La coacción a través de la vigilancia continua.
Mariana Hernández Luna

El escritorbritánico George Orwell (1903-1950) realizó dos grandes obras literarias: Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949) en donde explora, entre muchos asuntos, los riesgos que representan los sistemas totalitarios. De ambas obras podemos recuperar, para estos momentos, el asunto de las libertades individuales. Para Orwell, uno de los rasgos distintivos de quienes ejercen el poder totalitario es la coacción a través de la vigilancia continua y permanente de los gobernados. Vigilar a los ciudadanos es inherente a los sistemas autoritarios. No existe la libertad de expresión.
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En México no tenemos un estado totalitario desde el punto de vista constitucional. Sin embargo, los sucesos noticiosos ocurridos durante las últimas semanas nos hacen cuestionarnos si no estaremos viviendo dentro de una distopía orweliana a la mexicana.
El lunes 19 de junio, la bomba estalló cuando el periódico The New York Times (TNYT) publicó en su portada un artículo en el que se decía que el gobierno mexicano había comprado un software de espionaje llamado Pegasus a la empresa israelí NSO Group para espiar a criminales y terroristas. Ese software malicioso sólo se vende a los gobiernos e infecta los teléfonos inteligentes; permite el acceso a toda la información privada del dueño e incluso se puede ingresar a la cámara y micrófono del celular para ver y escuchar en tiempo real.

La investigación documentó que Pegasus había sido adquirido por al menos tres dependencias: la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), la Procuraduría General de la República (PGR) y el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN).
Según lo publicado, Citizen Lab de la Universidad de Toronto, Canadá, encontró que el gobierno mexicano espió a 11 personas entre las que destacan periodistas, activistas y defensores de derechos humanos como Carmen Aristegui y su hijo, colaboradores del equipo de investigación de Aristegui Noticias, integrantes del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez (Prodh), del Instituto Mexicano para la Competitividad (Imco), de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad y a Carlos Loret de Mola. Según documentó TNYT, cada infección exitosa cuesta alrededor de 77 mil dólares.

Luego, R3D: Red en Defensa de los Derechos Digitales, Artículo 19 y SocialTIC dijeron tener documentados 76 nuevos intentos de infección contra periodistas y defensores de derechos humanos, ocurridos entre enero de 2015 y julio de 2016.
Por otra parte, el portal digital Eje Central publicó el jueves 22 de junio tener documentos que demuestran que los blancos del espionaje del gobierno peñista, en verano de 2015, ascendían a 729, entre los que había funcionarios del Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI), artistas, hijos de políticos, empresas de seguridad, periodistas, abogados de narcotraficantes, estudiantes universitarios, médicos, policías federales, integrantes del Consejo de la Judicatura Federal, miembros de la Sección 22 de la CNTE, ex diputados, deportistas, órganos de fiscalización estatales y funcionarios de Guerrero e Hidalgo.
Incluso, el viernes 23 de junio, la diputada priísta con licencia Ivonne Ortega, ex gobernadora de Yucatán y ex secretaria general del PRI, denunció ante la PGR sospechar haber sido víctima de espionaje durante 2016.
A decir de los denunciantes citados en TNYT, los intentos de espionaje tenían en común haber sido realizados cuando las víctimas cuestionaron los resultados y políticas del gobierno de Enrique Peña Nieto.
El escándalo del espionaje traspasó las fronteras nacionales y hubo pronunciamientos de grupos sociales, políticos y religiosos que señalaron la violación a los derechos humanos de las víctimas. Se esperaba una pronta explicación por parte del gobierno federal, sin embargo, éste respondió con una escueta nota sin membrete al editor de TNYT en la que decía que no había pruebas del supuesto espionaje y que hacía un llamado a quienes pudieran haber sido víctimas para que presentaran una denuncia ante la PGR y se realizaran las investigaciones correspondientes.
Fue hasta el jueves 22 de junio y durante la inauguración del Parque Industrial en Lagos de Moreno, Jalisco, cuando Enrique Peña Nieto se refirió al asunto diciendo que su gobierno es democrático, tolerante y hasta condescendiente con la crítica. Dijo también haberse sentido espiado y que esperaba que la PGR deslindara responsabilidades y que la ley se aplicara contra aquellos que levantaban falsos señalamientos contra el gobierno.
