Su hijo murió en el sismo del 19S, pero la causa no fue el colapso del edificio (nota de Erick Baena Crespo en SinEmbargo)

Araceli lo perdió todo y tardó cinco años en amueblar el departamento que renta en la actualidad. Pero en las horas críticas y duras de ese 19 de septiembre de 2017, nada de eso importaba. “En esos ocho días de campamento nunca me pasó por mi cabeza que nos habíamos quedado sin techo, sin nada”.

Ciudad de México, 5 de noviembre (SinEmbargo).- Son las 13:14 horas del 19 de septiembre de 2017Araceli está de pie, en la cocina, pelando una papa. Siente, de pronto, una sacudida, como si el suelo se convirtiera en arena. Arroja con violencia el pelador y la verdura hacia el lavabo. Mosha, su perrita de cinco años, la sigue. Luego le grita a Juan Pablo, su hijo de 19 años, que descansa en su recámara:

—¡Está temblando!

—¡Sí, mamá! ¡Ya sentí! —le responde Juan Pablo.

Araceli camina, tambaleándose, hacia la puerta de servicio y la abre. Mosha, asustada, corre en sentido contrario y se pierde al fondo del pasillo. Araceli se coloca en el umbral de la puerta. Araceli le vuelve a gritar a su hijo, desesperada:

—¡Apúrate, hijo! ¡Por Dios!

Juan Pablo, apurado, sale de su habitación y le hace una seña a su mamá para que avance. Está a dos metros de ella. Araceli sale del departamento, ubicado en el primer piso, y voltea hacia arriba: una grieta inmensa, monstruosa, se abre en el techo del cubo, como si un Dios visceral e iracundo estuviese trazándola con un cincel invisible.

“¡El edificio nos va a caer encima!”, piensa. El tiempo se suspende y, en un sólo movimiento, como si fuese capaz de volar, Araceli baja cinco escalones hasta aterrizar en el descanso y se abraza a un pilar.

Cierra los ojos, escucha un estruendo, al que sobreviene un silencio enigmático, surreal. Envuelta en una nube de polvo, a oscuras, Araceli siente como si alguien le hubiese metido un puño de tierra en la boca.

“¿En dónde está Juan Pablo?”, se pregunta. Se convence de que su hijo está bien, a lo mejor algo espantado y con algunos rasguños. Le susurra a ese Dios visceral e iracundo: “Mi vida por la de mi hijo”.

Abre los ojos, pero todo es penumbra: coloca las palmas de sus manos frente a ella y no logra verlas, por lo que cree —por un instante— que todo se trata de una pesadilla. La voz de una mujer, a sus espaldas, la devuelve a la realidad.

—¡¿Hay alguien ahí?!

Araceli sabe que se encuentra a medio piso del estacionamiento y que la voz proviene de ahí. Araceli enmudece porque no quiere salir sin su hijo, pero luego reacciona y suelta un tibio: “¡Sí! ¡Aquí estoy!”.

La voz de la mujer, cada vez más cerca, se materializa en forma de brazo, un brazo que la busca en medio del horror.

—Extienda su mano porque no la veo —le indica la mujer, a quien Araceli reconoce como la empleada del hogar que trabaja con el psicólogo de la planta baja. Araceli estira su mano y se encuentra con el antebrazo de la mujer, quien la jala.

—¡Vámonos, señora!

Araceli se resiste con tanta fuerza que su suéter se rompe. Y le grita, desesperada:

—¡Nooo! ¡Mi hijo está ahí arriba!

Una certeza la atraviesa a la velocidad de un relámpago: su hijo no alcanzó a salir y se encuentra atrapado. Foto: Erick Baena Crespo

Entonces Araceli sube los escalones a tropiezos, pero en vez de la puerta de su departamento se encuentra con un
muro de piedras.

Grita: “¡Juan Pablo! ¡Juan Pablo!”

En medio del shock, Araceli se abre paso como puede, sale de las tinieblas y llega a la puerta enrejada del estacionamiento (que se ubicaba en la planta baja, como muestran las imágenes de Google Maps, registradas en agosto de 2017). Del otro lado se encuentra un hombre con casco y herramientas de construcción.

Araceli le pide auxilio:

—¡Señor, ayúdeme, por favor! ¿Puede gritarle a mi hijo desde allá? Se llama Juan Pablo. ¡Dígale que se aviente por la ventana!

El hombre voltea hacia arriba, la mira y le dice:

—Sí, señora, ahí voy…

Araceli supone que el derrumbe es parcial.

La trabajadora del hogar aparece detrás de ella y le dice: “¡Vente, la entrada principal quedó abierta!”. Araceli la sigue y sale a la calle.

La luz la deslumbra y el frío sube por las plantas de sus pies descalzos (no recuerda en qué momento perdió sus chanclas), pero eso no le importa. Luego corre y se detiene en la esquina. Y advierte, con las piernas hormigueándole, un hueco en el estómago y el ardor de mil bofetadas, que el edificio que habitaba en la calle de Escocia 4, esquina con Gabriel Mancera, en la colonia Del Valle, junto a su esposo y sus dos hijos, se derrumbó y sólo se mantiene en pie la estructura de la planta baja.

