En un terreno baldío está aquel agujero circular rodeado de ladrillos. Su apariencia es tétrica; al lado del pozo hay una cubeta de madera antigua amarrada a una cuerda, su profundidad me parece incalculable, su diámetro cercano a los dos metros, el ojo de oscuridad y la sensación de intranquilidad que me provoca aproximarme al pozo es algo indescriptible, inefable. Cerca de aquel terreno baldío esta el cementerio del pueblo junto a la Iglesia. En este pueblo en medio del campo mexicano el olvido es un sentir común, una especie de color que se impregna en todo el lienzo de la realidad. La iglesia, el cementerio, el pozo parecía habían sido pintados por un Dios aburrido, contemplativo, meditabundo, con tendencias a la melancolía; parecía la intención detrás de su creación, de este Dios, fue que los bípedos supiéramos que solo somos polvo y olvido, materia que delira por medio de la conciencia. Este Dios melancólico y aburrido de tanta eternidad nos condenó por ser humanos mortalmente breves a esperar otra vida porque las condiciones de esta, de su pintura, de su creación delirante son insoportables y trágicas.
Y yo había sentido el vértigo de estar junto a aquel ojo oscuro en medio de la tierra. Si Dios existe también creó la oscuridad y la voracidad de los gusanos. La angustia que me causaba aquel pozo era porque tenía una semejanza en mi pensamiento con la existencia. La existencia es análoga a esta excavación vertical que aparentemente no tiene fondo, aunque lo tenga; la existencia es un pasaje inexplicable y oscuro, un tránsito vertiginoso con un desenlace idéntico: volver a la tierra muerta y colorida, al olvido.
Las lápidas del cementerio del pueblo están llenas de vegetación. Los vivos ya no vienen a ver a sus muertos, el viento silba en este lugar como si estuviera furioso por algo, todos esos nombres inscritos en piedra han sido devorados por el olvido; solo queda la vegetación brotando en el lugar de los nombres humanos, recordándonos que el olvido tiene muchas formas como la yerba entre la piedra. La comparación del pozo del pueblo con mi existencia era cada día más obsesiva en mi pensamiento.
En este pueblo solo había unas cuantas calles, unas cuantas casas, un monasterio olvidado, una iglesia sin fieles, un cementerio lleno de vegetación y un pozo que parecía abandonado. Yo no recuerdo siquiera cuántos años tengo viviendo en este lugar casi desértico. Es como si todos se fueran de aquí buscando una mejor vida porque aquí la vida no es algo que se soporta, los instantes parecieran acontecer de manera ruin y desgastada, lo que no saben es que quizás en ningún lado la vida sea aun tolerable para los que no tienen nada que perder como yo; yo no tengo en quien pensar, tenía pero hace tiempo, ya no pienso más. Así silbaba la melodía de un tal Atahualpa mientras caminaba durante indistintos días en el pueblo.
Se puede seguir vivo aquí, pero la vida es dura y breve. ¿Será más difícil la vida aquí o será que en este pueblo no hay: energía, ni heladeras, ni televisores? ¿La vida es insoportable cuando el humano solo puede mirar a la naturaleza y a sí mismo? Quizás los medievales por esto vivían tan poco y necesitaban matarse entre ellos, por la maldita lentitud. ¿Cuántos pavores causa la oscuridad de la nada?, ¿cuánto vértigo viene a la mente al asumir la nulidad?, ¿cuánta imposibilidad y aburrimiento adviene al intuir la eternidad?, ¿cuánta insignificancia se respira en el aire de este pueblo olvidado? Y yo, ¿qué soy? Solo un solitario hablando consigo mismo, un personaje de mi propia narración.
