Claudio X. González y El juego del calamar. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Foto: Especial.

Comenzar una lista en que se consignen los nombres de aquellas personas que directamente o por omisión han apoyado y apoyan el proyecto de la Cuarta Transformación (4T) propone el empresario Claudio X. González (en adelante señor “X” o simplemente “X”), fundador de “Sí por México”. Para no olvidar a “quien se puso del lado del autoritarismo populista y destructor”, afirmó en un tuit del 22 de octubre, sin especificar que le pasará a esa gente una vez que, según sus locos deseos, termine la “gran farsa (que) acabará mal, muy mal”.

¿Simplemente se agregará un tache junto a su nombre, se les quitará el empleo, se les colocará una letra escarlata en pecho y espalda para que todo mundo sepa lo que hicieron, se les meterá a la cárcel, se les condenará al ostracismo social y político, se les hará la vida imposible, se les disparará al caminar por la calle, se allanarán sus casas y se les arrebatarán sus bienes, se les desaparecerá, se les prohibirá vivir en el país, se les subirá a un avión y se les arrojará al mar viendo cómo se ahogan, se les torturará, apaleará o apedreará públicamente hasta morir como advertencia para quien tenga intención de apoyar a la 4T, se les quemará viv@s en la plancha del Zócalo o se les hará participar en El juego del calamar?

Nadie sabe qué está pasando por la cabeza del señor “X” y que pasará una vez que la solicitada lista sea completada, suponiendo que su convocatoria surta efecto. Lo que sí se sabe es que esta petición va en contra de los valores democráticos que dicho empresario y grupo de poder dicen defender. La libertad de expresión, de pensamiento, de asociación, de elección, de voto. El llamado de “X” puede muy bien inscribirse en la tradición conservadora, de derecha o izquierda, según la cual el pensamiento disidente no tiene lugar y en la cual las elecciones son un mero trámite que busca crear la falsa convicción de que la ciudadanía puede elegir democráticamente a quien ha de gobernarle.

El 1 de julio de 2018, 30 millones de personas se decidieron, pacífica y legalmente, por la 4T encabezada por el actual presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Desde entonces y sin importar los resultados positivos de su gestión, la derecha política encabezada por el Partido Acción Nacional (PAN), el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Partido de la Revolución Democrática (PRD), integrantes de la coalición “Va por México”, y un grupo de empresarios encabezado por el mismo “X”, Gustavo de Hoyos y otros, agrupados en “Sí por México”, “Frenaaa” y demás organizaciones han buscado, sin mucho éxito, obstaculizar al gobierno que se ha propuesto representar a quienes no forman parte del mundo privilegiado de estos personajes.

A través de múltiples plataformas y mensajes han intentado, otra vez sin mucho éxito, hasta ahora, sembrar en la gente la idea de un gobierno ineficiente, destructor, fracasado, equivocado, mostrando, una y otra vez, lo poco que respetan las decisiones de la mayoría, aquella a la que dicen “proteger”.

Se han erigido en “dueños” del país y lo han convertido en el botín que les ha permitido pasar por encima de las necesidades de la población, para ver únicamente por sus intereses, privilegios, negocios, pactos. Esto es lo que está en el fondo de su intento rabioso por “sacar” del poder a AMLO y frenar el proyecto político a través del cual está tratando de resarcir, en lo posible y en paz, el daño que estos grupos han hecho a la Nación.

Jamás se rendirán, es un hecho, cuentan con dinero, organización, proyectos, redes de apoyo (dentro y fuera de México), muchos años de experiencia, estrategias probadas, complicidades y tiempo para seguir explotando los recursos de un país que, a pesar de todo lo que han extraído, sigue generando riquezas para unos cuantos, propios y extraños. La gente (clases populares y medias) es un recurso más a ser explotado a través de trabajo, salarios de hambre y propensión al consumo. Pero, dado que salarios bajos no llevan a un consumo importante, otras fuentes de ganancia son practicadas: la especulación financiera, la corrupción político-gubernamental-empresarial, la inversión en negocios millonarios, el usufructo individual y grupal de la riqueza generada socialmente, la explotación sin límite de los recursos naturales, etcétera.

Todo esto es lo que está en riesgo “parcial”, pues sus ganancias siguen manando, tal vez no en la misma forma ya que este gobierno busca “darles un pellizco” haciéndoles pagar impuestos, interrumpiendo los flujos de dinero público que entraba en sus bolsillos, reduciendo con ello sus inmorales ganancias. Pero, no se conforman, “lo quieren todo”, que los de abajo recojan las migajas y se maten por ellas.

Aquí es donde entra la lógica de El juego del calamar. Popular serie surcoreana de Netflix, en la que el protagonista masculino pelea a morir para resolver sus problemas económicos. La trama se desarrolla en el contexto de un país asiático que ha logrado cierto éxito económico y en el cual el dinero, como en todo el mundo capitalista, se ubica en el centro de la vida social, comenzando por la familia. El único factor desigualador está dado por la posibilidad o no de obtener dinero. La fuerza, la inteligencia, la educación, la voluntad, la disciplina, el deseo de avanzar dejan de operar como variables que aseguran un buen nivel de vida libre de deudas. ¡Nadie se salva!

Puestos en este escenario, aquellos grupos que sí lograron amasar grandes fortunas, en detrimento del bienestar de la mayoría, son quienes deciden qué deben hacer las personas desafortunadas para compartir con ellos una pequeñísima parte de la riqueza acumulada. Son quienes dirigen el juego e imponen el lugar, el tiempo, las reglas, las ideas de moralidad y democracia. Todo, bajo la apariencia de un mecanismo igualador concretado en el juego mismo. Aunque usted no haya visto la serie, ¿le suena familiar?

