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¿Se equivoca el presidente al llamar amigos a sus adversarios? Autora: Ivonne Acuña Murillo

Foto: Xinhua

La pandemia provocada por el Covid-19 se ha convertido en el escenario perfecto para analizar el tipo de liderazgo político ejercido por Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y analizar sus fortalezas y debilidades. Asimismo, permite observar, a primera vista, las tensiones existentes entre el presidente de la República y algunos grupos de poder en México.

En primer lugar, hay que decir que antes de que esta pandemia amenazara al país, el liderazgo de López Obrador podía calificarse como carismático, basado sobre todo en lo que el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) llamara “la ejemplaridad”, más que en el heroísmo o la santidad, a pesar de que algún intelectual lo calificara como “liderazgo mesiánico”. Esto es, que como líder se construyó a sí mismo como el ejemplo del político honesto, honrado, sincero, cuyo “pecho no es bodega”, como afirma él mismo.

El carisma supone no sólo el autoconvencimiento personal en torno al papel que históricamente se debe desempeñar, sino un número importante de seguidores dispuestos a ver en su líder lo que él dice ser. Visto así, se puede afirmar que sin seguidores no hay líder. Pero, para que surja un líder se precisa de una o muchas necesidades y demandas a resolver. Un líder no nace en el vacío, sino en contextos históricos determinados, el que ofrece la pandemia de Covid-19 es claramente uno de ellos.

En este sentido, López Obrador se fue forjando en el México dominado políticamente por el PRI, en sus filas, para después saltar a la oposición, nacida en el seno del mismo partido. Posteriormente, conforme las administraciones presidenciales, primero priistas, después panistas y de nuevo priista sumieron al país en un proceso gradual de decadencia económica y política, fue creciendo de la mano de un discurso antisistema, el cual rechazaba los efectos negativos de un modelo económico que aumentó el número de pobres y la precariedad de estos y aumentó la riqueza de los cada vez menos.

A la vista de los hechos, el ahora primer mandatario hizo un diagnóstico completo de la situación del país para luego ofrecer una solución, su solución, a la que denominó la “Cuarta Transformación” (4T) equiparándola con tres revoluciones previas: la de Reforma, la de Independencia y la de 1910.

Llegado a este punto, y a la par de la formación de su propio movimiento social, López Obrador ya se había metamorfoseado en el único “caudillo”, ese que surge cuando la Patria está en peligro, capaz de llevar al país a un estadio superior, sacándolo del pozo al que los gobiernos neoliberales le habían arrojado.

Conforme Obrador, como le llaman sus seguidores, iba transitando de líder partidista a líder de masas, el movimiento popular que le apoyaba fue creciendo con él, completando la fórmula: líder + seguidores = Morena, Movimiento de Regeneración Nacional, como hábilmente le llamó el mismo López Obrador acercándolo simbólicamente a la Morena del Tepeyac.

La intención y la posibilidad de crear un movimiento popular le dio al liderazgo lopezobradorista una característica definitoria más, por lo que es posible sostener que el suyo es un liderazgo populista en cuanto pone al pueblo en el centro de sus decisiones; pero también populista en el sentido de brindar una alternativa dado el fracaso de la supuesta democracia que no permitió incluir, más allá del asistencialismo, las necesidades de las grandes mayorías, sino que entronizó los intereses de una élite rapaz, centrada en sus propios intereses, que sin importar el precio de sus decisiones busca sólo incrementar sus beneficios.

Una vez en la silla presidencial dos características más se hicieron patentes: por un lado, la insistencia de AMLO en centralizar en sí mismo la responsabilidad total de las decisiones y las acciones de su gobierno; por otro, en el cuidado de no romper los nexos que le unen a sus seguidores, de ahí la necesidad de las visitas de fin de semana a diversos lugares de la República y la de supervisar personalmente los avances de su administración en diversos rubros.  López Obrador sabe perfectamente que la fuente de su poder y legitimidad está en el pueblo.

Lo anterior, permite definir una característica más: una oscilación entre un poder personalista y uno democrático. Este último rasgo supone un delgado equilibrio entre las decisiones que bien algunos podrían considerar autoritarias, como la negativa a continuar con la construcción del Aeropuerto de Texcoco, la construcción del Tren Maya y de la Refinería de Dos Bocas, y el respeto por ciertos valores democráticos, como el derecho a la libre opinión y expresión de las ideas.

En este punto, a la apariencia autoritaria en torno a los megaproyectos cancelados o autorizados opone López Obrador la realización de consultas ciudadanas, con todos sus asegunes; y a la libertad de expresión, su propio derecho a la réplica.

Quede aquí la descripción del tipo de liderazgo ejercido por el primer mandatario hasta la aparición del coronavirus y su expansión por todo el mundo.

