Fuga de Cerebros | El sistema capitalista es división. Autor: Julián González de León

Imagen: Fuga de Cerebros.

Por Julián González de León1

El sistema capitalista es división. Divide la producción en una cadena de acciones pequeñas, repetitivas y fáciles realizadas por trabajadores especializados en las rutinarias y alienantes operaciones que se requiere de ellos. Divide a los trabajadores al separar espacialmente, a veces nacionalmente, la cadena de producción. Divide a la fuerza de trabajo del capital— con ello divide a la sociedad en dos clases. Divide al consumidor del proceso de producción.

Existimos, por tanto, en dos realidades divididas. Una es real, violenta, donde animales son sistemáticamente producidos y asesinados, donde bosques y selvas son destruidos para producir bienes comerciales y tener tierras de monocultivo o pastoriles, donde tierras que ancestralmente habían sido reservadas para su producción comunal de autoconsumo son alienadas para crear propiedades privadas reservadas para el mercado, donde trabajadores tienen que laborar por largas horas en actividades sin mayor remuneración que la de una cantidad de dinero menor al valor que su trabajo significó.

La gente que habita esta realidad convive con dicha violencia hasta el punto en que no la percibe como tal. Su ser social, reducido a la fuerza laboral, es separado de lo humano para convertirse en un bien de producción…en capital. La gente que genera esta realidad está tan deshumanizada por su riqueza que no logra conceptualizar la violencia inherente—o peor aún, la justifica dado que el capital es su prioridad.

La perpetuidad de esta realidad, a la que llamaré material, requiere de la creación de una realidad virtual. Todos nosotros cuya vida pasa en la virtualidad y cuya relación con la realidad material es meramente tangencial estamos tan separados, tan protegidos de esta violencia que nos escandalizamos cuando nos enteramos de su existencia: cuando vemos un documental sobre la producción industrial de la carne, cuando leemos estadísticas de deforestación, cuando cuerpos empiezan a aparecer en la vía pública, cuando los estragos de la adicción a opiáceos que sufre en su gran mayoría miembros de la clase trabajadora (cuyos cuerpos viven en tanto dolor que requieren de medicamentos para siquiera existir) no se puede ignorar más, cuando oleadas de migrantes se hacen escuchar. De pronto y momentáneamente nos acordamos de la materialidad, sólo para proyectar un perfil de empatía y falsa consciencia social a través de un nivel más abstracto de virtualidad que hemos construido.

El sistema capitalista ya había consolidado una virtualidad, pero entre la década de los setenta y noventa del siglo pasado edificó este segundo nivel, y lo hizo en dos frentes. Uno fue la transición del capitalismo del estado del bienestar al llamado capitalismo tardío o stakeholder capitalism. El otro fue la revolución informática. Este segundo nivel de virtualidad existe, por tanto, en la intersección entre la deuda y los datos.

Dos cosas empezaron a pasar con la economía global en la década de los setenta. Por un lado, en Europa occidental, Estados Unidos y otro par de países, el capital financiero se distanció del capital productivo o material; por el otro, muchos países cuya infraestructura e industria estaban subdesarrollados en comparación recibieron préstamos substanciosos por parte de instituciones financieras internacionales como el Fondo Monetario Internacional. El resultado fue que estos países (del llamado tercer mundo) tuvieron que establecer medidas de austeridad fiscal para pagar perpetuamente una deuda y abrir su mercado a la inversión extranjera con el fin de crecer su industria; la cuál sería importada de los países que transicionaron a una economía dominada por el capital financiero. Por ejemplo, el Reino Unido mandó su industria a países como la India; Estados Unidos mandó la suya a países como México. China, sin embargo, fue el principal receptor de estas industrias.

Es en estos países donde la virtualidad de la deuda se ha sobrepuesto, no sin resistencia, sobre la virtualidad capitalista de base. Nada más para presentar un dato concreto, la diferencia entre el PIB (que representa el capital real o productivo) de Estados Unidos y su deuda pública creció de un 30% en 1980 a un 130% en 2020. Esto quiere decir que hay 130% más capital circulando que lo que se produce. Para comparar, en México la diferencia en 2020 era de 36.1%. Esta situación se puede mantener siempre y cuando haya la confianza que la deuda pública será saldada en un futuro, en otras palabras, que el PIB eventualmente crecerá lo suficiente como para solventarla. La deuda no es más que una promesa que será cumplida en el futuro, es decir, la gente en Estados Unidos vive en un tiempo donde su economía es 130% más productiva.

La virtualidad de esta realidad no sólo es temporal sino espacial. Estados Unidos sólo pudo hacer esta transición hacia el capital financiero porque simultáneamente mandó su capital productivo al extranjero. El crecimiento de su PIB depende de que las plantas industriales de sus compañías en otros países, como China o México, expandan su producción. De esta forma, la gente en Estados Unidos ha crecido ajena a la violencia inherente a la producción industrial; mientras que ésta ha aumentado en los países, como el nuestro, que tienen (entre otras cosas) que mantener artificialmente el crecimiento del salario mínimo por debajo de la inflación con el fin de conservar un porcentaje alto de plusvalía de las compañías internacionales—China es la gran excepción a este fenómeno.

