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Contraataque | ¡Bolita, por favor!. Autor: david pérez

david pérez | @davidperezglobal

Envejece mal la discusión acerca de que la literatura sobre el fútbol ocupa un escalón menor o no. Como si hablar de un balón fuera incompatible con hablar del poder, de la memoria, de la violencia, de la corrupción o de la esperanza. Como si las canchas fueran un espacio ajeno a la condición humana. Cuando es exactamente al revés.

Los buenos cuentos de fútbol nunca tratan sobre fútbol. Tratan sobre nosotros. Por eso considero que fue una grata y pertinente sorpresa encontrarme con el libro ¡Bolita, por favor! Cuentos del quinto partido y más historias de fútbol (Gato Tuerto Ediciones, 2026). La propuesta es clara, el balón deja de ser un marcador de resultados para convertirse en una herramienta para contar vidas. El texto insiste en que el fútbol es una «crónica de vida» y no una simple crónica deportiva, porque detrás de cada partido hay heridas, ilusiones y derrotas que trascienden los noventa minutos.

Eso es lo que muchas veces olvidamos quienes trabajamos alrededor del deporte o que simplemente disfrutamos de él. Nos obsesionamos con la alineación, el VAR, el arbitraje o el mercado de fichajes mientras ignoramos que el relato ocurre en las gradas, en los barrios, en los vestidores y en las casas donde una familia entera deposita expectativas imposibles sobre once desconocidos.

Los cuentos de esta antología entienden muy bien esa lógica. Uno imagina a Antonio «La Tota» Carbajal enfrentando el peso de la fama y preguntándose si será recordado por sus hazañas deportivas o por una película de culto. No es un cuento sobre cine. Es un cuento sobre la forma en que la memoria pública decide qué conservar y qué olvidar.

Otro convierte a una botarga en protagonista de una trama sobre apuestas, manipulación y corrupción institucional. La ficción exagera para exhibir una verdad, que de tan evidente empieza a producir ceguera, y es que cuando el dinero captura al deporte, cualquiera puede convertirse en pieza desechable.

Y hay otro más que imagina un México semifinalista en España 82 para demostrar que los países también viven de ficciones compartidas. A veces una victoria inexistente explica mejor nuestra identidad que muchas derrotas reales.

Hubo un cuento que me obligó a detenerme. Presagios, de Samanta Galán. Después de un par de páginas regresé al prólogo para confirmar que estaba leyendo una antología de cuentos y no un libro de crónicas. El texto me producía una inquietud poco habitual, esa sensación de estar asistiendo a una realidad demasiado cercana para ser ficción. Cuando comprobé que, efectivamente, era un cuento, retomé la lectura con otra disposición, aunque la incomodidad permaneció. Confieso que desde que leí a Han Kang desconfío de los textos que avanzan con esa calma inquietante, capaces de instalar la angustia sin necesidad de recurrir al exceso. El mayor elogio que puedo hacerle a Presagios es ese, durante varios minutos olvidé que estaba leyendo ficción.

Con El Diego, de Antonio Rocha, la experiencia fue distinta. Sentí que el cuento iba creando una trampa poco a poco. Cada párrafo añadía una nueva capa de tensión, un elemento más que hacía el escenario todavía más áspero y complejo. No había espacio para respirar porque, cuando parecía que la historia había llegado a su punto más difícil, aparecía otro giro que obligaba a replantear todo lo anterior. Y entonces llega el último párrafo. Un cierre deliberadamente incómodo, políticamente incorrecto y profundamente provocador. No busca tranquilizar al lector ni ofrecer una salida moralmente impecable; al contrario, lo deja solo frente a una pregunta que sigue haciendo ruido mucho después de cerrar el libro. Esa capacidad de incomodar, más que de convencer, me parece una de las mayores virtudes del cuento.

En estos cuentos la pregunta «¿y si sí?» tiene múltiples respuestas y que no son excluyentes unas de las otras. Quizá ahí reside la mayor virtud de este libro. Mientras el discurso público insiste en convertir al fútbol en mercancía o vana ilusión, estos cuentos lo devuelven a donde pertenece, a la imaginación. Porque un país que deja de imaginar también deja de cambiar.

México necesita más literatura deportiva y menos propaganda deportiva. Más narradores capaces de utilizar una cancha para hablar de la desigualdad, la nostalgia, la corrupción, el amor o la identidad. Menos comentaristas convencidos de que analizar un fuera de lugar agota todo lo que puede decirse sobre el juego.

Quizá el fútbol seguirá siendo el deporte más popular del planeta. La pregunta es si seguiremos consumiéndolo únicamente como entretenimiento o si también nos atreveremos a leerlo como un espejo. Después de todo, los goles duran segundos. Las buenas historias permanecen.

david pérez

Analista con formación en filosofía, historia, resolución de conflictos y derechos humanos. Ha sido columnista en El Siglo de Torreón, Grupo Reforma y Grupo Milenio. Dirigió el grupo de investigación en materia de derechos humanos del Mecanismo de Esclarecimiento Histórico que investigó las violaciones graves a los derechos humanos cometidas en el periodo de 1965 a 1990 en México. Actualmente conduce el podcast Pensar la Vida y dirige la editorial independiente Pacífico Global Media.

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