Inicio Opinión Mirada desencantada | Breves historias de mujeres. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Mirada desencantada | Breves historias de mujeres. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Imagen ilustrativa.

Por: Ivonne Acuña Murillo

¡Pendeja! gritó el joven médico en el estacionamiento de su edificio a su mujer asomada por la ventana del departamento cuando ella no atendió de inmediato a su petición. Con seguridad, quienes habitaban en el mismo inmueble habrán atestiguado otros tipos de agresión en contra de la nueva ama de casa.

Peor suerte corrió su vecina, también casada hacía pocos años y madre de dos pequeñas niñas cuando su esposo comenzó a golpearla dentro de su casa, situada enfrente y a la izquierda del edificio referido, para terminar arrastrándola por los cabellos hasta la calle. En esta ocasión, ella llamó a la policía que acudió a detener al hombre con la supuesta intención de presentarlo ante las autoridades. Supuesta, pues, se supo más tarde, los patrulleros dejaron bajar del vehículo al marido golpeador unas cuadras más adelante. Claramente el pacto masculino fue sellado con unos billetes de por medio. Total, entre los miembros de los cuerpos de seguridad también existían y existen hombres que violentaban y violentan a sus parejas.

Aproximadamente veinte años después, otra esposa fue víctima de violencia en el mismo conjunto de edificios. Las agresiones de su esposo en su contra comenzaron cuando eran novios y él ejercía sobre ella un control basado en una supuesta superioridad y en el derecho de quien, como hombre, “adquiere” una mujer. Se conocieron en el banco. Ella era cajera y él un pequeño empresario que comenzaba un negocio de ropa. Al casarse, el control y las agresiones aumentaron pero sin llegar a los insultos o a los golpes. Como ella tendía a ganar peso el marido la forzó a acudir a un gimnasio después del trabajo y a permanecer haciendo ejercicio hasta la hora de cierre. La convenció también para que, siendo castaña, se tiñera el cabello de rubio sin importar que este comenzara a caerse, tal vez por estrés, y que los productos químicos agravaran el problema.

Fue el de ella un caso paradigmático de los diversos tipos de violencia que una mujer puede sufrir por parte de su pareja, así que la económica y patrimonial también estuvieron presentes. En algún momento de la relación, cuando ella se embarazó, renunció a su trabajo por lo que el banco le otorgó una importante cantidad de dinero como liquidación. Dinero que se agotó cuando ella tuvo que tomar parte de este para sus gastos y para completar el exiguo gasto que su marido daba para mantener a la familia. Desde su punto de vista, no era justo que ella tuviera dinero en el banco y que él solo se hiciera cargo del gasto familiar. Una vez terminado el finiquito, él tuvo a bien vender el coche de ella, aparentemente sin su consentimiento, para comprar otro que puso a su nombre, mismo que se sumó al que ya tenía. Al quedarse ella sin auto propio dependía del humor de su marido para usar uno de los vehículos. Cuando él no estaba de buenas la enviaba en pesera con todo e hijo.

Con el embarazo su peso aumentó, aun en contra de los deseos de su esposo, razón por la cual él tomó cartas en el asunto. Un buen día, el del cumpleaños de su esposa, el marido maltrador tiró al suelo y pisoteó el pastel que su padre y madre le habían llevado para celebrar mientras él se encontraba en su oficina.

Como suele ocurrir, la violencia fue in crescendo hasta que comenzaron los insultos: “cerda”, “gorda”, “patas de elefante”; el recuento de la comida: “por qué te tragaste las nueces que tenía en mi cajón”; y los golpes: la boca reventada, el ojo morado, los objetos lanzados contra ella sin que tener a su hijo en brazos representara un obstáculo.