Una construcción de ocho pisos reducida a escombros. Araceli y su familia vivían en el primer piso. Una certeza la atraviesa a la velocidad de un relámpago: su hijo no alcanzó a salir y se encuentra atrapado. Araceli escala una montaña de piedras, vigas y varillas sueltas, de más de dos metros de altura y, desde ahí, grita el nombre de su hijo hasta que el ardor sube como fuego por su garganta. Nadie le responde.

En medio del pasmo y la incredulidad, Araceli voltea a su alrededor y sus ojos se encuentran con tres escenas que, en ese momento, no es capaz de procesar: uno, decenas de personas hacen una fila, para poder pasar, de mano en mano, grandes piedras; dos, un grupo de albañiles carga polines de madera y apuntala la entrada del edificio, y tres, el chofer de una ambulancia, estacionada en la esquina, está absorto en su celular, quizá porque la incredulidad lo venció. Él, posiblemente, como muchos capitalinos, no imaginaba que los sedimentos de la ciudad–lago–monstruo volverían a crujir 32 años después, para demostrar que encarnamos fragilidad.

Araceli sabrá después que el sismo fue de 7.1 grados y que su duración fue de minuto y medio: noventa segundos bastaron para que su mundo, y todas las certezas que orbitaban alrededor de él, colapsaran. El terremoto del 19S cambió su vida para siempre.

Los brigadistas rescatarán el cuerpo de Juan Pablo al octavo día. Durante todo ese tiempo, Araceli estará día y noche afuera del inmueble: acampará en el lobby del edificio de enfrente. El cadáver de Mosha también aparecerá bajo los escombros. El nombre de Juan Pablo aparecerá en la lista de los ocho fallecidos de Escocia 4. Pero la muerte de su hijo —lo sabrá meses después— no será la consecuencia de una catástrofe natural, sino el resultado de una serie de irregularidades en la construcción del inmueble.

Y eso empujará a Araceli Ramírez Cruz a buscar la verdad, lo que la llevará a enfrentar al despacho de abogados Nassar Nassar & Asociados, cuyo socio fundador, José Luis Nassar Daw, representó a Roberto Sandoval, exgobernador de Nayarit, quien está acusado del enriquecimiento ilícito.

***

5 de septiembre de 2022. Mediodía. El departamento de Araceli es un espacio sobrio, pero acogedor. Estamos sentados en la sala y dos tazas de café humeante reposan en la mesa de centro. Cuca, una perrita de cuatro años, inquieta y juguetona, que me recibió a ladridos, ahora se restriega a mi lado y me exige que le acaricie la cabeza.

El mobiliario del departamento, o una buena parte, fue donado por vecinos, amigos y familiares. Después del sismo, los padres de una amiga de su hija habilitaron un salón de fiestas como bodega para recibir víveres. Y la comunidad marista, entre ellos los padres de familia de las escuelas en las que estudió Juan Pablo, como el Centro Universitario México (CUM), se organizaron para enviar comida, ropa, útiles escolares, computadoras y muebles.

“Sin esa generosidad, todo esto habría sido más difícil”, confiesa.

Araceli lo perdió todo y tardó cinco años en amueblar el departamento que renta en la actualidad. Pero en las horas críticas y duras de ese 19 de septiembre de 2017, nada de eso importaba. “En esos ocho días de campamento nunca me pasó por mi cabeza que nos habíamos quedado sin techo, sin nada”.

Tras el sismo, la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) activó el Plan DN–III–E y a Escocia 4 llegó personal militar a auxiliar a la población. Araceli fue atendida por paramédicos, quienes se sorprendieron de que, a pesar de que un edificio le cayó encima, no tuviera ni un rasguño.

“A los tres días corrió el rumor de que iban a meter maquinaria, a pesar de que había todavía una lista de personas desaparecidas”, cuenta. Por esa razón ella exigió hablar con el Almirante José Tomás Jorge Tress Zilly, encargado de supervisar las labores de rescate, quien desmintió la información.

—¿Seguro? ¿Me da su palabra? —le preguntó Araceli.

—Sí, le doy mi palabra —respondió el Almirante.

En ese momento, como una maldita ironía, mientras Araceli me relata, de forma pormenorizada, los días posteriores al sismo, un camión pesado atraviesa la avenida y el edificio se cimbra un poco; de forma leve, pero perceptible.

El día que encontraron el cuerpo de Juan Pablo, Araceli le imploró a su esposo, “Juan Pablo papá”, como ella le dice, que le llevara un mechón de los cabellos de su hijo.

Los brigadistas solicitaron la presencia de un familiar para reconocer el cuerpo. El papá
de Juan Pablo se ofreció. Con ayuda de un arnés, escaló por los escombros y llegó al primer piso. Foto: Erick Baena Crespo

Los brigadistas solicitaron la presencia de un familiar para reconocer el cuerpo. El papá de Juan Pablo se ofreció. Con ayuda de un arnés, escaló por los escombros y llegó al primer piso.

“Cuando mi esposo regresó, me dijo: ‘No pude quitarle un mechón’, y me dijo que mi hijo tenía una sonrisa en el rostro”, cuenta Araceli. Y agrega: “No le creo, pero se lo agradezco”.

