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Oportunidades perdidas. Autor: Federico Anaya Gallardo

Hoy quiero subrayar que en aquel 2003 hubo varias oportunidades perdidas que habrían ahorrado a nuestra República tensiones y sufrimientos que padecemos hasta la fecha. Todas ellas fueron eliminadas por la intransigencia de Elba Esther Gordillo quien, como ya he sugerido hace dos semanas, sólo buscaba asegurar la supervivencia del sistema de impunidades sindicales del viejo régimen priísta a través de una alianza con el nuevo partido en el poder (el PAN foxista).

La primera de esas oportunidades perdidas fue la de recuperar la experiencia del “primer IFE” (1996-2003). El PRD había insistido en que se concediese un nuevo periodo al menos a tres de los consejeros ya en funciones (incumbents). Algunos analistas recuerdan hasta el día de hoy la tragedia que fue no dejar que José Woldenberg siguiese al frente del instituto electoral. Casi nadie lo recuerda hoy en día, pero el viejo militante del PCM y del PSUM no había llegado al “primer IFE” a propuesta de la izquierda, sino del PRI. Pero el caso de Woldenberg no era aislado. Veamos la situación del consejero Cantú.

De acuerdo al relato del propio señor Ugalde en su libro Así lo viví, en 2003, todavía a última hora los perredistas trataron de que permaneciese en el nuevo consejo general el consejero Jesús Cantú Escalante (n.1952, regiomontano, periodista y economista, propuesto en 1996 por el PRD con la anuencia del PAN y el PRI). Cuando se eligió el “primer IFE” Cantú tenía una carrera perfecta. De su padre y abuelo había heredado un periódico regio, El Porvenir, que hizo efectiva competencia –entre 1982 y 1991– a El Norte de Junco y que se destacó por su independencia frente al salinato.

En 1994 el PRD le había ofrecido a Cantú una candidatura para diputado estadual, que rechazó. En 1996 se le mencionaba, en la mesa de diálogo para la reforma electoral de Nuevo León, que coordinaba el priísta Sergio Elías Gutiérrez, como posible consejero electoral estadual. El ingeniero Cárdenas retomó la propuesta, pero a nivel federal. En una crónica biográfica de 2000, escrita por Eduardo Cruz Vázquez para El Universal, se relata el modo en que Cantú cabildeó su candidatura: “Con el estilo directo de los norteños, Cantú Escalante … se sienta a platicar con Ricardo Cantú, del PT; José Luis Coindreau, del PAN; Enrique Ibarra, del PRI, y con su paisano Natividad González Parás, subsecretario de Gobernación [PRI, sería gobernador de 2003-2009]. / A todos les dice lo mismo: le entro si me apoyan todos los partidos y si se entiende que voy a ser totalmente independiente. / El 30 de octubre al mediodía, Emilio Chuayffet [Secretario de Gobernación] le comunica la formalidad de su candidatura y la noche del 31 se suma a la lista de los ocho seleccionados [en la Cámara].” (Liga 1.)

Notemos la importancia de las biografías. En octubre de 1996 Chuayffet como secretario de Gobernación, operó para que Cantú, persona razonable y aceptable a todos los partidos, fuera consejero electoral. Es el mismo político que aceptó en marzo anterior los Acuerdos de San Andrés Sacamchén. Pero también es quien dejó al Ejército Mexicano aplicar su guerra de baja intensidad en Chiapas, estrategia que llevaría a la tragedia de Acteal en diciembre de 1997, obligándolo a renunciar. En 2003 Chuayffet ha regresado al candelero, y acaso habría estado dispuesto a repetir el esquema del “primer IFE”. Pero estaba manchado por la sangre tzotzil y como diputado está en contradicción con Elba Esther Gordillo –quien controlaba la bancada priísta.

Aparte, en 2003, algunos priístas no perdonaban a Zedillo la “sana distancia” que facilitó el triunfo del panismo foxista; mientras que otros no olvidaban la dureza con que el “primer IFE” les había tratado en el Pemexgate. Para todos esos resentidos, repetir el mecanismo pluralista de 1996 era una tontería… especialmente si el PAN y la presidencia de la República aceptaban un sistema en que se excluyese al “tercio divergente” del sistema político –que en esos años era el PRD y hoy es Morena. Nada extraño, el consejero rechazado por los prianistas de 2003, es actualmente un alto funcionario de la administración López Obrador. (Liga 2.)

La segunda de las oportunidades perdidas en 2003 radica en que el arreglo entre el PAN y el PRI comandados por Gordillo ignoraban olímpicamente el peso cada vez más grande de la izquierda. Hace dos semanas decía yo que en 2003 el PRI aún controlaba 17 de las 32 gubernaturas, pero en ese año el PRD alcanzó su máximo número de ejecutivos estaduales, seis. Eran Zacatecas (1998-2004), Tlaxcala (1999-2005), Baja California Sur (1999-2005), DF (2000-2006), Chiapas (2000-2006) y Michoacán (2002-2008). Es decir, excluir a la izquierda de la conformación del “segundo IFE” implicaba desconocer el peso geopolítico de un quinto de las entidades federativas, incluyendo la populosa capital federal y los inestables estados campesino-indígenas de Michoacán y Chiapas.

