AMLO: ¿loco y necio? Autora: Ivonne Acuña Murillo

Foto: Gobierno de México.

Por: Ivonne Acuña Murillo

El 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, en que se refrendó el derecho a la atención del bienestar en esta materia, trajo a mi memoria aquellas épocas en las que ser tachado de “loco” o de “loca” se traducía en exclusión, encierro, descalificación e incluso la muerte. Afortunadamente, el avance de la ciencia y los derechos humanos han permito cambiar la concepción que permitía y justificaba todo tipo de abusos. Sin embargo, a pesar de que se asume la inexistencia de la “locura” como una enfermedad mental, los opositores políticos y económicos del actual presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), insisten en tacharlo de “loco” con el fin de deslegitimar sus dichos y acciones.

Como decía, desde finales del Siglo XIX, la locura dejó de ser considerada una enfermedad mental, para convertirse en un adjetivo aplicado a personas que no se ajustan a las convenciones sociales; dicho en otras palabras, a quienes se “salen de la norma”. De esta manera, la locura se transforma en un recurso fácil de descalificación de todo aquello que en un lugar y momento histórico determinado se considera “anormal”. Basta con desviarse un poco de la norma, entendida como un principio impuesto o adoptado que dirige la conducta o la correcta realización de una acción, para que operen la desautorización, la exclusión y el aislamiento.

Sin embargo, a pesar de que la locura no sea hoy considerada una enfermedad mental, su uso cotidiano no ha podido librarse de la connotación negativa que supone “la perdida de la razón” en alguien de “poco juicio, disparatado e imprudente” (Real Academia Española).

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Pero, “lo anormal” no remite únicamente a la realización de acciones sino a aquello que se afirma. A decir del filósofo y arqueólogo francés de las ideas Michel Foucault: “[…] en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y terrible materialidad” (El orden del discurso, 2005, pág. 14).

En el caso que nos ocupa, tachar de “loco” a López Obrador tuvo como propósito primordial desautorizar su denuncia en torno a que quienes ejercieron el poder político durante el periodo neoliberal (1980-2018), ya fuera por parte del Partido Revolucionario Institucional (PRI) o por parte del Partido Acción Nacional (PAN) lo hicieron en beneficio de una minoría rapaz cuyo objetivo último era, y es, apropiarse de los recursos naturales y humanos del país para seguir el proceso de acumulación de riqueza en perjuicio de las grandes mayorías.

Era imprescindible negar sus dichos y achacarlos a un “loco” para evitar que cayera la venda de los ojos de una parte de la población que no alcanzaba del todo a comprender por qué el país no avanzaba y por qué sus condiciones de vida corrían veloces hacia la precariedad y la pobreza, para evitar que sus palabras confirmaran aquello que otra parte de la gente sospechaba o sabía de cierto. Había que conjurar el peligro que López Obrador significaba para los intereses de las élites política y económica, nacional y extranjera. Aplicando lo escrito por Foucault, había que impedir, a toda costa, el “acontecimiento aleatorio”: López Obrador no podía convertirse en presidente de la República. Pero, la decisión de poco más de 30 millones de personas convirtió en realidad dicho acontecimiento, con toda su “pesada y terrible materialidad”, diría el filósofo.

Si de los enemigos de AMLO hubiera dependido, hace mucho tiempo, desde que comenzó a cuestionar a quien ejercía el poder en beneficio de esa minoría rapaz, le hubieran metido en la “nave de los locos” y lo hubieran botado (puesto en agua) al mar, en una especie de acción desesperada para evitar que su discurso fuera tomado en serio. Al parecer, la “nave de los locos” no es tan solo un mito recogido en la obra satírica, La nave de los necios o Narrenschiff, del escritor alemán Sebastian Brant, en 1494 y luego replicado por el pintor flamenco “El Bosco”, en el cuadro La nave de los locos, pintado entre 1503 y 1504, sino una manera “muy práctica” de deshacerse de quienes hubieren, a juicio de las demás personas, caído en esta condición, de tal suerte que podría aislárseles en barcos dejados a la deriva en altamar sin permitirles nunca tocar puerto.

