Política feminista/ ¿Quién sostiene la educación en la pandemia? Autora: Aleida Hernández Cervantes

En tiempos de pandemia, dos aspectos de la vida de las personas, como la educación y el trabajo, suceden dentro de las casas de una gran parte de la población. Trabajamos desde casa, educamos desde casa, convivimos desde casa y todo lo que en ella pasa, tiene impacto en la vida social de todos. Lo anterior se acentúa, particularmente en la vida de las mujeres.

Veamos por qué.

Hace unos días se anunció por la Secretaría de Educación Pública, que los niños y niñas no volverán a clases de manera presencial, no por ahora, sino hasta que el semáforo epidemiológico esté en verde y, para que eso ocurra falta mucho, por lo que se logra apreciar. A quienes tenemos hijos pequeños la noticia no nos sorprendió, pero sí nos invadió por algunos instantes, la desazón. Se confirmaba el rumor de que la educación en casa continuará junto al teletrabajo, todo de manera simultánea. Simultánea a la vida no laboral y no escolar, esa que ahora es tan residual. De unos meses a la fecha, hemos asistido a una invasión de lo público en nuestras casas, en nuestros espacios privados. El “afuera” se metió de lleno en nuestros hogares. De pronto nuestras casas se convirtieron en múltiples oficinas, salón de clases y salón de juegos operando de forma paralela.

En esa lógica, la educación formal –esa que es tarea fundamental del Estado– ahora también forma parte de la dinámica en nuestros hogares y, en gran medida, pesa sobre los hombros de las madres y padres. Recientemente algunos hombres –muy pocos todavía en proporción– se han vuelto corresponsables en las tareas de cuidados y del hogar, sin embargo, en nuestra sociedad la división sexual del trabajo sigue muy marcada: las tareas de la producción para los hombres y las actividades relacionadas con la reproducción (trabajo de cuidados y tareas del hogar) para las mujeres. Eso trae como consecuencia que la educación formal ahora en el hogar, estadísticamente recaiga en mayor medida, en las espaldas de las mujeres. Sin duda, la educación sin sociabilidad amplia traerá efectos en la vida de los niños y niñas, pero también los impactos en la vida de las mujeres atravesarán incontables aspectos que van desde el emocional, el profesional, el laboral hasta el económico, por mencionar solo algunos. Desafortunadamente, desde las instancias gubernamentales federales y locales, no se están generando políticas y estrategias que eviten que se sigan acentuando las asimetrías de género. Estamos ante el riesgo que lo poco que habíamos avanzado en términos de la autonomía de las mujeres sufra un retroceso mayúsculo por la pandemia y la falta de atención gubernamental.

Vayamos por partes y revisemos las distintas modalidades de educación que están sosteniendo las mujeres en nuestro país. En el ciclo escolar de 2019-2020, que concluyó en junio pasado, se tenían inscritos en educación básica 25.4 millones de niños y niñas y adolescentes, de esos, 4 mil 743 fueron a preescolar y 13 millones 920, 602 fueron a primaria. Cuando empezó la suspensión de clases de forma presencial, todos esos niños y niñas trasladaron la continuación de sus estudios a sus casas, en la escuela pública a cargo de sus madres, padres y familiares, y en las escuelas privadas a través de clases en línea pero con la indispensable asistencia familiar.

En el país, para ese período escolar se contaba con 198, 348 escuelas públicas; y con 34,528 privadas. Esto nos indica con toda claridad, que las escuelas públicas llevan la educación de la mayor parte de la población infantil en nuestro país. Y se estima que al menos 18 por ciento de los niños que estaban en escuelas privadas pasarán a la escuela pública por la crisis económica provocada por la pandemia.

