Y que mandan a leer a Mario Vargas Llosa. Literatura, política y cognitividad. Autor: José Reyes Doria

Imagen ilustrativa.

José Reyes Doria

@jos_redo

No comparto el pensamiento político de Mario Vargas Llosa, porque está permeado de un liberalismo ramplón, basado en una visión reduccionista del Estado y la sociedad. Su posición ideológica, cargada a la derecha, considera que la felicidad consiste en elecciones libres, libertad de expresión, libre mercado y otros elementos de la democracia liberal más básica. Toda cuestión social es secundaria. La desigualdad, la pobreza, los derechos sociales, sin ser soslayados por el Premio Nobel peruano, las considera subalternas, cosas que pueden, en todo caso, enfocarse con una perspectiva de generosidad o caridad practicada desde el poder.

La fobia de Vargas Llosa hacia los movimientos y los gobiernos populares es proverbial, debido, entre otros factores, a que lo mueve el ardor del converso: simpatizante del socialismo, defensor de la revolución cubana en su juventud, experimentó un desencanto brutal que lo ha llevado a una posición ideológica de animadversión combativa y estruendosa contra todo vestigio de gobiernos populares, nacionalistas, populistas o de plano socialistas y comunistas.

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Otra cosa es el inmenso novelista Mario Vargas Llosa. Se trata de una de las más grandes cimas de la literatura en lengua española. Su prosa es poderosa, luminosa y plena de una energía que ha contribuido a esclarecer la naturaleza y las pequeñas grandes historias del ser latinoamericano.

Por eso, resulta por lo menos inexplicable que Beatriz Gutiérrez lo haya mandado a leer más. Una de las mentes literarias más fecundas del siglo XX no necesita leer más, a menos que aquellos que incurren en la osadía de sugerirle más lectura lo hagan, como parece ser, desde el convencimiento de poseer la palabra verdadera, desde la arrogancia de contar con el monopolio de la virtud y la certeza en la interpretación de la realidad y la historia. Solo desde la pretensión del pensamiento único se puede aventurar la idea de descalificar al genio literario en razón, precisamente, de que no lee los textos sagrados que informan de la única verdad de las cosas.

No es que no lea Vargas Llosa, lo que parece denunciar Beatriz Gutiérrez es que lee los textos equivocados. El escritor peruano, así, peca por no leer las obras que desarrollan una visión redentora de los desfavorecidos, por ignorar los libros que glorifican las grandes gestas de los pueblos y las revoluciones justicieras incuestionables. Si no lees lo que a mí me parecen las escrituras sagradas del ser popular, si desdeñas las obras que narran las epopeyas del pueblo, estás del lado equivocado de la historia y necesitas leer más de eso.

Cierto, en su más reciente visita a México Vargas Llosa despotricó contra el presidente Andrés Manuel López Obrador. Acusó que practica un populismo exacerbado y amenaza, desde la tribuna de “las mañaneras”, la libertad de expresión y la integridad de sus opositores. Desde luego, el Nobel peruano lanza también la alerta de que, según sus cálculos, López Obrador buscará reelegirse, y expresa su esperanza de que el pueblo mexicano le impida esa pretensión.

La respuesta de Beatriz Gutiérrez sugiriéndole que lea más, parece obedecer en primera a instancia a esa crítica mordaz de Vargas Llosa. La posición híper ideologizada del novelista andino obtuvo una réplica igualmente doctrinaria: por más laureado escritor que seas, debes leer los textos sagrados de la genealogía de la epopeya popular. Ponte a leer, le recetaron a uno de los máximos emblemas del genio literario que se nutre de la lectura fecunda y seminal de todo lo que cae en sus manos.

El asunto es interesante porque desglosa dos espléndidas paradojas. La primera, tiene que ver con la capacidad generadora de realidades y vivencias que tiene la gran literatura. La novela, con Vargas Llosa como uno de sus grandes exponentes, cuenta las cosas que no han sido narradas, las pequeñas y grandes vicisitudes del alma, de los pueblos y de la historia que necesitan el influjo de la ficción para redondear su existencia. Buen número de hechos históricos que apenas se conocen en esbozo, sobre los cuales no hay fuentes fidedignas que los acrediten de forma fehaciente, pueden, gracias al poder creador de la literatura, ser desarrollados y recreados hasta el mínimo detalle que ilumina la intensidad del alma y la profundidad de las historias de los personajes.

A partir de su genialidad creadora, Vargas Llosa ha novelado las frustradas ilusiones de las juventudes que querían un cambio revolucionario en América Latina; ha reinventado las luchas reivindicatorias de los seres más marginales y despreciados, que, imbuidos de una fe dudosa, estuvieron a punto de destruir a los gobiernos opresores en las provincias latinoamericanas; ha develado los vericuetos de los gobernantes de esta región carcomidos por el ansia del poder absoluto y arbitrario, poniendo en escena la complejidad sicológica de los tiranos y dictadores que se convierten en cavernarios señores de horca y cuchillo, dueños de vidas y haciendas. El Vargas Llosa ultra liberal, ha desarrollado una magistral obra donde el pueblo es el gran protagonista que lucha por su reivindicación y su dignidad.

La segunda paradoja consiste en que una postura ideológica supuestamente defensora del pueblo, asume, cuando está en el poder, impulsos excluyentes propios del pensamiento único y marca territorio a partir de la estigmatización y la condena de cualquier idea que se oponga al más mínimo de sus movimientos y acciones de gobierno. Esta forma de actuar revela que sus actores se arrogan la posesión única de virtud, pero en realidad se asemeja al pensamiento tecnocrático que sustentó el neoliberalismo, cuyo corpus ideológico se basaba en la imposición de un solo diagnóstico, un solo camino y un solo grupo gobernante.

En suma, el nuevo pleito entre Vargas Llosa y la llamada Cuarta Transformación nos regaló la hermosa contradicción de que, desde una postura oficialista que acepta crítica alguna, se le sugiere mordazmente a uno de los más grandes genios literarios de nuestros tiempos que se ponga a leer. Y, a la vez, el Nobel peruano viene a descalificar a un gobierno que, bien o mal, sigue enarbolando postulados populares que el propio escritor ha tratado con excelso respeto y hasta veneración en sus grandes novelas.

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