Y luego calla. Se lleva la palma de la mano a la boca y llora de forma desconsolada. Se hace un silencio, un silencio atronador, pienso. “Tómate el tiempo que necesites”, le susurro.

Araceli se soba el dorso de la mano y baja la mirada. Alza su cabeza e inhala hondo, metiendo una inmensa bolsa de aire a su cuerpo, como si supiera que recordar, en ocasiones, es sumergirse en un fango turbio y que se obligará a aguantar la respiración hasta que llegue el final de la historia.

Y así, con esa reserva vital, desde esa poza profunda que es el dolor, habla:

—¿Te aseguraste de que fuera él? —le preguntó Araceli a su esposo.

—Sí, era él. ¡Está intacto! Sólo tuvo un golpe aquí —le respondió, señalándose la frente.

Durante los meses siguientes, Araceli se despertará en las madrugadas con un fuerte dolor también en la frente. Cuca, como si entendiera lo que está ocurriendo, se acerca a ella y se restriega en su regazo.

La vida de Araceli, desde ese fatídico 19 de septiembre, dio un vuelco: se mudó a casa de una de sus hermanas y se encargó de atender la salud emocional de su hija Ana Paula, en ese entonces de 14 años. “Ana Pau estaba destrozada porque Juan Pablo era su adoración”, cuenta.

En medio de ese proceso, tres meses después, Araceli enfrentará a las autoridades a través de un acto de resistencia civil, para el que no estaba preparada, pero que definirá su lucha.


El martes 26 de diciembre de 2017, Araceli leyó un mensaje en el grupo de WhatsApp de los damnificados de Escocia 4. “Van a derribar lo que queda del edificio”.

Eso le molestó mucho porque, días antes, ella solicitó al despacho Estudios e Ingeniería GR la realización de un dictamen pericial para determinar las causas del colapso. Ante el anuncio de la demolición, Araceli acudió a la delegación Benito Juárez a exigirle a los funcionarios una explicación.

No logró reunirse con el Delegado; en su lugar, la atendió José Alberto Islas Labastida 1, entonces director de Servicios y Mejoramiento Urbano de la Delegación Benito Juárez y responsable de las demoliciones. Araceli lo cuestionó sobre los trabajos de demolición en Escocia 4, a lo que el funcionario respondió:

—Necesitamos que la gente retome su vida normal, señora —le dijo Islas Labastida.

—Pero yo solicité tiempo para que me dejaran hacer mis estudios periciales…

—Sí, pero ya tuvo un par de meses para hacerlos, ¿no?

Araceli respondió de forma irónica:

—Discúlpeme, es que se me murió un hijo y, como entenderá, no he tenido tiempo ni dinero para pensar en estos trámites.

Islas Labastida, con fastidio, le propuso que, si ella lo deseaba, la Delegación podía pagar los peritajes. Araceli se negó.

—Entiéndanos de este lado. Urge que se limpie el predio… Es nuestra obligación y por eso mañana temprano, a las 8:30, van a empezar los trabajos —le advirtió Islas Labastida.

Sin agregar más, Araceli negó con la cabeza, se despidió del funcionario y salió de la Delegación.

Al otro día, el miércoles 27 de diciembre, Araceli llegó al predio a las 8 en punto. El terreno estaba acordonado con vallas de madera y el único acceso estaba cerrado.

Araceli amagó con brincar y un trabajador, alarmado, le gritó: “¡No, señora!”. Foto: Erick Baena Crespo

A pesar de ese antecedente, en la actualidad, Islas Labastida se desempeña como director de Infraestructura, Movilidad y proyectos especiales de la Alcaldía Benito Juárez, bajo las órdenes del actual Alcalde panista Santiago Taboada.

“Entré por Edimburgo, me metí al edificio aledaño y le pedí al portero que me dejara subir para asomarme al predio. Vi que la máquina excavadora estaba calentando motores”, cuenta.

Desde ahí les explicó a los trabajadores que ella era una de las personas damnificadas de Escocia 4 y les pidió hablar con el ingeniero en jefe. Los trabajadores le respondieron que, cualquier asunto relacionado con el sismo, lo gestionara en la Delegación.

Esa respuesta provocó el enojo de Araceli, quien aventó su bolsa al predio y les dijo: “Háganse a un lado: me voy a aventar”. Estaba a una altura de más de dos metros y medio. Araceli amagó con brincar y un trabajador, alarmado, le gritó: “¡No, señora!”. El portero, a sus espaldas, intervino y la tomó de los hombros.

“¡Suélteme! ¡O me dejan entrar o me salto!”, amenazó de nuevo. Los trabajadores, a cambio de que no se arrojara, le prometieron que solicitarían la presencia urgente de algún funcionario de la delegación. Diez minutos después, Islas Labastida llegó al predio y trató de calmarla.

—Ayer hablé contigo y te dije que le dijeras al Delegado, por favor, que me urge terminar con mis periciales —le gritó Araceli desde arriba.

