[RESEÑA LITERARIA] Delphine de Vigan y el suicidio de su madre (por Rober Díaz)

Delphine de Vigan- Ilustración: Rober Díaz.

Por: Rober Díaz

@betistofeles

Tras una caída mental, Lucile, la madre de Delphine de Vigan, emprende una autopsia en el cuerpo familiar que termina siendo una autobiografía, una confesión que le cuenta a cada lector pero que, sobre todo, va dirigida, tramposamente, a sí misma.

Nada se opone a la noche (Anagrama, 2012) es un espejo. Ahí el logro de novela de De Vigan (Boulogne-Billancourt, Francia, 1966), universalizar el conflicto que la escritora tuvo con su madre, Lucile, una bella mujer que no pudo escapar de sus propias pérdidas y, agotada, decide quitarse la vida.

📱 Suscríbete a #AstilleroInforma en Telegram y recibe las noticias

Anuncio

Para rescatar los puntos de vista de los involucrados, Delphine entrevistó a toda su familia. Dentro de la trama, explica el camino que siguió y el debate interno que le ocasionó abrir la caja de pandora para asomarse a ese lugar donde comenzó la caída emocional de su madre. «Creo que la herida mayor de una infancia es no haber sido amado. Lo más difícil es sobreponerse a la falta de amor», declaró Delphine, para quien la novela es un campo de experimentación en el que su batalla la mayoría de las bases está perdida, donde enmienda y salda cuentas con los suyos y, a su vez, la convierte en un evento de reclusión, pues la literatura es asumida como un ejercicio de expiación que ayuda a curar los dolores de nuestra infancia.

Si para la psicomagia de Jodorowsky la solución radica, como mujer, en untarte sangre menstrual en los cachetes y salir así a la calle, y como hombre, pintarte los testículos de rojo para afirmar las ausencias o presencias de nuestros progenitores y así luchar contra sus errores o virtudes que tanto nos pesan a lo largo de la vida, Delphine usa otro método: la autoficción como vía de autoayuda, una forma de continuar indagando sobre sí misma y lo que le rodea.

El inventor de este neologismo (autoficción) fue el ensayista, escritor y crítico literario francés Serge Doubrovsky (1928-2017), quien al crearlo en realidad se refería a que la ficción que él estaba haciendo era ficción hecha en un carro, auto-ficción. Como Delphine, Serge empezó a jugar con la verosimilitud de sus relatos y tejió un embrollo metaficcional que en un momento le golpeó la cara: mientras preparaba Le Livre brisé, su segunda esposa, Ilse, se suicidó, uno de los eventos principales narrados en la novela. No se sabe hasta qué punto el proyecto que tenían —contar secretos de su vida conyugal— la llevaron a tomar esa decisión, lo cierto es que ese suicidio lo sumió en una brutal depresión.

Se reconoce en Delphine de Vigan las deudas que tiene con la literatura de Marguerite Duras, y es notorio que, como Emmanuel Carrère, busca mediante un estilo desenfadado, transido por diferentes corrientes, coronar sus historias, que son el producto de una experimentación constante. Para Delphine, un escritor es sólo «lo que decide mirar».

Este naufragio mental de su madre la llevó a padecer anorexia, el “pretexto” para escribir su primera novela, Días sin hambre (2011). La segunda novela, que fue llevada al celuloide —Basada en hechos reales— de la mano de Roman Polanski, se mantuvo dentro del terreno autoficcional como una continuación de Nada se opone a la noche, en la que enfrenta un bloqueo creativo con la llegada a su vida de una mujer que, como ella, es escritora y que se convierte en una mujer vampiro que le roba la energía.

Nada se opone a la noche le dio una proyección internacional. Sólo en Francia vendió más de un millón de copias. Por lo que pudiera decirse en su contra, en las entrevistas posteriores a este suceso editorial, aseguró que la autoficción no puede ser delimitada pues incluye la ficción propia. Una vez que se escribe algo, esta historia ya es ficción y se hace del evento que se cuenta, aunque este sea real o mentira, un contubernio entre el escritor, la historia y la forma de contarlo.

Mucho se criticó la literatura naif de Karl Ove Knausgård, se dijo que era una recopilación de intrascendencia y vacuidad. Su éxito comercial también llevó a los críticos a atacar esta forma de narrativa, ya que se aseguró que Francia y todo Europa se estaba llenando de este tipo de novelas que perdían frente a las novelas que buscaban en la otredad su lenguaje, no como esta forma de metaficción que, basada en hechos personales, inunda con su impronta egoísta los espacios en los que comúnmente los escritores tienen que jugar contra el estilo. Se llegó a comparar la copiosa obra de Karl Ove con una de las cumbres de la literatura francesa, la novela de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, y aunque ambas hablan sobre la memoria de una persona, finalmente la segunda se convierte en una ambiciosa visión de la totalidad e intenta tocarla, mientras la primera nunca alcanza a profundizar verdaderamente en ese personaje que vuelve central su propia banalidad y condescendencia con la realidad.

Los “escritores del yo”, como se les comenzó a conocer a quienes hacían autoficción, veían la necesidad de poner en palabras los hechos para comprenderlos, pero la crítica dijo que querían volverse el centro de su propia obra. Hacer de los asuntos privados, públicos. Buscaban, además, emplear todos sus recursos para nutrir su propia figura. El escritor antes que la obra. El escritor reduciendo su periferia y el mundo que lo rodea. Los caminos se han invertido, ahora el escritor es quien trasciende su propia obra, no la obra la que lo moldea sino él quien ocupa toda la historia.

Diarios como los de Kafka, Gide o Piglia son consideradas obras maestras pero, ¿cuál sería la diferencia con una novela que recurre a la autoficción? No sólo el sujeto que de ser la primera persona se convierte en la primera persona dentro de un plan general. El sujeto como narrador se inmiscuye en una trama que deberá tener elementos de tensión o distensión, circunstancias prefabricadas para darle un espacio dentro de una narrativa que a sí misma se da un espacio y especula de una y muchas formas en la intervención del drama. El diario tiene una barrera, el respeto al suceso con una lejanía debida o indebida que aborda los sucesos de una forma más alejada, más anecdótica, más historicista.

De varias maneras la autoficción llegó para quedarse y aunque parecía una moda pasajera, ya lleva más de 50 años alimentando la escena internacional. Delimitando espacios en los que los autores pueden desarrollarse de nuevas formas y maneras. Mientras Delphine de Vigan nos ha entregado una novela entretenida, con oficio, ritmo y con preguntas que no son fáciles de contestar, pero sobre todo con conclusiones dolorosas para sí misma:

«Lucile murió a los sesenta y un años, antes de ser una anciana.

Lucile murió como lo deseaba: viva:

Hoy soy capaz de admirar su valor»

[RESEÑA LITERARIA] Personajes desesperados: o la estética de la ansiedad cosmopolita (por Rober Díaz)

Comenta

Deja un comentario