El pozo. Capítulo 4. Autor: Alejandro Marengo Pérez Duarte

Imagen ilustrativa. Foto: Nachitron Castellanos Balderas.

Pero el espíritu humano repugna el aceptarse en las manos del azar, a no ser más que por el producto pasajero de oportunidades de las que ningún dios preside, mucho menos por él mismo. Una parte de cada vida, y aun de las muy poco dignas de recuerdo, recurre a la búsqueda de las razones del ser, los puntos de partidas, las fuentes. Fue esta imposibilidad de  descubrirlas la que me hizo inclinarme otrora a las explicaciones mágicas, a buscar en los delirios de lo oculto eso que el sentido común no me daba. Cuando los cálculos complicados se revelaban falsos, cuando los filósofos mismos no tenían nada para decirnos, es excusable el volverse hacia el balbuceo fortuito de los pájaros, o hacia el lejano contrapeso de los astros.

Marguerite Yourcenar. Memorias de Adriano. Traducción: Maximiliano Sauza Durán.

El policía letrado era un tipo antisocial. Sus invitados eran los libros que había heredado y conservaba en su habitación; no conversaba casi con nadie excepto con los espíritus encerrados en sus libros. Cada noche hablaba con un invitado distinto, con el espíritu de un autor distinto que lo visitaba sin necesariamente asistir con su presencia física a la reunión; el polizonte se sentía acompañado por sus libros mientras acontecía  su inmensa soledad. En el pueblo todos los humanos parecían advenir de una nada para dirigirse a otra mientras sucede esta vida repleta de desconsuelo y sufrimiento; a pesar de surgir de la eterna soledad y dirigirse a otra, aquí en vida se estaba solo y disque acompañado, aquí mucha gente se aventaba a un pozo desde una edad tierna, aquí pocos querían envejecer.

La realidad del pueblo era fantasmal. Durante el día se observaba a los  campesinos y comerciantes hacer sus trabajos de rutina con rostros repletos de sufrimiento y miedo -como si un voto de silencio hiciera casi imposible entablar más de tres palabras o hacer bullicio – ; cuando atardecía, todos iban a sus casas con mucha prisa y aceleración, -como si la oscuridad fuera a agredirlos aunque  los que violentaban a este pequeño pueblo eran los humanos violentos-, era como si por la noche salieran a las calles los que ejercen otro tipo de oficio y estuvieran dispuestos a convivir con los demonios.

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 Las almas honradas huían repletas de temor e impotencia. Nadie que no tuviera algo vital que hacer salía por la noche, era como si el Estado hubiera impuesto un toque de queda permanente, y la justicia la ejerciera el que tiene más armas, poder e impunidad. El policía letrado era un tipo armado, paranoico, temeroso de todos los que le rodean, era un representante de la justicia pero su problema es que sabía la justicia era íntima amiga de los poderosos y acaudalados, fallaba en su función de proteger a los débiles y donnadies. La justicia es una cuestión abstracta y bien escrita con unas dificultades enormes para aplicarla en el mundo real.

Eran las once de la noche cuando escucho unas detonaciones a lo lejos.  El policía lamentó escucharlas y comenzó pensar en su inmensa desidia y miedo, le aterraba salir por la noche en aquel pueblo fantasma que parecía estaba ubicado en medio del olvido. Esas detonaciones seguro implicaban alguna de las cotidianas ejecuciones. En México desde 2006 a la fecha fallecía tanta gente como en cualquier guerra, las cifras de muertes son tan terribles por la amplitud del territorio y la cantidad de humanos, el problema es que la violencia se hizo cotidiana.

El policía ignoró lo sucedido diciéndose a sí mismo: – no es que pueda uno hacer mucho por esas almas desafortunadas, mañana investigaré de quién se trata.- Logro conciliar el sueño aquella perturbadora noche.

Al siguiente día evito pasar por el lugar donde se escucharon los ruidos el día anterior. Era un día repleto además de humedad y nubosidad, caminó directo a su nido de autoridad estatal. Al llegar noto que no había nadie, no se había reportado ningún incidente. En este pueblo desaparecían gente y él era aparentemente el único que escuchó disparos el día anterior.

Preguntó a su único superior jerárquico -un policía anciano y muy obeso- si tenía unas instrucciones para la jornada.  Este respondió con una pregunta en forma de alarido : –  ¿te tengo que decir diario lo que tienes que hacer? –  No señor, no; pero ayer escuché detonaciones de arma .-  Respondió con nerviosismo el subordinado. El superior ni siquiera lo miró, continuó mirando su teléfono como si nada sucediera. El policía letrado entendió que estaba rodeado de iletrados y compañeros que habían perdido lo que les quedaba de humanidad hace años.

Caminó hacia el lugar cercano a la carretera donde creyó escuchar los disparos la noche anterior. Cada minuto comprendía menos  está vida, cada pensamiento le impedía razonar , ¿cómo mi pueblo y mi país entero terminaron en la indolencia ante el asesinato y el crimen? Un refrán  y grotesco  para las víctimas de violencia en este país es: – seguro en alguna actividad criminal andaban y por eso murieron- , esta frase se repite ad nauseam en la corporación policiaca que representaba el hombre letrado.

Parecía el Dios cristiano había abandonado este pueblo como lo hizo con su hijo en la cruz. Sus valores ya no estaban entre la gente, era como si los sujetos mataran por miedo y placer. El hombre prefiere en estos días lo que le conviene a lo correcto, el sistema ideológico seduce a los hombres y les invita a buscar dinero, mercancías, poder. Era como si ya no existiera el temor al infierno, el sufrimiento atroz se vivía en esta vida, la condena eterna se paga aquí, es como si este pueblo fuera el infierno de otro mundo, era como si mil almas en pena nacieran aquí como condena a sus crímenes atroces de otra vida, de otro tiempo.

Y así mientras husmeaba en terrenos baldíos, pensaba el polizonte letrado en aquel libro que leyó sobre un tiempo en la tierra en el que los dioses griegos romanos -aquellos dioses demasiado pasionales y humanos- dejaron de existir y el cristianismo primitivo aún no aparecía entre los romanos. En algún tiempo la humanidad ya había estado sin dioses; ni siquiera la inmensa soledad del hombre de estos días era algo tan original, solo que ahora miles de mentecatos afirman sus creencias son científicas y verdaderas, ¡Vaya imbecilidad pretender comprender la realidad con los instrumentos de la razón que solo nos conducen a preguntas sin respuesta!

Y entonces el policía tropezó por ir mirando al firmamento abstraído en sus pensamientos.  Al caer y volver la mirada para entender con que había tropezado el horror comenzó a inundar su pensamiento. Una mano mal enterrada había provocado su caída.

@ampd31

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