeres de las presiones demográficas, por lo que se ha usado el castigo contra ellas cuando se cometían errores reproductivos. Por ejemplo, el aborto no surge como una medida voluntaria por las mujeres, en un principio los abortos provocados eran impuestos por los hombres, situación que sigue sucediendo en la actualidad. A medida que la tecnología militar se vuelve cada vez más informatizada y el combate mano a mano se vuelve obsoleto, pareciera que ya no es necesario el género para la guerra, pero se sigue usando la carga de violencia incrustada en la genética masculina como detonante para matar.

El macho en México

En nuestra cultura el macho debe ser un hombre heterosexual, promiscuo y violento, que debe ser reconocido públicamente por estas características, esta imagen fue generalizada después de la revolución gracias al cine y posteriormente a la televisión. Se vendió la idea de que para ser mexicano se debía ser “muy macho” y que por ser macho tenía el derecho a poseer mujeres ya fuera “conquistándolas”, robándolas o tomándolas por la fuerza (como si fueran trofeos de guerra), esta imagen del macho mexicano fue altamente fomentada por todos los medios hasta principios de los años 60. Cuando aparecen las primeras resistencias y la fuerza del movimiento estudiantil que tiene como principal logro el posicionamiento del pensamiento femenino por primera vez en la historia de México como fuerza política.

Pero la fuerza del pensamiento femenino se veía sistemáticamente atacada por la prostitución permanente por parte de los medios y las empresas de la figura femenina, desde la publicidad basada en su figura y su sexualidad, hasta el auge de la pornografía y el cine de ficheras, en donde se construyó que todas la mujeres podían ser compradas y usadas, por lo que hoy miles de hombres y mujeres consideran el cuerpo de la mujer un instrumento de intercambio. Con la aparición del neoliberalismo llegó la gran industria del narcotráfico con toda su cultura, en donde las mujeres nuevamente se les usa como trofeo y con la aparición masiva de las armas de fuego en todas las comunidades, el uso de la fuerza es lo común para abusar de las mujeres; también llega el internet y la facilidad de acceso sin restricción a millones de imágenes y videos en donde se pueden ver a mujeres prostituidas y violentadas, construyendo en la consciencia colectiva de las nuevas generaciones la idea de que si tienes la fuerza o el dinero suficiente puedes tomar lo que quieras con la salvedad de que quedarás totalmente impune.

Sí hay salida

Cuando el rector Graue afirma que es “lenta y con frecuencia insuficiente respuesta de las autoridades” la verdad es que en la práctica ha sido inexistente, cuando reconoce “la valentía de la generación que hoy se alza en nombre de todas las que vinieron antes… encabezan una nueva y vigorosa ola de transformación… lo verdaderamente importante es que ellas están apresurando transformaciones” después de 10 mil años no parece que ellas apresuren nada, sino que el Estado y sus instituciones han retrasado las transformaciones por demasiado tiempo, y cuando afirma que “debemos entender que las mujeres ya han esperado hasta límites inaceptables, con un costo irreparable para miles de ellas” son millones las que han muerto por esta práctica y millones las que su integridad está en riego en este momento.

El principal problema es que la cultura machista está presente en millones de mexicanas y mexicanos, incluso muchas de las personas e instituciones que ahora se muestran como defensoras de la mujer son altamente machistas, desde la iglesia católica, los partidos políticos, y las organizaciones empresariales por lo que creo que la principal demanda de las movilizaciones del 8 y 9 de marzo de 2020 debe ser el respeto irrestricto de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, no sólo en el tema del aborto sino y mucho más importante el de su integridad mental y física, es decir, no sólo es la defensa de su vida, sino mucho más importante la defensa de su dignidad humana.

Y si verdaderamente queremos parar los feminicidios debemos de dejar de formar machitos valientes y princesitas en casa,  acabar con la impunidad, regular completamente la publicidad evitando usen a la mujer y el sexo como mercancía, eliminar de nuestra cultura la música, películas, series y todo alrededor de la cultura del asesinato, el narcotráfico y la violencia sexual, guardar al ejército en sus cuarteles, pero sobre todo crear colectivos humanos de solidaridad y respeto en cada comunidad.

La vida es una construcción consciente.
Iván Uranga.
@CompaRevolución
iuranga@cnpm.mx

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