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Todo lo que el PRI y sus facciones perdieron. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Foto: Mario Jasso/Cuartoscuro.

Antes de 1929, año de fundación del Partido Nacional Revolucionario (PNR), hoy Partido Revolucionario Institucional (PRI), las disputas por el poder entre quienes se consideraban herederos de la Revolución de 1910 se resolvían a balazos. La necesidad de institucionalizar esta lucha llevó a Plutarco Elías Calles, presidente de México de 1924 a 1928, a fundar un partido que se correspondiera con la etapa de construcción del nuevo Estado mexicano. Hoy, como entonces, integrantes del PRI han vuelto al uso de métodos violentos para dirimir sus diferencias, como ocurrió el pasado martes 29 de junio en que grupos internos del PRI se enfrentaron a golpes, palos y balazos, ni más ni menos que a las afueras de su sede nacional, ubicada en Buenavista, Alcaldía Cuauhtémoc, para pelear por lo que queda del partido.

El enfrentamiento se dio entre los seguidores del exgobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz Beltrán, instalados en un plantón en las oficinas del instituto político, y los partidarios del actual líder nacional, Alejandro Moreno Cárdenas, conocido como “Alito”.

Este último publicó en Twitter: “Este es el equipo de gente armada que @ulisesruizor envío al @PRICDMX_ en donde había un evento de militantes para respaldar a la dirigencia nacional. No vamos a permitir que la violencia se apodere del PRI. A punta de balazos quieren dividirnos. ¡No lo vamos a permitir!”, acusó Moreno Cárdenas con apoyo de imágenes y videos.

Completó su publicación afirmando: “Hay que decirlo como es: @ulisesruizor y @NalleGugi (Nallely Gutiérrez Gijón, actual consejera política nacional del PRI y del Comité Estatal en la Ciudad de México) son parte de un comando armado que vino a violentar a nuestra militancia. Pedimos a la Secretaría de Seguridad de la CDMX tome cartas en el asunto y detenga a quienes usan las balas para atacar a una militancia pacífica”.

Cuando los golpes y las balas sustituyen al intercambio de argumentos, en un proceso de enfrentamiento entre bandos opuestos al interior de un partido, puede hablarse de una crisis.

Desafortunadamente, para el antiguo partido hegemónico que por siete décadas gobernó de manera continua al Estado que forjó, esta crisis no se da en la etapa previa de un nuevo partido, como en 1929, sino en la más reciente de una institución política que se debate entre la pertenencia a la llamada “chiquillada”, formada por partidos pequeños de poca importancia nacional, y la extinción, la cual puede alargarse por años y manifestarse a manera de fusión con otro partido, el de Acción Nacional (PAN). Basta apuntar que, en la elección para diputados federales de este 6 junio, el PRI solo ganó en 30 distritos, seguido por el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y Movimiento Ciudadano (MC), ambos con 7. En mejor posición quedaron el Partido Verde ecologista de México (PVEM) con 31, el Partido del Trabajo (PT) con 32, el PAN con 70 y Morena con 123. (“La elección federal de 2021: resultados”, Revista Nexos, 11 de junio 2021). Se puede observar como el PRI, en lo que respecta a distritos ganados, queda situado en medio de cuatro partidos pequeños.

En honor a la verdad, debe reconocerse que el PRI no siempre fue el partido que hizo del país el botín de las ambiciones económicas, propias y ajenas, de un pequeño grupo. Que no siempre la corrupción y el descuido de las causas de las grandes mayorías fueron su característica principal. El PRI ha sido muchos PRIS, y entre las filas de esos muchos contó con personajes realmente comprometidos con hacer de México un gran país, encaminado a brindar a la población un mejor nivel de vida y a industrializar a la nación para ponerla al nivel de los países con mayor éxito económico, como en los primeros años del Estado benefactor (1940-1982).

Sin embargo, poco a poco el PRI fue abandonando las causas populares y el sueño industrializador para dar paso a los planes extractivos y depredadores de una pequeña élite nacional-extranjera, que hizo de los recursos naturales y humanos de México su gran botín, a cambio de disponer de una sustanciosa parte de las ganancias ilegítima y fraudulentamente generadas.

Lo que el PRI y sus principales facciones no vieron fue el costo que tendrían que pagar. Han perdido tanto, que parece difícil que vuelvan a ocupar el papel que alguna vez desempeñaron.

