“Tengo frío” y “Día de Muertos”. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Foto: Xinhua

“Tengo frío” y “Día de Muertos”, son dos cuentos propios que recuerdan, a través de la ficción, la tragedia y el dolor que atraviesan a México desde hace 14 años, de norte a sur, de este a oeste.

El primero fue escrito durante el curso de “Escritura Creativa”, impartido en la Universidad Iberoamericana, en otoño de 2018, por el escritor Rogelio Flores, ganador del Premio de Novela Lipp La Brasserie 2015, y publicado en la revista Zócalo No. 239, enero de 2020, como parte del artículo “Cuando en México la nota roja lo invadió todo”. El segundo, se presenta por primera vez en este Sitio del periodista y escritor Julio Hernández López, mejor conocido como “Julio Astillero”.

Ambos hacen referencia a la crisis forense por la que transitan varios estados de la República y a la investigación realizada por Quinto Elemento Lab, titulada“Un país rebasado por sus muertos”.

Disculpen si una lágrima roza sus mejillas. No sé si duela leer lo que dolió escribir.

“Tengo frío”

Tengo frío. Todo mundo aquí tiene frío a pesar de estar tan cerca. Y este viaje que se prolonga tanto. Perdí ya la cuenta de las horas, los días, las semanas. Cuánto más durará, nadie lo sabe. Está tan oscuro aquí dentro que es imposible distinguir donde comienzas y terminas tú o alguien más. Nuestros humores se combinan hasta formar un flujo infinito, nuestros fluidos también se mezclan de manera continuada. La cercanía se vuelve incómoda y por más que trato de poner alguna distancia no lo logro.

Mantengo los ojos cerrados y mi mente transita por los recuerdos inmediatos de aquello que he dejado atrás, por las personas que se han quedado, por el olor de la tierra, por la vista del cielo, que, aunque se diga es el mismo en cualquier parte, al final encierra detalles que solo pueden distinguirse desde el lugar que habitas.

Vago por los rostros de las personas que he amado y no logro andar el mío. Como trashumante, recorro los recuerdos de una vida pasada como si fuera una persona pronta para morir. Vienen a mi boca los sabores dulces y amargos, las texturas suaves y rugosas, la luz y la oscuridad, el amor y el abandono, la compañía y la soledad, las risas y el llanto. Pero, este frío tan persistente me vuelve a la realidad, me arranca de pronto de la memoria que habito y me devuelve a la oscuridad y a la compañía de quienes, seguramente como yo, se pierden en su ensimismamiento.

Con seguridad a ti te pasa igual, trato de decir a quien está más cerca. Tienes presente tu primer día de escuela o la primera vez que diste un beso, o cuando saliste al alba a sembrar el campo, a pedir limosna, a tomar el micro, a caminar por la vereda, por la playa o por aquellas calles interminables que tus pequeños pies anduvieran tantas veces hasta convertirse en el remate de unas piernas fuertes y desarrolladas.

Recuerdas el calor que recorre el cuerpo cuando ves a quien te gusta, cuando te mira, cuando se acerca, cuando te habla, cuando te toca. Rememoras el dulce beso materno, si acaso lo tuviste, el abrazo de un padre amoroso o el golpe de uno brutal.

Recuperas cada fotografía, cada escena, cada color, cada sensación, cada aroma. Sientes el viento en la cara y la calidez del sol abrasador. Recuperas la sensación del sudor recorriendo tu cuerpo, tu cara, tus manos. La humedad de unos labios que desean probar cosas nuevas. En fin, tú sabrás mejor que yo lo qué compone aquello que atesoras.

Lo cierto es que nadie aquí ha olvidado la vida vivida o desechado la vida soñada. Lo que se pierde entre la bruma de la confusión es la razón que nos ha traído a esta fría e interminable marcha. Fue tal vez la suerte, la imprudencia, la necesidad o el loco frenesí de la violencia desatada. No lo sé. Les he preguntado y nadie se ha atrevido a contestar.

No me escuchan o no quieren responder a una pregunta que les llevaría a la conciencia que no quieren recobrar. Los últimos minutos, previos a este incesante frío, quedan envueltos en una niebla espesa que no permite ver más allá del cálido instante que atesora la existencia. Lo sucedido se pierde en un presente helado y en un futuro incierto.

