La calumnia y las benditas redes sociales. Autor: Iván Uranga

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Internet una fábrica de engaños
y la nueva comunicación.

La producción de información y de noticias falsas, la calumnia, el desprestigio, la confrontación y todas las formas de segregación son el alimento de las redes sociales. Es una fábrica de engaños que produce consumidores y que se prostituye al mejor postor. Los algoritmos están diseñados para crear controversia social, porque la violencia en todas sus formas es la mejor herramienta para la mercadotecnia actual y hacen constantes experimentos con los usuarios sin consultarlos para mejorar su mercado.

La calumnia es una imputación dolosa, pública, falsa con la que se culpa a un tercero de un hecho que la sociedad califica como deplorable y es usada como instrumento de denostación social y político en el mundo desde sus orígenes. La mentira pasó de ser uno de los instrumentos de la sobrevivencia humana a convertirse en el instrumento y la forma de la convivencia humana.

La verdad es la primera mentira.

La verdad es un valor absoluto, es decir, es única e indivisible y es la principal utopía humana y para que existiera tendríamos que estar todos los seres humanos de acuerdo en que esa es la verdad cualquiera que sea ésta, esto es imposible, porque incluso en las ideas más generalizadas como la existencia de un ser supremo, hay humanos que no lo creen; pero sí existen los hechos y las certezas de cada individuo o colectivo, por lo que definiríamos a la mentira como la alteración de los hechos y/o las certezas de forma intencionada para engañar. Es esta mentira, este engaño, esta alteración de los hechos de forma intencionada lo que pervierte las relaciones, ya sean personales, sociales, económicas, ecológicas o políticas.

La perversión de la realidad se ha convertido en el principal instrumento del poder y de la política, la manipulación permanente de la mente colectiva se daba hasta hace muy pocos años antes de internet (ai) a través de los “comunicadores” de los medios, era la radio, la televisión y los diarios, los que marcaban la pauta del pensamiento social; ellos eran los responsables de decirte qué ver, qué escuchar y qué pensar de ello, fueron los constructores de la opinión pública hasta la aparición de la Internet y con ella la creación de las “benditas redes sociales” virtuales.

Esta manifestación inmediata, masiva y sin filtro del pensamiento personal, en la virtualidad segura de las redes sociales, ha transformado radicalmente la comunicación social, porque ahora las personas interactúan con millones de personas y los criterios colectivos se van formando entre ellos mismos sin aparente mediador, pero en la realidad ahora son manipulados por algoritmos diseñados y administrados por humanos a quienes les pagan millonarias sumas para provocar las tendencias que les convengan a estos mismos grupos de poder que antes usaban exclusivamente comunicadores para este fin, como el reciente ataque a AMLO que todo indica que fue orquestado por el partido que perdió el gobierno.

Los comunicadores (ai) y la comunicación objetiva que funcionaba como resistencia a la manipulación permanente de la información en los medios masivos, en la actualidad han tenido que adaptarse de forma acelerada para sobrevivir los embates de las redes sociales y mantenerse vigentes en la opinión pública y son muy pocos los que están logrando con éxito esta transición, algunos comunicadores (ai) en México como Carmen Aristegui se mantienen en la radio y la televisión abierta y usan las redes sociales como medio de difusión, pero se mantienen al margen de la interacción virtual con sus “seguidores”, existe otro grupo de comunicadores en resistencia a la masificación de la prevención de la realidad, que han logrado un proceso sano y exitoso de transición a la virtualidad, el caso más significativo es el de Julio Hernández “Astillero” que de venir de la era del papel se ha posicionado como uno de los principales influencers de la opinión política pública virtual, –independientemente de que es todo un caso de estudio–, su forma objetiva y directa de comunicación sin estatus, le ha permitido entablar un diálogo directo y permanente y se ha convertido en un vínculo entre la generación (ai)–antes de internet– y la generación (di)–después de internet–, ambas lo respetan y reconocen como su interlocutor, tal vez porque él sí interactúa permanentemente en las “benditas redes sociales”.

La forma en la que estos algoritmos inciden en nuestras decisiones proviene en principio, de que este «ente» tiene en cuenta parámetros como nuestras interacciones con publicaciones anteriores, visitas a perfiles similares, actividad reciente, etcétera. Es decir, analiza nuestro comportamiento para intentar deducir de forma precisa lo que nos va a interesar y lo que no, y lo adecua al sentido de las tendencias de las mismas publicaciones, así, si las personas hablan más de un tema, es sobre ese tema que te “aparecerá” información y opiniones a favor y en contra, por lo que al poner a tu alcance las opiniones contrarias a la tuya te confronta con tu propio pensamiento y te hace enfrentar a “tu espejo” a través del otro. Los grandes intereses fácticos pagan a los dueños de las redes sociales (así es, por más que así lo crean, ustedes no son dueños de su red social) para que creen tendencia a favor o en contra de productos y personas, y también pagan para que no se den estas tendencias, por ejemplo, hace muy poco nos sumamos a una denuncia internacional contra Nestlé por sus prácticas criminales, estas denuncias aunque tengan millones de réplicas no pueden ser tendencia por el contrato millonario que tiene la empresa para protegerse, incluso si se busca información sobre sus malos manejos hay que acudir a buscadores no comerciales con los que no tengan contrato de protección, en México tenemos el caso concreto de Enrique Peña Nieto y sus contratos multimillonarios en “publicidad” que sería necesario hacer una auditoría para saber cuánto gastó en bots y pegos de protección a las redes sociales para acallar a la opinión pública. Un tweet patrocinado puede llegar a los 260,490 euros. Justo la cantidad que cobra Cristiano Ronaldo por publicar un tweet. Mientras tanto Messi también cobra 150,000 euros por cada tweet promocionado. Muchos hemos sufrido el ataque sistemático del poder a través de la calumnia y la desinformación, en mi caso, escribo y público desde hace muchos años bajo decenas de seudónimos por sobrevivencia.

En tanto que la sexualidad y la violencia son las formas más primitivas de la comunicación, están implícitas en el inconsciente humano, se manifiestan de forma permanente ante todo aquello que no entendemos, que vemos diferente o que no piensa igual, es de esto que se alimentan los algoritmos para crear las tendencias de opinión en las redes sociales y sólo el filtro de la inteligencia y la conciencia sobre nuestras respuestas antes de emitirlas podría contrarrestar este círculo vicioso que genera odio y se alimenta de odio. Los seres humanos somos mucho más que esto, y lo demostramos permanentemente incluso en las “benditas redes sociales”. Cuando hemos observado que las tendencias son abiertamente irracionales, emerge de nuestra conciencia una resistencia masiva contra el engaño, que se manifiesta con millones de opiniones y vence a los algoritmos pagados por el poder, creando tendencias naturales en las redes sociales emanadas de la “verdad” colectiva.

La calumnia sólo funciona mientas los hechos reales alcanzan la luz. Más allá de la idea romántica de la justicia en donde la “verdad” surge como la gran vencedora de la infamia, desafortunadamente los hechos reales y la luz muchas veces surge demasiado tarde sin justicia y ya sólo sirven como anécdota para la historia. El engaño puede existir exceptio veritatis (excepto en la verdad).

La vida es una construcción consciente.

Iván Uranga

@CompaRevolucion

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