Fuga de Cerebros | Derecho al cuidado y equidad de género. Autora: María Cristina Pérez V.

Foto: Fuga de Cerebros.

Por María Cristina Pérez V.1

Como se sabe, Chile está ante la oportunidad histórica de consolidar un sistema constitucional de vanguardia, comprometido con el medio ambiente, con la igualdad de género y con la inclusión social. Hoy concluye el periodo para registrar el respaldo ciudadano a iniciativas populares de normas constitucionales.

Una de las propuestas novedosas tiene que ver con la consagración de un derecho fundamental al cuidado (iniciativa n° 9638). Se trata de un tema que goza de amplia discusión en espacios académicos, y que ha hecho camino también hasta el Congreso de la Unión de nuestro país.

Aunque en México aún no se decreta su inclusión expresa en la constitución federal, la joven Constitución Política de la Ciudad de México ya lo contiene en su artículo noveno, inciso B.

En ella se define el derecho en cuestión como aquél que tiene toda persona “al cuidado que sustente su vida y le otorgue los elementos materiales y simbólicos para vivir en sociedad a lo largo de toda su vida.”

La relevancia de este derecho no se entiende si no es a partir del reconocimiento de que las mujeres cargan desproporcionadamente con la tarea socialmente indispensable del cuidado de quienes se encuentran en condición de dependencia por edad, enfermedad o discapacidad.

En nuestra región del mundo, es una realidad visible que el trabajo doméstico y de cuidado recae principalmente en mujeres, la mayoría de las cuales lo lleva a cabo sin reconocimiento ni remuneración.

Hoy se escuchan cada vez más voces inconformes con el hecho de que las mujeres acarreen gratuitamente un rol tan indispensable para el desarrollo de las naciones, mientras se niega su carácter de trabajo y su valor económico.

Así entonces, la propuesta en cuestión pretende que el Estado asuma responsabilidad en el aseguramiento de las labores sociales de cuidado, de modo que genere leyes y políticas que favorezcan una distribución equitativa de la carga entre hombres y mujeres, y se exploren diversas alternativas para garantizar y remunerar dichas labores.

En esta ocasión ─más allá de desplegar cifras previsibles sobre la tasa mujeres encargadas del hogar y del cuidado de los hijos, ancianos, enfermos o personas con discapacidad─ deseo compartir algunas pistas detrás de la distribución sexual del trabajo, que nos permitan reconocer la imposibilidad de justificar el statu quo y nos animen a propiciar un cambio.

Quisiera centrar mi atención en Latinoamérica, siguiendo los planteamientos de la historiadora uruguaya Ana Maria Bidegain. Así pues, comencemos con el arribo de los españoles a tierras americanas:

A la llegada de los colonos al Nuevo Mundo, estos entraron en contacto con culturas en las que la poligamia era una práctica común. La relación de los españoles con las mujeres nativas era fuente de preocupación para la católica corona española, por lo que teólogos y misioneros comenzaron a promover el matrimonio mixto con la finalidad de que los propios españoles ajustaran su conducta a los patrones que debían normar las relaciones entre hombres y mujeres.

No obstante, en Europa pervivía una doble moralidad en cuanto a la regulación del matrimonio, relevante sobre todo para la aristocracia. No era al hombre al que se le exigía pureza y fidelidad, sino a la mujer, pues de esa forma se podía asegurar que los hijos fueran legítimos herederos. Así pues, se promovía celosamente la virginidad y abnegación de la mujer, así como su permanencia en la esfera de lo privado.

Hacia finales del siglo XVI escribía Fray Luis de León en La perfecta casada: “es justo que se precien de callar todas, así aquellas a quien les conviene encubrir su poco saber, como aquellas que pueden sin vergüenza descubrir lo que saben; porque en todas es, no sólo condición agradable, sino virtud debida, el silencio y el hablar poco”.

Por otro lado, con el fin de afianzar el poder de España sobre sus colonias, con el tiempo se acentuó la imposición de la cultura española, se promovió la pureza de sangre y se desarrolló un sistema de castas. Los españoles debían llevar a sus esposas al Nuevo Mundo. La relación de los criollos y peninsulares con las mujeres blancas se orientaba al matrimonio, pero no se les reprochaba mantener relaciones íntimas con mujeres mestizas, indígenas y esclavas.

Así, se consolidó una interacción muy desigual entre varones y mujeres, incluyendo a las blancas, pues éstas debían guardar la ya apuntada abnegación, que aseguraría la pureza de sangre. Por otro lado, las relaciones consensuales entre hombres blancos y mujeres de todas castas derivaban en un recurrente abandono de familias legítimas e ilegítimas.

Todo esto parece haber nutrido un patrón de masculinidad latinoamericana que trivializa el rol del padre. Se generó cierta aceptación social de la irresponsabilidad masculina que aún hoy se detecta en los hogares.

Sumado a lo anterior, con el nacimiento de la “ciencia nueva” en el siglo XVII surge un ideal de ciencia distintiva por su potencia viril de someter a la naturaleza y hacerla su esclava. Resultaba entonces necesario acabar con el conocimiento que muchas mujeres tenían de la naturaleza y recluirlas en el espacio doméstico. Se deseaba promover para la ciencia un carácter prototípicamente masculino.

Ya en siglo XIX, si bien se habían logrado avances en cuanto al acceso de las mujeres a la educación, se recurrió a la ciencia para intentar demostrar una supuesta inferioridad mental de las mujeres, y justificar así su designación como amas de casa.

El neurólogo William Hammond proclamaba la superioridad intelectual de los hombres afirmando un mayor tamaño y complejidad del cerebro masculino. El psiquiatra Julius Moebious publicaba en 1900 que “en todos sentidos queda completamente demostrado que en la mujer están menos desarrolladas ciertas porciones del cerebro de suma importancia para la vida mental”.

Desde luego se trató de un intenso debate ante el que notables mujeres como Helen Gardener hicieron frente de forma extraordinaria, y la lucha de las mujeres por la igualdad no sucumbió.

Sin embargo, la promoción de un rol diferenciado para hombres y mujeres continuó nutriéndose de distintas fuentes. Por ejemplo, ya adentrado el siglo XX, El papa Pío XII enseñaba que el predominio de cualidades distintas en hombres y mujeres apuntaba a campos de actividades y funciones diversas. La madre resultaba central en la transmisión el a fe y los valores cristianos.

Para el caso de América Latina, la influencia de la Iglesia Católica es irrefutable, pero también puede hablarse de los efectos de la propaganda de posguerra en los años 50, así como de muchos factores más.

Basten por ahora las pistas mencionadas para levantar sospechas sobre el rol asignado a las mujeres en el espacio doméstico, y para animar la búsqueda de formas de organización más justas, que garanticen la labor social fundamental del cuidado sin valerse del trabajo arduo de una parte de la población, sin reconocimiento ni remuneración.


1María Cristina Pérez V. Maestra en teoría política por la London School of Economics y licenciada en derecho por la Universidad Panamericana. Twitter @cristinaperezve

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