—Platiquemos, por favor, pero acá abajo. ¡Venga! Le pediré a los muchachos que le abran —Islas Labastida le indicó a uno de los obreros que le permitieran el acceso.

Araceli aceptó. Cuando le abrieron la puerta, ella se percató que la máquina seguía encendida. Islas Labastida la recibió, le estrechó la mano y caminó a su lado unos metros al interior de la zona siniestrada. Araceli le dijo:

—Les pido, por favor, que detengan los trabajos de demolición por unos días. Ahorita mis peritos están comisionados en Michoacán…

—¡Llámelos! Y dígales que vengan cuanto antes —interrumpió Islas Labastida—. Si es necesario, nosotros les pagamos los gastos extras.

—¡No! Eso no es necesario —replicó Araceli.

Una vez cerca de la máquina, aprovechando una breve distracción de Islas Labastida, Araceli se subió al tren de rodaje de la excavadora y se sentó. El operador estaba en la cabina.

—¡No, señora, por favor! —le gritó Islas Labastida, alterado, quien le pidió al chofer que apagara la máquina.

—¡Hazle como quieras, pero no pienso moverme de aquí!

Araceli sacó su rosario y empezó a rezar.

Araceli junto a Cuca, una perrita de cuatro años, inquieta y juguetona. Foto: Erick Baena Crespo

“No sé cómo, pero se corrió la voz y, una media hora después, llegaron algunos reporteros de La Jornada, El Heraldo y Reforma”, cuenta.

De esa forma, gracias a la presión de los medios que cubrieron su acto de resistencia, Araceli detuvo los trabajos de demolición. Horas más tarde, los peritos que contrató regresaron de Michoacán para aprovechar esa ventana de oportunidad y realizar los estudios técnicos. Los peritajes se llevaron a cabo entre el jueves 28 y el domingo 31 de diciembre de 2017.

En el dictamen, Estudios e Ingeniería GR sostiene que el edificio habitacional, construido en 1968, no cumplió con la normatividad de seguridad estructural vigente en esa época, plasmada en el Reglamento de Construcciones de 1966. Y que, al momento del sismo del 19 de septiembre de 2017, la autoridad debió de hacer revisiones estructurales para verificar el cumplimiento de las leyes vigentes, en este caso el Reglamento de Construcciones del Distrito Federal 2004 (RCDF) y las Normas Técnicas Complementarias para Diseño por Sismo 2004.

Algunas de las conclusiones del peritaje, que cito a continuación, confirman las sospechas de Araceli:

· Mas del 60 por ciento de las varillas que se pudieron observar presentan oxidación.

· La estructuración del edificio es irregular. En Planta Baja, aproximadamente el 50 por ciento de ella tiene muros y el resto carece de ellos.

· El edificio de Escocia 4 alcanzaba una altura del orden de los 24 metros, superior en un 33.33 por ciento al permitido en el RCDF de 1966.

· La separación entre los edificios número 4 y 10 de la calle Escocia debió ser no menor de 14.4 cm. En este caso era menor de 10 cm.

· Algunas columnas de los picos superiores, sobre el estacionamiento, no inician desde la cimentación.

· No hubo revisión ni reestructuración del edificio después del sismo del 19 de septiembre de 1985 y de los sismos subsecuentes.

El dictamen pericial, firmado por Carlos García Romero, ingeniero civil, concluye: “Por la cronología de los escritos, la obra se inicia y termina con una serie de irregularidades administrativas y de irresponsabilidades de quienes elaboraron los análisis y diseños estructurales, incluyendo los planos correspondientes y de quienes lo aprobaron”.

Joaquín Cáceres Jiménez O´Farrill, notario público, a petición de Araceli, dio fe de hechos sobre el peritaje realizado por Estudios e Ingeniería GR, como quedó registrado en el libro 4183, folio 266916, de la Notaría 132 de la Ciudad de México.

Araceli señala que la entonces Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México (PGJ), al momento del sismo del 19S, no contaba con peritos estructuralistas. Por esa razón, el Gobierno de la Ciudad contrató al despacho Nava Díaz & Asociados S.C para realizar los peritajes oficiales de Escocia 4. El dato revelador es que los peritajes oficiales coinciden con los peritajes solicitados por Araceli en varios puntos, incluidas algunas de las conclusiones.

El dictamen de Nava Díaz & Asociados S.C, firmado por el arquitecto Omar Antonio Pérez Urquijo, puntualiza: “Los siete niveles de muros de carga de mampostería confinada, que soportaban el peso de igual número de losas macizas (más la carga viva del edificio) representaban demasiado peso para la resistencia de las piezas de mampostería (tabiques o bloques). Cabe señalar que en México no se realizan edificios estructurados con muros de carga de mampostería de más de cinco niveles, ya que al sobrepasar esta recomendación el esfuerzo sísmico comienza a ser muy significativo en los primeros niveles […]”.

Araceli agrega que los materiales que se usaron para la construcción del primer piso estaban en el rango de lo correcto. “Pero del segundo al octavo piso —especifica— se utilizaron materiales de baja calidad. Lo lógico es que si el edificio sufría un trauma como el que sufrió, todo el peso iba a recaer sobre el primer piso. Lo que se convierte en una negligencia total. Mi hijo no tenía ninguna oportunidad de sobrevivir; yo tampoco, pero sigo aquí de milagro”.