Era necesario deshacerse de “los locos” y “las locas”, como alguna vez se hiciera con quienes padecían la terrible enfermedad de la lepra, fuera por temor o por precaución. En torno a López Obrador, hubiera sido una manera física de silenciarlo e impedir que su peligrosa palabra llegara a los oídos de aquellas personas que podían sacar del poder a quien no les representaba. De hecho, lo hicieron de manera simbólica, la idea de “López Obrador es un peligro para México”, se convirtió en “la nave de los locos” en la que, con ayuda de la gran mayoría de los medios de comunicación, AMLO fue confinado.

Múltiples son los ejemplos que pueden servir para demostrar que nombrar “loco” a López Obrador fue un recurso utilizado hasta la saciedad con tal de deslegitimar sus críticas a los gobiernos en turno. Baste un ejemplo. En la columna “Política a Cachos”, de Alejandro Cacho, titulada “AMLO el loco”, el autor comienza citando 3 de las acepciones que la RAE consigna para definir a un loco o una loca, para después sostener que “Define perfecto a Andrés Manuel López Obrador, quien la semana pasada confirmó -con sus declaraciones- lo que ya varios sospechábamos: que está loco, fuera de sus cabales, que ha perdido la razón”. El pretexto, la afirmación de López Obrador sobre que todas las acciones de búsqueda y persecución de Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, llevadas a cabo por los gobiernos de México, fueron un mero montaje. Esto lleva a Cacho a preguntarse: ¿Tan imbéciles e ignorantes nos cree el señor López Obrador? ¿En realidad piensa que nos tragamos su paranoica teoría del complot? ¿Y las felicitaciones de gobiernos de todo el mundo? ¿Y la gran cobertura periodística de medios internacionales que destacaron la noticia? ¿También se prestaron al montaje del ‘circo’? (en referencia a la captura, extradición y juicio de “El Chapo” en Estados Unidos) ¡Está de atar! (El Financiero, 3 de marzo de 2014).

Pero, llamar “loco” a alguien no queda en una mera descripción o etiqueta, se manifiesta en consecuencias materiales en contra de la persona que ha tenido la desgracia de ser obligada a portar este estigma. Nuevamente, Foucault sostiene que: “Desde la alejada Edad Media, el loco es aquel cuyo discurso no puede circular como el de los otros: llega a suceder que su palabra es considerada nula y sin valor, que no contiene ni verdad ni importancia, que no puede testimoniar ante la justicia, no puede autentificar una partida o un contrato, o ni siquiera, en el sacrificio de la misa, permite la transubstanciación y el hacer del pan un cuerpo; en cambio suele ocurrir también que se le confiere, opuestamente a cualquier otra persona, extraños poderes como el de enunciar una verdad oculta, el de predecir el porvenir, el de ver en su plena ingenuidad lo que la sabiduría de los otros no puede percibir” (El orden del discurso, 2005, pág. 16).

Una paradoja se diría, la que llevó a tachar de “loco” a López Obrador cuando la verdad oculta que supuso la enorme corrupción de los gobiernos previos al suyo salió a la luz, confiriéndole así al tabasqueño el poder de decir la verdad, en lugar de sólo dejar pasar sus discursos como los de un “loco”.

Por supuesto, no ha sido López Obrador el único revolucionario, luchador social u opositor político a quien se ha buscado descalificar con el objetivo de restar valor a sus acciones y palabras. El primer mandatario recordó, este 16 de septiembre, durante el desfile militar por los festejos del 211 aniversario de la Independencia de México, la serie de ofensas vertidas en contra de Miguel Hidalgo y Costilla, considerado el “Padre de la Patria”, durante el proceso previo a su fusilamiento y posterior descabezamiento: “archiloco americano” le llamaron.

Se podría pensar que la estrategia de considerar “loco” a AMLO quedaría sin efecto una vez que asumió la presidencia de la República; sin embargo, no ha sido así. Con frecuencia sus adversarios políticos insisten en que la suya es una “política de ocurrencias” sin un plan previo ignorando, a propósito, las acciones concretas relacionadas con el proyecto de Nación elaborado por López Obrador desde décadas atrás y que hoy puede constatarse a partir de políticas públicas reales y con la materialidad innegable de las obras públicas prometidas.

