Ni Donald Trump ni el ‘trumpismo’ son una anomalía. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Foto: Xinhua/Ting Shen.

Por: Ivonne Acuña Murillo

Perdió Donald Trump la reelección a la presidencia de Estados Unidos y se encuentra a punto de restituir el poder al establishment político, una vez se desahoguen sus alegatos judiciales. Sin embargo, su salida no significa el fin del fenómeno que comienza a ser conocido como “trumpismo”, no sólo por el número de personas que decidieron votar por el aún presidente, más de 70 millones, alrededor de 4 millones menos que por Joe Biden, sino por los procesos asociados a su triunfo en 2016, los cuales permiten afirmar que su arribo a la presidencia no fue una anomalía ni mucho menos un accidente.

Esto es, Trump no llegó a la Casa Blanca por mero azar, por la decisión de millones de estadunidenses “ignorantes” que no diferencian información de propaganda o por los primeros signos de la decadencia de un imperio.

El triunfo electoral de Trump en 2016 responde a una serie de factores combinados que, a su vez, hacen referencia a cambios profundos derivados de la acelerada transformación de la política en función de la injerencia de los medios de comunicación de masas y de las redes sociales y en relación con el fracaso y eventual salida del modelo económico neoliberal y el comienzo del nuevo paradigma llamado “posneoliberal”.

La cerrada contienda, en lo que respecta al voto popular, acusa la pertinencia que para cerca de la mitad de los votantes han tenido los discursos de Trump y sus políticas de gobierno. Diferencia que no se observa, dadas las características del sistema electoral estadunidense, en términos de votos electorales: 290 para Biden y 214 para Trump.

El hecho de que Trump haya logrado atrapar la atención de millones de votantes, muchos de los cuales se han convertido en sus fieles seguidores, es el resultado lógico de dos transformaciones fundamentales.

En primer lugar, la intervención de los medios de comunicación tradicionales en política, prensa, radio, televisión, y sus lógicas, tiempos, formatos e intereses, impuso a políticos y gobernantes una serie de nuevas exigencias ligadas a su imagen y estilo de liderazgo.

Así, si antes de mediados del siglo XVII al Rey le bastaba imprimir su rostro y lema en una moneda para ser conocido y respetado por sus súbditos, con el nacimiento de la prensa escrita, pero, sobre todo, con la llegada de la radio el monarca tuvo que aprender a escribir, o pagar a quien lo hiciera, y después a comunicarse de manera efectiva utilizando como herramienta las modulaciones, tonos, volumen, inflexiones de su voz.

El mejor ejemplo se dio durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el rey Jorge VI de Inglaterra tuvo que superar su tartamudez para enviar un discurso radiofónico a sus súbditos, en el que debía sonar como un verdadero líder en el momento en que estos necesitaban de un gobernante que les infundiera seguridad y esperanza.

De igual manera, la llegada de la televisión y luego de Internet y las redes sociales supuso una exigencia más a quien gobierna o pretende gobernar, obligándole a “verse bien” y a construir una imagen y una estrategia política acorde con cada tipo de medio o plataforma: YouTube, Twitter, Facebook, Instagram, TikTok.

Con los medios de comunicación de masas y las nuevas redes sociales, los políticos, en general, y quien gobierna, en particular, se han visto sometidos a lo que el sociólogo estadunidense John B. Thompson llama “la ley de la visibilidad compulsiva”, a partir de la cual se podría afirmar que “político que no es visto no existe”.

Lo anterior, ha promovido el desarrollo de múltiples estrategias, comandadas por grupos de expertos, para construir y posicionar la imagen del político o política en cuestión. Haciendo uso de todos los medios y plataformas y de todas las técnicas posibles, incluyendo aquellas de corte invasivo como el “neuromarketing político” que permite observar cómo el cerebro humano reacciona ante determinados estímulos políticos.

Con el surgimiento de las redes sociales, Facebook, entre ellas, la manipulación de los deseos y voluntad de la gente para inclinarlos por uno u otro candidato o partido ha adquirido dimensiones nunca vistas como se muestra en documentales como: “El dilema de las redes sociales” y “The Great Hack” o “Nada es privado”, en español, en el que por cierto se hace referencia al brexit, a Trump y a la elección presidencial de 2016. 

El mejor ejemplo aquí es, por supuesto, el mismo Trump que ha demostrado, en incontables ocasiones, su capacidad para mover emociones y despertar el fanatismo en sus seguidores. No debe olvidarse, tampoco, que tiene el mérito de ser el primer presidente en usar Twitter para enviar comunicados cuasi oficiales con los cuales ha sido capaz no sólo de poner temas en la agenda, sino de cambiar a su antojo y necesidad la conversación pública.

Pero no es sólo el uso de Twitter lo que confirió visibilidad a Trump que, siendo un outsider de la política, como empresario aprendió muy bien la importancia de los medios de comunicación y la necesidad de aparecer en ellos de cualquier forma ya fuera haciendo cameos en películas, en algún capítulo de Los Simpson, o en su propio show.

Aprendió, igualmente, la importancia de ganar la batalla de las percepciones como si supiera que la legitimidad de los gobernantes no se basa sólo en su autoridad, experiencia, conocimientos o trayectoria política, sino en la imagen que los medios proyectan de ellos.

