El pozo. Capítulo 2. Por: Alejandro Marengo Pérez Duarte

Imagen ilustrativa. Foto: Nachitron Castellanos Balderas.

Encontró la nota del último suicida que se arrojó al pozo del terreno baldío pegada en la iglesia del pueblo. Resultaba algo extraño para cualquier policía la cantidad de suicidios que acontecían en aquel pozo, como si la gente de este lugar viviera en una tristeza profunda generación tras generación.

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-Seguro la ciencia tiene una explicación para esto, – farfulló el hombre que juraba representar a la ley y a la seguridad; guardó la nota del suicida como evidencia en una bolsa mientras reflexionaba. Era absurda la cantidad de suicidios que acontecían en este pueblo ubicado entre la nada y el olvido.

-Debe ser la falta de dinero, de trabajo -, pensaba en voz alta el polizonte: – ¡el ánimo melancólico de los suicidas debe ser a causa de los genes de los habitantes de este lugar! -, exclamó al aire con altivez. Cualquier explicación le resultaba más factible al policía que andar suponiendo que el pozo estaba maldito como suponían muchos de sus habitantes; quizás simplemente en este pueblo la vida no resultaba tolerable. Encendió un cigarrillo.

-Las creencias en otra vida y andar renegando de estar vivo es fundamental para la mayoría de post cristianos en mi país, el Estado no puede tolerar que los individuos se anden matando porque vivir aquí es inaudito, ¿quién va a pagar impuestos y nuestro sueldo de policías?- pensó mientras caminaba en círculos en su oficina mirando la nota del nuevo suicida del pueblo y dejando un círculo de humo como estela.

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Aún así estaba seguro el representante de la laxa ley: la falta de dinero, la falta de trabajos bien pagados, la necesidad eran las principales causas de las muertes. Nadie se había dado cuenta de la epidemia de tristeza y de suicidios en este pueblo. Estas causas también le preocupaban porque el Estado estaba para resolverlas y no tenía un plan siquiera para conseguirlo, menos para interesarse por los suicidios de algún pueblo lejano. Eso que decía la nota sobre las ganas de matarse que propicia este lugar parecía adquirir tintes proféticos y trágicos.

-En este país el gobierno actual padece un síndrome- reflexionaba el policía. – Fue como una especie de maldición la que se originó durante años de gobiernos fallidos hasta el actual, vivimos en una sociedad que siempre estuvo en quiebra; aquí el Estado desde hace años se desmoronó- farfullaba en voz alta mientras servía el café de una cafetera destartalada.

La ambición colapsó al sistema y, derivado de lo anterior, el nuevo gobierno padece de un síndrome en su ideología: el síndrome de Procusto. Aquel tirano Procusto que vivía en las colinas del Ática como cuenta la historia. Los griegos, parece, lo escribieron todo; – el letrado personaje permanecía absorto. – Y su autor el narrador, tú lector; es prudente recordar solo somos sombras suspirando por la luz de la inspiración griega afuera de la caverna ideológica-. Así reflexionaba el policía mientras leía una y otra vez la triste y funesta nota suicida y su mente divagaba escuchando voces que nadie más escuchaba.

El policía leyó la historia de Procusto hace años, recordó la ideología que se esparció como alcohol en este país. Procusto daba refugio a los necesitados viajeros, pero por la noche les amordazaba en la cama que les ofrecía, esta última nunca coincidía con las medidas de sus invitados. Así que como castigo el tirano les cortaba todos sus miembros para adaptarlos a la medida de la cama que ofrecía. –Así es el Estado, así es el partido, así es la ley que busco aplicar- se repetía a sí mismo el policía. -A todos nos quieren igualar en la cama económica del tirano Procusto, por esto tantos se rebelan corrompiéndose comenzando por los poderosos tiranos. El Estado nos quiere igualar a todos. ¿Qué nos hace diferentes?, ¿por qué unos valen más que otros?, ¿Eestá bien pretender que todos sean iguales?– Continuaba con su discurso en voz alta mientras el intenso calor lo sofocaba. Después de todo un día de trabajo el policía no había investigado nada. Simplemente por sus razonamientos lógicos descartó la posibilidad de que el pozo tuviera alguna maldición, era imposible que aquel funesto lugar atrajera a los enfermos de tristeza. –Ni que fuera un bosque de los suicidas como el antiguo Japón- se dijo para calmar sus dudas.

-En México la vida no vale mucho la pena, debe ser eso- se tranquilizó a sí mismo mientras guardaba la nota en el cajón y se dispuso a descansar desde las catorce horas por el terrible calor que hacía.

@ampd31

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