El 7 de septiembre de 2017 se registró un sismo de 8.2 grados en el Golfo de Tehuantepec, lo que lo convirtió en el terremoto de mayor intensidad registrado en México. Días después, Araceli se percató que la puerta de su cocina se arrastraba, como si el departamento se hubiese compactado. Araceli lo reportó con Cirilo Juárez, el portero de Escocia 4, quien tomó fotografías como evidencia, a fin de reportar las anomalías con el administrador del edificio.

Araceli optó por llamar a las oficinas del dueño del inmueble, a quien no desea nombrar porque el proceso judicial sigue en curso.

El propietario del inmueble, como consta en la carpeta de investigación a la que tuvo acceso este reportero, es Víctor Francisco Jiménez Sainz, quien entregaba recibos de arrendamiento con el logo de la Cámara de Propietarios de Inmuebles del D.F. A.C

“Le marqué —continúa Araceli—, pero no me contestó él, sino el administrador, a quien todos conocíamos como el licenciado Roberto”.

Le pregunté:

—¿Puedo hablar con el dueño?

—La está escuchando… Está usted en altavoz —respondió Roberto.

—Tengo entendido que ustedes están al tanto de que la puerta de mi cocina se está arrastrando y no se arrastraba antes del sismo…

—Sí, señora, recibimos las fotos…

—También les llamo porque quisiera saber si ya dieron parte a Protección Civil para que venga a revisar el edificio.

Jiménez Sainz, que no había intervenido en la conversación, alterado, le respondió:

—¡Sí, señora! ¡Ya le avisamos! De hecho, quedaron en avisarle a Roberto para que, el día que vayan, él los acompañe.

Esa llamada fue entre el 12 y 13 de septiembre. Araceli no se volvió a comunicar con ellos. Y no sabía que, en ese momento, el edificio ubicado en la calle de Escocia, número 4, era una bomba de tiempo sobre sus cabezas.

Después de los peritajes, las autoridades reanudaron las labores de demolición y, a la postre, entregaron el predio al dueño.

Araceli —entonces— recordaría esa llamada y ese hecho, sumado a las conclusiones del peritaje, la impulsaría a comparecer y declarar ante las autoridades, con lo que se iniciaría su peregrinaje por los laberintos de la burocracia capitalina.

Por la muerte de Juan Pablo y otras siete personas se abrió la carpeta de investigación CI–FBJ/BJ–2/UI–1C/D/01369/09–2017, por el delito de homicidio. Foto: Erick Baena Crespo

Por la muerte de Juan Pablo y otras siete personas se abrió la carpeta de investigación CI–FBJ/BJ–2/UI–1C/D/01369/09–2017, por el delito de homicidio, en la Agencia del Ministerio Pública BJ–2. De acuerdo con la carpeta, la ahora Fiscalía Desconcentrada de Investigación Territorial en Benito Juárez giró un oficio a la Secretaría de Protección Civil CDMX para que informara por qué no acudió a revisar el edificio de Escocia 4 después del sismo del 7 de septiembre. Araceli señala que Protección Civil respondió, a través de dos oficios —integrados en la carpeta—, que no fue notificada por el dueño del inmueble y, por esa razón, no acudió.

Cuenta Araceli que, una de sus vecinas, también damnificada de Escocia 4, le contó una anécdota que retrata a Jiménez Sainz de cuerpo entero.

“El día del temblor, mi vecina no estaba en su departamento. Días después, cuando las autoridades les permitieron a los habitantes sacar los coches del estacionamiento, que quedó casi intacto, ella se acercó a hablar con el dueño, para solicitarle el reembolso de las rentas que había pagado por adelantado”.

A esa petición, cuenta Araceli, Jiménez Sainz le respondió: “¿Qué te pasa? Aquí el que más perdió fui yo”.

Cuando la vecina le contó esa anécdota, Araceli estaba sorprendida por la falta de empatía de Jiménez Sainz, quien —con sus palabras— demostró que poco le importaban las vidas perdidas bajo las ruinas de su inmueble.

Respecto a esos señalamientos, en entrevista vía telefónica, Jiménez Sainz sostiene que todas las pruebas están a su favor.

—De acuerdo con el testimonio de algunos de los damnificados, Protección Civil no fue notificada, por ustedes, del sismo del 7 de septiembre. ¿Qué me dice de eso? —le pregunto.

—Pues que ellos tuvieron el derecho también de haberse quejado con Protección Civil, ¿no? —responde, alzando la voz, molesto.

—¿Pero, entonces, usted como dueño del inmueble, le avisó a Protección Civil? ¿Sí o no?

—Sí, claro que avisamos… Tenemos la constancia.

—¿Los peritajes señalan deficiencias en la construcción del edificio?

—Eso no es cierto. Todos los peritajes son a favor de nosotros, excepto que ellos solicitan su peritaje y lo pagan ellos y ellos salen a favor, ahí sería la controversia… O sea, ellos están manipulando la información.

—¿Le gustaría agregar algo más?

