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Espejo de príncipes: consejos para el presidente López Obrador. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Foto: Gobierno de México.

Segura estoy que en materia de ejercicio del poder el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), me da dos vueltas y media; sin embargo, nunca están de más los consejos que desde fuera se pueden ofrecer en esta materia. En especial, cuando el objetivo no es alagar el oído de quien los escucha y, sobre todo, cuando el empleo y la “chuleta” de quien los ofrece no están en juego o, al menos, no directamente.

Hablar al oído del gobernante, no con fines amatorios sino políticos, es una práctica casi tan antigua como el ejercicio mismo del poder. Buenos ejemplos de esto los ofrece el “espejo de príncipes” (speculum principium), subgénero literario perteneciente al género medieval denominado “espejo”, cuyo objetivo principal era brindar lecciones a quienes en el futuro ascenderían al poder político máximo o a quienes ya lo ejercían. En términos actuales, se podría decir que son una especie de Manual que, a través de narraciones históricas, ejemplos, relatos breves, ficciones narrativas, permite instruir a quien gobierna o pretende hacerlo en materia moral y política sobre aquello que se debe imitar o evitar.

Pertenecen a este subgénero, cuyo uso se extendió a las culturas egipcia, china, hindú, griega, romana, helénica, latina, cristiana y musulmana, la Ciropedia (escrita entre 380 a.C. y 365 a.C.) de Jenofonte (431 a.C. – 354 a.C.), algunos tratados de Marco Tulio Cicerón (106 a.C. – 43 a.C.), De Clementia (año 55 d.C.) de Séneca (4 – 65), Panegyricus Traiani de Plinio el joven (61 – 112), el Libro de los doce sabios o Tratado de la nobleza y lealtad (1237), mandado a escribir por Fernando III de Castilla (1199 o 1201 – 1252), De regimine principum (1292) del monje agustino Egidio Colonna (1243-1316), Espejo de Príncipes y de Justicia (entre 1437 y 1441) escrito por Pedro Belluga (1392-1468), dedicado a Alfonso el Magnánimo, la Institución del Príncipe (1547) de Guillaume Budé (1467-1540), entre otros.

No podía faltar, por supuesto, El Príncipe (De Principatibus) (distribuido en 1513 y cuya primera versión impresa data de 1532) de Nicolás Maquiavelo (1469-1527). En esta obra, el padre de la política moderna muestra al príncipe una serie de ejemplos de los hechos que a otros príncipes permitieron mantener el control sobre sus súbditos, conservar sus principados unidos, vencer a sus enemigos internos y externos, pero, sobre todo, mantener a sus súbditos de su lado, ya por amor ya por temor, pero nunca por odio. Al final, el filósofo florentino enseña al príncipe que la moral privada no es aplicable a los asuntos del Estado.

Maquiavelo, al igual que López Obrador, extrajo de la historia los ejemplos que le permitieron a otros príncipes llegar y mantenerse con éxito en el ejercicio del poder. Inteligente y magnífico observador de la historia política de su tiempo fue Maquiavelo, hombre práctico que supo separar la moral privada de la pública en una época en la que familias de diversos principados, como Florencia, se disputaban, a sangre y fuego, el ejercicio del poder.

Con el paso de los siglos, los consejos del florentino fueron desprendiéndose del contexto en que nacieron hasta convertirse en parte del pensamiento de un “hombre malévolo”. El adjetivo “maquiavélico” se usa hoy con ligereza pues no se alcanza a comprender, en su pertinencia, la lógica práctica de un hombre del siglo quince.

Para no quedarse tan lejos en el tiempo, la historia de México ofrece también ejemplos de hombres que no supieron leer las intenciones ocultas de aquellos que les acompañaron en el poder y que no pudieron protegerse a tiempo de la traición y la muerte. Es el caso de Francisco I. Madero, uno de los expresidentes más admirados por el actual primer mandatario y cuyos errores deberían servir como ejemplo de no repetición. Tal vez, si hubiera contado con un consejero de príncipes, la historia del prócer de la democracia hubiera sido distinta.

Desde luego, no se encontrará en este escrito una disertación filosófica en torno a sí es mejor ser amado que temido, una serie de estrategias destinadas a deshacerse físicamente de los enemigos políticos, consejos para construir apariencias que vayan más allá de lo que realmente se es, ni tampoco sugerencias consideradas amorales en torno al ejercicio del poder, sino propuestas que bien podrían servir al presidente López Obrador para transitar con éxito la segunda parte de su mandato y para protegerse una vez que deje la silla presidencial.