Del recuento que nos regala el señor Ugalde de las negociaciones en San Lázaro se desprende que esta dimensión social y geográfica simplemente no se tomó en consideración. De acuerdo a Así lo viví, al momento de debatir quiénes entrarían al nuevo consejo general y quién lo presidiría, “al interior del PRI [que dirigía la negociación con 223 de los 500 diputados] solo importaba quién estaba con quién, quién era amigo o enemigo de quién”.

En 2003 la ceguera que menciono (desconocer el peso político de la izquierda) no pareció evidente ni relevante a las élites de la capital federal. He mencionado el antecedente biográfico de Chuayffet porque detrás de su salida de Gobernación en 1997 se había visto nítidamente la consecuencia de esa ceguera. Me explico: en 1994 la Rebelión de Año Nuevo no sólo descarriló el proyecto salinista de restauración del presidencialismo postrevolucionario, sino que desconcertó a las élites –en el doble sentido de romper su concierto (la primera alianza neoliberal de 1989-1992) y desaparecer sus centros de referencia (presidencia imperial priísta que aplicaba autoritariamente el programa panista). Es un hecho histórico que el IFE se ciudadanizó sólo después de la insurrección neozapatista y que la presencia del EZLN en la extrema izquierda del espectro político fue (aunque le doliese a Cuauhtémoc y a Porfirio) lo que catapultó al PRD a socio reconocido en un nuevo arreglo pluralista en 1996.

Por otra parte, es mi convicción que el PRI ganó la presidencia en aquel año de 1994 sacando sus “votos de reserva” –ese electorado priísta que se abstenía confiando en que el statu quo seguiría eternamente. Esta operación implicó abusar por última vez del oscuro sistema de financiamiento informal de campañas presidenciales del partidazo. Recordemos que la participación electoral en aquellos comicios se elevó a 77%, un récord no superado desde entonces, ni siquiera en 2018, cuando se reiteró por cuarta ocasión una afluencia de alrededor de 60%: 2000 (64%), 2006 (59%), 2012 (63%), 2018 (63%). Te propongo, lectora, que en 1994 sacar ese otro 17% implicó un esfuerzo terminal del viejo PRI. Un logro in extremis: detrás del lema “él sabe cómo hacerlo” se decía en realidad “Zedillo o el diluvio”. Aparte, ese esfuerzo final implicó costos elevadísimos imposibles de ocultar. Por eso es que la reforma electoral de 1996 incluyó por vez primera elementos serios sobre financiamiento de partidos y campañas.

Pero la soberbia de las élites es impresionante. Todo el impacto logrado por el neozapatismo les había dejado de importar durante 1997. Chuayffet y Zedillo se desdijeron olímpicamente de su firma en Sacamchén y abandonaron cualquier apariencia de diálogo serio con los insurrectos. La sangre corrió en Acteal. Pese a la salida de Chuayffet, no se hizo justicia y la altanería se remachó postulando como candidato presidencial del PRI a Labastida, quien como tercer secretario de Gobernación de Zedillo había tratado de desmantelar los municipios autónomos rebeldes zapatistas entre 1998 y 1999. No es de extrañar el voto de castigo en contra del viejo partido de Estado en 2000. Pero esta concatenación de hechos y consecuencias simplemente no las vieron las élites. Entre 2003 y 2006, Chuayffet fue diputado federal plurinominal y disputó el liderazgo parlamentario a Gordillo… como si sus hechos de 1995-1997 no hubiesen ocurrido.

En aquel 2003, la nueva élite panista también había olvidado el saludable aire fresco que la rebelión del Sureste había traído a la República. Don Luis H. Álvarez, heroico senador de la Cocopa se convirtió en gestor de caridades en Chiapas y su experiencia en la negociación de 1995-1999 entre el EZLN y el gobierno federal se olvidó. Cuando el PAN decidió ignorar el peso de la izquierda partidista en el nuevo régimen de partidos abrió grietas que generaron problemas casi de inmediato. De esto hablaré la semana entrante.

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
https://archivo.eluniversal.com.mx/nacion/25457.html

Liga 2:
https://www.sdpnoticias.com/columnas/resentido-ramirez-version-jesus.html

Federico Anaya-Gallardo
Federico Anaya-Gallardo

Abogado y politólogo. Defensor de derechos humanos. Ha trabajado en Chiapas, San Luis Potosí y Ciudad de México. Correo electrónico: agallardof@hotmail.com

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