El pozo. Capítulo 5. Autor: Alejandro Marengo Pérez Duarte

Imagen ilustrativa. Foto: Nachitron Castellanos Balderas.

Se horrorizó al ver el brazo saliendo de la tierra con su rigidez, el horror  recorrió el interior de su cuerpo, su ritmo cardíaco se alteró. Seguro eran las víctimas de las detonaciones que escuchó el día anterior; parecía había más cadáveres debajo de la tierra.

 Regresó inmediatamente a la comandancia, al nido de autoridad Estatal a reportar lo sucedido. Al llegar, inmediatamente le mencionó a su obeso jefe con agitación su hallazgo:  – jefe, encontré un cadáver en los terrenos cercanos al pozo. –  Pronunció con rapidez el polizonte letrado.

El jefe de policía para su estupefacción en lugar de responder algo sensato soltó una carcajada y le respondió: – ¿Cuánto tiempo llevas en la policía de este país novato? Esto es algo ya rutinario en esa zona, por la noche solo salen los delincuentes en este pueblo, la gente enterrada en esos lugares seguro andaba en pasos malos.  – ¿ Entonces  no vamos a hacer nada? – Preguntó el policía letrado con incredulidad al escuchar la soberbia respuesta. – ¿Quieres hacer de justiciero? ¿Desenterrar  cadáveres y propiciar que alguien venga a asesinarte? Mejor aviéntate directo al pozo, no tardarías ni medio día en que algunos de los poderosos de la región vengan a enseñarte que en este país existen: negocios, poderes, jerarquías y gente impune que no se investigan. ¿A poco crees esas pendejadas de los políticos  sobre que en el país el Estado manda y controla el territorio? Agarra uno de tus libritos esos mejor y no te metas en problemas.- Respondió con violencia la autoridad  en  la policía municipal

El polizonte letrado obedeció sumisamente pero no podía dejar de pensar que el terreno junto al pozo estaba lleno de cadáveres arrojados a una fosa común. Ahora todo se recubre  de una atmósfera terrorífica, enrarecida; como si el pozo y los alrededores fueran un lugar atemorizante y maldito, como si el aire de todo el pueblo estuviera infectado de avaricia, violencia, y la agresividad se contagiara como la rabia.

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Este pueblo era un pequeño infierno bíblico. El polizonte letrado se preguntaba con más fuerza sobre el escepticismo en sus pensamientos: – ¿En qué momento la gente olvidó sus valores y solo se interesa en el dinero fácil? ¿Existirá una maldición que propicie la gente se suicide en el pozo? ¡Las fosas comunes que rodean a esos terrenos  parecen una sucursal aterrorizante del infierno! – Sus dudas taladraban sus certezas.

Fue como atraído por la gravedad a la fosa común en cuanto terminó su jornada laboral.  – ¿Cómo pudimos llegar a este nivel de barbarie? – Se preguntaba  mientras miraba los terrenos baldíos con estupefacción. Eran las seis de la tarde, alcanzaba a mirar algunas almas en pena huyendo con miedo a sus hogares a la distancia como si fueran diminutas hormigas.

 El polizonte estaba seguro que si se quedaba a observar durante la funesta noche, entendería mejor que está aconteciendo en el terreno y en el pozo. Entonces se produjo la iluminación como de algún mundo puro de las ideas; el policía municipal sabía estaba acobardado hasta la médula, se sabía habitando algún infierno lejano a la gracia divina. Su pensamiento de pronto dedujo que era lo que debía hacer imaginando: – ¡Eureka, voy a colocar unas pequeñas cámaras de video! – Pronunció en voz baja en medio de esa profunda soledad.

Los siguientes días hizo la compra de cámaras con su tarjeta de débito desde su nido de autoridad, la comandancia. Hasta que regreso a las cinco de la tarde de otro día a instalar el equipo de video que compró; tardó un par de días instalando el equipo y ocultando lo que podría delatarlo, quería evitar que la obscuridad, los humanos noctámbulos del pueblo, la tecnología le iba a dar la respuesta al grotesco misterio que quería resolver, y evidencia además.

Al fin todo estaba listo, aquella noche el policía letrado encendió su computadora y está recibía la imagen de las cámaras, lo único que quedaba era grabar y atestiguar.

@ampd31

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