Si una lectura correcta del contexto histórico es imprescindible al momento de aconsejar a un gobernante, no parecen ya del todo apropiadas las exhortaciones que fueron útiles en siglos pasados. Con esta certeza, es posible recomendar la lectura del texto “Opinión pública” del fallecido sociólogo alemán Niklas Luhmann (incluido por Javier Torres Nafarrete, en su libro Niklas Luhmann: la política como sistema), quien por momentos abandona la complejidad de su teoría para expresar nítidamente las posibilidades del uso de la “opinión pública”, a la que define como “una fotografía estática de un estado en movimiento y como medio para la ‘observación de segundo orden’”. Como un “espejo” que permite al gobernante observar las opiniones, a favor y en contra, de sus gobernados. Después de repasar brevemente el subgénero “espejo de príncipes” no parece casual que el prominente sociólogo usara el mismo sustantivo.

Una vez señalada la importancia que reviste para todo gobernante la visión experta de un consejero, se antoja entrar en materia para hacer lo que se indica en el título de esta colaboración, a saber: ofrecer algunos consejos que sean útiles al presidente de la República, toda proporción guardada entre los pensadores mencionados y quien esto escribe.

Primero, se sugiere hacer cambios en el modelo de comunicación política, de manera que disminuya el desgaste que supone que sea el propio presidente quien conteste todos y cada uno de los ataques de sus adversarios, además de evitar que siga construyéndose enemigos innecesarios, feministas y clases medias, por ejemplo. Para esto, se requiere un equipo de personas versadas en manejo del discurso, con conocimiento de la lógica que supone enviar mensajes por cada medio, tradicionales y redes sociales, y que conozca al dedillo el proyecto de la Cuarta Transformación (4T). Lo anterior no supone prescindir de las conferencias de prensa matutinas, mejor conocidas como “Las Mañaneras”, que bien podrían dedicarse a mostrar los logros de esta administración y a construir un discurso de unión que recupere el tono de la República Amorosa.

En el mismo sentido, se debería designar un equipo especializado en manejo de medios y nuevas redes sociales que trabaje de manera coordinada con intelectuales, articulistas, comunicadores, youtuberos e influencers pro 4T y que se enfoque a ganar la lucha por las percepciones. Esto es, que responda de manera oportuna y con información concreta las mentiras y fake news que son difundidas por los partidos y grupos políticos, económicos y culturales que claramente desinforman y malinforman con la intención de generar percepciones equivocadas en torno al proyecto de país y las acciones que al respecto se han tomado, en relación con el carácter y ruta del actual gobierno y en función de lo que se perdió y ganó en las pasadas elecciones.

Segundo, el nombramiento de tres experimentadxs operadores políticxs: unx para operar al interior del gabinete, otrx en la Cámara de Diputados y otrx con los gobernadores morenistas. Esto permitirá: coordinar de mejor manera el trabajo hecho al interior de la Administración Pública y disminuir las fricciones existentes entre quienes encabezan las secretarias de Estado y el gabinete ampliado; hacer un trabajo fino de negociación entre Morena, sus aliados, los partidos de la alianza “Va por México” y algún partido independiente, librando en lo posible los obstáculos que políticos opositores pondrán para evitar que López Obrador continúe con su proyecto de transformación; formar un frente anti-Conago y anti-Alianza Federalista, de manera que los gobernadores morenistas disminuyan la influencia y ataques anti-4T de los gobernadores opositores; se deberá cuidar también que los nuevos gobernantes sirvan al mismo proyecto y no se desvíen en la ruta de sus intereses personales o cometan graves errores de gobierno.

Tercero, que se meta al orden a Morena, que se revise la actuación de la actual dirigencia en materia de trabajo de base, acuerdos con grupos políticos locales y designación de candidaturas en el pasado proceso electoral y que se analicen, en especial, los malos resultados obtenidos en la Ciudad de México (CDMX), bastión histórico de la izquierda política, este 6 de junio. Que se inicie ya, con paso firme, el proceso de institucionalización de este partido, vigilando que respete sus estatus y acuerdos internos y que haga lo que le corresponde en su calidad de partido en el poder. Esto es, que cuide a sus votantes a través de una fuerte y verdadera representación de sus necesidades e intereses y deje de lado los conflictos internos por los recursos y espacios de poder. Que organicé eficaces y oportunas campañas de información dirigidas a sus militantes, simpatizantes y posibles votantes, que se tome en serio la preparación de cuadros y la defensa del actual proyecto de gobierno y que las facciones que lo forman dejen de desgarrar al partido en un intento por posicionarse de camino a la candidatura presidencial de 2024.