A su notoriedad pública unió Trump un lenguaje sencillo, de pocas palabras, muchas de ellas superlativas como “fabuloso” o “grandioso”, salpicadas de emoción y promesas, de racismo, sexismo y supremacismo, pero pronunciadas en un tono grandilocuente. No pueden faltar en este breve recuento las mentiras y la seguridad con la que las enunciaba.

El punto fue que “lo dicho” y su “manera de decirlo” dio en el centro de la realidad de millones de estadunidenses que se sintieron abandonados desde décadas atrás por los gobiernos con proyectos neoliberales y que vieron en Trump a alguien que hablaba como ellos, para ellos.

Así, Trump encarnó una de las nuevas características de la política que pasa por los medios de comunicación de masas, a saber: el escándalo-espectáculo. Como pocos, supo ponerse en escena y protagonizar la comedia o tragedia, según se vea, de su presidencia. Fue fiel a lo aprendido y no perdió oportunidad de hacer de la política un espectáculo escandaloso donde él, como constructor de su propio relato, le habló a la gente diciéndoles lo que querían oír o lo que él quería que oyeran.

En segundo lugar, debe considerarse que justo los dos países que impusieron el modelo económico neoliberal al mundo, Reino Unido con Margaret Thatcher a la cabeza, y Estados Unidos gobernado por Ronald Reagan, fueron los primeros en dejar de lado algunos aspectos de la globalización y del modelo económico neoliberal, para llevar a sus países a un supuesto estadio mejor.

Así, en 2016, durante el “brexit”, el 51.9% de votantes del Reino Unido decidió salir de la Comunidad Europea, bajo el argumento de “recuperar el control” sobre sus propios asuntos, en particular sobre sus fronteras y la migración.

En el mismo año, Trump ganó las elecciones presidenciales prometiendo cambios en la política migratoria, pero, sobre todo, una reconsideración de sus relaciones con el mundo priorizando el bienestar de sus propios conciudadanos para “Make America Great Again”.

En ambos casos, se puede observar la participación de personas mayores de 50 años, habitantes alejados de los grandes centros urbanos, con escolaridad baja o media, desempleados o con salarios bajos, de tendencia derecha o ultraderecha, opuestos a la migración y que añoran los años pasados en que su país les ofrecía un mejor nivel de vida.

De alguna manera, los votantes por el brexit y los votantes de Trump podrían ser identificados con los “perdedores” (losers) del modelo económico neoliberal al que se adjudica la reducción de los beneficios otorgados por el anterior Estado de Bienestar.

La idea de hacer a América grande de nuevo alude a la nostalgia por un pasado mejor en el cual la clase media vivía bien y podía aspirar a un futuro prometedor. De pronto, todo cambió, muchas empresas, como las armadoras de autos, salieron de Estados Unidos para buscar países donde la mano de obra y los insumos eran más baratos, condenando a su suerte a millones de habitantes, que pasaron de la luz a la sombra del anonimato y la precariedad.

Son ellos a los que Trump se dirige, son ellos los que hablan como él, son ellos los que dejaron de ocultarse para ser racistas, sexistas, supremacistas, xenófobos, son ellos los que decidieron tomarle la palabra para transitar con él a un futuro mejor.
Ciertamente, estiró demasiado la liga, entre otras cosas, descuidó el tratamiento y contención de la pandemia de Covid-19, tal vez suponiendo que nada lo podría sacar de la presidencia antes de tiempo. Pensó, que su falta de cuidado, exageraciones, insultos y mentiras no tendrían consecuencias. Que bastaba vencer en la batalla por las percepciones para ganar la reelección.

Se excedió, asimismo, al cuestionar el viejo sistema electoral estadunidense, por lo que gradualmente se va quedando solo, abandonado por sus propios correligionarios republicanos y demás cercanos y por los medios que se atrevieron a interrumpir la transmisión del discurso donde acusó la comisión de un fraude en su contra, basado en teorías conspirativas para azuzar a sus seguidores a defender su voto por él.

Sin embargo, las razones y procesos aquí expuestos permiten sostener que el triunfo electoral de Trump en 2016 no fue una coincidencia. Que su aparición y él mismo no son una anomalía discordante con la continuidad de una vida política democrática que transita entre el Partido Demócrata y el Partido Republicano y que su derrota no necesariamente permitirá volver a la “normalidad” política.

La estrategia político-mediática de Trump con su grandilocuencia, agresividad, verdades, verdades a medias y conjunto de mentiras le permitió captar la simpatía y el apoyo de millones de ciudadanos que hoy bien podrían configurar la base del “trumpismo”.

No se sabe si este nuevo fenómeno apoyado por más de 70 millones de votantes se consolidará, si evolucionará y hacia dónde, si será la fuerza que Trump pueda manipular para boicotear el gobierno de Biden y preparar su regreso a la Casa Blanca en 2025. Se ignora también si, con Trump o sin él, las personas que lo forman se negarán a volver a la resignación de una vida precaria matizada por la nostalgia de los tiempos idos.

Ivonne Acuña Murillo
Ivonne Acuña Murillo

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.


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