Razones de la abogacía. Autor: Federico Anaya Gallardo

María Flores Guijarro, al centro. (Foto familiar)

El 28 de marzo de 2020 se cumplió un año de la muerte de mi Nana, María Flores Guijarro. Tenía 93 años, era del año 1925. No todos tienen el privilegio de tener dos madres. (No todos tienen el doble de enredos psicológicos, por supuesto.) En esta colaboración quiero compartir una historia que re-aprendí cuando, en 2012, a sus 86 años, la acompañé en su regreso a su tierra, la Comarca Lagunera. Las separaciones son pequeñas muertes y aquélla anunciaba la grande que hoy me duele. La historia me develó el misterio de por qué soy abogado y por qué soy el tipo de abogado que soy.

Acompañar puede ser duro. Yo creía que jTatic Samuel me había enseñado el concepto de acompañar al Pueblo en los 1990. Es un concepto difícil de practicar, y más difícil de explicar y trasmitir a otros. Lo extraño es que mi Nana Mari me lo enseñó teniendo yo seis años, en 1971. Resulta que en esos días, de la mano de ella, fui testigo en un rescate de mujer golpeada, del arresto del generador de violencia, de la negociación con autoridades municipales, principales de pueblos y ejidos, del divorcio, del destierro del violento y del asentamiento en nueva residencia de las víctimas.

Mi consciente sólo recordaba estampas bucólicas y desorganizadas. La casa de Mari en San Juan de Guadalupe, Durango (primer refugio de las víctimas); la estufa de leña (que me dejó el gusto por comer junto a fogón); el viaje en burro a otro ejido en donde jugamos mi hermano y yo con más de cien chivos (mientras se concertaba la separación legal); el baile de ejido (con el que se celebró el divorcio); el Río Aguanaval que se desbocaba luego de copiosas lluvias en la sierra que separa Durango de Zacatecas; la cosecha de melón de Tlahualilo (ejido de refugio de la familia formada por abuelos-madre-hijo). Ahora discierno que mi inconsciente también aprendió lo suyo: a oír, entender, negociar, arreglar entuertos respetando al Otro.

En el verano de 1971, mi Nana Mari recibió malas noticias de su sobrina, Romana Esquivel. Esta última había sido “robada” por Juan Martínez, un novio que tenía. Engendraron un hijo, Pedro Martínez Esquivel, quien en ese año debía tener unos nueve años. El padre era violento. Encerraba a madre e hijo en su casa de San Juan. La media hermana de Mari, Toña, les apoyaba cuanto podía. (Sabía qué hacer, habiendo ella misma vivido un proceso semejante con su marido, Leandro Esquivel. Pero esta es otra historia que acabó mucho mejor y contaré en otra ocasión.) Juan llegó a detestar a Romana y a Pedro. Como trabajaba de jornalero en Torreón, Juan se consiguió una nueva pareja. Todomundo sabía de esto en San Juan. Toña se enteró de que Juan planeaba matar a su mujer y a su hijo para quedar libre y rehacer su vida en Torreón. Envió las malas nuevas a Mari, quien desde hacía cinco años nos criaba a los hijos de Hilda Gallardo Flores, en el DF. Mari salió de inmediato a San Juan. Como eran vacaciones, Mari nos llevó a mi hermano Juan Jaime (3 años) y a mí (6 años) con ella. No creo que mis padres hayan estado enterados del contexto del viaje. Para ellos era una excursión pintoresca que venía bien a sus niños.

Debo aclarar que Mari no me involucró en detalles del caso. A veces, las buenas nanas protegen a sus críos de sus propias angustias. (Sólo a veces.) Lo que cuento ahora, ella me lo explicó hasta 2012, en Tlahualilo, a la luz de una luna redonda en el patio de la casa de Pedro cuando ella regresó al fin con los suyos.

Resulta que, en ese verano del 71, Mari (con nosotros al lado) llegó a San Juan vía autobús México-Torreón y Torreón-San Juan a los pocos días de la alerta. De inmediato se entrevistó con el presidente municipal, a quien conocía de su niñez. Le exigió que hiciera algo ante la conspiración del marido de su sobrina y consiguió el apoyo del único policía municipal armado. Ella reclutó a otro amigo (desarmado) y los cuatro guardaron durante dos noches la cuadra en la que estaba la casa de Romana. En el ínterin, Toña –quien les llevaba comida a los encerrados en la casa– les explicó a Romana y a Pedro el plan de Mari. Cuando, a la tercera noche, llegó Juan, venía armado. De inmediato fue arrestado y llevado a la Presidencia. Romana y Pedro fueron sacados de la casa y llevados a la de la abuela Toña. Allí conocí yo a Pedro.