Sin embargo, no son la ambición o la necesidad de ganar y sobrevivir los valores que se imponen durante el juego, sino la posibilidad de elegir, la solidaridad, la decencia dirían las y los abuelitos. Para el señor “X” y amigos es imposible entender que algo así exista, por lo que se han empeñado en “hacer fallar”, a como dé lugar, un proyecto alternativo que les quite el control del juego y les impida no solo seguir apropiándose de todo, sino imponer las condiciones en que quienes no pertenecen al selecto mundo del penthouse (de clase media alta para abajo) deberán conducirse y vivir, sin importar lo qué sienten, piensan, desean o necesitan.

Sin embargo, como en una paradoja, esos mismos valores, solidaridad y decencia, han sido impuestos por las élites como una especie de “falsa conciencia” que evita que quienes están abajo, busquen subir y habitar el penthouse sea como sea, “haiga sido como haiga sido” diría un expresidente de triste memoria y de cuyo nombre no quiero acordarme. De tal suerte, que las personas menos privilegiadas con empleos y salarios precarios, con vidas familiares deshechas por la falta de “éxito” en sentido capitalista, con deudas, sin proyectos de vida, desclasadas, desempleadas, migrantes, etc., se vean en la apremiante necesidad de luchar por las migajas que el sistema arroja en una competencia suicida, en lugar de organizarse para subir cada uno de los pisos que les separan del penthouse.

Se dirá, que en la vida cotidiana la competencia no es suicida o, en su caso, no involucra a la muerte; sin embargo, ¿se ha puesto a pensar en los miles y miles de personas que ahora mismo deciden arriesgar su vida para llegar a los polos de desarrollo representados por países como Estados Unidos? ¿ha dirigido sus pensamientos a los hombres jóvenes que se enrolan en las filas del narco y la delincuencia organizada para vivir unos meses, al menos, como si fueran ricos? ¿ha considerado, siquiera por un momento, que quien sale a la calle a robar arriesga la vida en cada intento? ¿sabe cómo vive o muere quien decide no tomar ninguna de las anteriores opciones?

Como en El juego del calamar, cada decisión puede significar la vida o la muerte. Pero qué importa esto al señor “X” cuyo único objetivo es no perder los privilegios que no ha ganado o “merecido”, para utilizar a la inversa una idea impuesta desde arriba (por quien ejerce algún tipo de poder sea político, económico, religioso, militar, empresarial), sino “tomado”. Esto es, el señor “X” heredó de otro señor “X” la fortuna que le ha permitido ser “exitoso” en el mundo y estar en posición de poner a jugar a otros, aunque pretenda vendernos la versión según la cual es rico por “méritos (virtudes, cualidades, derechos) propios”.

Sin importar el cómo (por las buenas, por la malas, por las dos), “X” pretende impedir que quienes se han visto obligad@s a habitar los pisos de abajo (siguiendo con la analogía propuesta por Ricardo Raphael en su libro Mirreynato. La otra desigualdad) se atrevan siquiera a pensar que algo de la riqueza acumulada por él y sus grupos de pertenencia puede ser redistribuida, peor aún, que lleguen a la conclusión de que ha sido obtenida de manera abusiva, corrupta, indebida y que su acumulación es inmoral.

Pretenden este “X” y todos los señores y señoras “X” perpetuar un juego en el que siempre pierdan las y los mismos jugadores. Pero, como la imaginación suele no tener límites, supongamos un juego del calamar en el que los competidores sean integrantes de las élites, personas y grupos que deberán luchar a muerte para mantener (mejor aún para “ganar”) sus privilegios, incluyendo sus(nuestras) inmensas fortunas, mientras que millones de espectadores apuestan a favor o en contra de ellos. Tal vez entonces se podría hablar de “igualdad de oportunidades”, mito adormecedor del capitalismo que engaña a la gente haciéndole creer que cualquiera puede ser ric@, sin tomar en consideración todas aquellas variables que lo impiden comenzando por el origen familiar y de clase.

Mucho más podría decirse respecto del señor “X” y El juego del calamar, la analogía da para muchos otros derroteros; por ejemplo, imaginar a “X” dejando de lado sus privilegios para enfrentarse sólo a partir de sus dotes y recursos personales (alguno habrá de tener), prácticamente desnudo a las y los otros competidores, que comience de cero, que haga méritos, que busque aliados, que venza a sus oponentes.

Sería interesante observar cómo, desde la planta baja, busca arribar al penthouse donde ahora se encuentra; más aún, sería ilustrativo ver hasta dónde llega con las mismas carencias que sufren los millones de personas que busca anotar en su lista, en la que, por cierto, deberá incluirme. #QueMeAnotenEnLaLista. Yo voté por López Obrador y la 4T y, a tres años de iniciado su gobierno, sigo apoyando la única opción que coloca por delante las necesidades de las grandes mayorías y busca sacar al país del lodazal en el que el señor “X”, otros grandes empresarios y partidos políticos cómplices le hundieron.   

Si piensa usted que ya le quemé (spoilié como se dice ahora) la serie de El juego del calamar”, se equivoca, lo único que he hecho es dar mi propia interpretación de lo que vi. Así que ¡no se la pierda! Y cuando la vea, recuerde este artículo y escríbame para decir si voy bien o me regreso.

Ivonne Acuña Murillo.

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.

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