Ser padre no es natural. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Por: Ivonne Acuña Murillo.

Así como ser madre no es natural*, ser padre tampoco lo es. La paternidad y la maternidad son roles asignados en función del sexo y de la contingencia de tener hijes. Es el “deber ser” que condiciona la vida de las personas en el contexto de sociedades concretas, de manera que ser padre o madre depende del lugar y de la época en que se vive. Esto lleva a preguntarse: ¿qué significa ser padre en nuestros días? y ¿por qué ser padre no es natural?

Lo oportuno es responder al segundo cuestionamiento primero. Ser padre no es natural porque no es algo que venga en los genes codificado de una vez y para siempre, no es parte de una herencia genética intemporal que pueda actuar al margen de las costumbres, las normas, los valores, los patrones aceptados de comportamiento, la moda, incluso. Ser padre no es natural porque el ejercicio de la paternidad depende, principalmente, de aquello que se considera deseable en un contexto concreto.

“Nadie nace sabiendo”, reza doctamente el dicho popular. La asignación “hombre” al nacer no habilita a nadie para ser padre. Serlo depende del temperamento (personalidad genética heredada), de la personalidad (forma de ser aprendida), de la experiencia de vida, del ejemplo, de los sentimientos (buenos y malos), de la moral de la época, de una decisión individual o del azar. Esto es, lo heredado y lo aprendido hacen de alguien un buen o mal padre. La duda aquí es ¿cuál de estos componentes influye más?

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Cierto es que existen elementos en el cerebro humano que llevan a proteger a las crías de la especie como la producción de oxitocina en el hipotálamo, la conocida hormona del apego o del amor, cuya producción aumenta cuando la madre y el padre tienen contacto físico afectivo con sus pequeñes. Otro ejemplo, está en las características físicas de les bebés, como un cuerpo y un olor agradables, que invitan a cuidarles y protegerles. Otro tipo de contacto que aumenta la producción de esta hormona es el sexual, ya que su liberación durante las relaciones sexuales incrementa la complicidad, el afecto y la confianza en la pareja.

Sirvan estos ejemplos para afirmar que, por supuesto, los seres humanos estamos marcados por nuestra biología. Sin embargo, somos, hasta donde se sabe, la única especie capaz de reprogramar de tiempo en tiempo, a partir de nuestras acciones conscientes, esa biología. Así, por ejemplo, inventamos las lámparas de aceite, las velas, la luz eléctrica para ampliar el tiempo de vigilia, naturalmente marcado por las horas de luz solar, y con este el número de actividades que podemos realizar en un día. Concebimos contra natura, no olvidar que pertenecemos al grupo de mamíferos que duermen por las noches, los trabajos nocturnos y las guardias médicas que exceden con mucho las 24 horas, entre otros. Creamos artefactos que modifican, como efecto secundario, la esperanza de vida (después de haberla aumentado vía la medicina, la alimentación, el ejercicio), tales como los dispositivos personales, las pantallas, las redes sociales cuya atención resta horas de sueño y que se prevé acortarán en alrededor de 5 años la longevidad de las generaciones más jóvenes, etc.

Al igual que los hábitos, las horas de sueño y vigilia, transformamos también los roles, formas, reglas, valores, normas, patrones, acciones que conforman instituciones sociales como la paternidad y la maternidad. De la última hablé en un artículo citado al final de esta colaboración, por lo que toca el turno a la primera. Es momento también de contestar a la pregunta: ¿qué significa ser padre en nuestros días?

Antes de responder, cabe aclarar que aquí se habla desde la observación externa que puede hacerse del “ser padre” y que la última palabra en torno al tema la tienen los hombres que han tenido la fortuna o la desgracia, según se mire, de tener hijes, por lo que cualquier comentario al respecto será bien recibido.

Una vez dicho por qué el ser padre no es natural, cabe sostener que el “deber ser” de la paternidad ha cambiado a lo largo de la historia de la humanidad, al igual que la maternidad, a pesar de lo cual se puede hablar de la existencia de arquetipos, que a decir del psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo Carl Gustav Jung (1875-1961) pueden ser vistos como “cada una de las imágenes originarias constitutivas de lo inconsciente colectivo  y que son comunes a toda la humanidad”, mismos que se repiten a lo largo de los siglos y que forman parte de un sustrato universal transhistórico. Es el caso de la existencia del padre y la madre.

