El pozo. Capítulo 7. Autor: Alejandro Marengo Pérez Duarte

Imagen ilustrativa. Foto: Nachitron Castellanos Balderas.

Después de obtener la evidencia del hundimiento moral de su sociedad cualquier especulación sobre lo demoniaco y lo maligno de la condición humana no es del todo imprecisa.

El policía letrado acudió a la iglesia un domingo por la mañana, solo dos personas estaban sentadas al interior del lúgubre templo de piedra. Todo en el pueblo parecía abandonado y olvidado inclusive durante el día. La neblina descendió dando la impresión que en este pueblo solo existen penumbras.

Después del discurso del sacerdote; al finalizar el rito, el policía trato de aproximarse para intercambiar algunas percepciones sobre los horrores que su perturbada alma no soportaba atestiguar.

Le dijo al sacerdote: -¿Padre, me puede otorgar la confesión?

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El sacerdote lo miró y le respondió: -Sí, hijo mío, cuéntame tus pecados, ¿cuánto tiempo tiene que no vienes a buscar a Dios?

-Mucho tiempo, padre; creo estar maldito, condenado, y que el pueblo lo está también. Parece como si los demonios estuvieran sueltos y está existencia fuera el infierno de otro mundo como Huxley escribió.

-¿Hijo mío, consumiste drogas? Preguntó el sacerdote con serenidad.

-¿Usted no sabe nada de la putrefacción social de este pueblo padre? Respondió con inquietud el polizón letrado.

-No te pregunté por los pecados de los demás sino por los tuyos, respondió con imperturbabilidad el sacerdote.

-¡Venga padre, no me joda! ¿Si le confieso lo que trastorna mi pensamiento usted guardará el secreto? ¿Cómo se que no está coludido con los demonios impunes?

-¿Supones que un representante de Dios es corrupto? ¿Vienes a confesarte o a continuar pecando? Respondió el sacerdote como si estuviera sufriendo en silencio.

-¿No me diga que ninguno de los asesinos que se que existen en este pueblo no viene atormentado a contarle sus crímenes? Dijo agitado el letrado.

-Aunque supiera de actos infames no tendría el menor sentido y la más remota ética contarte sobre ellos. Soy un confesor, no un soplón.

Se hizo un silencio perturbador. El policía no dejaba de sudar y temblar, parecía su mente estaba inmersa en una paranoia que le sugería todos lo querían ver muerto y callado. Entonces tomo la palabra con pudor, tartamudeando: – P, padre, en este pueblo la vida perdió valor, solo soy testigo de injusticias, asesinatos, necesidad, aquí la vida es atroz. Ya no quiero vivir aquí y quizás en ninguna parte. Este mundo es una sucursal del infierno, ¿no me diga que no sabe nada de lo que pasa el pozo ni de las fosas?

El sacerdote lo miraba y movía su pierna en la silla, parecía profundamente incómodo, preocupado, repleto de miedo. –Hijo mío, no puedo hablar de esos funestos acontecimientos ni de ningunos otros

Pareció una eternidad el tiempo que tardó en responder el sacerdote. El policía letrado volteó a ver el crucifijo de la iglesia como reclamándole a la figura humilde de Cristo el silencio, la pena, el terror, el olvido, la existencia entera.

-Me largo de aquí padre, farfulló el polizón. – En este pueblo ni en la Iglesia me siento a salvo de los demonios de carne y hueso que además son impunes y controlan al Estado.

-Sí, sí hijo, anda en paz con Dios, te doy la absolución y la bendición. Le dijo el padre tembloroso y ansioso para despedirlo.

Salió de la iglesia, camino por las calles repletas de neblina y humedad, en su pensamiento no dejaban de estrellarse las siguientes palabras : nada es eterno, ni el sufrimiento más atroz, ni la violencia desmedida, ni los indiferentes, ni los cobardes, ni los poderosos, ni los impunes. Nadie es eterno, ni los asesinos, ni los acomodaticios, ni los que creen disfrutar del dinero ensangrentado; en este infierno terrenal es preferible buscar la tranquilidad de la nada a imaginar que cualquier existencia puede repetirse y ser similar a esta: -benditos libros, bendita amargura, benditas ganas de morirme. Se decía a sí mismo estos espantosos significados, como si tuviera muchas ganas de perderse en la obscuridad del pozo.

@ampd31

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