Una vez que el gobierno federal se vio en la necesidad de establecer una estrategia para minimizar el efecto de la pandemia en México, el presidente ha tomado una serie de decisiones que obligan a revisar la forma en que había ejercido su liderazgo antes de esta.

Es de llamar la atención que el primer mandatario haya puesto al frente de la estrategia al Dr. Hugo López-Gatell Ramírez, subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, cediéndole micrófonos y espacio todos los días a las 7 de la noche. Ni siquiera el llamado supersecretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard Casaubón, goza de tal privilegio.

Esta situación destaca toda vez que hasta antes de la pandemia el presidente había monopolizado toda la comunicación política de su gobierno, él era su propio vocero. Su apuesta se clarifica cuando él mismo afirma dejar en manos de los científicos las decisiones en torno a lo que se debe hacer. Definitivamente, parece acertada esta decisión presidencial, lo que no se entiende es por qué López Obrador ha permitido que se desdibuje su figura en un momento en el que, como líder político de la Nación, debería tomar la batuta mediática para comunicar a la población lo que se está haciendo y lo que se espera haga la gente a fin de brindar más posibilidad de éxito a la estrategia sanitaria planteada por un grupo de científicos con López-Gatell a la cabeza.

A lo anterior, el mismo presidente ha respondido que no sólo está presente, en sus conferencias de prensa matutinas, sino que se encuentra resistiendo los embates de diversos grupos políticos y empresariales que pretenden empujarlo a tomar medidas neoliberales para superar la crisis económica que esta pandemia está generando a raíz del paro al que ha tenido que someterse a los mercados recluyendo a la gente en su casa.

Ciertamente, de pronto saltan a la vista esas presiones, las de la mafia en el poder que hasta antes habían sido consideradas, por muchos, “una locura lopezobradorista”, una forma de victimizarse, un invento genial. Se conocen, vía los medios tradicionales y las redes sociales, las presiones de cúpulas empresariales que buscan ser rescatadas del paro económico con recursos y deuda pública; las acciones de grupos políticos conservadores y de movimientos como el denominado “Todos con el mismo” que buscan llevar agua a su molino con miras a formar nuevos partidos y a ganar las elecciones intermedias del próximo año.

No pasa tampoco desapercibido el movimiento contralopezobradorista que incluye a gente de derecha y que busca a toda costa hacer realidad la revocación de mandato para “quitar” a López Obrador del poder. A lo anterior, se unen las presiones de gobernadores del PAN, el PRD, del mismo Morena y algún independiente que aprovechando el momento pretenden reformar el Pacto Federal además de reclamar al Centro por la estrategia sanitaria y sus necesidades, supuestamente, no atendidas.

Por si no bastara con la pretensión de hacer caer al capitán del barco, en altamar y en medio de la tormenta, el viernes 17 de abril, Javier Alatorre, conductor estelar de TV Azteca, llamó a ignorar las recomendaciones de López-Gatell afirmado que: “Como todas las noches, el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell encabezó la conferencia sobre las cifras de contagios y fallecimientos por Covid-19 en México. Pero sus cifras y sus conferencias ya se volvieron irrelevantes. Es más, se lo decimos con todas sus palabras, ya no haga caso a Hugo López-Gatell.”

Alatorre basó su llamado a no hacer caso a López-Gatell, apoyándose en que varios gobernadores -en especial Javier Bonilla de Baja California, a quien se dio espacio en pantalla para sostener que no se dice la verdad en torno a las cifras de fallecimientos en su estado-, han desmentido las cifras del subsecretario de Salud y que incluso el mismo subsecretario “se fue de bruces” en una entrevista con The Wall Street Journal y aceptó sus falsedades.

Evidentemente, Javier Alatorre no hizo este llamado motu proprio sino como la voz de Ricardo Salinas Pliego, su jefe, de quien se podría inferir no desea pagar un adeudo fiscal. Aunque, se puede plantear aquí sí un litigio que ya lleva años en tribunales por el pago de créditos fiscales que bien podrían superar los 14 mil millones de pesos, es razón suficiente para llamar a la desobediencia civil en un momento tan delicado para México y el mundo y después de que López Obrador y Salinas dieron señales de buen entendimiento.

Pero, lo que interesa aquí no por son por el momento las razones de Salinas Pliego, sino la respuesta institucional dada a semejante llamado.

Resalta la de Porfirio Muñoz Ledo, político de gran carrera y profundo conocimiento del Estado Mexicano, sus estructuras, leyes y procedimientos, quien en un tuit del 18 de abril sostuvo que: “El consorcio TV Azteca difundió un llamado a que los ciudadanos no acaten las disposiciones del Consejo de Salubridad. Este desacato es particularmente grave y constituye un llamado a la desobediencia civil. Cuestión que debe ser revertida y sancionada de inmediato.”