—No, nada. Nos vemos el 9 de noviembre [se refiere al día de la próxima audiencia] –concluye.

Para Araceli, el hecho de que Jiménez Sainz, de forma deliberada, no avisara a Protección Civil fue un acto negligente. “El ministerio público —detalla Araceli— está judicializando la carpeta por el delito de homicidio culposo, pero yo estoy peleando para que se reclasifique porque, como lo evidencian las pruebas, el acto fue doloso”.

Araceli sostiene que lo que impulsa su lucha es el compromiso moral con su hijo. “Yo no quiero ver a otra madre pasar por el infierno que he pasado y en el que seguiré el resto de mi vida porque mi hijo no va a regresar”.

Cuando Araceli accedió a la carpeta de investigación se enteró que Jiménez Sainz compareció y que el despacho que lo representa es Nassar Nassar y Asociados. “Un despacho que arrastra mucho desprestigio, pero también mucho poder e influencia”.

Araceli, después de leer eso, sintió rabia, miedo y desesperación. No obstante, a pesar del sentimiento de abandono y desesperanza, decidió no rendirse. Y así se inició otra batalla: la batalla jurídica.


A finales de 2018 a Araceli le llegó un inbox de una mujer, quien le dijo que era hermana de una de las 49 personas que murieron en el colapso del edificio de Álvaro Obregón 286. El motivo del mensaje era invitar a Araceli a una reunión que se llevaría a cabo cerca del Parque España.

Araceli acudió a la reunión, en la que un abogado le explicó que algunos familiares de las víctimas del sismo habían recibido una compensación, emanada de la recomendación 12/2018 (emitida el 18 de septiembre de 2018), de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México (CDHCM), sobre la “Insuficiencia en la prevención y mitigación de riesgos a la vida y a la integridad personal, así como falta de información y certeza en torno a la reconstrucción y rehabilitación en el contexto del sismo del 19 de septiembre de 2017”.

La CDHCM determinó que diversas omisiones en el ordenamiento urbano y uso de suelo, entre otras, derivaron en la violación de los derechos humanos de las víctimas y familiares. Las autoridades señaladas eran: las delegaciones Cuauhtémoc, Benito Juárez, Iztapalapa, Tláhuac e Iztacalco, así como el Instituto para la Seguridad de las Construcciones de la Ciudad de México.

—Todo eso está muy bien —interrumpió Araceli al abogado—, pero ¿qué hacemos aquí?

El abogado respondió:

—Ahora queremos continuar con este procedimiento compensatorio, pero con ustedes. Estamos buscando víctimas para que se beneficien de la resolución 12/2018… Desde ahorita me parece pertinente avisarles que cobro el 30 por ciento de los que ustedes obtengan.

La propuesta ofendió a Araceli, por lo que se puso de pie y, antes de abandonar la sala, le dijo al abogado:

—Lo que me está diciendo es: ‘Usted ponga el muerto y nosotros cobramos’… Si es así, no cuenten conmigo.

Araceli salió molesta de dicha reunión, pero con información nueva bajo el brazo, pues hasta ese momento desconocía que la CDHCM había intervenido.

Entonces buscó la recomendación 12/2018 y se encontró con el caso de las víctimas de Álvaro Obregón 286. La CDHCM, como consta en el expediente CDHDF/III/122/CUAUH/18/D1308, determinó que hubo “Omisiones de supervisar la construcción y mitigar los riesgos de vida”, por parte de las autoridades, como lo ejemplifica el punto 52 de la recomendación 12/2018, que señala:

“En un dictamen técnico realizado por un arquitecto y un ingeniero civil, el 28 de noviembre de 2017, se determinó que, la construcción del séptimo nivel no fue calculada y que se realizó entre el 29 de junio de 1994 y abril de 1997, con lo cual se modificaron las condiciones de Seguridad y Estabilidad Estructural del Inmueble. También se concluyó que el edificio no estuvo diseñado para soportar una sobrecarga sísmica de un nivel adicional, más la sobrecarga propia de un uso de suelo (oficinas) con mayor carga viva que la otorgada originalmente (habitacional) y el cuarto de máquinas y tinacos en la azotea”.

Algunas de las omisiones señaladas por la CDHCM, en el caso de Álvaro Obregón 286, eran aplicables al caso de
Escocia 4, como lo demostraba el peritaje que Araceli mandó a hacer. Por esa razón, presentó su caso ante la Comisión.

“Me atendieron, fueron bastante receptivos y aceptaron investigar el caso de Juan Pablo. El proceso fue largo, tortuoso, pero al mismo tiempo bastante exhaustivo”, detalla.

De esa gestión, Araceli logró que la CDHCM girara un oficio (CDHDF/OE/P/0468/2019), con fecha del 20 de agosto de 2019, a la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAVI), con la petición de atraer el caso de Juan Pablo y reconocer a Araceli como víctima indirecta.

La CDHDF no emitió una recomendación por el caso de Juan Pablo, debido a que su carácter no es vinculante. Así que le sugirieron a Araceli buscar un acuerdo conciliatorio con las autoridades responsables, en este caso la Alcaldía Benito Juárez, la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda (Seduvi) y la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas de la Ciudad de México (CEAVI).

