El pozo. Capítulo 6. Autor: Alejandro Marengo Pérez Duarte

Imagen ilustrativa. Foto: Nachitron Castellanos Balderas.

Aquel que hace de si mismo una bestia se libra del sufrimiento de ser hombre.

Dr. Johnson.

La pantalla de su monitor enfocó al primer hombre bajar de una camioneta ostentosa y abrir su batea mientras otros tres hombres lo ayudan; comienzan a cargar cuerpos sin vida y a  aventarlos como si fueran mercancía sin valor mientras parecen bailar y  cantar algún siniestro narcocorrido, al último cuerpo lo patean y lo balancean, quizás estaba vivo antes de ser arrojado a la fosa común.

El policía letrado imaginaba  que los  asesinos eran demonios jugueteando con sus víctimas en algún círculo del infierno terrenal. Los asesinos son bestias que perdieron  cualquier vestigio de humanidad, definitivamente parecían divertirse en lugar de sufrir. No se les puede llamar hombres si nunca dejaron de ser bestias que se divierten y entretienen con el sufrimiento ajeno, las bestias no sienten empatía; aman su juego preferido : la depredación, se libran del sufrimiento convirtiéndose en el depredador más grotesco del orbe.

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El humano puede convertirse en la peor de las bestias, la más destructiva y poderosa, un arma letal para cualquiera que se aproxime. Estos demonios se divertían aniquilando y enterrando a sus enemigos, ¿cuánto tiempo llevarán aconteciendo los asesinatos? ¿Acaso sufrirán las bestias que los cometen? Después de aventar más de diez cuerpos solo un hombre del conjunto de bestias demoníacas  les vacía a los cuerpos unos costales con tierra a la fosa; como si el sicario hubiera perdido durante  el juego de aventar cuerpos  a la fosa contra sus compañeros y de  castigo solo él tiene que arrojarles tierra. Insisto que la definición de bestialidad bien pudiera entenderse como la perdida de la capacidad para sentir la más remota compasión.

El  polizón letrado  estaba estupefacto, cada tercer día como mínimo algún cuerpo iba a parar al terreno baldío ubicado junto al pozo. La cámara del pozo no había registrado nada más que obscuridad e inmovilidad aún. La sorpresa del policía era la cantidad de ejecuciones que acontecían cada semana, nadie en su nido de autoridad Estatal, en su comandancia de Policía, estaba al tanto de las cámaras y de los vídeos que el policía letrado estaba comenzando a almacenar como evidencia de que el pueblo no estaba endemoniado, o quizás si; pero los demonios eran la ambición desmedida por obtener poder y dinero, el placer por ejercer la violencia.

El policía letrado era un tipo escéptico hasta que  al conseguir la evidencia de la perversión humana de su pueblo, comenzó a creer en la maldad y en cuestiones metafísicas ajenas a su vocación materialista. Una violencia desmedida y atroz que no tiene posibilidad de alejarse de los habitantes de aquel pueblo olvidado en el que trabajaba, se había instalado el horror en su mente y el pueblo cada día le parecía más semejante al infierno, los demonios estaban sueltos.

Lo difícil era distinguir, reflexionar acerca de la naturaleza humana. Los asesinos – si fueran animales racionales- entenderían que  tarde o temprano alguien los va a ejecutar a ellos del mismo modo que ellos asesinan con impunidad; las personas violentas dudo puedan escapar del odio  visceral. Por otro lado, sin armas ni fuerza no existe ningún orden, pareciera los habitantes de este pueblo se quieren matar entre si por motivos como trabajar para una organización o algún terrateniente.

¿Cómo llegamos a ser una sociedad tan podrida? Se preguntaba cada que observaba los videos. El policía letrado  como observador , como testigo de la  grotesca infamia, no podía permanecer indiferente ante la crueldad humana.  Las personas con poder y dinero gobiernan a todos los sumisos que no tienen armas, la violencia triunfa porque la sociedad se deja ser sometida, el policía letrado comenzaba a descomponer sus pensamientos y dejaba de otorgar algún valor a la sociedad que lo produjo: – ¿Merecemos nuestra suerte, produjimos a estas bestias sin rasgo de humanidad? No dejaba de repetir estás preguntas en voz alta mientras veía las atrocidades cometidas con continuidad en sus videos. El policía letrado anotaba las siguientes reflexiones derivadas de su conmoción y impotencia en un pequeño diario personal.

Notas de un policía letrado sobre la barbarie de su país.

La fosa común en el terreno baldío es la imagen que debería estar en todas las campañas políticas , en toda protesta, es la imagen que debería ser el símbolo de la rebelión de los oprimidos contra opresores con armas y un Estado omiso. El problema con la historia de este país es que durante la Revolución mexicana muchos tomaron armas y comenzaron a matarse entre si terminando con la dictadura de un partido y de un solo hombre. La revolución no sirvió de mucho, la propiedad ejidal termino privatizándose.

 El progreso no llegó a lugares como este pueblo polvoriento al lado de una de las tantas carreteras, nosotros conocimos la tecnología pero no progresamos, aquí en este pueblo, la tecnología sirvió para hacer más perversos, sádicos y exhibicionistas a los sujetos. 

México es un cementerio gobernado por quién tenga más : dinero, armas, influencias.

No encuentro la forma para ser ético y policía en este país.

La violencia se normalizó en el instante en el que todas las demandas de justicia dirigidas al Estado terminan en el olvido de los archiveros.

Presiento la muerte me respira en la nuca.

Sus notas procuraba llevarlas todos los días en su bolsillo. Era una libreta pequeña cuadriculada en la que escribía sus fatídicas conclusiones.

@ampd31

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