Existencia que se convierte en parte de la cultura a partir de ordenamientos concretos como la figura del pater familias (padre de familia) en el Derecho Romano. El pater de familia era el hombre, este rol no podía ser desempeñado por una mujer, que tenía la potestad y dominio legal del hogar y de cada uno de los bienes e integrantes (esposa, hijes, esclaves) que lo componían. Para que le fuera reconocida esta calidad, el sujeto debía ser un ciudadano libre.

Históricamente, el pater familias es asociado a la ley, al honor, a la justicia. La madre por su parte, al sacrificio, al amor incondicional, a la renuncia, al perdón de los errores de les hijes sin importar cuales fueran.

Un ejemplo me viene a la memoria. El de un padre, cuya historia completa se pierde en la bruma del pasado, quien juzgó y mandó colgar a dos de sus hijos varones por robar ganado, dada su posición como Juez de la Acordada, tribunal judicial de naturaleza sumaria creado en 1719 en la Nueva España para compensar los desatinos del sistema judicial ordinario. Bien puede imaginarse a la madre de los jóvenes rogando por la vida de sus hijos al juez-padre que, por la presión social que su cargo le impuso, no pudo dejar pasar el abigeato en que sus hijos incurrieron, crimen que entonces era castigado con la muerte.

Para no ir tan atrás en el tiempo, el fin de semana pasado los medios de comunicación ofrecieron el ejemplo de otro padre que, siguiendo la línea del honor y la justicia, se vio obligado a presentar, ante la agencia 50 de la Fiscalía de Justicia de la Ciudad de México (FGJ-CDMX), a su hijo Diego Armando Helguera, el sujeto que atropelló la madrugada del sábado 12 de junio, en la colonia Viaducto Piedad, a dos jóvenes mujeres, Polly y Fer (Fernanda Olivares y Fernanda Cuadra), quienes luchan por su vida, después de haber sido expulsado de una fiesta donde causó problemas debido a una ingesta excesiva de alcohol.

Textualmente, César Santiago Helguera Chavelas, quien se desempeña como Mayor de Justicia Militar en la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), dijo: “Vengo a presentar a mi hijo que tiene un mandamiento judicial, vengo a presentarlo, viene a dar la cara por las lesiones que le imputan…”. Podemos inferir igualmente los ruegos de una madre, pero no se piense, ni por un momento, que un padre no sufre al cumplir el imperativo moral que se le asigna cuando este debe obrar sobre sus hijes.

Más allá de estos casos, con el paso del tiempo la figura del pater familias se ha modificado, tal vez no tanto como se quisiera. De hecho, ha pasado al siglo XXI en tensión constante con la exigencia de reconocimiento de los derechos femeninos. Así, los hombres que hoy son padres tienen que compartir con las mujeres, que son madres, la posesión de los bienes, la autoridad en el hogar, la responsabilidad sobre el cuidado y educación de les hijes. Por supuesto, hay resistencias. Ceder y compartir los privilegios que acompañan al padre de familia no ha sido fácil, en especial para los hombres que ven en esto una renuncia al papel social que les colocó por encima de más de la mitad de la humanidad.

Pero no es solo una cuestión de poder, vanidad u orgullo. El patriarcado, entendido por la feminista estadunidense Kate Millett en su texto Política sexual (1970) como “la dominación de los hombres sobre las mujeres y de unos hombres sobre otros hombres”, conlleva la asignación de roles diferenciados a ambos sexos y la existencia de estereotipos masculinos y femeninos, a partir de los cuales se asignan formas de pensar, ser, estar y sentir, así como tareas, acciones, normas, valores, patrones de comportamiento y espacios de poder.

Es un hecho que, en esta repartición, a los hombres les tocó la mejor parte: el ejercicio irrestricto del poder sobre las mujeres, sus cuerpos, sus hijes, su vida. A pesar de lo cual, conforme el Movimiento Feminista avanza, después de siglos de lucha, lo que en un tiempo les benefició hoy se convierte en un lastre, en un impedimento para su desarrollo como personas plenas.

Esto se observa especialmente en lo que concierne al ejercicio de la paternidad y lo que se espera de un padre: que sea el proveedor y protector (física y económicamente) de la familia. Mientras que a las madres les son reservadas todas las actividades relacionadas con el cuidado (de infantes y personas mayores, discapacitadas o enfermas), la alimentación, el aseo de la casa y la ropa, tareas de apoyo en materia de educación y cuidados médicos, y un sinfín de etcéteras. Adicionalmente, una madre puede trabajar y “contribuir” a la manutención de la familia, lo cual es visto como un extra, toda vez que no puede o no debe descuidar su rol doméstico. Puede lavar ajeno, vender quesadillas a la puerta de su casa, coser ropa, cuidar de otres infantes, hacer y vender postres, dulces, pasteles, limpiar otras casas, etc.