Rescatados los agredidos, era menester resolver su situación jurídica. Mari viajó a uno de los ejidos cercanos, adonde vivía el abuelo de Juan Martínez. Le explicó el despropósito de la actitud de su nieto y le exigió que impusiera orden a su gente. El viejo accedió y bajó a San Juan para convencer a su nieto de que debía aceptar el divorcio que se le ofrecía como salida y mudarse a Torreón. Lo recuerdan grandote y fiero, con su revólver al cinto. Un buen viejo. En el ínterin del viaje, entrevista y negociación, mi hermano y yo nos enfrentamos a cien chivos en el rancho del abuelo Martínez y disfrutamos al regreso de una cabalgata en burro en una tarde al mismo tiempo luminosa y lluviosa…

El marido de Toña, Leandro Esquivel, fue convocado a San Juan. Aunque él mismo tenía su historia de irresponsabilidad machista en su vida de pareja, la edad le había domesticado. Era el otro abuelo que presidiría sobre la ceremonia de divorcio que el presidente municipal había ordenado bajo presión de Mari. Aparte, él aportaba el hogar de refugio: Toña, Romana y Pedro se mudarían con él a Tlahualilo, adonde Leandro acababa de adquirir un solar urbano en el ejido –pagado en parte con el dinero que Mari había ahorrado de su trabajo con nosotros en el DF.

Todos esos arreglos los hizo de modo férreo y decidido mi Nana Mari, al mismo tiempo que a sus dos niños nos llevaba a jugar a los terronazos en la Plazuela de San Juan, nos alimentaba con tortillas de harina hechas en fogón y nos contaba de la caverna con cuatro puertas que existían debajo de su pueblo. (Esta historia y la de los recién difuntos que deben cruzar a oscuras el Río Jordán deberán relatarse en otra ocasión.)

Se realizó la ceremonia y se levantó un acta. Durante las décadas que siguieron corrió el rumor de que había quedado pendiente una ratificación. Supongo que las familias y el presidente municipal formalizaron el divorcio más bien en derecho consuetudinario lagunero y no en estricto apego a las formalidades del Registro Civil juarista, pero Juan y Romana quedaron separados y nunca más hubo problemas. Cuando Pedro llegó a la adolescencia, él hizo las paces con su padre. Juan Martínez murió en 2009. En 2014, Mari seguía sin perdonarle la violencia, a 43 años del divorcio y cinco de muerto.

¿Se celebran los divorcios? Supongo que no. Pero deberían. Mari debe haber tenido el mismo sentimiento en ese verano de hace medio siglo. Para hacer sentido del sentir, se acordó de que un ahijado suyo, un muchacho del rancho de los Martínez, estaba cumpliendo 15 años. Decidió organizarle una misa y una fiesta. La excusa cubrió bien la alegría que Toña, Romana, Pedro y Mari celebraban. A mí y a Juan Jaime nos compraron un par de sombreros Tardán negros para la fiesta. La tienda era una maravilla de antigua y tradicional. Leandro insistió les pusieran barbiquejos para que, cuando volviésemos a montar, no se nos volaran. Nos enseñó a ponerlos y quitarlos, y cómo se debían usar. (La palabra barbiquejo la tengo amarrada muy al centro de mi memoria, justo al lado de la aspiración aún no cumplida de cabalgatas por la Sierra del Aguanaval.) Los sombreros son los que llevamos puestos a nuestra llegada a la Estación de FFCC de Buenavista en la foto que anexo.

Cuando en 2012 Mari recordó la historia detallada del rescate y divorcio de Romana; yo le pregunté: “—¿y eso fue antes de que nos llevaras a Juan Jaime y a mí a San Juan?” Pedro, ya viejo y de pelo cano, interrumpió diciendo: “—¡No Federico! Pos si tú estabas allí, ¿quésque no te acuerdas?” Lo cierto es que mi consciente no se acordaba, pero sospecho que los niños capturan más cosas en sus varias memorias que las que recuerdan conscientemente. Por eso digo que, luego de esa aventura, yo tenía que ser abogado y campesinista y agrarista y desfacedor de entuertos. O tratar de serlo.

Vocación es una cosa. Educación es otra. En la foto, tomada por mis padres en la Estación de Buenavista, al momento en que nuestra bucólica aventura acababa, Juan Jaime y yo llevamos unas mochilas de cuero que nuestro abuelo, Emigdio R. Gallardo, periodista cardenista, nos mandó hacer en Torreón, con nuestras iniciales grabadas. Eran el símbolo de un rito de paso que se avecinaba cuando ese verano del 71 se volviera otoño. Yo estaba por entrar, en el septiembre que venía, a la pre-primaria. En esas mochilas habría yo de guardar, durante los siguientes 25 años, variados y extraños conocimientos. Me pregunto qué habría hecho yo con esos “saberes” si mi mochila no hubiese estado ya cargada con los “conoceres” que hoy relato. Seguramente sería yo una persona más aburrida… y más inútil.

agallardof@hotmail.com

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