Del enojo, la indignación y el desconcierto, los mexicanos pasamos al temor ante la amenaza del presidente que al ser cuestionado sobre sus declaraciones, aseguró que se le malinterpretó y que no dijo lo que sí dijo. Para muchos analistas, Enrique Peña Nieto se despojó de su investidura presidencial para convertirse en un vil jefe de pandilla, en un bandido cualquiera que se dedica a espiar a sus opositores sin importarle si se trata de menores de edad.
Durante la última semana varias voces se pronunciaron por una investigación independiente. La senadora del PN, Laura Rojas, propuso la intervención de la ONU en la investigación del #GobiernoEspía. Incluso Edward Snowden, ex funcionario de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de Estados Unidos, se pronunció contra el espionaje del gobierno mexicano al decir en su cuenta de Twitter que “se trata de un crimen contra el público”.
La inquietante y perturbadora lección que debemos aprender es que absolutamente todos los ciudadanos somos vulnerables al espionaje de Estado. Y en este punto habrá quienes me acusen de paranoia. Es indudable que el gobierno mexicano espía sin órdenes judiciales y eso viola no sólo la legislación, también la garantía de los derechos individuales de cualquiera, sea o no periodista.
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El espionaje como práctica de Estado no es nuevo ni exclusivo del gobierno peñista. Las nuevas tecnologías encarnan severos riesgos, pues nos permiten comunicarnos y denunciar como nunca antes, aunque también nos convierten en presa fácil de quienes deseen amedrentarnos y mantenernos vigilados, ya sea el gobierno o la delincuencia.
Todavía hace unas semanas, y tras el asesinato del periodista sinaloense Javier Valdez Cárdenas, había quienes defendían la existencia de la libertad de expresión en México y aquí habría que hacer una precisión, una cosa es la libertad de expresión garantizada por el artículo 6º de la Constitución y otra, el derecho a la burla y el insulto que podemos ver en millones de tuits e inocuos memes en las redes sociales.
Evidentemente el gobierno mexicano espía a quienes son periodistas de investigación y a opinantes con prestigio y credibilidad, a activistas y defensores de derechos humanos, personas que son incómodas para el sistema porque revelan verdades que vulneran intereses muy profundos entre los grupos oligárquicos y políticos de México.
Al gobierno no le interesa espiar a comunicadores, tuiteros o youtubers que duplican noticias y opinan sobre ellas convertidos en bufones dispuestos al pastelazo, pero que no realizan labores serias y comprometidas de investigación y análisis periodísticos.
Lo ocurrido a lo largo de las últimas semanas debe preocuparnos mucho, como sociedad civil debemos exigir que se investigue cuáles son los propósitos y alcances del espionaje gubernamental, debemos procurar que se castigue a quienes incurrieron en delitos. No podemos olvidar o pretender que no pueda sucedernos a cualquiera de nosotros, todos somos vulnerables, víctimas potenciales del espionaje cibernético.
De liras, monocordios y cítaras.
María del Pilar Torres Anguiano
Mientras espero que sirvan mi americano-grande-para-llevar, escucho al joven que atiende la barra despedirse del amigo que pasó a visitarlo: “Sale güey, cáele a mi casa en la noche, pero llevas tu ‘lira’, papá”. Sonreí.

Las liras de la antigüedad tenían siete cuerdas, pero Orfeo inventó la de nueve, en honor a cada una de las musas. Cuando tocaba la lira o la cítara, la gente se reunía para escucharlo porque daba descanso a sus almas. Dicen que Orfeo podía mover árboles y rocas, detener el curso de los ríos y tranquilizar a las bestias salvajes. Por su fama, fue llamado para emprender el viaje junto con los argonautas en busca del vellocino de oro. Resultó ser casi tan heroico como el propio Jasón, pues con su música, Orfeo marcaba el ritmo de los que remaban el Argos y protegió a los marineros del canto de las sirenas, evitando que encallaran. Se cuenta también que logró con su música dormir al can Cerbero –guardián de Hades y sus dominios– en su intento por rescatar del inframundo a su amada Eurídice. Algunos relatos lo señalan como hijo de Apolo y Caliope, la de la bella voz. Orfeo era considerado profeta, mago y astrólogo, así como una autoridad en materia de ritos místicos de iniciación y purificación… y es que la música logra todo eso y más.

