¿Qué tipo de periodismo conviene a AMLO y la 4T? Autora: Ivonne Acuña Murillo

Imagen ilustrativa. Foto: Gobierno de México.

Por: Ivonne Acuña Murillo

La crítica negativa que por al menos dos décadas ejercieron diversos medios de comunicación en contra del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), ha provocado una consistente respuesta de su parte. Le ha hecho desarrollar una hipersensibilidad y una muy baja tolerancia a los señalamientos críticos, vengan de donde vengan. Poco importa el medio, comunicador o periodista y sus trayectorias al momento de desmentir una supuesta o clara mentira. En este escenario, la pregunta obligada es: ¿qué tipo de periodismo conviene a AMLO y la Cuarta Transformación (4T), asumiendo que no todos los señalamientos tienen la intención de destruirles y evitar el cambio de régimen prometido?

De armar un cerco en su contra acusó a los medios de comunicación el actual presidente en las dos ocasiones en que contendió por la silla presidencial en 2006 y 2012. A su vez, de paranoico inventor de “complós” lo tacharon aquellos. Lo cierto es, que haciendo un análisis serio de los contenidos mediáticos en torno a López Obrador desde el año 2000, se puede observar una clara tendencia a descalificar a quién por décadas se ha opuesto a quienes gobernaron siguiendo el modelo económico neoliberal. Etiquetas (“mesías tropical”, “resentido”, “ardido”, “mal perdedor”, “populista”, “falso demócrata”), parodias, burlas, calificativos peyorativos y demás fórmulas acompañaron esa descalificación.

Esto es, el “compló” de que se hizo mofa por años es una realidad a partir de la cual se buscó dejar fuera de la contienda al principal líder opositor del país, utilizando lo que Leonardo Curzio reconoce como “el doble poder de los medios” (“Los medios y la democracia”, en Democracia y medios de comunicación, México, IEDF, 2004). Esto es, actualmente los medios son arena donde se debaten los asuntos públicos y, al mismo tiempo, actores políticos con capacidad de fijar temas en la agenda y elegir interlocutores, esto los coloca en una posición inmejorable para hacer a un lado o destruir la reputación de cualquier político. Es el caso de López Obrador a quien se intentó presentar como “un ridículo opositor populista”.

A diferencia de otras democracias, en las que los medios poderosos se decantan por alguna de las dos o tres fuerzas en competencia, en México no existe una cultura política, ni en los medios ni en la ciudadanía, que reconozca la necesidad de la oposición y que vea como respetables las posturas de quienes se oponen al gobierno en turno. Mucho se habla hoy de la importancia que reviste que AMLO tenga contrapesos, cuando jamás se le pensó a él desempeñando ese papel, de manera legítima, frente a ningún gobierno priista o panista. La regla para la mayoría de los medios de comunicación había sido, hasta antes de esta administración, alinearse a los intereses del gobierno en turno y todo aquel que no lo hiciera era considerado como “el enemigo” al cual se debía combatir, siguiendo la máxima porfirista: encierro, destierro o entierro, cuando las estrategias de cooptación y “chayo” fallaban.

En la presente administración, se sigue la lógica “amigo-enemigo” en la forma en que fue planteada por el pensador alemán Carl Schmitt (1888-1985), en su texto El concepto de lo político (Der Begriff des Politischen) (1927). En este, la diada “amigo-enemigo” es una característica de lo político, en el sentido de contraposición o antagonismo dentro del Estado, misma que lleva a una separación teórica y práctica y no necesariamente se relaciona con la destrucción del enemigo, en términos de enfrentamiento bélico, o a la manera del porfirismo o el priismo en una de sus vertientes.

En el caso mexicano, y de cara a esta administración, esta contraposición se da en torno a un modelo económico, el neoliberal, y en relación con la forma corrupta o no de hacer política. No existiría la política, dirá Schmitt, si no se presentaran estos antagonismos. Sostiene el teórico que: “Toda contraposición religiosa, moral, económica, étnica o de cualquier otra índole se convierte en una contraposición política cuando es lo suficientemente fuerte como para agrupar efectivamente a los seres humanos en amigos y enemigos” (Versión digital file:///C:/Users/iam_6/Downloads/Schmitt_Carl_-_El_Concepto_de_lo_Politico.pdf, p. 19). En México, es posible distinguir claramente ambas posturas y saber qué grupos o personas son amigas o enemigas de qué gobierno o proyecto.

