Mirada desencantada | Cuatro generaciones de mujeres demuestran que ser madre no es natural. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Imagen ilustrativa.

Por: Ivonne Acuña Murillo

Ni ser mujer ni ser madre es natural. Al igual que los hombres, las mujeres somos seres históricas; esto es, no nacemos mujeres, no nacemos madres, “llegamos a serlo”, como diría la filósofa existencialista francesa Simone de Beauvoir (1908-1986), a partir de un largo proceso de socialización que comienza antes de nacer, afirmo yo. Por estas razones, ni mis abuelas, ni mi madre, ni la madre de mi pareja, ni su hermana, ni yo, ni mi hija somos el mismo tipo de mujer ni vivimos la idea de la maternidad de la misma manera. Nuestro horizonte histórico impone experiencias, ejercicios, métodos, preocupaciones, sentires, saberes, pensares diversos.

Sí lo sé, no faltara quien al leer este escrito piense que estoy loca y no tengo idea de lo que hablo. Que eso de sostener que no se nace mujer y, peor aún, madre es una reverenda estupidez. Me tranquiliza saber que no es la primera vez que esto sucede, siempre que he escrito al respecto el resultado ha sido el mismo. Sin embargo, vuelvo a afirmar que “Ser madre, no es natural”, como lo hice el 9 de mayo de 2016, en una publicación del mismo nombre aparecida en el sitio fundado por Epigmenio Ibarra Revolución Tres Punto Cero (https://revoluciontrespuntocero.mx/ser-madre-no-es-natural/).

Y no es natural porque tanto el “ser mujer” como el “ser madre” son roles (papeles) construidos y asignados, desde la cultura patriarcal, machista, misógina, bigenérica, heteronormativa, a las mujeres. Basta que al nacer se presenten a la vista genitales reconocidos previamente como “femeninos” para que, en automático, el nuevo ser sea considerado una mujer y una futura madre.

Me explico mejor. Los aretitos, el color rosa, las muñecas, las inclinaciones al trabajo doméstico, la maternidad y “las labores propias de su sexo” no vienen inscritos en los genes de las llamadas “mujeres”. Como tampoco lo está todo aquello que se asocia con el “ser hombre”. Ciertamente, las mujeres nacemos, o casi todas, con un vientre capaz de procrear y parir a otro ser de nuestra especie, al tiempo que poseemos pechos que nos permiten amamantar, no siempre, pero junto con ellos no viene inscrito en nuestra biología el manual de cómo ser una madre socialmente aceptable, eso se enseña, se aprende, se incuba, se introyecta, se impone.

Repito: “ser madre no es natural” y por extensión “ser padre” tampoco. Así lo sostuve en un artículo publicado en este mismo sitio bajo el título, sí adivinó, “Ser padre no es natural” (julioastillero.com, 21 de junio de 2021, https://julioastillero.com/ser-padre-no-es-natural/).

Una vez aclarado el punto, podemos entrar en materia: algunas diferencias entre cuatro generaciones de mujeres que demuestran que “ser madre no es natural”. Cabe decir antes que esta colaboración se basa en un artículo anterior, publicado el 6 de marzo de 2018, aparecido en el sitio Huffpost.mx, titulado “Cuatro generaciones de mujeres que han cambiado el mundo soñando, deseando y actuando”, el cual no se encuentra ya en la red, toda vez que al abandonar México la empresa de medios decidió bajar todas sus publicaciones, por lo que me permito reproducir, entre comillas, algunas partes del texto original.

Comienza aquí el relato de cuatro generaciones de mujeres que han vivido la maternidad de maneras diferentes. Esta relatoría comienza con mis abuelas que, por azares del destino, llevaban ambas el nombre de “Concepción”, a la madre de mi padre le llamábamos “mamita”, y a la de mi madre “mamá Conchita”.

“Las historias de ambas son singulares, mi mamita fue una mujer que trascendió su tiempo, pues después de casarse con el hombre que sus hermanos habían elegido para ella, se divorció, no sé bien si con la intervención de esos mismos hermanos o no. Pero a partir de ahí vivió como una mujer libre que se atrevió a trabajar, a dejar a su hijo e hija al cuidado de sus familiares, a mantenerl@s, a procurarles una vida mejor…

