Fuerzan a López Obrador a atrincherarse y no distinguir el grano de la paja. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Foto: Gobierno de México.

Por: Ivonne Acuña Murillo

Desde el inicio de su administración el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), ha construido una narrativa que le ha permitido atrincherarse y resistir aquello que reconoce como presiones mediáticas de la derecha conservadora, su principal oposición, la cual ha buscado, a cualquier precio, destruir la reputación de quien ha puesto en riesgo sus privilegios y pactos de poder y lucro. Sin embargo, el costo de esta estrategia ha llevado al primer mandatario, en algunas ocasiones, a no distinguir “el grano de la paja” y pasar por alto reclamos legítimos de categorías sociales, como las mujeres, y poner en riesgo su propia credibilidad al defender a personajes con dañada fama pública.

Para bien y para mal, esta narrativa es, en parte, una respuesta reactiva pues, como pocos, López Obrador ha tenido que enfrentar los embates de una clase política decadente que no ha podido ni querido construir un proyecto alternativo de país y que se ha dedicado a denostar todo aquello que la actual administración hace, proyecta, nombra, inicia, dice, sin la generosidad de reconocer el más mínimo de los aciertos.

Desde la campaña a la presidencia del año 2006, el primer mandatario ha sido objeto de ataques, descalificaciones, verdades a medias, francas mentiras, estrategias bien orquestadas de desprestigio con decenas de voces y plumas pagadas o por lo menos interesadas, cercos mediáticos, fraudes, campañas electorales inequitativas y todo tipo de argucias, desafuero y video escándalos de por medio, sin que se haya logrado manchar su imagen o desacreditar una trayectoria personal de lucha cimentada de cara al pueblo y millones de seguidores.

Con lupa se ha hurgado la vida y patrimonio del presidente buscando aquella información que permita gritar a los cuatro vientos: “no que no era corrupto, no que no era como nosotros” y al no encontrar la tan ansiada evidencia se recurre a sus personas cercanas, comenzando por su familia, sus hermanos y las bolsas de papel con dinero; sus hijos, los tenis de marca, las vacaciones, la fábrica de chocolates y la casa en Houston.

Pero la embestida no ha parado ahí. Se ha cuestionado también a la gente del gabinete, a Manuel Bartlett, director de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), y su fortuna, a su hijo y los ventiladores, a Irma Eréndira Sandoval, exsecretaria de la Función Pública, y su esposo John Ackerman y sus supuestas propiedades.

En esta lógica, entran también el senador Félix Salgado Macedonio, quien pretendió convertirse en gobernador del estado de Guerrero y el historiador Pedro Salmerón Sanginés, quien ha sido propuesto por el propio primer mandatario como embajador de México en Panamá. A ambos personajes les preceden, en la opinión pública, acusaciones de acoso y abuso sexual.

Además de los señalamientos a Salmerón, se sumaron otras críticas a los nombramientos hechos el 17 de enero por el presidente de la República para el Servicio Exterior de México, especialmente los de los exgobernadores del PRI Claudia Pavlovich, de Sonora y Carlos Miguel Aysa, de Campeche. A lo que López Obrador respondió: “que su decisión de proponer a políticos priistas responde a que en el extranjero se debe representar la pluralidad (política) de México.”

Pero, estos no han sido los únicos asuntos. En las últimas semanas se ha desatado una furiosa cadena de señalamientos en contra de miembros del Gabinete Presidencial y a quienes AMLO ha protegido sin dudar.

El 18 de enero, defendió a la secretaria de Educación, Delfina Gómez Álvarez, acusada de retener, en favor del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), sueldos a trabajadores durante su mandato como presidenta municipal de Texcoco, lo cual le valió al partido que el 12 de enero el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) le impusiera una sanción por 4.5 millones de pesos.

Igualmente, defendió a Javier May Rodríguez y su nombramiento al frente del Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur), en la conferencia del 19 de enero, a quien se acusó de no ser apto para el cargo al no haber terminado la licenciatura, argumentando que los estudios no son decisivos y para demostrarlo mencionó que uno de los mejores presidentes que ha tenido México solo tenía educación básica y que otro graduado de posgrado en Harvard fue uno de los peores mandatarios. Asimismo, dijo que los intelectuales metidos a políticos no son el mejor ejemplo, como Vargas Llosa.

Un caso más es el del subsecretario de Prevención y Promoción de la Secretaría de Salud, Hugo López-Gatell Ramírez, a quien se ha acusado, ante la Fiscalía General de la República (FGR) de homicidio por omisión, derivado del manejo de la pandemia provocada por el virus Covid-19, y a quien AMLO amparó en la conferencia de prensa del jueves 27 de enero de 2022.