Cuando la violencia física hizo su aparición, se dio un suceso que pone de manifiesto la resistencia cultural para erradicar la violencia en contra de las mujeres dada su “normalización”. Aquella noche, como otras, se escuchó la agresiva discusión de la pareja y algo, ruidos extraños tal vez, puso en alerta a un vecino que decidió llamar a la puerta de la vecina agredida. La discusión cesó dando paso a los murmullos, de ella y él, enseguida el marido agresor preguntó a su vecino qué se ofrecía. Él pidió ver a la mujer, para saber si estaba bien, afirmando que de lo contrario llamaría a la policía para que viniera a ver qué ocurría. El esposo violentador respondió a su vecino que hiciera lo que considerara conveniente pues ella no iba a salir. Lo hizo así y su sorpresa fue mayúscula cuando al referir que al parecer una mujer estaba siendo violentada en su casa, el hombre al otro lado del teléfono preguntó: ¿no será que es su marido quien le está pegando?, asumiendo que de ser así tal vez no tenía caso atender su solicitud, a lo que el vecino insistió.

Al llegar, los patrulleros informaron que no podían ingresar al domicilio a menos que la mujer violentada lo pidiera e hiciera la denuncia. Esto la obligó a salir, después de tratar de ocultar con maquillaje los golpes de su cara, para pedir que se retiraran pues no era así como quería arreglar sus problemas familiares.

La violencia sexual también hizo su aparición, pero no en forma de abusos, demandas excesivas o violación sino como “ayuno”. Él se negó a tener relaciones sexuales con ella, pues no se iba a acostar con “una gorda patas de elefante”. Por supuesto, ello no impidió que él siguiera exigiéndole que lo esperara despierta, arreglada, maquillada, en tacones y con la comida caliente hasta altas horas de la noche, prácticamente de madrugada cuando él volvía de consumar su infidelidad.

Al final, fue él quien la abandonó por “otra” convirtiéndola, bondadosamente, en su secretaria y dejando que, por unos meses, ella y su hijo habitaran el departamento ya prácticamente desamueblado. Con este acto, él pasó de ser el “marido” a el “licenciado”.

Gran parte de lo relatado fue contado por la mujer violentada a quien quisiera escuchar lo que ocurría dentro de los muros de su pequeño departamento. Tal parecía que quería dejar constancia de la clase de hombre que era su esposo. Al principio funcionó pues quienes cohabitaban en el mismo edificio pensaron que ella era una víctima que no merecía el trato recibido. Sin embargo, con el paso del tiempo se hizo evidente que ella no quería denunciar a su esposo o asesorarse para cambiar su relación y mucho menos abandonarlo a pesar de haber recibido ofertas de ayuda, trabajo y otro lugar para vivir. Más aún, a pesar de haber demostrado tener el carácter para hacerlo y comenzar un proceso de auto empoderamiento.

Este último caso, muestra no solo lo complejo de una relación tóxica de pareja sino las resistencias culturales de una serie de actores para erradicar la violencia doméstica, incluyendo a la misma mujer, pues ella afirmó su preferencia por ser “una esposa” y no “una mujer sin marido o divorciada” sin importar las humillaciones o el maltrato que hubiera que soportar. De la misma manera lo hizo su suegra, quien resistió la violencia ejercida por su esposo hasta su muerte. Fuera como fuere, ambas mujeres se encontraban atrapadas por la presión social que se ejerce en contra de las mujeres en sociedades de corte patriarcal-machista que las obliga a cumplir con restringidos roles de género.

Lo aquí referido no ocurrió en alguna colonia caracterizada por los bajos ingresos de sus habitantes, la precariedad, la falta de servicios, un bajo nivel de preparación formal sino en un fraccionamiento de clase media-alta, con todos los servicios, sin precariedad y con habitantes que poseían un nivel de preparación formal que incluye el estudio de una licenciatura y buenos ingresos. Valga la aclaración para evidenciar el prejuicio según el cual la violencia en contra de las mujeres ocurre preferentemente entre las llamadas “clases populares”. Esto daría a la violencia doméstica un sesgo de clase ignorando que se trata de un problema que atraviesa a todo el conjunto de la actividad humana.

