Fuga de Cerebros | El imperio del racismo y clasismo. Autor: Julián González de León Heiblum

Foto: Wikicommons.

Por Julián González de León Heiblum 1

Creemos que los imperios son realidades pasadas, un aforismo o una exageración. Pero el que nuestros imperios no usen ese nombre, no quiere decir que sistemas imperiales no sigan dominando nuestra realidad; y nuestra realidad es que la soberanía nacional es una ficción.

La capacidad de decisión que tienen los gobiernos es limitada por la posición geopolítica y el orden establecido por las dinámicas del mercado. El problema con pensar que las dinámicas sociales existen exclusivamente dentro de realidades nacionales es que ignoramos las relaciones de poder que generan dichas relaciones.

El racismo y la explotación de clase, de esta forma, no pueden ser entendidos dentro de ficciones nacionales; la función que cumplen responde a los sistemas imperiales que siguen organizando nuestras sociedades.

Tomaré como ejemplo dos fenómenos históricos para mostrar, no sólo esta dimensión global, sino la conexión entre estas dos dinámicas sociales. El primero es el comercio Atlántico de los siglos XVII y XVIII entre Europa occidental con los virreinatos y las colonias americanas, así como con los reinos e imperios del África occidental. El segundo es el mercado de algodón durante los siglos XVIII y XIX entre el Reino Unido, los Estados Unidos y el Imperio Mogol en la India.

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El comercio Atlántico durante estos siglos estaba dominado por una serie de sistemas imperiales europeos. Consistía en la extracción y exportación de materias primas desde las posesiones europeas en América con mano de obra forzada indígena proveída por el sistema de encomiendas o repartimientos, así como importada desde África.

Algunas materias primas, como plata y oro, cuyo valor de uso es limitado, empezó a ser acumulado como parte del tesoro imperial. Otras, como azúcar, tabaco y otros metales, eran procesadas en Europa occidental para crear bienes de consumo. Estos productos, particularmente ron y armas, eran vendidos a reyes africanos a cambio de esclavos, la mayoría prisioneros de guerra.

Este sistema limitó las economías americanas a la explotación de materia prima que, aunque pudo llegar a ser muy lucrativo, tenía una capacidad limitada de crecimiento y acumulación de capital. Por lo mismo, el tipo de labor que se debía utilizar para hacer que esta actividad fuera más productiva tenía que ser particularmente barata. Eso explica el uso generalizado de las encomiendas, repartimientos y mano de obra esclava.

Para legitimar este tipo de explotación y perpetuar el sistema, los imperios europeos establecieron distintas formas de clasificación social. Los esclavos provenientes de África empezaron a ser identificados por características físicas, particularmente el color oscuro de su piel.

Los trabajadores indígenas dentro del imperio hispánico fueron clasificados como una casta y diferenciados genealógicamente de aquellos cuyo origen se remitía a Europa. Otros “indios” en el continente americano fueron esclavizados o desproveídos de tierras. A estos últimos se les concibió como accidentes naturales. En general, tanto “negros” como “indios” fueron categorizados y estigmatizados como “menos humanos,” cercanos a animales o a niños.

Todos estos trabajadores tenían en común que no podían obtener propiedad dentro de los espacios donde laboraban (o tenían una posibilidad muy limitada). Particularmente no podían poseer tierras y, por lo tanto, no tenían condiciones de acumulación de capital y movilidad social. Los dos conceptos centrales para entender la conexión entre racismo y explotación laboral son, entonces, “propiedad” y “soberanía.”

En este sentido, en los virreinatos y colonias europeas en América, la dinámica imperial se ejercía, en términos socioeconómicos y legales, a través de la negación a ciertas poblaciones de acceder a estos principios. En otras palabras, no formaban parte de la “república” o comunidad bajo la soberanía del rey, sino que eran sujetos a ella. Esta soberanía, en el contexto colonial, era entendida como el derecho de posesión sobre las tierras que tenía el soberano, es decir, el rey (europeo).

En África occidental, la migración masiva por dos siglos y la compra de bienes de consumo generaron una falta de mano de obra y una economía deficitaria. Si bien la esclavitud no fue impuesta por los imperios europeos, que explotaron un mercado ya existente y usado por otros reinos e imperios, el flujo constante de esclavos fue dominado por la demanda de mano de obra en las posesiones americanas.