La música y la filosofía están unidas desde siempre, en tanto que es un arte que el hombre asoció con el origen del universo. Entre los filósofos antiguos, Pitágoras tenía la convicción de que el cosmos y el alma estaban ligados a las mismas proporciones numéricas de la armonía. El solo mencionar a Pitágoras me recuerda que siempre fui muy mala en matemáticas, pero en casa trataban de convencerme de que no las aborreciera, haciéndome ver que la base de la música está en las matemáticas. No funcionó. Es una lástima que en ese entonces no lo haya entendido. Tengo la sospecha de que, si ahora intentara estudiar aritmética o trigonometría, tal vez ya no sería tan mala como lo fui en la escuela. El caso es que fueron Pitágoras y los pitagórigos quienes elaboraron una propuesta que entiende al número –y, con ello, a la escala musical– como un elemento permanente en el universo.

Se dice que, al pasar por una herrería, Pitágoras escuchó el sonido rítmico de los golpes de los martillos trabajando el metal y se le ocurrió experimentar con los utensilios y los sonidos que producían, para ahondar en su teoría aritmética y la naturaleza de los sonidos musicales. Pitágoras utilizó al monocordio para explicar la relación entre los números y la música, demostrando que la frecuencia del sonido y la longitud de la cuerda guardan una relación proporcional. Con la teoría de la Armonía de las Esferas, los pitagóricos querían demostrar que cada planeta producía una nota en el espacio y que todo en la música obedecía a un fundamento numérico. Mi mamá tenía razón.
Los pitagóricos entendían al alma humana como una relación numérica que conforma armónicamente al cuerpo. Este concepto de armonía, aportado por el pitagorismo, es un elemento al que los antiguos griegos recurren para explicar análogamente el cosmos y sus componentes: los elementos de la naturaleza, las plantas, los animales, la especie humana y todas las cosas en ese cosmos, formaban una cadena de ser continua. Algunos filósofos, como José Vasconcelos, consideran que Pitágoras es el primer esteta, dándole a la música una categoría a la vez científica y metafísica.
“La sinfonía como modo de conocimiento” y “Pitágoras, una teoría del ritmo” son dos escritos en los que Vasconcelos propone una interpretación estética de la filosofía Pitagórica, según el cual el número –entendido como base del ritmo– emana de la musicalidad intrínseca del universo. Eso significa que aquella idea de que las matemáticas son la base de la música es correcta, pero únicamente en cierto sentido. Desde otra perspectiva puede afirmarse, en cambio, que la música es la base de las matemáticas.

Así las cosas, para Vasconcelos el cosmos es una sinfonía y la filosofía, su partitura. Por ende, el sistema educativo debe sentar las bases para que el estudiante sea capaz de interpretar esta sinfonía, y las capacidades que se requieren para ello se desarrollan a través de la estética. Este pensador mexicano buscó, en su obra, la posibilidad de fusionar lo material con lo espiritual, partiendo del principio de que todas las cosas se desarrollan con una energía interna, como una música y que la esencia de todas las cosas la constituye el ritmo. Así, la estética vasconceliana, de la cual la música es su paradigma, nos habla de un arte idealista, no el que imita a la naturaleza, sino el que intenta superarla. La música nos muestra al mundo no como es, sino como debería ser.
Platón filosofa sobre los distintos estados de ánimo que puede provocar la música en el hombre, y sobre lo que él llamaba músicas positivas a diferencia de las negativas. La primera es aquella que elevaba el corazón del hombre, preparándolo para grandes empresas, haciéndole sentir fuerte y seguro de sí mismo, activo, feliz, sereno. La segunda, en cambio, incitaba a los hombres a dejarse llevar por sus pasiones, como la melancolía, el desánimo, el temor y la inseguridad y el miedo. Así platónicamente entendida, la música es también una ley moral.
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Hay quienes incluso le atribuyen a la música cualidades terapéuticas. Así parece intuirlo la humanidad: desde los hindús que tocan o escuchan la cítara, buscando la iluminación de la diosa Sarasvati, hasta alguien que yo conozco, que no se quita los audífonos ni para dormir.