Las violencias ejercidas contra las mujeres: de pareja, familiares, comunitarias, estatales, recorren totalmente el espectro de la cultura, la historia, la política, la economía, las ciencias, la filosofía, el arte, la religión. De día, tarde o noche, con frío o calor, con lluvia o sin ella, en tiempos de paz o tiempos de guerra, de manera reiterada y constante la historia de las mujeres se encuentra atravesada por menores o mayores grados de agresión sin importar la condición social, la etnia, la preparación, la edad, las creencias, el color de piel, la forma del cuerpo, la posesión o desposesión de recursos.

No importa si se tiene el cabello oscuro, rubio o rojo, si las caderas son anchas o estrechas, si los senos son pronunciados o discretos, si las piernas son cortas o largas, basta con “ser mujer” para ser una víctima potencial de algún tipo de violencia, desde la más sutil hasta la más extrema.

Diversas frases dan cuenta de ello. Por ejemplo, las pronunciadas por los varones encargados de recibir, como autoridad, las denuncias de las mujeres por maltrato doméstico bajo un supuesto interés conciliador, pero en el fondo encaminadas a reforzar el papel pasivo y sumiso de las mujeres, a saber: “pues qué le hizo”, “ya no lo haga enojar”, “hágale caso a su marido”, “no le sirva la sopa fría”, etc., sella esta lista la expresión más contundente: “yo también le pegó a mi mujer, váyase a su casa y pórtese bien”. Esta última fue escuchada por la jovencita de 17 años que acudió, hace más de cuatro décadas, a demandar a su marido ante el ministerio público después de una paliza.

Cuatro décadas pasaron sin que se modificara profundamente la cultura en la cual la violencia en contra de las mujeres siguiera siendo un hecho cotidiano, aún a pesar de la existencia de agencias especializadas en delitos sexuales y violencia intrafamiliar, la expedición de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia en febrero de 2007, de la tipificación expresa de delitos relacionados con las diversas formas de violencia ejercidas en contra de la mujeres: física, sexual, psicológica, emocional, económica, patrimonial y la extrema definida como ”feminicidio” y de los cientos, miles de cursos, terapias, intentos por sensibilizar a los hombres, la sociedad y el gobierno en turno sobre la gravedad que supone este problema.
Se dirá que ha habido avances. Por supuesto, son innegables; sin embargo, la violencia en contra de las mujeres parece no tener fin, además de que, de tiempo en tiempo, se suman nuevas formas de agresión como la quema con sustancias corrosivas.

Mirada desencantada

Diez, veinte, cuarenta años han pasado y las breves historias de mujeres aquí relatadas bien pudieron ocurrir ayer, ocurrir hoy o mañana. Son esos eventos que forman lo que el historiador francés Fernand Braudel (1902-1985) reconoció como la “historia de larga duración”, en su texto La historia y las ciencias sociales, y definida como: “una organización, una coherencia, unas relaciones suficientemente fijas entre realidades y masas sociales. Para nosotros los historiadores, una estructura es indudablemente un ensamblaje, una arquitectura; pero más aún, una realidad que el tiempo tarda enormemente en desgastar. Y transformar”. 

En el caso de las mujeres, lo que ellas hacen, piensan, desean, viven, sufren, superan, enfrentan es una estructura que se mantiene a lo largo de los siglos. Podemos decir que cambian los tipos de violencia de que son objeto, las maneras de afrontarla y las respuestas políticas y sociales, sin embargo, siguen ocurriendo.

Esta es la razón que hace salir a las calles a miles, millones de mujeres en todo el mundo este 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, y el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. El primero, reforzando la idea de “estructura” de Braudel recuerda otro 8 de marzo, pero de 1857, cuando 120 mujeres fueron asesinadas por la policía de Nueva York en el contexto de una manifestación en el que cientos de trabajadoras textiles exigieron igualdad salarial con sus compañeros y una mejora de sus condiciones laborales.

<em>Ivonne Acuña Murillo.</em><br>
Ivonne Acuña Murillo.

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales. X: @ivonneam

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