El ejemplo más reciente de esta insistencia es el ofrecido por el panista Ricardo Anaya Cortés, quien está dispuesto a hacer lo que sea con tal de llegar a la presidencia, incluyendo traicionar a sus propios correligionarios como Margarita Zavala. Sabedor de la importancia y el efecto que un buen discurso puede tener sobre quien lo escucha, Anaya se ha propuesto hacer declaraciones espectaculares y lanzar un video cada determinado tiempo, en un afán por aprovecharse de la aprobación y popularidad de AMLO, asumiendo, como lo hiciera en su momento el gobernador de Jalisco por Movimiento Ciudadano (MC) Enrique Alfaro Ramírez, que un enfrentamiento directo con el primer mandatario le posicionará para obtener la candidatura presidencial de su partido, en 2024 y, por añadidura, le librará de las acusaciones de recibir sobornos por un monto de 6.8 millones de pesos para aprobar la Reforma Energética de Enrique Peña Nieto (EPN) que la Fiscalía General de la República (FGR) ha hecho en su contra.

En este empeño, declaró en un video respecto de la consulta popular para juzgar a los expresidentes, que se llevó a cabo el 1 de agosto, que esta había fracasado pues “Lo bueno es que los mexicanos ya no cayeron en su juego. La inmensa mayoría lo tiraron a loco a AMLO. La consulta fue un completo fracaso. Sólo votó el siete por ciento: 93 por ciento de la gente no peló su famosa consulta…” (Mayolo López, “La mayoría tiró de a loco a AMLO, dice Anaya”, Reforma, 2 de agosto 2021).

Igualmente, en el último video, el del domingo 3 de octubre, de la serie que lanzó para demostrar, con dichos, su inocencia, Anaya vuelve a tachar de “loco” a AMLO, sólo que en esta ocasión le agrega un elemento más para afirmar: “Ya te perdimos Andrés Manuel. Me queda claro que no vas a parar. Ya te volvió loco el poder. Pero mira que te quede muy claro, conmigo te vas a topar con pared. No te tengo miedo. Voy a dar esta batalla tope donde tope” (Reporte Índigo, 4 de octubre de 2021).

Llama la atención que Anaya asuma, a diferencia de otros malquerientes, que a AMLO lo volvió “loco el poder”, dado lo cual, habría que inferir que antes de ocupar el cargo de presidente no lo estaba. Una diferencia sustancial que muestra la “utilidad” que para sus opositores ha supuesto la recurrencia al argumento de la locura para descalificar y deslegitimar, una y otra vez, lo dicho y hecho por López Obrador.

Destaca también el hecho de que Anaya se enfrente al primer mandatario y no al fiscal general de la República, Alejandro Gertz Manero, quien encabeza la investigación en su contra, o a Santiago Nieto Castillo, titular de la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF), quien proporcionó los insumos para dicha investigación. Con seguridad no le proporcionaría la misma rentabilidad.

Por supuesto, el presidente López Obrador ha acusado recibo de todos los intentos por convencer a la población de su supuesta locura. En la Conferencia de Prensa del 16 de junio de 2020, llevada a cabo en Tlaxcala, dijo: “A mí me van a seguir cuestionando por cómo hablo, voy a seguir padeciendo de expresiones racistas. Van a seguir diciendo que no estoy cuerdo, que estoy loco. Van a seguir diciendo que soy un viejo chocho, que ya estoy chocheando, pero nunca van a poder decir que soy corrupto”.

Queda en quien lee decidir sobre la supuesta locura del presidente López Obrador, teniendo en cuenta que esta ha sido utilizada para definir comportamientos que aparecen como inadecuados a quienes ocupan las posiciones más altas en la estructura de poder de sociedades concretas. Resolver si es locura poner en evidencia los excesos cometidos por las élites políticas y económicas nacionales y extranjeras. Tomar postura en relación con la pertinencia de las políticas públicas de un gobierno que busca apoyar a los sectores menos favorecidos. Concluir si se necesita estar “loco” para desafiar los poderosos intereses creados desde la cúspide del poder o sí es la cordura la que dicta tales acciones.


Ivonne Acuña Murillo.

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.

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