Es importante clarificar en este punto que nada de estos procesos son absolutos. Estados Unidos y el Reino Unido mantienen industrias significativamente grandes. La explotación material no ha desaparecido, si bien cada vez más son los inmigrantes que viven fuera del sistema legal y protección estatal los receptores de esta violencia. Por el otro lado, el segundo nivel de virtualidad también ha infestado a los países que recibieron las industrias internacionales, pero existe solamente en enclaves limitados que funcionan como esclavones conectados en forma de red con los centros financieros del mundo.

Si la primera virtualidad del mundo capitalista generó una hiperrealidad construida por medios de difusión, tanto escritos (periódicos, revistas, panfletos, libros), como auditivos (la radio) y audiovisuales (televisión, cine), la hiperrealidad de esta segunda virtualidad se creo a través de la revolución informática.

En 1984, con su famoso comercial con el que introducía Macintosh, Apple anunciaba el fin de la dictadura distópica impuesta por la primera virtualidad del sistema capitalista. Nos decía que los medios audiovisuales nos enajenaban con el discurso impuesto por un Estado opresor. El computador personal nos daba acceso como individuos a un mundo de información fuera del control institucional, el cual, se expandió como una telaraña con la introducción de la red informática mundial en 1989. La “World Wide Web” nos conectó como individuos imitando al libre mercado imaginado por Milton Friedman. El nuevo modelo de humano es, ahora, el de un individuo libre que actúa racionalmente por su propio interés.

Mientras que la violencia fue relegada a la realidad material y la coerción al primer nivel de virtualidad capitalista, la libertad se consignó a este segundo nivel de virtualidad fundada sobre deuda y datos.

Pero si el individuo es liberado de la comunidad, y es liberado de su clase social, su identidad se vuelve un perfil, un signo que nos representa frente a los otros individuos. Nuestra interacción dentro de esta virtualidad es entre perfiles, construidos y virtuales, no entre humanos. Son estos perfiles los que se escandalizan de la violencia del mundo material; no nuestro ser humano. La empatía es un performance.

El acceso a este nivel de virtualidad cuesta nuestra información personal, la cuál será vendida a agencias publicitarias que la usarán para personalizar, usando el perfil que creamos, la oferta de productos fabricados en su mayoría por trabajadores en un país que mantiene un régimen salarial explotativo para tener acceso al mercado internacional a través de la obtención de deuda. Esta circularidad entre los tres niveles de realidad es nuestra ontología.

Y nuestra ontología está sustentada sobre la división; sobre el trabajador dividido. Así como el nacionalismo y racismo fueron estrategias explícitamente usadas para separar las organizaciones internacionales de trabajadores y detener el movimiento obrero, enfatizando la identidad nacional y de raza por sobre la de clase, la ideología del individuo soberano destruye a los sindicatos dejando a los trabajadores en un estado particularmente vulnerable. En Estados Unidos, por ejemplo, el porcentaje de trabajadores que pertenecen a un sindicato cayó de 20% en 1983 a 11% en 2015. En el Reino Unido la caída fue de un 52% en 1980 a 23.7% en 2020.

Antes de la pandemia vimos reacciones contra esto. En países como la India o Sudáfrica, los sindicatos ganaron fuerza en los últimos años. En Estados Unidos y el Reino Unidos reacciones antiglobalizadoras, particularmente contra la desindustrialización, sacudieron a la esfera política con la elección de Donald Trump y Brexit. Sin embargo, COVID llegó y muchos sectores se vieron obligados a continuar divididos; con ello, nuestro segundo nivel de virtualidad se convirtió en el único medio de conexión.

Llegamos ahora al presente. Con el lento retorno a una situación de normalidad, países como los Estados Unidos y el Reino Unido se enfrentan a movimientos obreros, a renuncias masivas, a huelgas como hacía mucho no veían. Y la respuesta del capital fue apostarle a su segunda virtualidad para perpetuar la división que facilitó la pandemia. Cuando Mark Zuckerberg anunció su proyecto del “Metaverso,” imaginando la segunda virtualidad como una ontología, lo vendió, en un principio, como un potencial espacio de trabajo. Esto no es casualidad. Reemplazar el lugar físico laboral por un espacio virtual, perpetuando la división material entre los trabajadores, permite la permanencia del sistema capitalista.

Mientras nos refugiamos cada vez más en la virtualidad, toda la violencia de la que nos escandalizamos continúa rampante, tan real, tan material como siempre. Si el problema es la división, no es en la virtualidad donde encontraremos resistencia, sino en la unión dentro de la realidad material y el reconocimiento de la violencia que se perpetúa gracias a las virtualidades del sistema capitalista.


1Julián González de León. Doctor en Historia por la Universidad Graduate Center, CUNY, con especialidad en historia británica. Twitter @Cerebros_Fuga

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