Maradona: el Dios ha muerto, se va parte de la cultura popular del siglo XX. Autor José Reyes Doria

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Por: José Reyes Doria @jos_redo

El 22 de junio de 1986, el mundo contuvo la respiración por unos segundos. Diego Armando Maradona tomó el balón atrás de la media cancha y danzó por el césped del Azteca, rozó el arte flotando entre miles de ingleses que no pudieron ni quisieron frenarlo. Fue el gol del siglo.

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Maradona fue el futbolista más grande de la historia. Uno de los personajes más influyentes y polémicos de la cultura popular del siglo XX. Venerado en Argentina y Nápoles, adorado o repudiado en el resto del mundo, Diego era todo, menos indiferencia o mediocridad.

Era, es, un Dios de abajo. Nunca dejó el barrio, siempre desafió al poder establecido, la FIFA lo persiguió hasta la saciedad porque no se plegaba a las directrices del gran negocio del futbol mundial. Jamás aceptó la vida cómoda que le ofrecía el establishment, por eso la FIFA y el mundo decente alababan a Pelé, el genio que sí asumía y pregonaba los postulados de la oligarquía del balón.

Maradona era un Dios porque era demasiado humano. Ecce homo, dijo alguna vez Jorge Valdano, ante los contrastes entre la gloria y el infierno en la vida de Diego. Este es el hombre, Maradona, capaz del prodigio estético en la cancha y, a la vez, de abismarse en el drama social de las adicciones y la molicie.

La doble moral pretende descalificar a Diego por su adicción a las drogas, sin reparar en que la adicción es promovida por un sistema global que arropa a los grandes carteles del narcotráfico y voltea la vista ante la clase política y empresarial que se llenan las bolsas de dinero con esa industria.

La doble moral, también criticó a Maradona por su admiración del Che Guevara y Fidel Castro, sin reparar en que era su profundo y auténtico arraigo popular lo que, con las limitaciones de su modesta formación educativa, impulsaba a Diego a acercarse a todo lo que tuviera alguna resonancia de revolución, revuelta, poder popular; por eso, se alegró también por el ascenso de López Obrador.

Se cumple la alegoría de Nietzsche: Dios ha muerto. Diego seguirá driblando en los barrios del cielo, el bravo espíritu de los pueblos en Buenos Aires, Nápoles, Culiacán, Barcelona, Tokio, Lima, El Cairo, en todos los barrios del mundo, seguirán llorando y cantando a uno de los suyos.

Salve, Diego.

José Reyes Doria
José Reyes Doria

Politólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
Asesor parlamentario en diversos órganos de gobierno y comisiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.
Colaborador en portales informativos. Conferencista sobre temas legislativos y políticos. Consultor en materia de comunicación política, prospectiva y análisis de coyuntura. Contacto: reyes_doriajose@hotmail.com

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