De acuerdo al artículo de opinión “La tragedia de Torreón” de Luis Hernández Navarro, publicado en La Jornada el martes 21 de enero de 2020 (p.14), “[el] colegio Cervantes en Torreón es una escuela para clases medias, formal y estricta. Brinda buena educación tradicional. Comenzó a funcionar durante el curso escolar 1939-1940, como parte de un proyecto más amplio del gobierno republicano español en el exilio mexicano, que estableció centros escolares para ofrecer empleo a los maestros transterrados. Se crearon así colegios Cervantes en Córdoba, Tampico, Tapachula, Mérida, Veracruz, Jalapa, Cuernavaca y Torreón. Estaba previsto que los maestros se convirtieran en sus propietarios. En un primer momento, se aplicaron las metodologías activas usadas en las escuelas durante la República, especialmente las técnicas Freinet. Su primer director fue Antoni Vigatá, profesor fuera de lo común, que llegó al país en el Sinaia y se nacionalizó mexicano. (Salomó Marqués, Educación republicana en Cataluña y Torreón, INAH-Jalisco, 2011)”.
Mi madre, Hilda Gallardo Flores, me confirma lo anterior. Ella estuvo en ese colegio para sus tres años de secundaria (1951-1954). Recuerda a Vigatá, quien seguía siendo el director cuando ella llegó. Efectivamente, la propiedad de la institución era de los maestros exiliados. Sin embargo, ya a principios de los 1960 algunos de los profesores habían vendido sus partes sociales a Vigatá –cuya familia terminaría por ser la propietaria única.
Entre los profesores del Exilio Español que Hilda recuerda, aparte de Vigatá, estaban Antonio Antolín (matemáticas) y Ricardo Pons. Cuenta mi madre que Antolín presentó su curso de trigonometría señalando lo útil que era para calcular la trayectoria de los obuses de artillería –una visión natural para el veterano de la lucha en España. A Pons lo conocí yo de niño y adolescente en los 1970. Lo recuerdo por su pierna artificial, legado personal de aquella Guerra Civil. Para cuando me lo presentó mi madre, Pons ya había vendido su parte social del colegio a Vigatá y ya estaba jubilado. Pons recordaba con cariño a Hilda y tomamos café (ellos) y malteada (yo), o en la Nieve Estrella,o en el Bosque Carranza. Alguna vez platicamos de la muerte de Franco y lo que debía seguir. No recuerdo bien lo que pensaba Pons, pero yo le oía tan pesimista como oigo hoy a los críticos de izquierda de esa transición tan transa.
Vuelvo a los años 1950. Mi abuelo, Emigdio Spivis Gallardo, no quiso que Hilda estudiase en la secundaria estatal, llamada Venustiano Carranza, que estaba frente al Bosque, porque había fama de que las chicas y los chicos se escapaban al parque en parejitas. Aparte ¡estaba lejísimos de casa! (18 cuadras.) Por lo mismo, y porque mi abuela Dolores Flores de la Fuente y él eran amigos de los españoles exiliados, inscribieron a su hija en el Colegio Cervantes, que en esos tiempos estaba al poniente de la calzada Colón, en una casa particular.
Hilda cuenta que la secundaria estaba en el patio de la casa. En realidad, el antiguo y amplio corredor de entrada a la propiedad. Allí se habían hecho tres salones, uno para cada grado, con capacidad para unos 20 alumnos y alumnas. Los de primaria tomaban clases en las habitaciones de la casa. Las ceremonias de los lunes se llevaban a cabo en ese patio-pasillo. Las chicas y chicos no usaban uniforme, aunque los lunes iban todas y todos vestidos de blanco.
Hilda no recuerda por qué, pero en su tercer año los pasaron al segundo piso de la casa. Tal vez por una obra en el usual salón de tercero de secundaria. La cosa es que en el nuevo espacio los sentaron mezclados hombre y mujer, “porque las niñas juntas hablan mucho” (pero acaso también por reforzar la entonces aún controvertida co-ed).
A ella le tocó con el “cerebrito” de la clase: Octavio Herrera Giamatei, quien era muy ducho para la trigonometría –materia de la cual Hilda no entendía nada. Por lo mismo, cuando había que resolver un problema, mi santa madre copiaba la fórmula inicial (que Octavio amablemente dejaba a vista) y luego ella la resolvía (sumas, restas, multiplicaciones y divisiones paralelas a ambos lados de la ecuación). De hecho, en esa parte “mecánica” ella era tanto o más rápida que Octavio. Las tareas en casa eran un asunto más complejo. Ella hacía equipo o con Octavio o con el hermano de este, Miguel Ángel, o con Víctor Manuel, o con Matías de León (hijo de rancheros que luego estudió agronomía en la Narro de Saltillo) o con Chairez (quien estudió arquitectura en la UNAM). Cualquiera de ellos le solían pasar la tarea resuelta. Resultado: Hilda tenía 10 cada mes pero poca claridad acerca de los procesos trigonométricos más allá de la sapiencia de que senos y cosenos servían para disparar cañones antifascistas. Sus asociados, por otro lado, tuvieron sendos éxitos en Historia y Literatura, materias que a ellos no les inspiraban mucho.
Había momentos cada mes en que Antolín, decía, por ejemplo: “—Y ahora empieza el romance de Hilda y Víctor Manuel”… porque se darían tareas a resolver en casa. Una relación estrictamente académica, por supuesto.
La cosa es que en ese tercer año de secundaria, llegado el final, Antolín reunió a todos en el salón adonde se aplicaría el examen final. Al inicio, pasó lista de los mejores promedios:
—Miguel Ángel Herrera, puede salir.
—Octavio Herrera, puede salir.
—Matías de León, puede salir.
—… Chairez, puede salir.
—Víctor Manuel …, puede salir.
Pero no mencionó a Gallardo, e Hilda debió quedarse en su asiento, aislada de sus fieles asociados.
Antolín escribió los problemas del examen en el pizarrón e Hilda, resignada, empezó a copiarlos. Mientras lo hacía, pensaba y cavilaba cómo le diría al profesor que bien merecido tenía “esto” por su “pecado”… porque la cosa es que no tenía mucha idea de qué hacer.
Antolín solía pasar por entre las filas de pupitres vigilando durante el examen. Empezó a hacerlo. Al poco, llegó adonde estaba sentada Hilda. Le dijo:
—Hilda Gallardo, ¿usted qué hace aquí? puede salir.
¿Se le había olvidado a Antolín mencionarla entre quienes habían exentado por promedio? Tal vez. Pero es improbable. Una escuela de raíces activas, con profesores comprometidos, pendientes de lo que hacen sus pupilas y pupilos, probablemente eran conscientes de la razonable asociación académica entre aquellos adolescentes proto-ingenieros y esta proto-abogada/periodista. Pero ciertamente, era necesaria una lección.
Hilda tiene hoy ochenta años. Y la recuerda.
Mientras, yo oigo Turn! Turn! Turn! de Pete Seeger (1962) con The Byrds.
To everything (Turn, Turn, Turn)
There is a season (Turn, Turn, Turn)
And a time to every purpose, under Heaven
Contexto, contexto. Todo es contexto.
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