De conocimiento popular son los medios, comunicadores y periodistas que se colocaron como “enemigos” de AMLO o como “amigos de sus enemigos”. Entre todos, acordaron que había que ridiculizarlo, quitarlo del camino, destruirlo moralmente. La mejor manera fue armar una estrategia discursiva que llevara a las y los votantes a verlo, en el mejor de los casos, como “un pobre loco”, y en el peor de ellos, como “un peligro para México”. Claro, sin olvidar otro tipo de intentos como el “desafuero” y los video-escándalos, viejos y recientes, por ejemplo.

Pese a todo, López Obrador llegó a la presidencia; sin embargo, sigue ausente la costumbre democrática de respetar a quien se opone a una determinada política o forma de gobierno. Tal vez, porque la menguada oposición no cuenta con líderes a quienes valga la pena respetar o porque no ha logrado construir una opción de gobierno capaz de contraponerse al proyecto de la 4T. Sigue vigente también, como se dijo, la diferenciación “amigo-enemigo” aunque se han invertido los papeles: quienes eran “amigos” de gobiernos anteriores se han vuelto los “enemigos” de quien ocupa hoy la silla presidencial. La razón inmediata tiene que ver con un cambio en la distribución de los recursos que la presidencia destinaba al pago de comunicación social y puede ser reducida a la lógica simplista de “no adulo a quien no me paga”. Pero, el asunto es más complejo que esto, supone una serie de proyectos individuales y de grupo, acuerdos, contubernios, complicidades, intereses cruzados subyacentes a la lógica “amigo-enemigo” que van más allá de lo que se alcanza a percibir.

Como fuere, el presidente López Obrador repite la visión “amigo-enemigo” que sus contrincantes utilizaron en su contra valiéndose ya no de los medios que lo denostaron, sino de su propio espacio, las Conferencias de Prensa “Mañaneras”, de la opinión pública como tribunal de cuya desaprobación habría que protegerse, según puntualización del filósofo ginebrino Jean Jacques Rousseau (1712-1778), y de su nuevo instrumento “Quién es quién en las mentiras de la semana”, mismo que le permite exhibir ante la opinión pública a quienes desde su perspectiva mienten.

Arremete AMLO contra aquellos medios y periodistas que publican notas o datos que contradicen lo que él valora como avances de su administración. En honor a la verdad, habrá que decir que en muchos de los casos lo que se publica es mentira franca o a medias, pero también es cierto que en otras ocasiones se ofrecen datos verificados y verificables en torno a errores, omisiones o información falsa por parte del gobierno. En este contexto, se considera prudente que una vez que desde el gobierno se ha hecho la distinción “amigo-enemigo”, se reconsidere a los medios y periodistas que han sido puestos del lado equivocado al considerarlos abiertos enemigos del gobierno y la 4T, sin considerar la utilidad de un periodismo no militante.

Con la cabeza fría y el corazón caliente, aquello que se dice del presidente López Obrador debería ser utilizado por él y su equipo de Comunicación Social como un insumo, no sólo para responder, desmentir o fijar posturas en una conferencia de prensa, sino para medir aquello que la opinión pública está diciendo en torno a su desempeño y resultados. Siguiendo al sociólogo alemán Niklas Luhmann (1927-1998) la opinión pública es “una especie de fotografía estática de un estado en movimiento” (“VIII. Opinión pública”, en Niklas Luhmann: la política como sistema, Lecciones Publicadas por Javier Torres Nafarrete, México, UIA, 2009); esto es, la opinión que queda fija, pues como se sabe esta se mueve todo el tiempo, en una encuesta, tuit, cartón político o meme, por ejemplo.

Pero eso no es todo, Luhmann descubre en la opinión pública una segunda función, ser “el medio para la observación de segundo orden”. La observación de primer orden se da “en presencia”. El mejor ejemplo es un reportero o reportera en el lugar de los hechos observando de primera mano un evento o, en este caso, el propio primer mandatario o su equipo observado los hechos sin ninguna mediación. La de segundo orden, por el contrario, se da “en ausencia” y es justo aquí donde la opinión pública opera como medio, como un espejo que permite al gobernante observar cómo lo observan sus gobernados o, por mejor decir, lo qué opinan de él.

Desde sus orígenes, en la segunda mitad del siglo XVII, la opinión pública nace de la mano de la prensa escrita como observación crítica de la política. De aquí se deriva la frase “el papel del periodismo es incomodar al poder”. Con el surgimiento de los posteriores medios de comunicación de masas: la radio, la televisión, la Internet y las redes sociales, este “deber ser” se extiende y profundiza, de manera que los puntos desde donde se observa críticamente a quien gobierna se multiplican. Sin embargo, como ya se dijo, no es la ciudadanía la única que observa, el gobernante que siempre será “el observado”, también lo hace.