En este mismo sentido, destaca el Apercibimiento público enviado por la Secretaría de Gobernación, a través del Consejo de Salubridad General, a TV Azteca, mismo que a la letra dice:

De conformidad con la Constitución y la legislación aplicable, se le APERCIBE a manifestar públicamente su respeto a las disposiciones sanitarias contenidas en la Declaratoria de Emergencia Sanitaria, sumándose al frente común convocado por la Secretaría de Salud.

Pero más allá del categórico mensaje del diputado Muñoz Ledo y del Apercibimiento público, importa la respuesta que el propio presidente de la República dio a un claro llamado a la desobediencia civil en un momento en el que, de hacerse realidad, costaría miles de vidas.

En un mensaje grabado el mismo sábado 18, López Obrador dijo “Creo que se equivocó, mi amigo, Javier Alatorre, anoche que llamó a no hacerle caso a el Dr. Hugo López-Gatell. Creo que este… que fue una actitud no bien pensada porque Javier es una persona buena. Creo que cometió un error, como cometemos errores todos, es más hizo uso de su libertad, cada quien puede expresarse y manifestarse. No debe de haber de ninguna manera linchamiento político por alguien que eh… no comparta nuestro punto de vista. Inclusive que pueda decir algo en estos momentos difíciles que afecte a la colectividad. Incluso que pueda ser hasta dañino para los seres humanos. Que no es esa la intención de Javier, pero… tiene el derecho a expresarse a manifestarse, que viva la libertad”.

En pocas palabras, el presidente de la República ha presentado una característica más del tipo de liderazgo que ejerce, misma que sólo hasta hoy, que está al frente de la Nación en un momento de crisis sanitaria, se podía observar y la cual habla de la disyuntiva entre ser un mandatario autoritario o uno demócrata. La delgada línea que separa la censura de la libertad de expresión hace que el mismo López Obrador quede atrapado, por su insistencia en aplicar los valores de la vida privada a la vida pública.

Primero, llamar “amigo” a Javier Alatorre en lugar de “comunicador de TV Azteca”, impone ya un límite a la respuesta que desde el gobernante se le podría dar.

Segundo, asumir que lo dicho por él es simplemente una opinión, un punto de vista, es un error, porque el comunicador no dijo “no estoy de acuerdo con las cifras de López-Gatell” o “yo tengo otros datos”, sino que abiertamente llamó a no seguir sus recomendaciones, lo cual es muy distinto a dar una opinión.

Tercero, aceptar que cualquiera pueda decir lo que quiera, aunque ponga en riesgo la integridad y vidas de terceros, so pretexto de una malentendida libertad de expresión, es ponerse en el papel de una persona privada que perdona los errores de terceros, asumiendo que todo mundo se equivoca, y no el de un jefe de Estado obligado a velar por el interés de la mayoría.

Cuarto, asumir que esa no era la intención de Alatorre es negar la verdad lingüística según la cual “las palabras significan lo que significan”; esto es, que, si Alatorre hubiera querido decir algo diferente a lo expresado, lo hubiera dicho.

Quinto, responder de esta manera al mensajero, porque a todas luces, Alatorre no es más que eso, es negar el juego de poder de quien pretende no sólo presionar al presidente, sino echar por tierra una estrategia encaminada a minimizar el impacto de la brutal pandemia en curso, con tal de “salirse con la suya”, sea lo que sea.

Sin embargo, lo respondido por AMLO a Alatorre, da para más, permite observar las carencias de un liderazgo que al pretenderse democrático está dejando peligrosos vacíos de poder. Las respuestas presidenciales apelando a valores privados, como el amor, el respeto, la amistad, comienzan a desdibujar el poderoso liderazgo construido por López Obrador a lo largo de décadas.

Todo eso y más está ocurriendo en carril paralelo a la pandemia del Covid-19 y es por eso justamente que saltan algunas dudas en torno al actual liderazgo de López Obrador y su papel en este complejo escenario.

Y no es que desde aquí se esté llamando a la censura, a la represión o algo parecido, sino a que el presidente de la República, como el estadista que es y en función de su investidura, refuerce su liderazgo al frente de la estrategia en contra de la pandemia y que actúe como jefe de Estado y no como amigo de quienes buscan descarrilar dicha estrategia y con ella el proyecto de la 4T.


IVONNE ACUÑA MURILLO

ARTICULISTA

Prensa Ibero y Revista Zócalo

ARTÍCULOS PUBLICADOS

25 académicos y más de 250 periodísticos

COLUMNISTA INVITADA 

El Economista, El Universal, Milenio Diario, Excélsior, The Huffington Post México y La Silla Rota.

Twitter: @ivonneam

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