Fuga de Cerebros | Desigualdad de género: hasta en las películas de Marvel. Autora: Cynthia Jaramillo

Foto: Fuga de Cerebros.

Por Cynthia Jaramillo[1]

Un poco en sintonía con las fiestas, me encontraba el fin de semana pasado buscando unas bolsas para regalo en la papelería de la esquina. Esperaba mi turno cuando llegó una mujer joven con su pequeña hija, que parecía fascinada por todas las luces y adornos de Navidad en el mostrador.

De pronto, la pequeña se enfocó en un juego de luces rosas, y casi al mismo tiempo cambió su entusiasmo por una estrella de luces azules: “¡Mami mira! mejor ésta, cómprame ésta”, a lo que la mujer respondió, “mejor la rosa, es más para ti”; tuve que contenerme para no entrar en argumentos con la señora.

Ese mismo día, más tarde, esperaba amigas en un restaurante, y en la mesa de junto, una pareja joven discutía sobre algo. No me gusta meterme en conversaciones ajenas, así que traté de ignorar lo que decían, aunque no pude evitar escuchar la frase “no es para niños”; por lo que pude captar, discutían sobre el regalo que su hijo iba a pedir a Santa Claus, el cual no era “adecuado para niños”, refiriéndose a algo que tenía que ver con “las princesas”.

Antes de seguir, quisiera contarles un poco de mí, para explicar cuándo y por qué este tipo de situaciones adquirieron relevancia en vida. Soy consultora, y por más de un año, trabajé con una organización en El Salvador en un proyecto que apoyaba mujeres sobrevivientes de violencia de género en sus procesos de restauración.

Esta experiencia me permitió conocer de cerca historias de diversas mujeres y entender lo que es la perspectiva de género. Entrar al mundo de la perspectiva de género es como ponerse, de forma permanente, unos lentes morados, como lo dicen algunas organizaciones, que hacen que uno no vuelva a ver el mundo de la misma forma y donde las disparidades entre hombres y mujeres se vuelven evidentes.

De forma muy puntual la perspectiva de género es una mirada que analiza el impacto de una acción o situación en la vida de mujeres y hombres, y que busca romper los estereotipos de género para alcanzar la igualdad de oportunidades y de trato entre todas las personas, respetando sus derechos humanos por igual.

Desde entonces, así como en el caso de la mamá y la pareja, las evidencias de la desigualdad de género ya no me pasan inadvertidas. Vivimos en una sociedad en la constantemente replicamos estereotipos que contribuyen a ensanchar esa brecha, por lo que es fundamental desarrollar un sentido crítico para identificar hasta las manifestaciones más sutiles de los estereotipos de género.

Estos “lentes morados” con los que ahora veo al mundo han ocasionado que mi hermana ya no quiera ver películas conmigo porque dice que “todo lo critico”. Pero cómo no levantar la voz cuando vemos en todos los espacios y productos culturales y de entretenimiento estereotipos y roles de género que condicionan a hombres y mujeres, desde temprana edad, a reproducir actitudes, comentarios y acciones que dejan a las mujeres en desventaja en términos del ejercicio de sus derechos humanos.

Y es aquí donde los datos respaldan la importancia de este tema, porque lo que no se nombra se invisibiliza. De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en América Latina una mujer gana 16 por ciento menos de lo que gana un hombre por el mismo trabajo; en México, esa brecha salarial es de 34 por ciento, una de las más amplias.

Otro aspecto que afecta a las mujeres es la maternidad. La diferencia en ingresos entre madres y mujeres sin hijos va de 17 a 33 por ciento en América Latina, de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En cuanto a posiciones de liderazgo en nuestro país, sólo el ocho por ciento de las grandes empresas son dirigidas por mujeres. Según datos del Banco Mundial, el 39 por ciento de las micro, pequeñas y medianas empresas (MIPyMES) están a cargo de mujeres.

A este respecto, la Asociación de Emprendedores de México indagó sobre los factores que inciden en el fracaso de las empresas, y en el caso de las mujeres emprendedoras, el 23 por ciento declaró que la falta de tiempo las hacía cerrar sus negocios.