El programa de Aprende en Casa implementado por la SEP, consistió en programas elaborados que se transmitieron por varios canales de la televisión pública (ahora se agregarán canales de televisión privada por el convenio entre SEP y televisoras), para cada grado escolar. Lo que muchas personas no saben con claridad, es que si bien esos programas y contenidos eran muy importantes, había otro gran trabajo que debía hacerse en casa y que, es probable, continuará en el ciclo escolar que está por iniciar. La dinámica consistía en lo siguiente: cada quince días las profesoras y profesores enviaban una planeación por día de las actividades y contenidos que los niños y niñas debían realizar. Antes de las seis de la tarde de cada día, los padres debíamos enviar las “evidencias” del trabajo realizado. Sin duda el trabajo de las maestras y maestros es muy arduo en la educación pública. Durante esta pandemia ha consistido en muchísima planeación educativa y seguimiento puntual a cada estudiante. Pero también no podemos negar que un trabajo monumental de explicación, supervisión y seguimiento diario de los contenidos educativos ha recaído en las familias, familias de constitución diversa. Y si entendemos que sigue vigente la división sexual del trabajo, un porcentaje altísimo de esa tarea educativa en tiempos de pandemia, la están sosteniendo las mujeres a costa de sus propias trayectorias laborales, profesionales y de elección de vida. Las mujeres que son madres, en estos momentos se encuentran ante situaciones extremas: apoyar a sus hijos a continuar con sus estudios o sentirse “responsables” de su deserción. Las mujeres que son madres y además, tienen un empleo que les genera el ingreso del hogar y/o su realización personal, están ante la difícil tarea de continuar con el empleo (si es presencial aún más complicado, si es teletrabajo, también complicado) y supervisar los estudios de sus hijas e hijos. Y ante toda esta situación extrema que están viviendo las mujeres, ¿dónde están las políticas que ayuden a nivelar la asimetría en las responsabilidades del hogar y de cuidados entre hombres y mujeres, a las que se suma la educación en casa? ¿Dónde están las políticas impulsadas tanto por la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, el Instituto Nacional de las Mujeres, como de las entidades de la República que generen políticas de conciliación personal, laboral y familiar, que tengan en cuenta las condiciones en el hogar y los hijos que tienen las madres y padres trabajadores? ¿Dónde están los programas de apoyo específico para las madres que están dedicadas exclusivamente a dar continuidad a la educación formal de los niños y niñas?

Este tema merece una especial atención por parte de las instancias gubernamentales dedicadas a impulsar las políticas de igualdad de género. Pero parece que el mensaje a las mujeres en México en esta pandemia, es de nuevo el principio cristiano de todos los tiempos: sacrifícate por amor a tus hijos, déjalo todo y vuelve a poner tu vida en un segundo plano. La educación formal impartida en las escuelas, entre otros resultados, es que permite la desfamilización de la educación, genera que las niñas y niños vean otras realidades a su alrededor, que se formen no a partir de los múltiples prejuicios que se reproducen en las familias. La escuela como institución no está exenta de reproducir todo tipo de prejuicios, pero muchos de sus contenidos y la diversidad de profesores y las opiniones escuchadas de otros niños y niñas, abre el espectro de comprensión de lo social a medida que pasan los años de formación. Solo la educación pública permite la movilidad social, por ejemplo, abre el espectro mayor de posibilidades.

La situación de la pandemia está generando muchas regresiones, entre ellas la familización de la educación, pero sobre todo, hace recaer la educación en las mujeres a expensas, de nuevo, de su propia vida. Para quienes consideran que la vida de las mujeres debe continuar siendo vida-para-otros y no en una vida-para-sí, les parecerá trivial, pero para aquellas personas que creemos firmemente que la vida de las mujeres no debe pasar a un segundo plano nunca más, seguiremos insistiendo que hacen falta muchas políticas que impulsen la corresponsabilidad de tareas en el hogar y de cuidados, así como políticas de conciliación personal, laboral y familiar; y ahora frente a las tareas de educación de los hijos e hijas en casa, una serie de estímulos y compensaciones sociales urgentes. En España por ejemplo, al menos se ha dado el derecho a la adaptación y/o reducción de la jornada laboral cuando las personas trabajadoras acrediten deberes de cuidado respecto a su cónyuge, pareja de hecho y familiares por consanguineidad hasta el segundo grado (Real Decreto-ley 8/2020 de 17 de marzo).

Si a este análisis le sumamos no sólo el factor de género, sino también el de clase, serán las mujeres más pobres las que sufran mayores afectaciones: sin empleo y a cargo de la educación de sus hijos. Sí, la situación no está fácil para nadie pero es mucho más difícil para otras.

El Programa de Naciones Unidas estima la deserción de 1.4 millones de niños y niñas en México en el próximo ciclo escolar y, habrá que tener mucho cuidado de responsabilizar a las mujeres porque esos niños tienen padre y madre, en algún lugar del mundo; esos niños son también responsabilidad de toda la sociedad y a esos niños, el Estado les debe garantizar la educación.

La Secretaría de Educación Pública no debería desaprovechar la oportunidad para preguntar formalmente a los niños y niñas ¿quién sostiene la educación en tu casa? ¿cuántas horas dedica tu papá a tus tareas escolares? ¿Cuántas horas le dedica tu mamá? Serían un gran mapa que, junto a las instituciones encargadas de impulsar la política de igualdad de género, daría valiosísimas pistas para responder a la gran pregunta ¿Quién sostiene la educación de la niñez en estos tiempos? Y así plantear políticas que atiendan los problemas que ya están, y los que, desafortunadamente, se van a agudizar.

hernandezcervantes.aleida@gmail.com
Aleida Hernández Cervantes
Investigadora del Centro de Investigaciones
Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades
de la UNAM y profesora de la División de Estudios de Posgrado
de la Facultad de Derecho

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