Cuarto, que se practique un ejercicio profundo de autocrítica. Ciertamente, durante las elecciones del 6 de junio hubo malas prácticas, mentiras y fake news difundidas por adversarios políticos, a las que se sumaron mensajes de medios, nacionales e internacionales que, como si fueran inserciones pagadas, difundieron mentiras y medias verdades en torno a lo que la actual administración está haciendo en materia de gobierno y en relación con la manera personal de gobernar de López Obrador, todo lo cual con seguridad impactó sobre la decisión de grupos que en 2018 votaron por AMLO y Morena. Sin embargo, no se puede centrar la mirada solamente en aquello que hicieron, bien o mal, los grupos políticos y económicos interesados en recuperar sus privilegios. Se debe mirar hacia adentro y revisar, concienzudamente, lo que desde el partido y la narrativa presidencial pudo contribuir a que un sector importante de votantes decidiera no apoyar, en esta elección al menos, al proyecto de la 4T.

Trasladar la responsabilidad del descalabro ocurrido en la CDMX a la clase media capitalina, acusándola de ver solo por sus intereses “egoístas” y su, al parecer, “ilegítimo” derecho a la superación de clase es injusto y equivocado. Debería invertirse la pregunta ¿qué hicimos para que sectores importantes de la clase media ilustrada, crítica por vocación, no votaran por el proyecto de la 4T en estas elecciones? Y, aceptando sin conceder que la campaña de desinformación de la alianza “Va por México” influyó fuertemente en la decisión electoral de estos sectores ¿qué se hizo del otro lado para contrarrestar tal campaña?

Lo anterior es relevante de cara a la consulta por la revocación de mandato en 2022, por lo que se sugiere no confiar tanto en la popularidad presidencial y dejar de crear animadversiones, a través de declaraciones equivocadas, entre grupos anteriormente dispuestos a apoyar el proyecto de la 4T. En este punto, se debe hacer un uso inteligente de la “opinión pública”, entendida como un tribunal que todo lo juzga, como el mismo presidente ha hecho en ocasiones anteriores. En las complejas sociedades actuales, la opinión pública debe verse como un instrumento político de primera importancia.

Quinto, que se prepare muy bien el proceso sucesorio y una especie de blindaje para proteger al hoy presidente de la República cuando deje de serlo. Se proponen aquí dos rutas fundamentales para la continuación del proyecto de la 4T.

Primero, una de carácter institucional centrada en la elección de quien logrará la candidatura del partido gobernante en 2024. Es imprescindible seleccionar a la persona correcta, alguien comprometidx con el proyecto de la 4T y su continuidad. Por supuesto, esto siempre será una apuesta que puede cumplirse o no, pues una vez que la persona elegida se levante con el triunfo electoral ya no dependerá del favor de su antecesor, por lo que puede seguir o no la ruta marcada, desvirtuando y traicionando el proyecto que le llevó al ejercicio del poder. Sin embargo, esto no exime al presidente López Obrador de tomar la mejor decisión posible.

Nuevamente, el papel de Morena como partido en el poder cobra relevancia, pues para conseguir los votos necesarios para ganar la elección de 2024 no puede confiarse solo en la aprobación del presidente y su capacidad para arrastrar votos, sino en la eficacia electoral de un partido que en esta materia ha dejado mucho que desear.

Segundo, una de carácter político que permita cuidar las espaldas del hoy primer mandatario cuando deje la silla presidencial pues, aunque ya no sea el jefe de la Nación, con seguridad, seguirá encabezando, quiera o no, el movimiento social que sostiene el proyecto de la 4T. Se sugieren aquí algunas estrategias: colocar gente suya en sitios estratégicos, como lo hiciera Carlos Salinas de Gortari, tanto en el gobierno, como en las grandes corporaciones (Ejército, Iglesias, empresarios, medios), en los otros partidos políticos y en cuanto espacio de poder sea posible; buscar la manera de blindarse, en términos fácticos y legales, para que cuando deje la silla presidencial no puedan sus enemigos políticos, que no adversarios, hacerle daño. Se puede jurar, que el odio personal que muchos le tienen les llevará a buscar la manera de vengarse una vez que deje la silla presidencial y su poder político disminuya sensiblemente, no así su liderazgo social, como ya se dijo.

En este caso, un consejo muy a la mexicana viene al caso: que el presidente, usted y él me disculparán, sea “más cabrón que bonito” y sepa distanciar la moral privada de la pública, como hacen sus enemigos políticos. El amor al prójimo, el no odiar, el tener la conciencia tranquila, el “Detente” no alcanzarán para protegerlo de ellos. De nuevo, el triste final de Madero viene a la memoria.

Quedan aquí estos consejos, no sin antes recordar que el fin último del espejo de príncipes es decir al gobernante aquello que sus allegados no le dirán, especialmente cuando su poder es amplio, por miedo de caer de la gracia de su señor, de su líder, de su presidente.

Por último, espero que este texto no corra la misma suerte que El Príncipe de Maquiavelo y se pierda, ya no entre los regalos de un príncipe como Lorenzo II de Medici sino, entre los millones de páginas del ciberespacio.

Ivonne Acuña Murillo.

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.

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