A propósito de la cítara, el novelista victoriano Anthony Trollope describe así su sonido: Mientras las notas están vivas, mientras la música sigue en el aire, el oído llega a codiciar con avidez cualquier insignificante matiz que salga del instrumento, y el más tenue sonido del exterior se convierte en una ofensa. Las notas bajan y bajan cada vez más, con su suave y triste lamento de exquisito dolor, hasta que a los oyentes les asalta el temor de perderse algo en su lucha por seguir escuchando.
Sí. La música trae paz al espíritu. Por eso, cada clase les ponía un poco de Mozart, Haydn o Bach a mis casi incorregibles alumnos de secundaria. “La música amansa a las bestias”, les respondí una vez, intentando repetir la hazaña de Orfeo, cuando algunos reclamaron porque les aburría escucharla. Francamente, me dio flojera hablarle de mitología a la indignada madre de familia que se me fue encima porque decía que le dije bestia a su pequeño retoño… si lo hubiera visto comportarse en clase, ella misma habría conseguido la lira de nueve cuerdas.
Orlando y la nave de Teseo. Mirarse al espejo.
María del Pilar Torres
En algunos lugares del sur del país a la gente mayor no le gusta tomarse fotografías, porque consideran que una parte de su alma queda capturada en la imagen. Creo que tienen razón. Recuerdo que cuando era niña y mi abuela me enseñó una fotografía suya de cuando tenía ocho o diez años, yo no podía creer que esa niña y mi abuelita eran la misma persona. Eso les pasa a todos los niños, les cuesta trabajo entender que un anciano alguna vez no fue anciano. Algo similar ocurre con uno mismo, viendo sus propias fotografías de años atrás.
Me viene a la mente uno de mis contactos de Facebook que siempre usa para su perfil una foto de cuando él era mucho más joven. Confieso que eso me da un poco de risa. Ya ni se parece y seguramente él lo sabe, pero no creo que la utilice solo por vanidad. Hay fotografías que preferimos sobre otras, porque nos remiten a alguna etapa que no queremos olvidar. Aunque ya no seamos los mismos, aunque ya no nos parezcamos. Volver a ver nuestras fotos del pasado es toda una experiencia: para algunos, agradable y placentera; para otros, no tanto. Es como regresar a la casa donde vivimos en la infancia, o regresar a la escuela donde estudiamos. Ya son otras bancas, otras paredes, otro color de pintura, nuevos salones, nuevos jardines y canchas. ¿Es el mismo lugar, o ya es otro? Preguntarnos esto es revivir la paradoja de la nave de Teseo.

Cuando la ciudad de Atenas estaba dominada por Creta, debía entregar cada 9 años a 14 jóvenes –7 hombres y 7 mujeres– como tributo al Minotauro, que habitaba en un laberinto (como en Hunger Games, por si acaso hay algún millennial leyendo). Teseo, el primogénito de Egeo, rey de Atenas, se ofreció para ir a Creta en su nave, transportando a los 14 tributos. Pero su intención oculta era entrar al laberinto y matar al Minotauro. Las velas de la nave que transportaba a Teseo eran de color negro y, antes de zarpar, Egeo le pidió que, si regresaba con vida, las velas negras fueran sustituidas con otras blancas, o que se mantuvieran las velas negras en el caso de que hubiese muerto. Ariadna era la hija de Minos, el Rey de Creta. Se enamoró de Teseo y le ofreció su ayuda. Teseo aceptó, y entonces Ariadna le entregó un carrete de hilo, para que lo desenrollara al adentrarse al laberinto y de esa manera marcar el camino de regreso, una vez que hubiera logrado su objetivo. Así, Teseo logró la hazaña de matar al Minotauro y liberar a Atenas. Durante el viaje de regreso a Atenas, Teseo olvidó cambiar las velas. De manera que, cuando Egeo vio a lo lejos la nave que se acercaba con las velas negras desplegadas, creyó que su hijo había muerto y se arrojó al mar, que desde entonces se llama Mar Egeo, pero esa es otra historia. El caso es que Teseo se convirtió en rey y decidió que cada año viajaría a la isla de Delos, en la misma nave, acompañado de 7 parejas de jóvenes, para mostrar su agradecimiento al dios Apolo por la liberación de su pueblo.