De acuerdo con ONU Mujeres y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Antes de la pandemia por COVID-19, las mujeres mexicanas dedicaban alrededor de 43 horas semanales a las tareas domésticas y de cuidados no remunerados, es decir, casi una jornada laboral completa más, mientras que los hombres sólo dedicaban 17 horas a dichas tareas. Por si estas estadísticas no fueran suficientemente alarmantes, como efecto secundario de la crisis sanitaria, las labores domésticas se han incrementado hasta tres veces para las mujeres en América Latina.

Los estereotipos de género no solo perpetúan la desigualdad económica entre hombres y mujeres, sino que también están directamente relacionados con las estadísticas de violencia de género y feminicidios que todos conocemos. Sólo basta decir que las llamadas de auxilio por violencia de género se duplicaron a partir del confinamiento por la pandemia.

Pero más allá de los datos, ¿qué podemos hacer, todos y todas en nuestro día a día? Un par de meses atrás, dando un taller sobre perspectiva de género en una organización, un hombre, gerente de alguna área, reflexionaba sobre cómo el replicar estereotipos y roles de género contribuye a que sigamos reportando cifras de esta magnitud. Al terminar su participación, con un tono de preocupación en su voz, me dijo: “Yo tengo dos hijas, a quienes les digo princesas de cariño, y les compro las muñecas de Disney, sin saber que estaba replicando estereotipos… Yo quiero que vivan en un mundo más igualitario en oportunidades y libre de violencia, ¿qué puedo hacer? ¿Cómo les digo de cariño ahora? ¿Dejo de comprarles muñecas?

Con esto retomo el caso de la pareja en el restaurante, y cómo cada persona, desde su área de influencia en lo familiar o laboral, puede empezar a ser el cambio. Un buen puto de partida es dejar de replicar roles, por ejemplo, con las hijas del gerente.  Si las niñas quieren una muñeca y podemos dárselas, adelante, tampoco vamos a satanizar esos juguetes, pero hagamosles saber que hay otro montón de opciones para que ellas decidan qué quieren.

No digamos cosas como “el rosa es para niñas y el azul para niños”, o “eso no es para niñas (o niños)”. Denunciemos publicidad que replica roles de género, cómo la famosa campaña de Carrefour Argentina donde ponían la imagen de un niño en un auto de pedales con la leyenda “con ‘C’ de campeón”, junto a la de una niña en rosa frente a una cocineta de juguete con la leyenda “con ‘C’ de cocinera”.

Evitemos condicionar a las niñas a que su “destino” o su realización como mujeres sólo puede darse casándose y con hijos, forzando la compra de muñecos bebes que entrenan a las niñas para ser madres. Dejemos que esa sea una decisión propia de cada mujer al llegar el momento.

Así que, por qué no, para esta Navidad le hablamos a las hijas de historias de mujeres pilotas, astronautas, científicas, empresarias de éxito, y les mostramos otras opciones sin poner etiquetas a las cosas. Entre los fanáticos de los comics de superhéroes, existen dos grandes bandos: Marvel y DC. Yo soy fan de Marvel, pero mi personaje favorito es la Mujer Maravilla del universo de DC. A través de su fuerza, liderazgo y sensibilidad, esta mujer sea ha convertido en un ícono del potencial de las mujeres para transformar al mundo. Hablemos más de mujeres así en la vida real.

El COVID-19 agravó las brechas de género, retrasando hasta diez años los avances hacia la igualdad. Aunque la desigualdad de género es un fenómeno social que demanda grandes esfuerzos para transformar el sistema económico, político y cultual de nuestro país, parte del cambio para revertir este problema sistémico comienza con acciones sencillas como hacer mayor conciencia del impacto de los estereotipos de género en nuestro día a día.


[1] Cynthia Jaramillo Carvallo, es consultora especialista en innovación educativa y perspectiva de género. Contacto: cjaramillo@creapotencial.org.mx. Twitter @Cerebros_Fuga

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