María del Pilar Torres Anguiano

 

Mientras espero que sirvan mi americano-grande-para-llevar, escucho al joven que atiende la barra despedirse del amigo que pasó a visitarlo: “Sale güey, cáele a mi casa en la noche, pero llevas tu ‘lira’, papá”. Sonreí.

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Las liras de la antigüedad tenían siete cuerdas, pero Orfeo inventó la de nueve, en honor a cada una de las musas. Cuando tocaba la lira o la cítara, la gente se reunía para escucharlo porque daba descanso a sus almas. Dicen que Orfeo podía mover árboles y rocas, detener el curso de los ríos y tranquilizar a las bestias salvajes. Por su fama, fue llamado para emprender el viaje junto con los argonautas en busca del vellocino de oro. Resultó ser casi tan heroico como el propio Jasón, pues con su música, Orfeo marcaba el ritmo de los que remaban el Argos y protegió a los marineros del canto de las sirenas, evitando que encallaran. Se cuenta también que logró con su música dormir al can Cerbero –guardián de Hades y sus dominios– en su intento por rescatar del inframundo a su amada Eurídice. Algunos relatos lo señalan como hijo de Apolo y Caliope, la de la bella voz. Orfeo era considerado profeta, mago y astrólogo, así como una autoridad en materia de ritos místicos de iniciación y purificación… y es que la música logra todo eso y más.

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La música y la filosofía están unidas desde siempre, en tanto que es un arte que el hombre asoció con el origen del universo. Entre los filósofos antiguos, Pitágoras tenía la convicción de que el cosmos y el alma estaban ligados a las mismas proporciones numéricas de la armonía. El solo mencionar a Pitágoras me recuerda que siempre fui muy mala en matemáticas, pero en casa trataban de convencerme de que no las aborreciera, haciéndome ver que la base de la música está en las matemáticas. No funcionó. Es una lástima que en ese entonces no lo haya entendido. Tengo la sospecha de que, si ahora intentara estudiar aritmética o trigonometría, tal vez ya no sería tan mala como lo fui en la escuela. El caso es que fueron Pitágoras y los pitagórigos quienes elaboraron una propuesta que entiende al número –y, con ello, a la escala musical– como un elemento permanente en el universo.

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Se dice que, al pasar por una herrería, Pitágoras escuchó el sonido rítmico de los golpes de los martillos trabajando el metal y se le ocurrió experimentar con los utensilios y los sonidos que producían, para ahondar en su teoría aritmética y la naturaleza de los sonidos musicales. Pitágoras utilizó al monocordio para explicar la relación entre los números y la música, demostrando que la frecuencia del sonido y la longitud de la cuerda guardan una relación proporcional. Con la teoría de la Armonía de las Esferas, los pitagóricos querían demostrar que cada planeta producía una nota en el espacio y que todo en la música obedecía a un fundamento numérico. Mi mamá tenía razón.

Los pitagóricos entendían al alma humana como una relación numérica que conforma armónicamente al cuerpo. Este concepto de armonía, aportado por el pitagorismo, es un elemento al que los antiguos griegos recurren para explicar análogamente el cosmos y sus componentes: los elementos de la naturaleza, las plantas, los animales, la especie humana y todas las cosas en ese cosmos, formaban una cadena de ser continua. Algunos filósofos, como José Vasconcelos, consideran que Pitágoras es el primer esteta, dándole a la música una categoría a la vez científica y metafísica.

“La sinfonía como modo de conocimiento” y “Pitágoras, una teoría del ritmo” son dos escritos en los que Vasconcelos propone una interpretación estética de la filosofía Pitagórica, según el cual el número –entendido como base del ritmo– emana de la musicalidad intrínseca del universo. Eso significa que aquella idea de que las matemáticas son la base de la música es correcta, pero únicamente en cierto sentido. Desde otra perspectiva puede afirmarse, en cambio, que la música es la base de las matemáticas.

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Así las cosas, para Vasconcelos el cosmos es una sinfonía y la filosofía, su partitura. Por ende, el sistema educativo debe sentar las bases para que el estudiante sea capaz de interpretar esta sinfonía, y las capacidades que se requieren para ello se desarrollan a través de la estética. Este pensador mexicano buscó, en su obra, la posibilidad de fusionar lo material con lo espiritual, partiendo del principio de que todas las cosas se desarrollan con una energía interna, como una música y que la esencia de todas las cosas la constituye el ritmo. Así, la estética vasconceliana, de la cual la música es su paradigma, nos habla de un arte idealista, no el que imita a la naturaleza, sino el que intenta superarla. La música nos muestra al mundo no como es, sino como debería ser.

Platón filosofa sobre los distintos estados de ánimo que puede provocar la música en el hombre, y sobre lo que él llamaba músicas positivas a diferencia de las negativas. La primera es aquella que elevaba el corazón del hombre, preparándolo para grandes empresas, haciéndole sentir fuerte y seguro de sí mismo, activo, feliz, sereno. La segunda, en cambio, incitaba a los hombres a dejarse llevar por sus pasiones, como la melancolía, el desánimo, el temor y la inseguridad y el miedo. Así platónicamente entendida, la música es también una ley moral.

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Hay quienes incluso le atribuyen a la música cualidades terapéuticas. Así parece intuirlo la humanidad: desde los hindús que tocan o escuchan la cítara, buscando la iluminación de la diosa Sarasvati, hasta alguien que yo conozco, que no se quita los audífonos ni para dormir.

A propósito de la cítara, el novelista victoriano Anthony Trollope describe así su sonido: Mientras las notas están vivas, mientras la música sigue en el aire, el oído llega a codiciar con avidez cualquier insignificante matiz que salga del instrumento, y el más tenue sonido del exterior se convierte en una ofensa. Las notas bajan y bajan cada vez más, con su suave y triste lamento de exquisito dolor, hasta que a los oyentes les asalta el temor de perderse algo en su lucha por seguir escuchando.

Sí. La música trae paz al espíritu. Por eso, cada clase les ponía un poco de Mozart, Haydn o Bach a mis casi incorregibles alumnos de secundaria. “La música amansa a las bestias”, les respondí una vez, intentando repetir la hazaña de Orfeo, cuando algunos reclamaron porque les aburría escucharla. Francamente, me dio flojera hablarle de mitología a la indignada madre de familia que se me fue encima porque decía que le dije bestia a su pequeño retoño… si lo hubiera visto comportarse en clase, ella misma habría conseguido la lira de nueve cuerdas.

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