Por su parte, mi mamá Conchita formaba parte de una familia de artistas de circo, su propio circo, en el que sus hermanos eran trapecistas y su hermana la estrella de la fuerza dental. Mi abuelita no quiso ser artista del circo, prefirió quedarse en casa y cocinar para la familia. Ella y su hermana eran vigiladas todo el tiempo por su padre, madre y hermanos, quienes al salir a la calle no les permitían levantar la cara y cuando lo hacían les daban un manazo en la frente para que volvieran a bajarla. Fue el encierro y la severa vigilancia los que la llevaron a decidir irse con el primer hombre que pasara y fue así como dejó Argentina y se mudó a México, para jamás volver a ver a su padre y madre, quienes la declararon muerta. Formó familia con mi abuelo, director de orquesta en el famoso Circo Atayde Hermanos, un hombre mucho mayor que ya había tenido 3 hij@s con una primera mujer y cuatro más con una que había muerto joven de una enfermedad, dice mi mamá, propia de la guerra.”

Ambas abuelas experimentaron la maternidad de formas distintas. Para Mamá Conchita ser madre significó, en primer lugar, terminar de criar a las tres hijas de su esposo, y la segunda mujer de este, cuya edad era cercana a la suya; en segundo lugar, parir y criar a sus 5 hijas y a su hijo; en tercer lugar, procurarles las mejores condiciones, lo cual se dificultaba por la pobreza de la familia y los recurrentes viajes de trabajo de mi abuelo con el circo. Podría afirmar que esta Conchita centró mucho de su labor como madre en la preparación de los alimentos. Lo que en principio pareció una elección, como se dijo arriba, se convirtió en destino. Una vez casada, nunca salió de la cocina de su casa, se dedicó totalmente a la crianza y cuidado de su numerosa familia.

La otra Conchita, por su parte, tuvo que enfrentar el terrible dolor de ver morir, a causa de una enfermedad infantil propia de la época (principios del siglo XX), a su hijo “Guillermito” como ella le llamaba. Una vez divorciada, tuvo que plantarse y trabajar para mantener a su hija, la mayor, y su hijo, el menor. “Siendo yucateca vino a la ciudad de México a probar suerte, se volvió a casar, puso una casa de huéspedes en la colonia Roma, dio clases de baile y se enfrentó a la vida con valor y algo de locura.”

Mamita vivió su maternidad bajo el imperativo de mantener económicamente a sus hija e hijo. Salió y enfrentó al mundo. Fue rígida, dura, casi autoritaria. Mamá Conchita, en cambio, fue una madre encerrada entre cuatro paredes que crio a sus hijas (suyas y prestadas) e hijo como pudo, con ayuda de las grandes, pariendo a una y uno detrás de otro, a veces ayudada por su marido, a veces sola, siempre en la cocina y castigando cuando había que castigar, como hicieron con ella, pero sin tanta rigidez.

Ninguna de las dos, hasta donde sé, tuvo por ambición estudiar una carrera ni hacer una vida diferente a la marcada por el matrimonio y la maternidad. Tampoco tuvieron que preocuparse de que sus hijas fueran violadas, desaparecidas o asesinadas al salir de casa. No pasaron noches en vela ante el temor de no saber qué fue de sus hijas. ¿Tiempos dorados? Seguramente no, pero el horizonte de horror que viven hoy las mujeres en México no fue el suyo.

Otras dos mujeres, mi madre y la madre de mi esposo (no le gusta que le diga “suegra” dado el tono negativo que acompaña al sustantivo) experimentaron necesidades diferentes a las de mis dos abuelas. Mi madre, Josefina, tuvo la oportunidad de estudiar completa la primaria y una carrera comercial, a instancias de su propio padre, el viudo con quien casó mi abuela. “Un hombre fuera de época que procuró darles educación a sus hijas y no solo a su hijo varón. A las dos mayores les pagó clases de piano y a la segunda incluso la secundaria.

A Josefina ya no le tocó eso de la secundaria y las clases de piano, aunque deseaba aprender a tocar y seguir estudiando, pero nunca se lo dijo a su padre, quien murió sin saber siquiera que tenía una hija que, siendo una buena estudiante, tenía deseos de ser una profesionista. Ella ve en mí aquello que quiso ser y no pudo, pues tuvo que dedicarse a cumplir con el papel que la sociedad tenía designado para ella: el matrimonio y la maternidad. Maternidad difícil, esclavizante, hay que decirlo, que la obligó a salir de sí misma para hacerse cargo de la vida y necesidades de otras, de otros, sus 4 hijas y 2 hijos. Al igual que la Conchita paterna, sufrió la enfermedad y muerte de un hijo, el primer varón nacido después de parir 3 hijas, solo que no a una edad temprana sino a los 30, después de dos años de dolorosa agonía. Y pasó el trago amargo sola, pues cada integrante de la familia se encerró en su propio duelo. Más tarde, ya libre de la obligación impuesta socialmente, volvió a entrar en sí misma para no salir jamás, ayudada fatalmente por un mal degenerativo.