“El oficio de Derechos Humanos causó la molestia del excomisionado Armando Ocampo Zambrano 2, entonces titular de la CEAVI, porque ¿cómo es posible que la comisión encargada de atender a las víctimas nos deje en el desamparo?”, detalla Araceli.

En represalia —denuncia Araceli— Ocampo Zambrano la dejó sin asesoría jurídica. “Hasta ese momento Daniela Aguirre Luna, directora de Asesoría Jurídica, me había acompañado en el proceso, pero, por instrucciones de Ocampo Zambrano, ella se vio obligada a abandonar mi caso”.

Siete meses después, Aguirre Luna denunció, junto a dos compañeras, a Ocampo Zambrano por violencia de género, hostigamiento laboral y corrupción.

“Esas denuncias retratan a los funcionarios públicos con los que he tenido que lidiar en este tortuoso camino”, apunta.


A la par de esas gestiones, Araceli le dio seguimiento a la carpeta de investigación abierta en la Fiscalía de Investigación Territorial en Benito Juárez, agencia del Ministerio Público BJ2 (MP).

“Para llevar el asunto del sismo se creó una agencia especializada que luego se disolvió y, entonces, asignaron la investigación a René, para mi mala suerte”, señala Araceli.

Se refiere a René Jesús Herrera Jiménez, agente del Ministerio Público, que lleva el seguimiento de la carpeta CI–FBJ/BJ–2/UI–1C/D/01369/09–2017. “Desde el primer día que conocí a René, él ha actuado como si yo fuera su acérrima enemiga”.

Araceli enlista un par de episodios desagradables que vivió con Herrera Jiménez: “Siempre me recibía enojado, de mal humor”. Y agrega: “Ha trabajado en la carpeta más de cinco años y, a la fecha, no sabe cuántas personas murieron en Escocia 4. Eso lo sé porque un día lo encaré al respecto y no supo responderme”.

En otra ocasión, Herrera Jiménez le dijo: “Oiga, ese edificio era muy viejo y, por eso, no encontramos los planos de construcción”.

Y eso no ha sido lo peor. El MP fijó audiencia para el 2 de junio, pero las víctimas —salvo Araceli— no fueron notificadas porque las autoridades desconocen sus domicilios.

Araceli lo explica: “La investigación está empantanada porque las autoridades no saben quiénes son las víctimas indirectas de los fallecidos”. Eso se debe —detalla— a que, en algunos casos, familiares de tercera línea (como tíos o primos) fueron quienes reconocieron los cuerpos. Y de ahí la omisión de las autoridad. “El juez le llamó la atención al agente del ministerio público y giró un oficio a la Fiscalía de Investigación Territorial en Benito Juárez, en el que le pidió que le explicara dichas omisiones y le exigió que se avocara a la investigación de los domicilios de las víctimas, para citarlos de forma debida”.

Después de esos hechos, Araceli solicitó una audiencia con Ernestina Godoy, Fiscal General de Justicia de la Ciudad de México y, gracias a ella, “presionaron a René para que judicialice la carpeta”.

Araceli afirma que el hecho de que las autoridades no localizaran a las víctimas evidencia su ineptitud. Y no sólo eso, sino que la actuación del MP coloca a Araceli en una posición de desventaja respecto al dueño del inmueble, a quien representa un despacho que ha defendido a Lisette Farah, Elba Esther Gordillo, Javier Duarte, entre otros personajes polémicos.

“¿De qué forma puedo protegerme de un despacho que no va a reparar en gastos a la hora de defender a su cliente? Ni en sueños podría pagar un despacho así. Así que he buscado algo que contrarreste todo ese poder económico y político a través de un grupo de abogados con peso y autoridad moral”.

El MP notificó al juez que, al fin, localizó a los familiares de seis de las ocho víctimas.

“Ha sido un viacrucis. Las autoridades son incapaces de proceder de oficio. Me he visto obligada a buscar otra vías para que les llamen la atención sobre lo que están haciendo mal”.

A principios de 2021, Araceli se acercó al Centro Agustín Pro–Juárez, quienes se solidarizaron con su causa. “Me han dado asesoría legal y acompañamiento. Ellos no pueden representarme, pero su apoyo ha sido invaluable”.

En este país, sostiene, las víctimas de diversos delitos se han convertido en agentes de investigación en la práctica. “He sido, incluso, el office boy de la agencia BJ2. Me dicen: ‘Lleva este oficio y tráemelo firmado’. Y ahí voy, lo llevo, lo traigo… Y así han pasado cinco años”.

En este país, agrega, existe un patrón de impunidad sistemático, además de una patente insensibilidad de los funcionarios encargados de la procuración de justicia. Y, en la mayoría de los casos de corrupción inmobiliaria, no
hay sanción ni reparación del daño.

Araceli encuentra la metáfora ideal para ilustrar lo anterior: “La justicia en México camina a paso de tortuga y no está paralizada porque nosotros la obligamos a andar”.


Juan Pablo Irigoyen Ramírez tenía 19 años al momento de su muerte. Recién había concluido el bachillerato y se preparaba para presentar su examen de ingreso a la Universidad Iberoamericana (UIA).

