Necesitamos una matria: reflexiones sobre la construcción de una política materna. Autora: Yunuen Díaz

A pocos días de los festejos patrios, me parece oportuno proponer una reflexión sobre el lenguaje y las políticas de mundo. Me interesa en este contexto pensar en la palabra “patria” y en las prácticas sociales, culturales y políticas implícitas en ella.

“Patria” proviene etimológicamente de la palabra “padre”, se usaba entre los romanos para hacer referencia al lugar de procedencia del progenitor, de este mismo vocablo derivan los términos “compatriota”, aquél que comparte la tierra paterna y “patrimonio”, que designaba al padre como el único dueño de los bienes materiales e inmateriales en una familia. “Patricios” se les nombraba en la Antigua Roma a los ciudadanos descendientes de los primeros fundadores, implicaba una posición de nobleza y poder. Por ello hablar de patria no es sólo referirse al territorio en masculino, sino legitimar una cultura edípica donde lo materno es borrado (el apellido de familia de la madre no se hereda) mientras que lo paterno es ensalzado.

La sociedad occidental ha asociado la figura paterna con todo aquello que denota importancia: el padre es la representación simbólica del poder, de la soberanía, de la presencia legítima en el espacio público, de la posesión de bienes y de la voz discursiva, como bien lo ha estudiado Mary Beard.

Sin embargo, cuando la psicoanalista y teórica Julia Kristeva se pregunta: ¿Qué es lo que todos queremos? Ella misma responde: una madre. La madre como figura nutricia, como fundamento afectivo, como persona primaria que nos hereda el lenguaje pero, sobre todo, como apunta Sonia Montecino, como figura política que “restaura el equilibrio situándose real y simbólicamente en el polo de la vida”. Una reconfiguración apremiante en una época de necropolítica.

La matria sería entonces una inversión de las normas como apunta Natalia Toledo Jofré. En una normalidad atravesada por la violencia, los feminicidios, la competencia extrema, el extractivismo y la explotación de los demás, la construcción de la matria sería una propuesta de reformulación epistemológica. Si uno de los lemas latinoamericanos ha sido “patria o muerte”, podríamos cambiarlo ahora por “matria y vida”.

La irrupción en el espacio público de las madres con sus demandas no debería desconcertarnos. A los desaparecidos los buscan las madres, son ellas quienes se levantan ante la violencia que sufren las infancias, ellas representan la lucha por la vida. En la era del antropoceno, cuando los supervirus exponen la vulnerabilidad humana y la imposibilidad del Estado para gestionar la vida, la patria se vuelve una figura anacrónica. Pensar en una política maternal significaría revalorar el trabajo de las mujeres: las enfermeras, las maestras, las trabajadoras domésticas, las trabajadoras sociales, las madres, todas aquellas labores que hoy reciben salarios ínfimos y poco o nulo reconocimiento. Una política maternal significaría también alinearnos a la preservación de la vida impulsando el uso de energías renovables, procurando programas que promuevan la construcción de masculinidades no violentas, trabajando en la eliminación de la impunidad para reparar el tejido social, regulando las políticas de mercado que construyen sociedades de explotación desmedida.

No es que el cambio de una palabra por otra pueda transformar las realidades inmediatas pero el lenguaje, como enuncié en un principio, construye políticas de mundo. Imaginarnos cómo articular una matria sin construir esencialismos sería una tarea actual y pertinente. Ustedes, ¿cómo imaginan su matria?


Yunuen Díaz es escritora, gestora de proyectos culturales y académica de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, ganadora del Premio Bellas Artes de Crónica Literaria Carlos Montemayor (2019) y del Premio Nacional de Ensayo Joven de Tierra Adentro (2015).

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