Como es lógico, la nave se deterioraba con el paso de los años, y con cada reparación cambiaban partes viejas y trozos de madera podridos, por partes nuevas. Así el paso el tiempo y las reparaciones, hasta que de aquella nave en la que Teseo realizó su hazaña, no quedaba ya ninguna pieza original. Esto dio lugar a una fuerte discusión: ¿Se trataba de la misma nave? ¿Qué objeto tenía seguirla manteniendo? La paradoja de la nave de Teseo es un problema de argumentación filosófica, según el cual las cosas cambian y, al mismo tiempo, permanecen. El episodio lo refiere Plutarco, en los Nueve libros de la historia, concluyendo que de allí surgieron dos escuelas filosóficas, divididas por la respuesta distinta que daban al argumento:
Algunos apuestan por la identidad en lo material y otros en una intencional. Mientras algunos conmemoren y preserven la intención de Teseo al construir la nave, de algún modo el barco conservaría su identidad. Otros sostenían lo contrario, lo cual abre el debate sobre qué propiedades son esenciales, y cuáles no, a la hora de definir la identidad; como cualquier persona que se mira en el espejo y ya no está segura de ser la misma de siempre.
Y no me refiero al simple hecho de envejecer, sino a las transformaciones que no son evidentes, pero que día con día se llevan a cabo. Cada día crecemos un poco, algunos adelgazan, otros, lo contrario. Cada día perdemos de forma natural alrededor de 100 cabellos, después de un ciclo de vida de 2 a 7 años y saldrán cabellos nuevos, aunque cada vez en menor cantidad, por el paso del tiempo. Nuestro organismo contiene alrededor de 200 tipos de células diferentes con distintas funciones, algunas de las cuales se renuevan constantemente, como la nave de Teseo. Lo anterior, sin mencionar las vivencias y circunstancias siempre cambiantes que contribuyen a una ininterrumpida transformación biológica y existencial. Así las cosas, en cierto sentido, ya no somos los mismos que fuimos. Tanto la paradoja de la nave de Teseo, como la pregunta de cada niño con la foto del abuelo, es legítima.
La configuración de la identidad personal es un fenómeno muy complejo en el que intervienen muy diversos factores, desde su ser personal con la dignidad e irrepetibilidad que eso implica y sus predisposiciones individuales, hasta la adquisición de diversas capacidades, roles y creencias culturales que surgen en el proceso de socialización y educación.
A veces debemos hacer cambios para seguir siendo los mismos. Eso es paradójico. Ser conscientes del devenir en el que mi identidad está inmersa a veces es algo sencillo, y estamos listos con tan solo un nuevo peinado o ajustes en la dieta y la forma de vestir porque ya no tenemos 20 años. A veces, en cambio, implica tomar una decisión más fuerte, un cambio de casa, de trabajo, o dar por terminado un matrimonio o una relación tóxica, que no nos permite seguir adelante. Eso implica hacernos conscientes de la conveniencia de que todo cambie periódicamente para que permanezca igual a sí mismo, como la nave de Teseo. O como Orlando, aquel personaje de mi Virginia Woolf que vive en distintos siglos, sin envejecer y buscando su identidad, hasta que se transforma en mujer. Así, para seguir siendo ellos mismos, algunos en el camino eligen un tatuaje, deciden un divorcio o una transición de sexo. ¿Quién nos creemos que somos, para cuestionarlos?
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La identidad personal supone un proceso dinámico, ya que a lo largo de la vida los elementos que la configuran pueden ir modificándose, aunque muchas veces nos damos cuenta hasta que ya cambiamos. Para percatarse no necesariamente hace falta ver una foto antigua o regresar al colegio o la casa que habitamos en la infancia. A veces, con mirarse detenidamente al espejo basta. O con recordar algo que te gustaba de niña (como la prima de una amiga que, en un arranque de loquera, la muy ridícula fue a dar al concierto de Timbiriche y se divirtió como enana; pero si sabe que les dije, me mata).
Cosas que se le ocurren a una cuando se está a punto de cumplir otro año, alrededor de los cuarenta.






