[RESEÑA LITERARIA] Bruno Lloret y el apocalipsis (por Rober Díaz)

Bruno Lloret. Ilustración: Rober Díaz.

Por: Rober Díaz

@betistofeles

El chileno creó una novela sobre una condenada a muerte, Nancy, quien es testigo del quiebre de su familia tras la desaparición de su hermano

El apocalipsis no sólo es un pasaje de la biblia en el que se habla sobre los últimos días de la humanidad, es también un estado mental al que un individuo entra cuando está por morir, suponiendo que tiene alguna creencia. La palabra viene del griego y significa revelación. En el apocalipsis cristiano Juan recibe la revelación en un texto críptico lleno de simbolismos.

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Bruno Lloret (Chile, 1990) creó una novela sobre una condenada a muerte —alguien cerca de su propio apocalipsis—, Nancy, quien tras la desaparición de su hermano, principio del quiebre de su familia, relata un país sin escenografías, desolado, una sociedad sin humanidad pero llena de monstruos y, al final, un momento de expiación: la muerte como un destino sin esperanzas. Una historia llena de creencias pero que se dedica a demostrar cómo esas creencias están rotas, no por lo que prometen sino por la fuerza de las circunstancias sociales, que finalmente se imponen a las personas por encima de cualquier culto.

Lloret condena a su protagonista a la muerte para crear su premisa. Nancy tiene cáncer y dentro su viaje, el que le acarrea las drogas que usa para mitigar su dolor, relata el advenimiento de la tragedia a su familia, que termina fracturándose por la desaparición de su hermano Pato.

La lectura es atravesada por una serie de cruces que bien a bien no sé sabe qué hacen ahí. Una posible explicación dentro de la novela es que son las cruces de los muertos y de los desaparecidos. Otra, que el mismo Lloret señaló en una entrevista, es que representaban la intersección de las comillas transversales. Pero en realidad las cruces no tienen un peso específico en la historia y, finalmente, pueden ser más bien un guiño a las vanguardias de comienzos del s. XX, a los caligramas de Apollinaire, Oliverio Girondo y Huidobro.

“Nancy”, la novela con la que el chileno ganó el premio Roberto Bolaño en 2014, es un lugar oscuro, de personajes vagabundos, salvajes y fantasmales abandonados a una suerte que, dicho sea de paso, ni siquiera es una suerte sino una circunstancia, pues en ese Chile insinuado parece que las reglas funcionan al revés y que los dolores y las desgracias tienen la carta abierta para presentarse a voluntad en la vida de los personajes.

Cada capítulo es inaugurado por una cita bíblica. Bruno asegura que las citas fueron acomodadas así una vez que la novela ya estaba terminada. Digamos que, como las cruces, son una pequeña instalación en la que el texto goza de una reinterpretación, y es también una manera de invitar a interactuar con él, el momento en el que, al parecer, Lloret se siente más destensado, no porque haya una forma peculiar o, incluso, aleatoria de leerlo, pero sí por el uso de las cruces, además de las fotografías e ilustraciones: una suerte de homenaje a lo que hizo W. G. Sebald en sus novelas-ensayos y autoficciones.

De otra manera es una alegoría dantesca en la que los demonios no tienen un motivo para estar ahí pero se hacen presentes; nacieron en ese infierno, no tendrían porqué irse. Los personajes se balancean como si fueran mecidos por alguien que quiere voltear la cuna y tirar el contenido. Hay momentos que recuerdan a esas últimas páginas de “Lord Jim” de Joseph Conrad, una novela en la que se sabe ya desde el principio que todo está perdido, pero aun así seguimos sólo para ver la derrota que consagra otra estética: la épica de los caídos.  

No es una novela de antihéroes, es una historia de personajes derrotados y condenados por una circunstancia. Aunque justo ese también puede ser su talón de Aquiles en algún momento, que todas sus baterías están dirigidas a mostrar la caída de su protagonista.

Además de escribir una historia sobre la falta de fe en la humanidad, Lloret hizo un homenaje a las insinuaciones, a la narración clara con respecto a las acciones de los personajes, pero caliginosa, brumosa y abrumadora en lo que se refiere al lugar desde donde se narran. Esa zona oscura y a la deriva en la que se instalan los personajes hace recordar las derivas de César Aira. Antes que a Vallejo, su literatura sabe a la melancolía de Onetti.

“Nancy” es entonces una novela sobre la ilusiones perdidas y una narración sobre todo lo que no tiene solución. Sobre todas esas cosas que uno cree que se pueden arreglar pero que en realidad desde hacía tiempo su desenlace era incorregible. Hay cierta tendencia a narrar un apocalipsis de expiación, como en las lecturas preteristas sobre el libro de San Juan, todo lo que es visto entre sus hojas se ha cumplido. Nancy es presentada a su público sabiendo que está condenada a muerte y su fin en nada cambia la condena, como la de cualquier otro ser humano, pues sólo puede morir finalmente, el miedo a ese destino en nada lo cambia y Nancy viaja por esas sombras, no se sabe si completamente drogada por la medicina que toma o por esa tormenta que será su vida narrada.

Si bien es una intensa reflexión sobre el pesimismo, no por ello su desenlace resulta revelador pues en un mundo lógico —más con la lógica imperante— quien vaya perdiendo en la vida sólo está destinado a volver a perder, y “Nancy” es una confirmación de esa bella sentencia.    

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