Para Luhmann, la observación de segundo orden se define como “observación de observadores” o diríamos más exactamente “observación de observaciones”. Desagregando la definición resulta que: el observado (el gobernante) observa las observaciones (opiniones) de sus observadores (gobernados). Esto que parece un trabalenguas, se traduce en la invaluable posibilidad de que el gobernante tenga en la “opinión pública” el instrumento idóneo para mirar a donde su visión no alcanza. Este es el punto donde el trabajo de ciertos periodistas se vuelve valioso.

Se preguntará por el tipo de periodistas cuya labor se debe tener en cuenta. Reduciendo mucho se podría proponer la existencia de tres tipos de periodistas, a saber: los que militan en la oposición al gobernante y cuya feroz crítica va dirigida a negar o destruir lo hecho sin aportar nada; los convencidos que no ven los errores de quien gobierna o que, a pesar de verlos, no están dispuestos a evidenciarlos, defendiendo a capa y espada tanto lo bien hecho como lo equivocado; y aquellos que, militando o no, muestran una postura de crítica positiva hacia quien gobierna, aquella que permite corregir, construir, mejorar, cambiar.

¿A cuál de los tres tipos de periodismo deberá responder López Obrador y la 4T? Un atinado experto o experta en política y comunicación apuntaría hacia los extremos, dejando al de en medio, el periodismo que endulza el oído del gobernante, el papel de contrapeso respecto de las descalificaciones más rabiosas, pero jamás, jamás como un insumo para tomar decisiones.

En los otros dos casos, el de la prensa opositora y el de la prensa crítica no opositora por llamarles de algún modo, habrá que hacer caso a la sabiduría popular que reza: “cuando el río suena, agua lleva”. Ese ruido podría provenir de aquella prensa empeñada en boicotear el proyecto de Nación del actual presidente o de la prensa empeñada en cumplir el “deber ser” del periodismo, no incomodando por incomodar sino señalando las desviaciones de la ruta de la 4T previamente trazada, con la finalidad de evitar se desvirtúe el proyecto apoyado por la mayoría en 2018.

En ambos casos, habrá que discriminar entre la información verdadera de las fake news, entre las mentiras y los hechos, entre la información tendenciosa y aquella que se sostiene con evidencias y datos duros. No siempre quien señala algo al gobierno inventa lo que dice. En muchas de las ocasiones se vale de información verdadera para hacerlo, de la generada por la misma administración, incluso.

Negar en falso una fake news, por la prisa de hacerlo, puede tener efectos contrarios a los deseados y fortalecer la intención destructiva de quien la lanza, en este caso los enemigos de AMLO y la 4T. Negar en falso la información verificable y verificada de un periodista comprometido con la verdad y el “deber ser” del periodismo, puede convertirse en una oportunidad desperdiciada para corregir el rumbo o mejorar lo hecho. Todo gobernante debe estar consciente de que es imposible controlar absolutamente todo lo que hacen aquellas personas que trabajan en su gobierno y que, a pesar de su voluntad y convicción, habrá quien sucumba a las tentaciones del poder y el dinero, o simplemente se equivoque en una decisión, por lo que se requiere que alguien externo o interno, muy comprometido con el proyecto, se lo haga saber.

Si Luhmann viviera y fuera un asesor en comunicación política, recomendaría al presidente López Obrador utilizar a la opinión pública como el espejo que le permite observar el punto ciego de su administración. Por un lado, para responder con datos duros y pruebas y no con descalificaciones ad hóminem, discursos vacíos, simples negaciones o acusaciones sin fundamento a la prensa opositora, para impedir que aquello que se ataca a partir de fake news, medias verdades o mentiras completas gane la guerra por las percepciones. Por otro lado, sugeriría no asimilar la crítica positiva de periodistas comprometidos con la verdad a aquella hecha con ánimo de destruir, siguiendo la metodología de descalificar al mensajero.

Al final, la recomendación mayor sería tomar ambos tipos de prensa como un insumo para atender aquello que deba ser atendido, para cambiar aquello que deba ser cambiado, para mejorar aquello que deba ser mejorado, para evitar aquello que deba ser evitado y, finalmente, ganar la mano a los enemigos declarados de AMLO y la 4T. Lo anterior, no supone bajar la guardia, sino hacerse amigo de quienes pareciendo enemigos no lo son; esto es, de quienes ejercen un periodismo comprometido con la verdad y la crítica positiva, iluminando con ello el punto ciego del espejo.


Ivonne Acuña Murillo.

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.

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