¿Viva la fraternidad? Autora: María del Pilar Torres

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Escena de la película ‘Belle epoque’. España 1992

Don Luis era un ávido lector de Miguel de Unamuno y el párroco de un pequeño pueblo de España. También era un hombre de ideas modernas y todo un republicano (me refiero a que apoyaba a la República, no al partido político gringo). Por ello, Doña Asunción, una señora muy religiosa y carlista, no podía verlo ni en pintura, a pesar de ser el único cura cercano, le decía: “Usted ni me dirija la palabra, porque es un cura apóstata, satánico y masón”. Me refiero a una escena de Belle epoque, película española de 1992, ambientada en los días previos a la proclamación de la Segunda República española.

Otro Don Luis que recuerdo, era un vecino que me daba dulces cuando regresaba a su casa y me encontraba jugando afuera de la mía. Era arquitecto. Cuando se murió, en alguno de sus rosarios, escuché que alguien comentó lo curioso que resultaba que Doña Lupita, su hermana, le hubiera organizado misas y novenario a un masón grado 33. Yo no sabía qué era eso, pero pensé que debía haber sido algo muy malo, porque la señora se enojó conmigo al preguntárselo: Los cristianos no hablamos de esas cosas.

Doña Asun y Doña Lupita, una ficticia y la otra tan real como mis recuerdos, representan a toda una generación de personas con una característica muy particular: su fobia a todo lo que suene o parezca sonar, masón. Por ahí leí que el odio a la masonería se llama latomofobia. La palabra no existe en el diccionario de la RAE, pero sí en la vida real.

El caso es que recordé a ambas, gracias a mis amigos del grupo de WhatsApp y a las conspiraciones descubiertas recientemente en Facebook luego de que el presidente incluyera un ¡viva la fraternidad universal! en el grito de independencia: “¡Horror! Este maldito masón quiere imponernos la masonería y sus gnosticismos…”

Gnosticismo y fraternidad, en efecto son piedras angulares de las sociedades secretas, en especial, de la masonería. En la antigüedad, se conformaba exclusivamente por gremios cerrados de albañiles que compartían secretos sobre su labor. Con el paso de los siglos, aquellos trabajos fueron mutando de las discusiones sobre construcción en sí, a las de la arquitectura interior de las personas y a la construcción de un templo: el de la fraternidad universal; que, por cierto, ya no era físico.  

El gnosticismo es un fenómeno relacionado con la tradición judeocristiana, pero que agrupa ciertos sistemas religiosos que proponían distintas formas de comprender la naturaleza del ser humano, que fueron considerados herejías durante los primeros siglos de esta era y que siguen siendo discutidas hoy en día. Sistemáticamente, las ideas gnósticas sustituyen la palabra de Dios por palabras humanas y suplantan la redención de Cristo por una supuesta autorredención.

La fraternidad viene de la idea de que el ser humano no puede crecer por sí solo, necesita de los demás. Es un principio gregario, una visión romántica e idealista del camino común de la humanidad; y por ello, perfectible.

No nos viene nada mal distinguir entre significados conceptuales, significados asociativos y elementos extralingüísticos que intervienen en la interpretación del significado de los términos que escuchamos. Nos sería útil en Twitter; se me ocurre, por ejemplo, el término fraternidad, que tantas especulaciones ocasionó estos días.

Si bien es cierto que no sabemos si, cuando el presidente dijo “Viva la fraternidad universal” se habrá referido al término conceptualmente hablando, también debe tenerse en cuenta el conspiracionismo según el cual se puede también abordar esa frase.

Así, Karl Popper define a la conspiración como “la idea de que todo lo que sucede en la sociedad es resultado del plan directo de algunos individuos y grupos poderosos”.

Desde el sentido común, creo que una cosa es explicarlo todo y otra creer encontrar patrones donde no necesariamente los hay. Esa tendencia de ver lo que queremos ver, se llama pareidolia y es un fenómeno psicológico según el cual, a partir de un dato o estímulo aleatorio –por ejemplo una imagen– percibimos erróneamente algo que no está ahí. Por eso algunos están seguros de ver tratados ocultos o conspiraciones malignas para acabar con la vida tal como la conocemos. Otros, tal vez, pecamos de ingenuos.

Me parece que esa tendencia a ver conspiraciones detrás de todo, es una reacción al cambio que proviene de un pensamiento siempre conservador. Si observamos la historia, nos ofrecerá luces al respecto: nacionalismos, complotismos, culto a la personalidad, gloria al pueblo, culpa a los demás, etcétera. Ya sea de izquierda, de derecha o de centro; pero conservador.

A lo largo de la historia, la humanidad ha encontrado en la conspiración una forma de explicar los conflictos y los fracasos de sus sociedades: en un supuesto acuerdo secreto por el cual un grupo de personas ejercen, de manera oculta, el poder y el dominio.

Una falsa percepción de patrones, de sentidos, de sincronías y de explicaciones conspiracionistas es entendible si tomamos en cuenta que hay un abismo de posibilidades ante nosotros. Hay más de lo que nunca podremos abarcar. Cualquiera se marea ante eso. Tal vez por eso fabricamos zonas de confort racionales, explicaciones que nos suenan suficientes y nos aportan la ilusión de situarnos por encima de la situación. Vale la pena recordar el principio de economía, también llamado navaja de Ockam, según el cual, ante una multiplicidad de posibilidades, la explicación más sencilla suele ser la más probable.

Si bien es cierto que, originariamente, la masonería se constituyó como una sociedad secreta, hoy en día, prefieren desmitificar pensamientos arcaicos, propios y ajenos.

Se calcula que hay alrededor de seis millones de masones en todo el mundo… la gran mayoría son hombres; eso sí hay que decirlo: son algo así como el club de Toby en el que prácticamente “no se admiten niñas”. Hay que decir, también, que en buena medida la propia masonería se ha servido de ese halo de misticismo que los rodea.

De cualquier forma, creo que la vieja disputa entre quienes creen en el gnosticismo y quienes no creen en él radica en la forma de preservar el conocimiento:

–Uno, el gnóstico, escondiéndolo de los demás, resguardándolo de quienes no están preparados para asimilarlo y develándolo poco a poco, en la medida en que el aprendiz vaya haciéndose merecedor.

–Otro, llevándolo a manera de mensaje a todos (de un mensaje oficial y bajo las condiciones que ellos ponen, obviamente).

La disputa no es tan anacrónica como pensamos. No deja de ser curioso que Doña Lupita, la señora que tanto temía al gnosticismo, era la misma que no compartía, ni de broma, la receta de pan de higo, porque era exclusiva de su familia y pasaba estrictamente de generación en generación. Lástima que su pan murió con ella. No le habría caído mal aprender algo del concepto de fraternidad.

@vasconceliana


Agradezco a Raúl Contreras O. el diálogo y las ideas.

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