Orlando y la nave de Teseo. Mirarse al espejo.

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María del Pilar Torres

 

En algunos lugares del sur del país a la gente mayor no le gusta tomarse fotografías, porque consideran que una parte de su alma queda capturada en la imagen. Creo que tienen razón. Recuerdo que cuando era niña y mi abuela me enseñó una fotografía suya de cuando tenía ocho o diez años, yo no podía creer que esa niña y mi abuelita eran la misma persona. Eso les pasa a todos los niños, les cuesta trabajo entender que un anciano alguna vez no fue anciano. Algo similar ocurre con uno mismo, viendo sus propias fotografías de años atrás.

Me viene a la mente uno de mis contactos de Facebook que siempre usa para su perfil una foto de cuando él era mucho más joven. Confieso que eso me da un poco de risa. Ya ni se parece y seguramente él lo sabe, pero no creo que la utilice solo por vanidad. Hay fotografías que preferimos sobre otras, porque nos remiten a alguna etapa que no queremos olvidar. Aunque ya no seamos los mismos, aunque ya no nos parezcamos. Volver a ver nuestras fotos del pasado es toda una experiencia: para algunos, agradable y placentera; para otros, no tanto. Es como regresar a la casa donde vivimos en la infancia, o regresar a la escuela donde estudiamos. Ya son otras bancas, otras paredes, otro color de pintura, nuevos salones, nuevos jardines y canchas. ¿Es el mismo lugar, o ya es otro? Preguntarnos esto es revivir la paradoja de la nave de Teseo.

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Cuando la ciudad de Atenas estaba dominada por Creta, debía entregar cada 9 años a 14 jóvenes –7 hombres y 7 mujeres– como tributo al Minotauro, que habitaba en un laberinto (como en Hunger Games, por si acaso hay algún millennial leyendo). Teseo, el primogénito de Egeo, rey de Atenas, se ofreció para ir a Creta en su nave, transportando a los 14 tributos. Pero su intención oculta era entrar al laberinto y matar al Minotauro. Las velas de la nave que transportaba a Teseo eran de color negro y, antes de zarpar, Egeo le pidió que, si regresaba con vida, las velas negras fueran sustituidas con otras blancas, o que se mantuvieran las velas negras en el caso de que hubiese muerto. Ariadna era la hija de Minos, el Rey de Creta. Se enamoró de Teseo y le ofreció su ayuda. Teseo aceptó, y entonces Ariadna le entregó un carrete de hilo, para que lo desenrollara al adentrarse al laberinto y de esa manera marcar el camino de regreso, una vez que hubiera logrado su objetivo. Así, Teseo logró la hazaña de matar al Minotauro y liberar a Atenas. Durante el viaje de regreso a Atenas, Teseo olvidó cambiar las velas. De manera que, cuando Egeo vio a lo lejos la nave que se acercaba con las velas negras desplegadas, creyó que su hijo había muerto y se arrojó al mar, que desde entonces se llama Mar Egeo, pero esa es otra historia. El caso es que Teseo se convirtió en rey y decidió que cada año viajaría a la isla de Delos, en la misma nave, acompañado de 7 parejas de jóvenes, para mostrar su agradecimiento al dios Apolo por la liberación de su pueblo.

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Como es lógico, la nave se deterioraba con el paso de los años, y con cada reparación cambiaban partes viejas y trozos de madera podridos, por partes nuevas. Así el paso el tiempo y las reparaciones, hasta que de aquella nave en la que Teseo realizó su hazaña, no quedaba ya ninguna pieza original. Esto dio lugar a una fuerte discusión: ¿Se trataba de la misma nave? ¿Qué objeto tenía seguirla manteniendo? La paradoja de la nave de Teseo es un problema de argumentación filosófica, según el cual las cosas cambian y, al mismo tiempo, permanecen. El episodio lo refiere Plutarco, en los Nueve libros de la historia, concluyendo que de allí surgieron dos escuelas filosóficas, divididas por la respuesta distinta que daban al argumento:

Algunos apuestan por la identidad en lo material y otros en una intencional. Mientras algunos conmemoren y preserven la intención de Teseo al construir la nave, de algún modo el barco conservaría su identidad. Otros sostenían lo contrario, lo cual abre el debate sobre qué propiedades son esenciales, y cuáles no, a la hora de definir la identidad; como cualquier persona que se mira en el espejo y ya no está segura de ser la misma de siempre.

Y no me refiero al simple hecho de envejecer, sino a las transformaciones que no son evidentes, pero que día con día se llevan a cabo. Cada día crecemos un poco, algunos adelgazan, otros, lo contrario. Cada día perdemos de forma natural alrededor de 100 cabellos, después de un ciclo de vida de 2 a 7 años y saldrán cabellos nuevos, aunque cada vez en menor cantidad, por el paso del tiempo. Nuestro organismo contiene alrededor de 200 tipos de células diferentes con distintas funciones, algunas de las cuales se renuevan constantemente, como la nave de Teseo. Lo anterior, sin mencionar las vivencias y circunstancias siempre cambiantes que contribuyen a una ininterrumpida transformación biológica y existencial. Así las cosas, en cierto sentido, ya no somos los mismos que fuimos. Tanto la paradoja de la nave de Teseo, como la pregunta de cada niño con la foto del abuelo, es legítima.

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La configuración de la identidad personal es un fenómeno muy complejo en el que intervienen muy diversos factores, desde su ser personal con la dignidad e irrepetibilidad que eso implica y sus predisposiciones individuales, hasta la adquisición de diversas capacidades, roles y creencias culturales que surgen en el proceso de socialización y educación.

A veces debemos hacer cambios para seguir siendo los mismos. Eso es paradójico. Ser conscientes del devenir en el que mi identidad está inmersa a veces es algo sencillo, y estamos listos con tan solo un nuevo peinado o ajustes en la dieta y la forma de vestir porque ya no tenemos 20 años. A veces, en cambio, implica tomar una decisión más fuerte, un cambio de casa, de trabajo, o dar por terminado un matrimonio o una relación tóxica, que no nos permite seguir adelante. Eso implica hacernos conscientes de la conveniencia de que todo cambie periódicamente para que permanezca igual a sí mismo, como la nave de Teseo. O como Orlando, aquel personaje de mi Virginia Woolf que vive en distintos siglos, sin envejecer y buscando su identidad, hasta que se transforma en mujer. Así, para seguir siendo ellos mismos, algunos en el camino eligen un tatuaje, deciden un divorcio o una transición de sexo. ¿Quién nos creemos que somos, para cuestionarlos?

Espejo, mano, cara, cierre

La identidad personal supone un proceso dinámico, ya que a lo largo de la vida los elementos que la configuran pueden ir modificándose, aunque muchas veces nos damos cuenta hasta que ya cambiamos. Para percatarse no necesariamente hace falta ver una foto antigua o regresar al colegio o la casa que habitamos en la infancia. A veces, con mirarse detenidamente al espejo basta. O con recordar algo que te gustaba de niña (como la prima de una amiga que, en un arranque de loquera, la muy ridícula fue a dar al concierto de Timbiriche y se divirtió como enana; pero si sabe que les dije, me mata).

Cosas que se le ocurren a una cuando se está a punto de cumplir otro año, alrededor de los cuarenta.

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