Lo que, efectivamente, se ha traducido en un exceso sobre las espaldas de las mujeres, mismas que realizan las dos terceras partes de todo el trabajo que se hace en el mundo, paradójicamente les da oportunidad de ser “bien vistas” socialmente cuando son capaces de realizar, con buenos resultados, ambas cosas; esto es, cuidar de su casa y familia y al mismo tiempo trabajar. De igual manera, “cuando hay un hombre en casa”, la madre puede dedicarse de manera exclusiva al cuidado de su familia, sin que esto suponga un desdoro social. Lo anterior, no supone ignorar que la madre que no cumple con el “deber ser” de la maternidad será absolutamente reprobada por el colectivo.

No ocurre lo mismo cuando se trata de los padres. La reducción de tareas a que les ha sometido el patriarcado (protector y proveedor), que por siglos operó como el privilegio de dedicarse “a lo importante”, se transforma hoy en fragilidad para quien no puede cumplir, por la razón que sea, con el rol asignado.

De manera preponderante, la forma en que desde el capitalismo se usa el trabajo de las mujeres para bajar costos y maximizar ganancias; los cambios sociales provocados por la lucha de las mujeres que por realización personal o necesidad se incorporan al mercado laboral; la incursión de cada vez más mujeres en todos los ámbitos de la vida pública, científica, educativa; la precarización del trabajo, la disminución del salario y la pérdida de derechos laborales, etc., han reducido las posibilidades de los hombres para llevar a cabo las actividades paternales a que el patriarcado les redujo.

Proteger y mantener a una familia se vuelve hoy una exigencia que muchos hombres no pueden siquiera soñar. Esta es una de las razones que explican porque muchos de ellos han decido ya ni siquiera intentarlo. Pero ¿qué pasa con quienes ya son padres y no pueden cumplir el “deber ser” de la paternidad?

Por principio, son señalados, etiquetados como “fracasados”, “malos padres”, “malos hombres”, sin tener en cuenta otras consideraciones como los cambios en la estructura laboral mencionados o si han comenzado a desarrollar otros roles dentro de la casa y la familia. No importa si asumen las “tareas propias” del sexo opuesto, no importa si cuidan de sus hijes y les proveen de los cuidados necesarios, no importa si lo hacen bien o mal, no importa si sus compañeras trabajan y proveen lo necesario. Siempre se espera que sea una etapa y pronto vuelvan a desarrollar el prestigioso papel de pater familias. No se juzga igual a una mujer sin empleo que a un hombre.

Nadie se ocupa del sufrimiento emocional que trae aparejado el no poder realizarse como padres en el sentido socialmente aceptado. Poca gente valora, aunque afortunadamente va en aumento, al padre que carga a su bebé, la pañalera y el biberón de camino a la guardería; al padre que lleva a sus hijes al parque; al padre que besa y acaricia a su hijo varón (no sea que por hacerlo lo convierta en “maricón”); al padre que llora ante el dolor o la falta de sus hijes; al padre tierno, dulce, amoroso que habla con cariño a sus crías; al padre que lo da todo (tiempo, salud, bienestar) por su familia. La lógica patriarcal nos acostumbró a pensar que las emociones, los sentimientos, el cuidado, los trabajos domésticos, las renuncias están inscritos en la naturaleza femenina y no en la masculina. De esta última se espera rudeza, frialdad, distancia emocional para obtener “afuera” lo que se requiere “adentro” de un hogar.

Contradictorio es que se sobrevalore a las madres, a quienes se festeja el 10 de mayo, y se infravalore a los padres, cuyo día “cae” el tercer domingo de junio, después de que socialmente se asignó menor valor a las primeras y mayor a los segundos.

En camino estamos para dar a los padres y a las madres el mismo peso social conforme los roles asignados a unos y otras van cambiando en ruta a la igualdad de derechos y la equidad de trato.

No quiero terminar esta colaboración sin recordar con amor a Jorge Acuña Domínguez (1919-2010), el mejor padre que pude tener y quien por algunos años trabajó de lunes a domingo para mantener a su familia y que se quitó la comida de la boca para darla a sus hijes, entre otras muchas cosas.

*Ivonne Acuña Murillo, “Ser madre no es natural”, Revolución Tres Punto Cero, 9 de mayo 2016. https://revoluciontrespuntocero.mx/ser-madre-no-es-natural/

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