Ante esta andada de ataques y críticas, el presidente se atrinchera en una narrativa construida en torno al enemigo que él mismo ha señalado ante la opinión pública: los conservadores, la derecha rapaz, antidemocrática, que solo busca regresar al poder para seguir disfrutando de los privilegios concertados facciosamente en contra del interés general.

No hay acusación que valga ante dicha narrativa, mucho menos si proviene de un medio o mensajeros ya reconocidos como enemigos de la Cuarta Transformación (4T). No vale tampoco si se infiere o conoce que la fuente de los ataques a la gente cercana a López Obrador es la misma que le ha atacado por años.

Se puede afirmar que no le falta razón al presidente de la República para dudar de las acusaciones lanzadas y de la intencionalidad política de estas. Él mismo lo dijo: “Tenemos que tener toda la información porque si no, es el Reforma, el boletín del conservadurismo, el que pontifica y dice quién sí y quién no. Yo no estoy dispuesto a ceder en esas cosas”. No a la “politiquería” ni a los tribunales de la inquisición, no a los linchamientos mediáticos insistió.

En sentido estricto, acierta al identificar a los grupos y personajes que utilizan a los medios de comunicación (que generan opinión pública) como tribunales que acusan, juzgan y condenan sin pasar por juicio legal alguno. Sin embargo, no alcanza a identificar aquello que de verdad se oculta tras dichos linchamientos ni a quienes han sido víctimas de los personajes a quienes defiende. Por supuesto, no todas las acusaciones aquí mencionadas, a modo de ejemplo, tienen sustento real y merecen las investigaciones o desistimiento que se exige.

Por otra parte, se entiende, en términos de política real, que no permita López Obrador que sus opositores políticos se apoderen de la eficaz herramienta que supone la opinión pública y la usen nuevamente en su contra. Esta es la lógica de las conferencias “Mañaneras”, en que día tras día encabeza él mismo la desgastante replica a que tiene derecho, así como la denuncia de los excesos de sus enemigos políticos.

Pero, de manera contraria como ya se dijo, el presidente no escucha aquellas voces que son silenciadas, en la misma opinión pública, por los gritos de sus enemigos políticos. No escucha a las mujeres que llaman violador a Salgado Macedonio, quien sí cuenta con acusaciones formales en su contra; no escucha a las alumnas del ITAM y la UNAM, que acusan a Salmerón por acoso, tocamientos, propuestas indecorosas; no escucha tampoco a sus propias correligionarias morenistas quienes han rechazado la candidatura de Salgado y el posible nombramiento de Salmerón, “uno de los mejores historiadores” de México.

Se atrinchera AMLO sin alcanzar a distinguir “el grano de la paja” y con el afán de defender no solo a su gente sino sus decisiones y nombramientos, arriesga la reputación ganada a pulso al defender a personajes que no son sinceros, que no reconocen sus errores, sus conductas, sus corrupciones, pero, sobre todo, que no buscan evitar el desprestigio que ocasionan a la figura presidencial.

No se pretende con esto señalar a López Obrador como un ingenuo que no ve más allá de su nariz, sino destacar el hecho de que su estrategia política de resistencia, en contra de los esfuerzos desestabilizadores de la derecha conservadora, le ha llevado a dejar de lado los reclamos legítimos de grupos que, como las mujeres, apuntan directo a algunos de los personajes por él defendidos.

Mirada desencantada

Y mientras el presidente de la República resiste los embates de la derecha y sus aliados, su partido, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), hace desde adentro lo que la oposición política, desde fuera, no ha podido: debilitarse y dividirse. En el senado, 30 miembros de los 61 que conforman la bancada de Morena, se rebelan contra su líder Ricardo Monreal Ávila y se oponen a investigar los supuestos abusos de autoridad cometidos por el gobernador morenita de Veracruz, Cuitláhuac García Jiménez, también defendido por López Obrador, en contra de la ciudadanía de la entidad y por la detención arbitraria de José Manuel del Río Virgen, exsecretario técnico de la Junta de Coordinación Política del Senado (Jucopo), acusado de homicidio. Por si fuera poco, en la entrega de la constancia a Marina Vitela Rodríguez como precandidata a la gubernatura de Durango, el muy querido y nunca bien ponderado líder nacional de Morena, Mario Delgado Carrillo, fue despedido con abucheos, piedras, huevos y gritos de “corrupto y traidor”. Así se celebran las candidaturas “de unidad”, dirán cínicamente algunos.


Ivonne Acuña Murillo.

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.

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