“Otra mujer, la madre de mi esposo, María de los Ángeles, sufrió en carne propia la costumbre de no recibir educación formal. Cuando muy niña su familia residía en Houston, Texas, Estados Unidos, pero un aviso del gobierno cambió su destino. Se le informó a su padre que si no enviaba a sus hijos e hijas a la escuela sería encarcelado.” Él decidió volver con su familia a México, a un pueblo cerca de Texcoco, evitando dos amenazas: ser encarcelado y enviar a sus hijos e hijas a la escuela.

Inútiles fueron los ruegos de María de los Ángeles intentando convencer a su padre, por todos los medios al alcance de una niña, incluidas las lágrimas, para que la dejara ir a la escuela. No podía faltar al deber de levantarse de madrugada a hacer tortillas y no era conveniente que conviviera con otros hombres que no pertenecieran a la familia. Al final, ella aprendió a leer y escribir por su cuenta, años después.

Al igual que Josefina, se convirtió en ama de casa y madre de una hija, la mayor por cuyos ojos veía el mundo y a la que sobrevive, y dos hijos varones. Como la Conchita paterna y como Josefina vivió la muerte de su primer hijo varón. Pareciera una fatal secuencia cronológica pues el de “mamita” murió en la infancia, el de María de los ángeles en la adolescencia, y el de Josefina en la adultez. ¿Cómo saberlo? Destino o casualidad.

María de los Ángeles vivió su maternidad con alegría, con música y cantando, en casa y fuera de esta, aun a pesar de la fatalidad. Al igual que la Conchita materna, hizo de la comida una forma de cuidar y amar a su familia, deleitándoles con un simple arroz hecho con agua y azúcar y guisos más elaborados, muy propios de la cocina mexicana. Y como Josefina, que se hizo cargo del cuidado de uno de sus nietos, ella crío a cuatro, todos hombres, extendiendo con ello su maternidad. Por su parte, Josefina experienció la maternidad como parte de un destino del que no pudo escapar.

Tampoco tuvieron, María de los Ángeles y Josefina, como horizonte de vida la desaparición y asesinato de mujeres, por lo que vivieron su maternidad sin el temor constante de un destino fatal para sus hijas.

“María de los Ángeles educó y creció a una exitosa profesionista, Graciela, la mejor médica (y cantante) que he conocido y quien pudo abrirse paso en un mundo regido por reglas y valores masculinos, en su mayoría misóginos, gracias a un padre que la preparó para eso.” Mi madre, por su parte, nunca impidió a sus hijas estudiar e hizo todo lo que estuvo a su alcance para apoyarlas en este camino.

Tanto Graciela como yo hicimos carrera universitaria, nos casamos y tuvimos hijos, ella cuatro hombres, yo un hijo y una hija. No fueron el matrimonio ni la maternidad nuestro proyecto único, ni el impedimento para el desarrollo de una carrera profesional. Salto cuántico que nos diferencia sustancialmente de nuestras madres y abuelas, con excepción de mi “mamita” que queriendo o no salió al mundo del trabajo fuera de casa para convertirse en una mujer fuera de época.

Graciela no vio en la maternidad el eje de su vida, parte importante sin duda, pues la medicina fue, creo yo, después de su familia, su más grande amor, su compromiso permanente, el elemento definitorio de su identidad última. Yo en cambio, introyecté el rol de madre de manera temprana al ser la mayor de seis hermanas y hermanos y a pesar de que lo he ejercido a satisfacción con mis propios hijo e hija, no logró desprenderme del todo de su marcada influencia. Sin embargo, he podido combinarlo con una vida profesional rica, intensa y apasionante.

Para Graciela la maternidad supuso preocupaciones diferentes a la de aquellas mujeres que en las últimas décadas hemos parido a otras mujeres. Para mí, la vivencia ha sido diferente a la suya y a la de nuestras madres y abuelas. Mi hija y yo vivimos en un país donde ser mujer es un riesgo permanente, donde ser mujer se asocia a peligros constantes, por lo que mi maternidad es la de una mujer atenta, vigilante, dispuesta para proteger a su hija de los peligros que acechan a todas las mujeres en México.