Se quedaron sin ideología (nacionalista y revolucionaria), la cual fue desdibujándose desde la asunción del modelo económico neoliberal en el sexenio de Miguel de la Madrid Hurtado (1982-1988), a pesar de que hubo un intento por construir una nueva narrativa, la del “liberalismo social” de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), con la cual se buscó convencer a los gobernados de que se iba por buen camino. Muchos esfuerzos se hicieron por imponer a la sociedad ese nuevo relato como demuestra Rafael Lemus en su libro Breve Historia de nuestro neoliberalismo (Debate, 2020). Con este objetivo, se echó mano de un ejército de medios, intelectuales, periodistas, comunicadores, académicos para convencer a la gente de que el neoliberalismo era el paradigma económico que le llevaría al desarrollo. En parte, la promesa se cumplió. Pero no para la mayoría, sino para la “minoría rapaz” que apostó por este.

Se quedaron sin promesa. Para su mala suerte, la del PRI y sus facciones, la aplastante realidad los alcanzó. No hay manera de sostener ahora la promesa de que una vez creada la riqueza esta derramaría hacia abajo. Lo que se ha derramado son los costos que las clases populares y medias han debido pagar para sostener el enriquecimiento de cinco familias: la de Carlos Slim Helú, la de German Larrea Mota Velasco, la de Ricardo Salinas Pliego, la Alberto Bailléres González; la de Juan Francisco Beckmann Vidal (“Cuáles son las cinco familias más ricas de México”, Infobae, 31 de marzo 2021). A sus fortunas, hay que sumar los innumerables negocios de los políticos que pavimentaron el camino para que la riqueza se concentrara en tan pocas manos.

Se quedaron sin vergüenza y credibilidad. No conformes con propiciar y sostener el robo de los recursos naturales y la explotación de la mano de obra mexicana a lo largo de sexenios, en su último mandato (realmente se desea que sea el último y no el más reciente), el de Enrique Peña Nieto, se decidieron a “tomar” de las arcas públicas la mayor cantidad de dinero posible, sin ningún miramiento o pudor.

Son ejemplo de esto la conocida “estafa maestra”, investigada y documentada por Animal Político y Mexicanos contra la Corrupción e Impunidad (MCCI), que permitió el desvío, en el gobierno de Peña Nieto, de por lo menos 3 mil 433 millones de pesos, a través de 11 dependencias federales, algunas universidades públicas y empresas fantasma (“La estafa Maestra. Graduados en desaparecer dinero público”, Animal Político/Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad). Frente a esta estafa, la “Casa Blanca”, con un costo de 7 millones de dólares (54 millones de pesos), se queda muy chica, pero se suma.

Completa el cuadro la “insigne” lista de jóvenes gobernadores del “nuevo PRI”, acusados, encarcelados o prófugos de la justicia, a saber: Javier Duarte, de Veracruz (2010-2016), huésped hoy del Reclusorio Norte donde purga una condena de 9 años, acusado de crear empresas fantasma para el desvío de fondos públicos, asociación delictuosa y operaciones con recursos de procedencia ilícita; César Duarte, de Chihuahua (2010-2016), quien está en Estados Unidos en espera de una posible extradición y sobre quien pesan 20 órdenes de aprehensión a nivel estatal por el desvío de más de mil 200 millones de pesos de las arcas del estado, así como denuncias federales por peculado, desfalcos por más de 6 mil millones de pesos y delitos electorales; Roberto Borge, de Quintana Roo (2010-2016), trasladado al Centro Federal de Readaptación Psicosocial, en Morelos, y a quien se ha acusado de aprovechamiento ilícito del poder, desempeño irregular de la función pública y peculado; Rodrigo Medina de Nuevo León (2009-2015), quien cursa en libertad su proceso por el uso indebido de un helicóptero para cuestiones personales, pues por violaciones al debido proceso y falta de pruebas libró las acusaciones de ejercicio indebido de funciones, otorgar más de 3 mil millones de pesos a la armadora Kia Motors y por conceder exenciones de impuestos más allá de lo legal; Eugenio Hernández de Tamaulipas (2005-2010),  pendiente de extradición a los Estados Unidos, acusado de asociación delictuosa, lavado de dinero y compra ilegal de terrenos; Roberto Sandoval, de Nayarit (2011-2017), acusado de nexos con el narcotráfico, por recibir sobornos del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), detenido el pasado 6 de junio en Linares, Nuevo León y sujeto a proceso el 2 de julio pasado. A esta lista se agrega el no tan joven Tomás Yarrington de Tamaulipas (1999-2005), el cual cursa su pena en cárcel de Estados Unidos, acusado de crimen organizado, lavado de dinero, contrabando de drogas y por recibir sobornos.

