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AMLO sí es mi presidente. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Foto: lopezobrador.org.mx

Por: Ivonne Acuña Murillo

“AMLO sí es mi presidente” no es una enunciación torpe, confirmatoria de un hecho legal dado. Es una declaración de principios, el reconocimiento pleno de Andrés Manuel López Obrador como presidente y el rechazo contundente a los dos mandatarios previos, Felipe de Jesús Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto. Al primero, por haberse robado la presidencia de la República en 2006 y, al segundo, por haberla comprado en 2012. Ambos políticos nos arrebataron la oportunidad de tratar de revertir, mucho antes, los resultados negativos de un modelo económico y político diseñado para beneficiar al uno por ciento de la población mundial en detrimento del enorme resto. Por estas razones, sostengo tajantemente que ni Calderón ni Peña fueron mis presidentes, no solo porque no voté por ellos, sino por la forma corrupta y vil con que se hicieron del poder. No fueron mis presidentes entonces, cuando desconocía las desastrosas consecuencias que su paso por la silla presidencial tendría para el país que conocí y amo, mucho menos ahora, en que vivimos cada día los efectos perversos de su manera de “hacer política”.

“Nada de medias tintas”, dijo el presidente legal y legítimo de la República, López Obrador, este primero de diciembre, fecha en la que festejó, en un Zócalo pletórico de seguidores y seguidoras, tres años de su toma de posesión. Atendiendo a su llamado, me confieso como una persona de izquierda y, nuevamente, como una lopezobradorista convencida desde que comprendí, en el año 2000, que su apuesta por invertir las prioridades en materia política económica y social, para poner en el centro del “deber ser” del Estado a los pobres, era lo que el país necesitaba. Esta posible inversión supuso desde entonces una amenaza a los intereses, pactos y privilegios de las élites políticas y económicas, principales beneficiarias del paradigma neoliberal y la enorme corrupción con que se impuso, que se encargaron de impedir, en 2006 y 2012, su arribo a la presidencia de la República.

“El tiempo perdido los santos lo lloran”, decían nuestras abuelas católicas. Parafraseando y desde el ejercicio de una ciudadanía laica puedo sostener que: “mucho hemos llorado, como mexicanas y mexicanos, el tiempo perdido”.

Ciertamente, pensar en el “hubiera” parece un sin sentido. Sin embargo, la imaginación y el deseo profundo de que la realidad que vive hoy el país fuera diferente, hacen necesario un ejercicio de historia contrafactual para preguntarse cómo sería hoy México si el afán de Calderón por obtener en el desempeño la legitimidad que no obtuvo en el origen no le hubiera llevado a declarar absurdamente la guerra al narco y la delincuencia organizada, provocando la marea asesina y sangrienta que ha enlutado a miles y miles de familias y al país entero. Cómo sería hoy México si se hubiesen minimizado antes, vía políticas públicas y la redistribución de los recursos, los efectos negativos de un modelo económico que no solo aumenta el número de pobres y les impide dejar de serlo, sino que convierte delitos de lesa humanidad como el secuestro, la desaparición, el narcotráfico, la prostitución y el trabajo forzados en negocios y a los delincuentes en empresarios, cuyos principales “socios” forman parte de las mismas élites políticas y económicas. Cómo sería hoy México sin los avances privatizadores que nos despojaron de buena parte de los recursos naturales y de los beneficios de la explotación y uso de reservas como el petróleo. Cómo sería hoy México sin la enorme corrupción gubernamental y sus “estafas maestras”, al estilo Peña Nieto y sus “jóvenes gobernadores”, que privaron a millones de personas de los recursos públicos necesarios para la generación de oportunidades y con ellas una mejor vida como empleos, mejores sistemas educativos y de salud, caminos, carreteras, centros de abasto, apoyos al campo, etcétera.

El mismo presidente López Obrador sería una persona diferente, con los mismos deseos de favorecer a la población olvidada por décadas y el mismo proyecto alternativo de Nación, pero sin el rechazo reactivo a todos aquellos grupos políticos y económicos, instituciones, medios de comunicación, periodistas, comunicadores, intelectuales, académicos que buscaron la manera de bloquear, desprestigiar, minimizar, ridiculizar e impedir a toda costa que un supuesto político antisistema como él pretendiera, siquiera, ocupar la silla presidencial con la sembrada y muy pensada idea de que “era un peligro para México”. ¿Cuánta de la energía que dirige a contener y responder a sus detractores podría sumarse a aquella que ya invierte en hacer de México un país más justo para las grandes mayorías?

No lo sabemos, solo queda imaginar cómo sería nuestro país si López Obrador se hubiera convertido en presidente en el año 2006 o en el 2012 o si Calderón y Peña no lo hubieran sido. ¿Ejercicio infructuoso?, tal vez. ¿Reflexión necesaria encaminada a pensar lo que nos hubiéramos ahorrado?, ciertamente. ¿Actividad de la memoria para no olvidar los agravios y los sujetos que los perpetraron?, no cabe duda.

Se dirá que un solo hombre no hace diferencia, falso. La historia está plagada de ejemplos que demuestran lo contrario, máxime si se trata de quien está a la cabeza del Estado. Paradójicamente, el problema en una democracia es no poder asegurar la continuidad de un proyecto como el de la Cuarta Transformación (4T) pero, por ahora, el cambio avanza.

Por todo esto “AMLO sí es mi presidente”. Como millones de personas en el país, le reconozco como a un gobernante honesto, austero, preocupado y ocupado por el bienestar de los sectores menos favorecidos, convencido de su papel en la historia y como un hacedor de realidades alternativas que hizo posible su propia profecía.