Entonces pensé en las tumultuosas ciudades, curiosamente en esas concentraciones masivas donde todos se esfuerzan por recordar su propia vida y su entorno; el olvido también existe, solo que el aire de las ciudades de mis tiempos me resultaba aún más nihilista e insoportable. Los hombres suponían no sentirían el olvido entreteniéndose en la seguridad de sus paredes de concreto, como si las existencias de los hombres masivos, digitales, normales importará más que cualquier cementerio olvidado, que cualquier iglesia sin fieles, que cualquier pozo. Las ciudades me resultaban tan agotadoras, cansadas e insoportables como este pueblo desértico. El aislamiento y el miedo en las ciudades de mi país propicia que la gente viva en el infierno. Los demonios están sueltos por todas partes, por esto prefiero mi pueblo y su tenebroso y polvoriento olvido. En las ciudades todo se olvida de una forma más inmediata, los hombres ya no recuerdan, ya no contemplan, ya no imaginan, ya no aprecian las grandes artes, la filosofía, la poesía, la belleza.
Tenía años sin hablar con nadie ni en las ciudades, ni en mi pueblo, pero aquí no hay miradas ni peleas, sino la tranquilidad y la quietud. Sin embargo, el pozo me propicia terror, evito pasar por ese tenebroso y baldío lugar, algo en él me atrae como la gravedad. Era como si la misma muerte me estuviera llamando desde el fondo del pozo.
El impulso que siento y mis ideas obsesivas sobre el pozo por fin comienzo a comprenderlas. Me atrae tanto dejar de existir que por esto me da tan inmenso vértigo cuando observo el pozo. Aquel día anocheció y el tiempo se fue como agua, decidí de nuevo evitar pasar por el pozo y el cementerio del pueblo. El insomnio me despertó a las dos de la madrugada. Comencé a escribir está historia porque si no la escribo nadie se enterará nunca de que existí. Pienso dejar esta nota colgada en la iglesia y después arrojarme al pozo. Aquí no hay música y la vida sin música no me resulta tolerable, mis achaques cada día son peores, mi espíritu es una ciudad en ruinas después de un bombardeo, un solemne campo de batalla, mi mente es un concepto invisible que supongo es lo que da sentido a mis palabras y percepciones, mi espíritu ha muerto como este pueblo y como murió la mujer que amé. Todo se lo lleva la eterna muerte. Mi vida es un pantano desértico y extraño. Nunca logré descifrar por qué me atraen tanto la muerte y la oscuridad del pozo, no sé por qué siento este impulso a caer en el vacío como en los sueños en que uno sueña que cae; solo que de este sueño no quiero despertar de la pesadilla de estar cayendo; es mi deseo en esta ocasión, quiero seguir en ese vacío hasta donde me lleve. La caída , llegar a esta vida es quizás una caída, tener conciencia significa intuir la oscuridad de la muerte.
La existencia es un pozo, no un túnel con una luz al fondo, el pozo en el fondo no tiene luz solo oscuridad. Y, a veces, quedarse solo en esta existencia es un anticipo de la muerte, a veces existen vivos que ya están muertos como yo. Un suicida que se dirige a pegar está nota en la iglesia por si alguien quiere recordar a tan funesto y anónimo personaje que no quiere ni pronunciar su nombre. La vida sin amor y sin esperanza ya no es vida. Yo no amo nada ni espero nada, aún así cada paso aterrorizado que dé hacia el pozo mi instinto se agravará en mis pensamientos, mi estómago se irá convulsionando, pero simplemente no puedo seguir esperando a la muerte en esta sala de espera, en este pueblo, aquí ya todo de por sí es olvido, y muchos no creen en Dios pero se olvidan que el olvido puede ser divino. Yo dejo esta nota para que alguien la lea y me salve momentáneamente del olvido en la imaginación del que lea esta funesta historia, a veces hasta de nuestras deidades como en mi caso el olvido nos queremos desentender y escapar. Los suicidas, era un dogma, debían ser desterrados de la eternidad y del recuerdo. Yo soy un personaje que representa a los olvidados suicidas e imagina que si existe eternidad quizás esta existencia sea el infierno de otra existencia.
@ampd31
El poder económico y el naufragio de la izquierda. Autor: Alejandro Marengo Pérez Duarte






