El pozo. Capítulo 9. Autor: Alejandro Marengo Pérez Duarte

Imagen ilustrativa. Foto: Nachitron Castellanos Balderas.

El nombre del policía letrado era Rafael pero odiaba le dijeran por su nombre. Tenía una obsesión con los nombres y la supuesta identificación que dan a la identidad, al cuerpo. Para él, su cuerpo no era su nombre; su materia no era su esencia, su vida no se identificaba con la palabra yo.

Aquel día Rafael decidió reportar a su jefe lo acontecido en el pueblo, tenía los videos como evidencia. La falta de un orden ideal en su mundo, en su pueblo,  le desquiciaba; todo estaba fuera de control, era decadente, cruel, la vida era insoportable en las condiciones que estaba planteada. Rafael tenía un resaca de alcohol y realidad.

Llegó a la mal oliente comandancia del pueblo. Entró a la oficina del jefe, aquel policía obeso y decadente.

  • No quiero escuchar otra vez algo sobre tus bagatelas y libros, ni nada de este pueblo infernal. Exclamó el infame mando policiaco.
  • ¿Ni aunque existan pruebas le importan los asuntos jefe? Respondió con sorna el policía letrado.

Después de reír por casi un minuto, el jefe le respondió esbozando una sonrisa y un cinismo casi demoníacos:

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  • ¿Tienes idea de cuántos asesinatos tengo que hacer caso omiso y las amenazas que recibo día con día subalterno ridículo? Parecía la calma del jefe se desvanecía.
  • Lárgate de mi oficina , yo no sé en qué realidad, pueblo, ilusión, interpretación vivas.

El desconcierto del policía letrado era absoluto, jamás imaginó que el cinismo ajeno lo dejara sin palabras. Su impotencia era plena, sus pruebas no servían de nada. Tanto dolor y sufrimiento no recibiría justicia; al menos no en esta vida, en estás formas de infierno, el aire le resultaba denso. Terminó su jornada laboral en estupefacción y silencio.

Al atardecer todo le resultaba extraño, una fuerza similar a la gravedad le sugería que bebiera hasta perder la conciencia, que nada valía la pena, ni su supuesta justicia policiaca, ni las instituciones, ni vivir, está existencia le resultaba atroz.

Pasó la noche bebiendo y pensando en Schopenhauer y en el olvido. Le dejó de dar angustia aquella asfixiante sensación de matarse, aquella fuerza como la gravedad, una densa sensación de extinguirse, un anhelo de nulidad era su único consuelo. Sonaba una canción de José Alfredo Jiménez: << no vale nada la vida, la vida no vale nada, comienza siempre llorando, y así llorando se acaba>> , cantaba mientras bebía.

En media madrugada y ya avanzada su borrachera salió de su pequeña casa, caminaba hipnotizado hacía el pozo. Al llegar al terreno baldío donde los demonios aventaban a las víctimas de su violencia, comenzó a percibir un olor nauseabundo; comenzó a imaginar la carne pudriéndose, lo único que no alcanzaba a comprender era que lo atraía hacia esos rumbos.

Atravesó el terreno entero hasta tener a la vista la tétrica circunferencia de piedras. Estaba mirando el pozo olvidado rodeado de plantas  con su rusticidad y simpleza.

Su mirada se iluminó como se alumbra el cielo nocturno repleto de fuegos pirotécnicos, por fin comprendía que hacía en aquel grotesco terreno baldío repleto de cadáveres, en aquel cementerio colectivo sin lápidas ni palabras para los respetables muertos. Estaba en aquel lugar porque se sentía atraído por la obscuridad del pozo, por la negrura de su abismo, la muerte misma parecía le hablaba al oído susurrándole que la vida no tenía sentido alguno, su vida era una pesadilla, la realidad no tenía salvación, la justicia no existía, el futuro tampoco, solo el ahora.

El policía letrado comenzó a farfullar que el presente es grotesco como todo lo que le rodea y a caminar como hipnotizado hacia el pozo. Justo antes de llegar a la circunferencia de piedras, miró hacia el suelo y encontró un colibrí muerto. El policía letrado grito al cielo con desesperación: -ni siquiera la belleza de la naturaleza es posible aquí, todo lo bello está destinado a pudrirse y perecer, lo bello es la apariencia de lo siniestro, está vida solo es violencia, tragedia, sufrimiento.

Subió con prisa a la circunferencia de piedras, sintió el vértigo recorriendo su cuerpo al mirar la altura y la profundidad de la caída, miro una especie de resplandor en medio de la profunda oscuridad y saltó gritando: <adiós vida cruel, espero no volver a despertar jamás.>

Lo que dijo Rafael el policía letrado y su funesto destino quedaron grabados en la cámara que instaló. El narrador es alguien que se aterroriza tanto como aquel personaje pesimista y suicida , el lector espero reciba el mensaje que en este país el terror de ficción y el literario se parecen demasiado a la realidad.

@ampd31

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