Y, si “AMLO sí es mi presidente” con mayor razón estoy obligada a ver y señalar los errores, las faltas, los excesos, las marcadas ausencias como han quedado de manifiesto en artículos como: “¿Se puede ser feminista y lopezobradorista al mismo tiempo? (https://julioastillero.com/se-puede-ser-feminista-y-lopezobradorista-al-mismo-tiempo-autora-ivonne-acuna-murillo/); “#Opinión El movimiento feminista: campo de batalla de AMLO y sus malquerientes conservadores” (https://ibero.mx/prensa/opinion-el-movimiento-feminista-campo-de-batalla-de-amlo-y-sus-malquerientes-conservadores); ¿Se equivoca el presidente al llamar amigos a sus adversarios? (https://ibero.mx/prensa/opinion-el-movimiento-feminista-campo-de-batalla-de-amlo-y-sus-malquerientes-conservadores); “’Quién es quién en las mentiras de la semana’ y Julio astillero. Cuestión de método” (https://julioastillero.com/quien-es-quien-en-las-mentiras-de-la-semana-y-julio-astillero-cuestion-de-metodo-autora-ivonne-acuna-murillo/); “El periodismo militante no es útil a AMLO ni a México”, Revista Zócalo 262, Diciembre); “Desaparición de fideicomisos: más administración y mejor comunicación” (https://julioastillero.com/desaparicion-de-fideicomisos-mas-administracion-y-mejor-comunicacion-autora-ivonne-acuna-murillo/).

Estoy también obligada, como analista política, feminista, académica y clasemediera, a responder cuando sus palabras y actos ofenden mi sensibilidad y convicciones poniéndome en el dilema que podría suponer ser feminista y lopezobradorista al mismo tiempo, y cuando me he sentido agredida por mi condición de clase social y el gran privilegio que implica pertenecer, con oportunidad, pero también con mucho esfuerzo, disciplina y sacrificio, al menos de uno por ciento de la población con estudios de doctorado.

No niego mi situación privilegiada, misma que por cierto no me coloca al lado de gente con enormes recursos económicos pues no me he dedicado a “hacer” dinero ni a “trepar” posiciones políticas y/o sociales, pero sí me brinda los elementos necesarios para comprender los graves problemas por los que transita el país y pensar en aquellas acciones encaminadas a su disminución. Una razón más que me obliga a tener una mirada crítica en torno a quien gobierna, aun siendo amlover.

Sabido es, que no existen los gobernantes ni los gobiernos perfectos, por lo que el criterio para discernir a cuál apoyar se basa en la voluntad política para llevar adelante los cambios urgentes y tratar de gestionar, de la mejor manera, aquello que no sea posible modificar en el corto o mediano plazo. Es aquí donde radica el éxito con que, en términos de apoyo popular y aprobación, 71% acuerdo con De las Heras Demotecnia, encuesta difundida el martes 30 de noviembre, con que cuenta el presidente López Obrador al final de su tercer año de gobierno, quien ha sabido poner de su lado a una población harta de los malos resultados, corrupción, excesos y falta de amor a México de una clase política incapaz de mirar más allá de su propio ombligo.

¿Basta con la intención? Seguramente no, pero sin ella no habría proyecto que defender. A esta se suman pruebas tangibles del compromiso asumido por el primer mandatario en materia de una nueva distribución del dinero público a favor de los sectores más desprotegidos, del ataque a la corrupción, de la austeridad del gobierno, de las grandes obras de infraestructura, del apoyo al campo. Pero no solo eso sostiene la aprobación presidencial. Esta se basa en el carisma y autenticidad de un hombre que se ha autoimpuesto el papel de caudillo, aquel que aparece en la historia mexicana cuando la Patria está en peligro, y en la necesidad de millones de personas de contar con alguien que, desde el gobierno, esté de su parte y atienda sus carencias, sufrimientos y falta de esperanza.

Inequívocamente, ser amlover en momentos de profunda división entre quienes aman y odian a López Obrador tiene un costo. Mi convicción me ha valido la perdida de amistades y la salida de grupos en los que la diatriba, el insulto fácil, la falta de argumentos, la descalificación, la repetición irreflexiva y sin datos del discurso que busca deslegitimar al actual presidente y con él al único proyecto que busca mejorar la vida de las mayorías, se ha vuelto una constante. No se ha adquirido la costumbre democrática de respetar la postura y la voz de quien no piensa igual, de reconocer su derecho a votar por quien le dé la gana y a defender, con argumentos, datos y emociones a quien ha decidido sea su presidente. No se comprende que al hacer a un lado la crítica razonada dejando en su lugar la descalificación ofensiva y vulgar se agrede también a quien defiende al agredido.

Una disculpa por la personalización. Me han ofendido quienes no respetan mi convicción democrática, quienes a través de supuestos chistes insultan a quien elegí por la vía de las urnas, quienes conociendo mi identidad política no se detienen al proferir toda suerte de adjetivos infamantes contra AMLO y contra quienes le apoyamos, “chairos y chairas” nos llaman. De pobres, ignorantes y muert@s de hambre no nos bajan, desconociendo una y otra vez nuestro derecho político a elegir a quien ha de gobernarnos y sin respetar nuestro “turno al bat” y la experiencia y conocimientos que nos llevaron a decidir por AMLO.

Pero, ser amlover no se traduce, en mi caso, en amor ciego. Al votar por AMLO amb@s contrajimos un compromiso: él, llevar al país al lugar que prometió y yo, vigilar que lo haga. En una democracia, la corresponsabilidad forma parte del contrato que de manera implícita se firma el día de las elecciones.

Como sea, mi declaración de principios está hecha: “AMLO sí es mi presidente”.


Ivonne Acuña Murillo.

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.
https://twitter.com/ivonneam

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