La Democracia en América: Calígula y el jaque mate a Trump. Autor: José Reyes Doria

Foto: Xinhua.

Por: José Reyes Doria @jos_redo


Alexis de Tocqueville se maravilló con el sistema político de Estados Unidos a mediados del siglo XIX, admiró la solidez de las instituciones, la estructuración de los poderes y la reserva de estabilidad del Estado norteamericano para procesar las libertades, las ambiciones y el impulso expansionista del vecino del norte. Hoy, el estadounidense es el Estado más viejo del mundo y la democracia americana que deslumbró a Tocqueville enfrenta enormes desafíos para preservar sus fundamentos.

La tensión histórica entre los fundamentos democráticos y la vocación imperial de los Estados Unidos, a veces se hace más presente, como en este momento en que buena parte del establishment gringo quiere deshacerse de Donald Trump, echarlo de la Casa Blanca. La hegemonía planetaria de los Estados Unidos, su dominio imperialista del mundo, durante al menos los últimos 75 años, han marcado la política y la cultura dentro y fuera de ese país.

El predominio de las libertades que tanto elogió Tocqueville permitió que un personaje como Trump llegara a la presidencia de Estados Unidos. En 2016 todo el mundo se alarmó ante esta posibilidad, debido al nivel de irracionalidad, irresponsabilidad, agresividad y autoritarismo en la visión política de Trump. México y la comunidad internacional se pusieron en guardia ante los anunciados excesos y agresiones económicas y políticas, las prácticas y las prédicas racistas, discriminatorias y desestabilizadoras del magnate.

Las libertades norteamericanas le permitieron el acceso al poder, pero la solidez de las mismas instituciones políticas y sociales de Estados Unidos, le están dando un portazo en la nariz a Trump en su intención de reelegirse. Los anticuerpos del establishment se están alineando para impedir su proyecto reeleccionista. En las últimas semanas hemos visto la activación de las resistencias y los poderes, formales y fácticos, del sistema norteamericano, en la ruta de nulificar y acabar con la breve era trumpista.

El mejor ejemplo de la convergencia y la acción de los diversos grupos de poder para frenar a Trump, lo dieron las poderosas cadenas de televisión en conjunto con las redes sociales, al desplegar la audaz y categórica decisión de bloquear la difusión de los mensajes de Trump en los que pretende incendiar los ánimos denunciando un fraude electoral. Esta postura de Trump es tan grave que podría ocasionar conflictos de alcances incalculables y poner en riesgo la estabilidad y la gobernabilidad del país más poderoso del mundo. Por eso, el manotazo del sistema se aplicó sin consideración alguna hacia la investidura de Trump. Lo callaron.

Y es aquí donde cabe la comparación, guardando todas las proporciones, entre el Imperio Romano de la antigüedad y el Imperio Estadounidense. De entrada, creo que el romano ha sido el mayor imperio de la historia, solamente se le puede asemejar, en la era moderna, y de lejos, el imperio británico; pero el imperialismo norteamericano ha sido implacable y casi irresistible. Las semejanzas son muchas y se resumen en la influencia global de su dominio y la tendencia histórica a concentrar el poder en pocas manos, incluso en un solo hombre.

Pero los romanos tenían pocos mecanismos políticos y sociales para contener los excesos, las locuras y los caprichos de los emperadores. Por ello, la solución final ante la locura de un emperador era el asesinato, múltiples veces se utilizó este medio violento para poner fin a un reinado irracional. Calígula y Nerón son los ejemplos más notables, aunque no los únicos. El problema de la solución violenta, es que genera más violencia y por esa causa, entre otras, se fue minando la solidez y la fuerza del Imperio Romano rumbo a la decadencia, si bien todavía tuvieron casi un siglo de esplendor con los llamados “emperadores buenos”, como Trajano, Adriano y Marco Aurelio.

Roma se desestabilizó y sacudió con los emperadores que entronizaron la locura y la violencia. Calígula, por ejemplo, ordenó la construcción de un puente de barcos para atravesar el mar a caballo (podríamos compararlo con el muro de Trump), se dilapidaron cantidades extraordinarias de recursos para cumplir el capricho de unir miles de naves a través de cientos de kilómetros de mar. También movilizó, sin idea alguna, a muchas legiones hasta el norte de Francia para invadir y colonizar las islas británicas, pero al caer en la cuanta que no había estrategia ni logística puso a sus gloriosos generales y soldados a recolectar conchas de mar.

Como decía, no había en Roma mecanismos para contener al emperador más que por la vía del asesinato. Por eso, podemos decir que la democracia imperial norteamericana tiene la ventaja de contar con una serie de poderes y estructuras que sí pueden contener y expulsar a gobernantes que escalan los niveles de locura, extravagancia o peligro para la nación. Al menos hasta ahora. Podría decirse que en Estados Unidos también se han asesinado presidentes, como los casos de Lincoln y Kennedy, pero esos asesinatos obedecieron a conflictos de poder irresolubles, no a la urgencia de eliminar a un presidente loco.

Por eso, siguen siendo válidas las premisas de Tocqueville sobre la democracia imperial norteamericana (el concepto solo es contradictorio en apariencia), aunque desde hace décadas ya se percibe una línea de decadencia del dominio imperial global de los Estados Unidos. Pero hasta hoy, le alcanza para darse el lujo permitir el encumbramiento de un Trump en el marco de las libertades político-electorales y, en su momento, este momento, acotarlo, nulificarlo y echarlo del poder sin mayores cuotas de violencia.

Eso, hasta hoy, quién sabe si en unos 20, 50 o 100 años el Estado gringo tenga aún estas reservas de estabilidad y contención, pues es probable que no sea así y que una nueva versión de Trump tome el poder y haga palidecer a la estirpe de los Calígula y los Nerón. Todo puede pasar, la antigua Roma tuvo al menos cuatro siglos de esplendor y dominio global incuestionable. Bien harían los gringos en sacar las lecciones del sueño romano para alargar civilizadamente el sueño americano.

José Reyes Doria
José Reyes Doria

Politólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
Asesor parlamentario en diversos órganos de gobierno y comisiones de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.
Colaborador en portales informativos. Conferencista sobre temas legislativos y políticos. Consultor en materia de comunicación política, prospectiva y análisis de coyuntura. Contacto: reyes_doriajose@hotmail.com

1 COMENTARIO

  1. Excelente artículo, el autor sabe cómo atrapar al lector desde el título y lograr la conclusión de lectura. Su manera de aplicar la analogía en hechos, figuras políticas y acciones, induce al lector a la revisión sobre la historicidad de la época para formular un nuevo escenario político. ¡Gracias José Reyes Doria!

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