Esto empujó a los distintos reinos africanos a un permanente estado de guerra que mantuviera el flujo de esclavos constante, lo que estancó el desarrollo económico local y los hizo dependientes del comercio con Europa. La inestabilidad política y fragilidad económica facilitó la eventual colonización europea en el siglo XIX, lo que terminó por desposeer de su soberanía a los africanos de la región.

En Europa, la mayor parte de la economía seguía siendo agrícola; sin embargo, el comercio triangular comenzó a concentrar capital, particularmente en las ciudades. Las materias primas, traídas en gran parte de América, eran procesadas por gremios para crear bienes de consumo con un valor agregado.

Con esto se inicio un lento pero profundo cambio social que reorientó las economías familiares. En lugar de producir para consumir, la gente empezó a producir para vender y comprar. Algunos Estados, particularmente el inglés, transformaron las leyes de propiedad creando la figura jurídica de propiedad privada.

Desde principios del siglo XVIII empezó a formarse otro tipo de comercio triangular. El subcontinente asiático, en esos años, en su mayoría dominado por el imperio mogol, controlaba el mercado del algodón, tanto en la producción de materia prima, como en todos los niveles de manufactura. Esto se explica, en gran parte, por la enorme cantidad de gente que habitaba esta región, así como por el poderío mogol.

Uno de sus principales clientes, el imperio británico, a través de la Compañía de las Indias Orientales, comenzó a competir en la producción de algodón crudo, que era cosechado en varias colonias americanas.

Si bien los indios tenían mucha gente, los británicos tenían un flujo constante de mano de obra esclava. Sin embargo, la manufacturación, hecha en las islas británicas, era demasiado lenta y cara como para competir con los mogoles. Esto empezó a cambiar con una serie de innovaciones tecnológicas que automatizaron la manufactura de productos de algodón.

Durante las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX, los británicos buscaron revertir este mercado. El objetivo era introducir paños de algodón en el subcontinente asiático con un precio contra el cual los productores locales no pudieran competir.

Para ello, la producción tenía que ser barata, rápida y masiva. Por un lado, la mano de obra esclava de los estados del sur de Estados Unidos proveyó un crudo barato, pero la clave fue la creación de un nuevo tipo de mano de obra dentro de las islas británicas: la asalariada.

El punto era tener un grupo de trabajadores que laboraran por una cantidad determinada de horas a cambio de una retribución monetaria limitada. Es decir, gente que trabajara, pero no se beneficiara directamente del producto de su trabajo; gente “libre” o “soberana” pero sin propiedad. Fue aquí donde el principio de soberanía y de propiedad se separaron, tanto conceptual como legalmente.

Con la entrada masiva de productos británicos de algodón al subcontinente asiático, la producción local se redujo al crudo, lo que desestabilizó a la sociedad india haciéndola dependiente de la economía británica. Este proceso, sin embargo, no fue producto simplemente de competencia comercial.

La Compañía de las Indias Orientales aumentó progresivamente su control político sobre la región, lo que facilitó el cambio hasta que el gobierno británico decidió tomar posesión directa sobre la India y la redujo a una colonia. Esto aseguró una mano de obra barata para la producción de algodón y un mercado masivo para la venta de productos británicos.

Ambos casos, el comercio atlántico y el mercado de algodón, ejemplifican cómo la capacidad de ciertas sociedades de tomar decisiones sobre su economía política y sistema social es limitada por las dinámicas de mercado que se imponen geopolíticamente, es decir, por sistemas hegemónicos. El racismo y la explotación de clase, incluso en nuestro presente, son resultado directo de esta realidad.

El último cambio hegemónico global empezó en la década de los setenta y ha cambiado distintos países de tres formas. Algunos, paradigmáticamente Estados Unidos y el Reino Unido, se desindustrializaron y reorientaron su economía al capital financiero y servicios.

Otros, como China, India o México se volvieron en centros de producción industrial global. Todavía otros, como Brasil, también se desindustrializaron, pero para centrar la economía en la producción de materia prima. La reorientación económica se impuso coartando la política económica de los distintos países a través de la generación de deuda administrada por organizaciones financieras internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

El resultado de estos cambios, en términos de discriminación social y laboral, es que tanto la conciencia de clase, como la capacidad de organización proletaria, se han debilitado dentro de los países centrales del capital financiero.