Lo anterior supone afirmar que mis abuelas criaron a mujeres para ser como ellas: esposas, amas de casa y madres. Que nuestras madres nos criaron para ser, en parte, como ellas: esposas, amas de casa y madres, pero con la diferencia de que nos apoyaron para estudiar y desarrollarnos como profesionistas. Yo, como madre de una joven mujer, no he criado a mi hija para ser ni esposa, ni ama de casa, ni madre, eso será solo si ella así lo decide. La he educado para ser ella misma, asertiva, inteligente, agresiva, autogestiva, independiente, profesionista exitosa. Para ser una mujer del siglo XXI.

La maternidad como un valor inamovible no es algo que yo le haya heredado, sí el ejemplo de una madre que hace lo mejor que puede, que no es perfecta, que no sigue los dictados de la naturaleza, sino que se ajusta al contexto, a lo que hay, a lo que tiene, a lo mejor que puede dar.

Contextos diferentes, vidas distintas, carreras disímbolas, experiencias desemejantes nos llevaron, a mujeres de tres generaciones, a vivir, sentir, desear o no la maternidad desde otro lado. Porque les recuerdo: “ser madre no es natural”, si lo fuera todas las mujeres seríamos, como parte de la especie humana, madres iguales en todo tiempo y lugar y como he demostrado arriba, eso no se sostiene.

No se sostiene tampoco para mi joven hija que ve la maternidad como una posibilidad entre otras y ya no como un destino del que no se podrá librar. Ser madre para ella es una elección y si algún día se decide a serlo, con seguridad su experiencia maternal será cualitativamente distinta a la de las mujeres que le antecedimos.

Mirada desencantada

Como en el caso de Debanhi Escobar Bazaldúa, de 18 años, el cuerpo en avanzado estado de descomposición de Yolanda Martínez Cadena, joven madre de 26 años, fue encontrado en un terreno baldío a 30 kilómetros de donde se le vio por última vez. Desde su desaparición, ocurrida el 31 de marzo pasado en San Nicolás de los Garza, Nuevo León, su familia, encabezada por su padre Gerardo Martínez, se lanzó a la búsqueda solitaria de su hija, pues las autoridades se encontraban ocupadas en el caso, por demás mediático, de Debanhi.

Yolanda, quien salió a buscar trabajo, era madre de una pequeña de 4 años. ¿Qué tendrá que decir el gobernador del estado, Samuel García, a esta nueva huérfana? ¿Se atreverá a enviar de nuevo a Yolanda un mensaje que, a la vista, buscaba evadir su responsabilidad como gobernante en torno a las desapariciones y asesinatos de mujeres? El mensaje: “Decirle a Yolanda que se sienta cien por ciento protegida y que puede acudir directamente aquí a Palacio o la Comisión de Búsqueda por si ella tenía un temor de que pudiera haber una represalia de un tío […] Obviamente yo como gobierno no puedo intervenir en la investigación, pero ya tengo conocimiento de que un tío, hermano de la mamá, muy violento, que inclusive tomaba y se metía a la habitación, no quiero dar detalles de más, imagínense lo que pasa ahí”.

Habrá que responder a este “gobernador” aprendiz de todo y de nada que: “O sea, el que la ley le impida ‘intervenir’ en una investigación en curso, ‘obviamente’ no lo exime de su responsabilidad como gobernante, como brazo ejecutor de un Estado cuyo deber principal es vigilar que las mujeres tengan una vida libre de violencia y que, por lo tanto, él debe asumir, ‘cien por ciento’, el compromiso con las mujeres vivas, aunque ellas o sus familias ganen ‘suelditos’ de 40 o 50 mil pesos mensuales.” ¿De qué sirvió el ridículo mensaje enviado a una mujer violentada y asesinada semanas antes? ¿A quién le sirve desviar la atención y culpar a un familiar de la desaparición y muerte de la joven madre?”

<em>Ivonne Acuña Murillo.</em><br>
Ivonne Acuña Murillo.

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.

“Algo es algo”, dice AMLO sobre aprobación a la ley electoral y reprocha a la oposición rechazo a reforma (nota de Gustavo R. Gallardo en Metapolítica)

Gustavo R. Gallardo / Metapolítica Morelia, Michoacán.- El presidente Andrés Manuel López Obrador dijo que aunque no se consiguió la reforma constitucional en materia electoral, sí se consiguió aprobar la ley electoral, conocido coloquialmente como Plan B, el cual reduce alrededor de 3 mil 500 millones de pesos el gasto operativo del Instituto Nacional Electoral […]

Comenta

Deja un comentario