“Mi hijo quería estudiar psicología del deporte”, me cuenta Araceli.

En México existen pocos programas de estudios con esa especialidad, así que el plan de Juan Pablo era estudiar una maestría en España.

“Un día estábamos comiendo y me dijo: ‘Mamá, te imaginas que un día llegue a ser el psicólogo del Real Madrid’”. Araceli le respondió: “Claro que sí, hijo… Así será”.

Pero el sismo truncó sus sueños. Araceli me corrige: “El sismo y las omisiones del dueño del edificio, que actuó de forma irresponsable”.

Las fotografías de Juan Pablo, de diferentes tamaños, reposan en una mesa baja, color caoba. Foto: Erick Baena Crespo

Estoy en el departamento de Araceli. He conversado con ella, en dos ocasiones, por más de cuatro horas. Así que nos tomamos un descanso y nos ponemos de pie. Volteo a ver las fotografías de Juan Pablo, de diferentes tamaños, que reposan en una mesa baja, color caoba.

Araceli me aclara: “No recuperé nada. Esas fotografías me las enviaron algunos familiares y los amigos de mi hijo”.

Y Araceli, mientras observo las imágenes de su hijo, lo describe: “Juan era un niño extraordinario, amable, con unos ojos llenos de ternura. Tenía una novia que sigue en contacto conmigo y ha sido fundamental en mi recuperación”.

El viento que entra por la ventana azota las persianas, que se revuelven con violencia. Cuca ladra con fuerza y, con su estruendo, nos saca del ruido de nuestros pensamientos. Afuera del departamento se escuchan las voces de los vecinos que suben por las escaleras. Araceli calma a Cuca, quien vuelve a recostarse detrás de ella.

“Yo me preparé para muchas cosas en la vida, menos para sobrevivir a la muerte de un hijo”, confiesa.

Y luego me cuenta, como si arrullara a su mascota, viéndola a los ojos, que ese 19 de septiembre de 2017, Araceli sintió que accedía a la eternidad.

—¿A la eternidad?—pregunto con algo de incredulidad.

—Sí, así es.

Me explica: “Yo estuve en la eternidad. Y ahí el tiempo no corre. En un segundo miré hacia arriba, pensé que el techo me iba a caer encima, bajé cinco escalones y me abracé a un pilar. Hasta me dio tiempo de ofrendarle a Dios mi vida por la de mi hijo… Salí del tiempo y entré a la eternidad. Para mí esa es la única explicación posible”.

Tampoco se explica porque ella salió ilesa, aunque supone que Dios —Araceli profesa la religión católica— le permitió vivir para hacerse cargo de su hija: Ana Paula, que ahora tiene 19 años y estudia actuación.

“Ha sido difícil sacar a Ana Pau de todo esto. Mi hija es una niña bastante fuerte: la vida la ha hecho así, pero eso no la ha librado del sufrimiento”.

La rutina diaria de Araceli está vinculada a Juan Pablo. Y eso, dice, la ha salvado de hundirse, de paralizarse.

“Todos los días me levanto, le hago un sándwich y empiezo mis actividades, que giran en torno a su caso. De alguna manera sigo haciendo cosas por él, y eso lo mantiene aquí conmigo”.

—¿Qué pensaría Juan Pablo de la lucha que has emprendido?

—Juan Pablo no esperaría otra cosa de mí. Él sabía que yo no me iba a quedar con las manos cruzadas, así como estoy segura de que sabía que yo lo iba a buscar hasta el último momento. Nadie se prepara en esta vida para convertirse en una víctima. Yo no elegí esto, pero lucharé, pondré mi granito de arena, para que las cosas cambien. Quiero que mi hijo, en donde sea que esté, se sienta orgulloso de mí. Quiero estar en paz con él y cumplir con mi obligación moral, que es exigir justicia por su muerte.

—¿Sueñas con él?

—Sí, muchas veces. Recuerdo uno. En el sueño no lo veía, sólo escuchaba su voz y yo le decía: “¿Juan Pablo? ¿En dónde estás, hijo?”. Y él me respondía: “En el cuarto de junto, mamá”. Y sé que así es, que está al lado mío, pendiente de mí. No podría vivir pensando que no está.

NOTAS:

1 Entre 2016 y 2018, como consta en el expediente CI/BJU/D/205/2016 de la Contraloría General de la Ciudad de México, Islas Labastida enfrentó un proceso administrativo, durante el desempeño de su función como director de Servicios y Mejoramiento Urbano de la Delegación Benito Juárez, por omitir la entrega de su declaración patrimonial en tiempo y forma; es decir, 30 días después de la toma de protesta. Islas Labastida incumplió el “Acuerdo por el que se fijan políticas de actuación de las personas servidoras públicas de la Administración Pública del Distrito Federal” y entregó su declaración patrimonial 163 días después de lo establecido.

2 En marzo de 2022, Ocampo Zambrano dejó de ser comisionado ejecutivo de la CEAVI tras las denuncias de hostigamiento, con el fin de que firmaran el acuerdo reparatorio, de los familiares de las víctimas del caso de la Línea 12 del Metro.

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