Nuestra larga transición. Autora: Renata Terrazas

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Andrés Manuel López Obrador

Habíamos creído que la vorágine electoral terminaba para dar paso a un periodo de descanso y de reflexión más profunda. Creímos que podríamos darnos una pausa para analizar ese terremoto llamado Morena que se llevó más de 50 por ciento de la votación para la presidencia, ganó la mayoría de las gubernaturas en juego y tendrá mayorías en ambas cámaras.

En cambio, nos encontramos en un periodo de transición larguísimo que ha sido marcado desde el día siguiente de la elección por una actividad febril del virtual presidente electo que nos bombardea con noticias, cambios, ideas y propuestas tan diversas que van desde la aceptación con aplausos hasta la crítica más dura.

Resulta complicado entender la razón que lleva a Andrés Manuel a desgastarse de esta forma cuando aún no toma posesión del cargo para el cual fue electo. Cada tema nuevo lanzado a la opinión pública genera un grado de tensión que se suma a la incertidumbre de conocer los nombres de quienes ocuparán los cargos públicos.

Esta ansia de gobernar de AMLO contrasta con el oscurantismo bajo el cual la administración actual cierra su periodo. Un presidente fuera de foco parece agradecer finalmente no ser el centro de la nota, es decir, dejar de dar la nota roja. Una serie de altos funcionarios acostumbrados a recibir periodicazos por su infame desempeño parecen estar satisfechos con que la noticia sea el posible nuevo gabinete.

Sin embargo, a este gobierno le quedan poco menos de cinco meses para continuar gobernando y es de terror pensar que si ante los ojos de todos hicieron los desfiguros que hicieron, ¿qué pasará ahora que las y los mexicanos andan más pendientes de López Obrador?

Al respecto no puedo dejar de mencionar la sorpresa que me genera esta hipervigilancia sobre quien aún no asume el cargo de presidente. Sí, es verdad que él mismo no se ayuda al acaparar de esa forma los reflectores y generar este estire y afloje con la opinión pública, pero tengo una genuina duda sobre dónde se encontraba toda esta gente cuando en nuestras narices Peña Nieto y sus huestes desmantelaban el Estado Mexicano, lo endeudaban, lo vendían a pedazos, lo hacían cómplice de la desaparición de 43 estudiantes y lo sumían en uno de los periodos más tristes de nuestra historia.

Hoy estamos ante un cambio muy interesante en la política mexicana el cual no alcanzamos a dimensionar dado que nos hemos enfocado en cada anuncio de AMLO y en el análisis superfluo de aquello que no alcanzamos a entender.

Por Morena votaron no sólo los convencidos sino un amplio grupo de personas hartas del comportamiento de nuestros representantes y de las instituciones tradicionales de representación. En las elecciones que hubo independientes, en su mayoía éstos quedaron sólo debajo del movimiento Morena; si esto no es una señal para los partidos políticos con sus raquíticos 4% o mínimos históricos, no sé cómo podrán entender el mensaje mejor.

No debemos negar que nos encontramos en un momento de cambio, no sé si sea la cuarta transformación, pero es muy seguro que no es la continuación de todo lo anterior. Mal haríamos en tener una limitada lectura como aquella del PRI que ha decidido seguir optando por lo más tradicional de su partido, por lo que más genera rechazo.

A todos nos queda profundizar nuestra reflexión y entender este nuevo contexto y el lugar que deberemos jugar en él. El 1 de diciembre de 2018 asume el poder un líder carismático con todas las mayorías posibles y las palancas del poder en su mano, más que caer en análisis maniqueos sobre su bondad o maldad debemos repensarnos en este nuevo esquema, así como repensar a las instituciones que construyen democracia.

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