No conformes con robar dinero público, algunos gobernadores priistas decidieron vender parte del territorio de sus entidades, sin importar que se tratase de reserva natural protegida, así como apropiarse de los bienes de algunos de sus gobernados. En ambos casos se encuentra Roberto Borge de Quintana Roo, el mejor ejemplo, pero no el único, quien vendió a precio de ganga, menos del 1% de su valor real, 10 mil hectáreas pertenecientes a Tulum y la isla de Cozumel a familiares y amigos (“El exgobernador de Quintana Roo vendió miles de hectáreas a familiares a precio de saldo”, El País, 16 de noviembre de 2016). Además de esta venta indiscriminada y corrupta, Borge institucionalizó el saqueo del patrimonio de empresas y particulares utilizando policías municipales y grupos de choque armados con palos y machetes que, portando playeras negras, gorras y pañuelos cubriendo el rostro despojaban de su patrimonio, en cosa de horas, al gobernado elegido (“Los piratas de Borge: El saqueo de bienes institucionalizado en Quintana Roo, Expansión, 6 de julio de 2016).

La conducta voraz de estos exgobernadores recuerda una de las escenas de la película La ley de Herodes, dirigida por Luis Estrada, en la que el secretario Carlos Peck (Salvador Sánchez) del nuevo presidente municipal de San Pedro de los Aguados, Juan Vargas (Damián Alcázar), le informa de los abusos de uno de los presidentes municipales anterior a él, para rematar diciendo: “Si hubiera encontrado a quien venderle el pueblo entero lo hubiera hecho”. Parafraseando: “si los priistas y sus amigos panistas hubieran encontrado a quien venderle el país entero, lo hubieran hecho”.

Se quedaron (o casi) sin identidad partidaria. Para aumentar su mala suerte (en caso de que esta exista), ni México ni la ciudadanía son lo que conocieron y al parecer ya no entienden a ninguno de los dos. Lo anterior se ha traducido en que buena parte de su voto duro (el voto leal a un partido sin importar desempeño de gobierno, candidato o circunstancias) o identidad partidaria se haya movido hacia otros partidos, primero hacia el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y ahora hacia el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena).

Abona a este argumento lo dicho por Willibald Sonnleitner, experto en geografía electoral de El Colegio de México, en entrevista del 10 de junio pasado con Carmen Aristegui en que el investigador analizó los resultados electorales de 2021: “El PRI pierde totalmente el perfil sociodemográfico tradicional que tenía usualmente (…) Y en realidad solo resiste en parte (…) de este México bronco, conservador, rural, árido, intravertido, pero resiste en muy pocos distritos (…) Ya no estamos hablando de un partido que fue hegemónico y que fue dominante. Y este partido ha ido perdiendo sobre todo (…) las bases que tenía en la Mesoamérica (…) en la que Morena logró realmente recuperar las bases que tenía el PRD”.

Para fortalecer la explicación, de acuerdo con la Encuesta Nacional en Vivienda realizada por Parametría y publicada por el periódico El Financiero, en febrero de 2015, cuatro meses antes de la elección intermedia, el voto duro de los diversos partidos, incluido el PRI, iba en descenso. En marzo del mismo año, en su “Carta Paramétrica”, el equipo de Parametría reportó una baja sensible en la preferencia electoral por el PRI, la cual descendió de 58% en 1991 a 32% en 2015, con un leve repunte en 2014 en que subió a 46%. A partir de 2015, la caída se ha convertido en indiscutible tendencia, hasta llegar al 17% en 2021.

Pero no sólo pierde voto duro, el cual prácticamente va dejando de ser suyo para transitar hacia Morena, sino que, como consecuencia, el perfil de sus seguidores se desdibuja. Nuevamente, a decir de Sonnleitner, en la misma entrevista: “El PRI, que era el partido del campo mexicano, el partido que tenía mucha más fuerza en estos segmentos ahora resiste con 17%, pero tiene un perfil heterogéneo. Es decir, ya no tiene un perfil rural marginado y eso si es muy sorprendente que el PRI haya perdido eso”.