Sin embargo, haciendo un esfuerzo, recuerdo la necedad de un presidente cuando llamó “daños colaterales” a 70 mil personas muertas por su causa. Resuenan en mis oídos los tiroteos, los gritos de dolor, los pedidos de auxilio, los pasos de las botas militares y policiales, el llanto de las madres, los padres, las hermanas, los tíos, las hijas, los hijos de estos “daños colaterales” a quienes de paso se trató de inculpar, de ligar al crimen organizado para sacudirse la responsabilidad de sus repentinas muertes.

Salgo de mis reflexiones cuando detenemos nuestra marcha, por poco o mucho tiempo, no lo sé. Pero nadie se acerca a mirarnos para saber si estamos bien, ya no importa, a nadie interesa. Aquí dentro hemos dejado de preocuparnos por alguien más, al fin y al cabo, somos tan iguales y al mismo tiempo tan diferentes que sólo el frío nos une.

Por momentos, siento como alguien se mueve, se acomoda, se hincha, se desinfla y trato de hacer conversación, pero no hay respuesta. Entonces intento recordar las pláticas que he tenido, las cosas que he visto, la gente que he conocido, las lecturas por las que he transitado y de manera persistente viene a mi memoria el libro de Pedro Páramo y entonces me pregunto si he muerto, si quien no me ve ni escucha aún conserva la vida y yo soy sólo un despojo mudo de aquello que fui.

O tal vez, en un ataque de esquizofrenia, me imagino en compañía de gente que no existe, pero si este fuera el caso, ¿por qué en medio de mi locura no puedo hacer que me respondan? Puede ser tal vez que siga en el último de los viajes causados por la Diosa Verde y que pronto, muy pronto despierte de este extraño sueño para darme cuenta de que el frío que experimento lo provoca la ventana que se empeña en dejar pasar un viento gélido.

Abruptamente nos detenemos, se abren las pesadas puertas y aparecen dos hombres cubiertos del rostro. Carajo, vaya peste, dice el primero; mierda que asco, están todos embarrados y la sangre se ha filtrado fuera de la caja del tráiler, afirma el segundo. Y pensar que alguna vez estuvieron vivos, que tuvieron una historia, deseos, sueños e ilusiones, pero ni modo, a jalar y cargar cabrón, ya en la morgue hay lugar para la autopsia y ya viene la otra carga.

“Día de Muertos”

Recuerdo con claridad el altar que mamá ponía en casa. La foto de la abuela y el abuelo, las botellas de tequila y de mezcal, los “Faritos”, cigarros sin boquilla que ella saboreaba. El pollo con mole, las tortillas, la fruta, el chocolate y el pan de muerto. No podía faltar este último. Al abuelo le gustaba el pan que semeja un cuerpo con los brazos cruzados, ya fuera el hecho en Guerrero o los muertitos rosas de Tlaxcala; a la abuela, el más extendido a lo largo de la República, el redondo que representa un cráneo y los huesos largos del cuerpo.

Los huesos, como duele pensar en ellos. Pobre mamá, cuántas veces en su desesperada búsqueda recibió los de alguien más. Cuántas veces tuvo que negarlos asegurando ser demasiado largos, demasiado gruesos, demasiado viejos.

Papá y yo le ayudábamos, con la nostalgia de quien extraña a un ser querido que ya no está, y con la alegría de saber que, una vez al año, se acercan el mundo de los vivos y el de los muertos que nuevamente saborearán aquello que en vida disfrutaron.

Los tamales de chile o de dulce, verdes o rojos, yucatecos, oaxaqueños o de cualquier otra región del país, de frijoles, con carne de puerco o pollo no podían tampoco faltar en el altar de los abuelos.

Así me siento hoy y no alcanzo a entender porque, como si fuera un tamal envuelto en algo y rodeada de otros cuerpos en la misma situación que yo. Pero la gran diferencia es que no siento calor, al contrario, tengo frío, mucho frío.

No olvido la vista y el olor de las hermosas flores de cempasúchil, tan vivas, tan brillantes, tan naranjas. Dos grandes floreros adornaban con ellas los costados del altar dándole un vibrante toque de luz. Hace un año que estoy aquí y no he vuelto a verlas.

