El pozo. Capítulo 8. Autor: Alejandro Marengo Pérez Duarte

Imagen ilustrativa. Foto: Nachitron Castellanos Balderas.

Por el contrario. No quererlo todo es ponerlo todo en cuestión. Cualquiera, subrepticiamente, queriendo evitar sufrir, se confunde con el todo del universo, juzga de cada cosa como si la fuere, del mismo modo que imagina, en el fondo, que jamás morirá. Estas ilusiones nubosas las recibimos con la vida como un narcótico necesario para soportarla. Pero ¿qué es de nosotros cuando, desintoxicados, nos enteramos de lo qué somos?, perdidos entre charlatanes, en una noche en la que no podemos sino odiar la apariencia de luz que proviene de los parloteos. Un sufrimiento, que se confiesa tal, del desintoxicado es el objeto de este libro.

Georges Bataille. La experiencia interior.

¿Existe Dios si la justicia en el mundo no existe? El policía letrado se preguntaba esto conforme avanzaba su estado de ebriedad. Recordaba un pasaje de la Biblia en el que Cristo le hereda este mundo al diablo. No encontraba otra explicación posible para intentar entender porque está vida es tan: violenta, atroz, y se parece más a un infierno que a un paraíso. Si Cristo existiera solo la explicación que este mundo es propiedad del diablo mientras su reino es algo muy distinto a esta existencia tendría sentido para un auténtico cristiano. ¿Cómo se explica la maldad, la ruindad, la violencia, los terremotos, las hambrunas, el tercer mundo? ¿Todo es consecuencia de la libertad del hombre? Entonces ¿A qué queda reducido el poder de Dios? La paradoja de Epicuro taladraba la afligida mente dudosa del triste sujeto de la ley.

El policía pensaba que si él se mataba esperando otra vida nunca se habría desintoxicado por completo de las esperanzas que suele traer su conciencia al ser; si no deseas dejar de existir, si tienes fantasías y esperanzas respecto al mundo no entiendes nada del desencanto. El policía sabía que para matarse debería estar en verdad asqueado de existir, del mundo, de las instituciones, de la sociedad, de la naturaleza, de si mismo; para matarse, se necesita amar el concepto de la nulidad, no el de la eternidad de uno mismo y de los que se amen.

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El asco debía superar su anhelo de vivir, sin embargo, llevaba meses en la cantina conservando solo para si las atrocidades que acontecían semana a semana. Aquella funesta noche se dirigió ebrio como de costumbre a encender las cámaras que había instalado.

Algo era distinto. La cámara del pozo, la que no grababa nada, la cámara que estaba lejos de la fosa y parecía un desperdicio haberla instalado en aquel sitio registraba actividad para sorpresa del policía letrado.

El sacerdote caminaba como hipnotizado hacia el baldío pozo. Parecía hablarle al viento , parecía atraído hacia la obscuridad del pozo, aquel lugar olvidado, ruin, miserable; parecía quería morir en un lugar más olvidado que la fosa común. El policía letrado no creía lo que sus cámaras grababan.

Las cámaras registraron que el sacerdote gritó algo al viento y despareció en la circunferencia de piedra del grotesco pozo. El policía letrado no pudo dejar de beber y de temblar toda la noche.

@ampd31

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