El pozo. Capítulo 3. Por: Alejandro Marengo Pérez Duarte

Imagen ilustrativa. Foto: Nachitron Castellanos Balderas.

-¿El tiempo perdido  se recupera en relatos sobre lo que aconteció? ¿El tiempo se dirige a alguna parte? Estas palabras buscan atrapar un fragmento del presente de un pueblo olvidado en México.-

  Pregonaba para si mismo  el policía del pueblo  que guardó la nota  del suicida, entonces redactó en su máquina de escribir  sus reflexiones mientras servía su café de un objeto casi inservible :  su cafetera. En aquel olvidado pueblo solo existían un máximo de cinco  policías para incontables habitantes, así que la supervisión era muy escasa y los problemas regularmente los resolvían los que los originan entre si; la justicia   la administraban los habitantes, los policías solo querían cobrar su mísero salario sin morir como los demás:  rápidamente y en algún conflicto violento. El policía escribió en su vieja máquina de escribir sobre sus hojas en blanco mientras se dedicaba a extinguir la jornada laboral:

-Ninguna escritura atrapa el tiempo, uno escribe por suponer que existe un sentido profundo en el  lenguaje, uno supone que el lenguaje que uno produce es tan nítido que nadie lo malinterpretará; uno es un imbécil que supone que sabe, uno escribe imaginando un sentido en los relatos que no encuentra en la realidad. Esta escritura parece que la elabora un loco que perdió el sentido común ; ni siquiera podía atrapar el presente en esta historia.  Persiste mi interés por escribir porque diferentes individuos del pueblo se han ido a suicidar junto al pozo de la iglesia.

Los habitantes refieren que el pozo tiene una maldición metafísica e histórica pero mi escepticismo y formación me impiden creer tales bagatelas y fantasías. Algo sucede en los habitantes de este pueblo cada día más deshabitado, el pueblo se está convirtiendo en un cementerio olvidado, la gente no sale de sus casas después de las siete de la noche. Es como si se encerraran para protegerse de la obscuridad. El  peligro consiste en padecer: asaltos, violencia, acercarse a las autopistas y a las ciudades podía ser un infierno aún peor para muchos, vivir es una necesidad a la que fuimos arrojados, no una alegría porvenir. Aquí la vida no vale nada, me rehúso a creer las supersticiones de esa gente mística que supone un caprichoso Dios olvidó este lugar.

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¡Las campanas de la iglesia suenan y mi desesperación aumenta sin motivo alguno! ¿Por quién doblan las campanas cuando hace años no dialogas contigo mismo sobre la eternidad ni dialogas con nadie en la obscuridad de la noche? ¿Por qué siento que me llaman  sí yo no creo ni en mí?

¿Qué clase de imbécil poético fue el último suicida? Se imaginaba que Dios era un pintor aburrido de sus creaciones, supongo el sujeto se consideraba uno de esos lienzos que el pintor destruye en un ataque de ira cuando la obra de arte se malogra. Los suicidas quizás sean los cuadros que el pintor Dios destruye a golpes cuando el artista no está de humor.

La creación es una mala broma, la vida solo tiene dos posibles reacciones finales: el llanto o la risa; y a mí me causan conmoción estos risueños suicidas que se toman su muerte como un final para una mala broma. Me los imagino sonriendo disfrutando de tomar el control de su propia muerte antes de que la materia orgánica haga su trabajo dejando de existir. Quizás estos suicidas disfruten imaginando que derrotan de algún modo a la muerte anticipándose. –

Entró al cuartel un uniformado que ni siquiera saludo a su compañero. El polizonte finalizó sus divagaciones escritas, sus impresiones sobre los suicidas de pueblo. Desde luego buscaría perder el tiempo en alguna otra cosa antes que andar paseando por las noches; le parecía muy sospechoso que la poca gente que quedaba en el  pueblo no saliera de su casa después de las siete de la noche sin que ninguna autoridad lo instruyera así. – La noche de este pueblo no puede ser sospechosa – , se repetía para tranquilizarse a si mismo.

@ampd31

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