En ocasiones oigo la voz de mamá preguntando por mí y recuerdo de nuevo el altar de muertos que preparaba para los abuelos. Es mi memoria más recurrente. A veces creo estar en casa, de pie frente a él, pero no alcanzo a distinguir las fotos de la abuela ni del abuelo, de hecho, creo que se suma una tercera, más borrosa todavía. Me pregunto si será papá o mamá y un sentimiento desolador me invade.

Duermo un rato y de nuevo la comida del altar pasa frente a mis ojos como una sucesión interminable de historias engarzadas y entonces me pregunto ¿qué debería poner yo en el altar de muertos dedicado a mamá y a papá, cuando dentro de muchos años, espero, ya no estén físicamente conmigo?

Poco a poco voy llenando la mesa con carne de puerco en salsa verde y verdolagas para él, con cochinita, la yucateca por supuesto, para ella. Coloco tortillas recién hechas, cebolla curtida, salsa de habanero, agua de jamaica y de horchata, dulce de calabaza y de camote, con mucho piloncillo ¡claro!, y el infaltable pan de muerto.

De nuevo los huesos, de nuevo el dolor.

Además del cempasúchil en la mesa, adorno la pared con Catrinas de José Guadalupe Posada hechas en papel picado, me encantan y espero que cuando sea mi turno mis hijos o hijas, en caso de que los tenga, adornen con ellas mi altar cumpliendo la entrañable tradición del Día de Muertos.

De nuevo en casa, observo a mamá y a papá colocando el altar de muertos de los abuelos. Lloran, ¿por qué lloran? ¿por qué yo no estoy con ellos?

Los gritos, los reclamos, las preguntas de ella resuenan de nuevo en mi cabeza. Un torso, una mano, un pie le son entregados y de nuevo los rechaza, afirmando contundente: ‘no son de ella’. ¿A qué ella se refiere?

Completa la decoración una lámpara de aceite con la que el abuelo y la abuela aluzaron su noche de bodas, con la que distinguieron el rostro de sus pequeños cuando hacían vela durante los días difíciles de una enfermedad infantil, la misma que colocaban en los altares de sus propios padres y madres.

Cuanta falta me hace ahora para iluminar esta infinita oscuridad. Para guiar mis pasos, para regresarme a la celebración del Día de Muertos y apurar los preparativos de su propio altar.

¡Me olvidaba! La música, un detalle importantísimo. Para la abuela, las canciones de la Revolución Mexicana: “La Cucaracha”, “La Adelita”, “El barzón”; para el abuelo los boleros rancheros, ‘desos’ de amor y contra “dellas”: “Grítenme piedras del campo”, “Qué manera de perder”, “Te parto el alma” de Cuco Sánchez; “Tú y las nubes”, “Te solté la rienda”, “La media vuelta” de José Alfredo Jiménez.

En esta ensoñación estaba, cuando de nuevo la voz de mi madre me volvió al mundo, no sé si de los vivos o de los muertos. ¿En cuál habito ahora?

Nada pasa, vuelvo a mi memoria, a la de los días de escuela, de las charlas cariñosas con papá y mamá, con mis amigas, a las mañanas en el puesto de la esquina cuyas quesadillas de tinga, chicarrón o queso saciaban mi hambre adolescente. Regreso también a los sueños de un futuro vivido por anticipado.

Quiero gritar y no puedo, quiero decirle que estoy aquí, tras la puerta, que cada vez que ella ha venido he estado aquí, perdida en el sistema, en la inmensa maraña burocrática de las morgues mexicanas, sin nombre, sin rostro, sin historia, sin familia, pero aquí.

Dentro de una fría gaveta en donde los cuerpos son acomodados como tamales, uno sobre otro, ante la falta de espacio. Que tenga cuidado cuando el hombre abra la puerta del compartimiento pues se corre el peligro de que salgamos como si estuviéramos en un closet repleto de cosas y, como en una comedia macabra, azotemos contra el suelo.

Quiero decirle que puede por fin llorarme y agregar en el altar de los abuelos esa foto borrosa de mis quince años. Que puede poner en la mesa las quesadillas que tanto me gustaban, las flores brillantes, las elegantes Catrinas, el papel picado, la música que escuchaba por las tardes y el pan de muerto, que dejara de doler cuando mi cuerpo le sea entregado.

Ivonne Acuña Murillo
Ivonne Acuña Murillo

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.


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