Lo anterior podría parecer una ventaja si el PRI fuera capaz de captar a votantes de diversos niveles sociodemográficos, como ocurrió cuando se presentaba como un partido de centroizquierda y dominaba el paisaje electoral. Sin embargo, si se tiene en cuenta que el partido poco a poco fue deslizándose hacia el centroderecha y que lo que lo sostenía en las últimas elecciones era su voto duro, ese que está perdiendo, el panorama no pinta bien. En especial, porque la competencia del PAN a la derecha, partido que conserva una clara identidad partidaria, no deja mucho espacio al PRI para ganar la preferencia de las y los votantes.

Este proceso se aceleró con el triunfo electoral de Morena en junio de 2015, 2018, 2019 y 2021, y con la conformación de la coalición electoral “Va por México”, formada para contender en esta última elección. Su unión con sus otrora rivales, PAN y PRD, provocó desconcierto en la ciudadanía, la cual no alcanzó a comprender y asimilar que el PRI, y los otros partidos, olvidaran sus diferencias en materia ideológica y programática para unirse, con el único propósito de ganar una elección, dejando de lado todo aquello que alguna vez le llevó a ser el partido que edificó un nuevo sistema político.

Se quedaron sin proyecto de país. Su decisión de ser “más papistas que el Papa” en lo que respecta al modelo económico neoliberal, los ancló a un paradigma que hace agua por todos lados y que parece destinado a ser superado por corrientes posneoliberales. Su insistencia en hacer de México un país neoliberal cerró la puerta a nuevas posibilidades. Esto quedó evidenciado en las elecciones que recién tuvieron lugar cuando el PRI, junto con su coalición “Va por México”, fue incapaz de proponer un proyecto de país alternativo al ofrecido por el actual presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, conocido como la Cuarta Transformación (4T), y se conformó con atacar al partido, Morena, que supuestamente estaba destruyendo a México y defender una presumida democracia, la del PAN y la suya, en peligro.

Se quedaron sin estadistas, cabezas pensantes y liderazgos legítimos. No tiene hoy el PRI de quien echar mano. Carece de políticos con calidad de estadistas, como lo fueron los expresidentes Calles y Lázaro Cárdenas del Río (1934-1940), que fueron capaces de visualizar y construir un nuevo sistema político, estable por décadas, dotando a la presidencia de la República y el nuevo partido de una relación que permitió crear y operar una nueva sociedad, ciertamente hecha a su imagen y semejanza. No cuentan tampoco con políticos-intelectuales de la talla de un Jesús Reyes Heroles, capaces de repensar al sistema de partidos para brindar apertura a otros institutos sin perder la hegemonía. Bueno, ni siquiera tienen en sus filas, o eso parece, a alguien con la preparación y el conocimiento suficiente en torno al actual sistema político mexicano, que se ha resquebrajado y transita por otro rumbo aun no consolidado, para seguir siendo un partido con representación nacional y con posibilidades de recuperar lo perdido. Perdieron la brújula, se diría. En cuanto a la falta de liderazgos legítimos, la presidencia de Enrique Peña Nieto (2012-2018), uno de sus errores más visibles y contundentes, y la candidatura externa de José Antonio Mead a la presidencia de la República, en 2018, evidenció su escasez. A tres años de dicha elección, siguen sin encontrar a alguien que sea reconocido(a) por todes, para representarles fuera del partido y para operar dentro de este, como quedó de manifiesto el pasado 29 de junio afuera de su sede principal.

Se quedaron sin espíritu de cuerpo. Como remate y, por si fuera poco, el PRI perdió el espíritu de cuerpo que le hizo la envidia de los otros partidos grandes, o algún día grandes, como el PAN y el PRD. La pérdida de la silla presidencial, en el año 2000, significó un segundo quebranto. Sin la institución presidencial, los priistas perdieron el eje que mantenía no solamente unido al partido, sino contenidas todas las contradicciones, ambiciones y presiones surgidas al interior de su partido. “La ropa sucia se lava en casa”, se decía. Esa ropa sucia comenzó a ser visible, primero a partir de los auto destapes para ocupar diversos cargos de elección popular, comenzando con la presidencia, y después con los evidentes conflictos y enfrentamientos que eso generó. La semana pasada, se pasó de eso a exponer, ante la opinión pública, la disputa por el partido a golpes, palos y balazos, como ya se dijo.

Todo lo que el PRI perdió, del 2000 a la fecha, tiene un único y reconocible actor: “El PRI”. ¿Logrará recomponerse y volver a ser el partido que fue? Lo dudo.

Disculparán las y los lectores la extensión de esta colaboración, pero las pérdidas del PRI y sus facciones la ameritaron.

Ivonne Acuña Murillo.

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.

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