Particularmente en el Reino Unido ha existido, desde los años ochenta, una consistente política de debilitación y opresión sobre los sindicatos. En su lugar, estas sociedades han concebido las dinámicas de opresión particularmente en términos de identidad.

La diferencia más importante entre el paradigma anterior enfocado en clase y este enfoque en la identidad, sobretodo cuando se trata de raza, es que se agrupa a gente dentro de categorías que no reflejan una asociación sociopolítica comparable con la de los sindicatos.

En otras palabras, la gente es definida como individuos que, por ciertas características de sus personas, como el color de sus pieles, se agrupan dentro de una misma categoría, incluso cuando no forman parte de una misma comunidad con intereses compartidos.

La centralidad del individuo en esta nueva forma de concebir y organizar a las sociedades proviene directamente de la teoría económica que llevó a los gobiernos de estos países a tomar políticas de desindustrialización, el neoliberalismo.

Del otro lado, en países capitalistas de rápida industrialización (aquí China es una excepción) como México o la India, o de reorientación económica hacia la explotación de materias prima como Brasil, la sociedad tuvo que pasar por un reajuste y adaptar la mano de obra a la producción para grandes transnacionales.

Por un lado, esto ha introducido cantidades importantes de capital, aunque concentrado en pocas manos. Además, el precio social es que los gobiernos consistentemente se han visto obligados, muchas veces presionados por organizaciones financieras internacionales o por las élites empresariales, a reducir los beneficios y las protecciones a los trabajadores con el fin de mantener una oferta constante de mano de obra barata.

Al mismo tiempo, los gobiernos han tenido que privatizar distintos sectores de la economía nacional que ahora se encuentran en manos de compañías transnacionales. Sin la capacidad de definir su política económica, ni su realidad social, los gobiernos de estos países funcionan más como mediadores entre el capital financiero internacional y la gente a la que representan.

El racismo en estas sociedades se sobrepone a las dinámicas de discriminación social heredadas del pasado colonial, que se usaban como mecanismos de coerción para mantener un flujo constante de mano de obra barata.

En otras palabras, explotación laboral y racismo están completamente entrelazados. No es coincidencia que tantos movimientos indigenistas en el continente americano se hayan desarrollado en respuesta a la exacerbación de políticas neoliberales.

El fenómeno que conecta estas dos realidades distintas, la de los países centrales del mercado financiero y los que están sujetos a él, es el de la migración. Por un lado, la globalización comercial ha creado vínculos que facilitan la movilidad social. Por el otro, sin embargo, la creciente explotación laboral que se sufre en los países del segundo grupo ha llevado a un incremento exponencial del flujo migratorio.

Los trabajadores migrantes proveen de mano de obra barata a los países desindustrializados, existiendo en un estado de ilegalidad, sin representación política y con la necesidad de reentenderse dentro de categorías sociales ajenas. En otras palabras, este grupo de trabajadores no tienen acceso ni a la propiedad ni a la soberanía.

A su vez, este cambio demográfico ha debilitado todavía más a la clase trabajadora local e incrementado las tenciones racistas, lo que políticos y miembros de la élite financiera han explotado para implementar políticas etnonacionalistas. La elección de Trump y el Brexit fueron resultado de estas dinámicas sociales.

Los gobiernos nacionales, aunque no sean soberanos en la práctica, sí tienen la capacidad, siempre y cuando tengan la fortaleza y estabilidad, para implementar medidas específicas que mitiguen estas dinámicas sociales. Pero nunca lo van a hacer si no se plantea el problema en términos de dinámicas hegemónicas globales, es decir, sistemas imperiales, en lugar de reducir el foco a contextos nacionales.

Al estar en medio de un cambio hegemónico, como el que representa el crecimiento exponencial de la influencia china y el renacimiento ruso, tenemos una oportunidad históricamente excepcional de implementar cambios estructurales que se deben enfocar, particularmente, en cuestiones de propiedad y soberanía, con relación a la discriminación y el trabajo.


1 Doctorante en Historia por la Universidad Graduate Center, CUNY, con especialidad en historia británica. Twitter @Cerebros_Fuga

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