Por: Ivonne Acuña Murillo
“Mal y de malas”, podría ser la frase para explicar la relación mujeres-pandemia. Cuando apareció el virus SARSCoV-2 que provoca la enfermedad conocida como Covid-19, la condición de millones de mujeres en el mundo ya era precaria. Como efecto neón, la pandemia iluminó las desigualdades que siempre han estado ahí y que se han profundizado a causa de la emergencia sanitaria.
Bajos salarios, sobrecarga de trabajo, responsabilidad casi única en el cuidado de niños, niñas, personas adultas mayores, limpieza de casa, falta de seguridad social, violencia doméstica, etc., son los grilletes que atan los pies de las mujeres y les obligan a abandonar, en caso de tenerlos, sus proyectos personales: estudios, trabajo, descanso, entretenimiento, etc.
Al fin y al cabo, las mujeres son educadas para servir a los demás, para poner siempre en segundo plano sus propias necesidades, para sacrificarlo todo por afectos malentendidos. Siendo el amor a sí mismas el primero en ser arrojado al bote de las cosas inservibles.
Cierto es que, algunas mujeres no cumplen adecuadamente con el rol socialmente asignado, pero cierto es también que existen instituciones y mecanismos que las obligan a desempeñarse como se espera, por las buenas o por las malas.
Las propias condiciones de vida y el contexto de machismo y misoginia obligan a las mujeres a ceñirse el vestido de la femineidad subordinada, empobrecida, excluida, sacrificada. Para la gran mayoría de ellas, no hay papeles estelares cuando se presenta una situación límite como la provocada por la pandemia y sus largos meses de encierro, de paro económico, de despidos masivos, de necesidades apremiantes, de clases a distancia. Los papeles secundarios, los de apoyo son los que se exigen de ellas.
Son las mujeres las que deben abandonar sus estudios, trabajo, actividades fuera de casa para cuidar a niñas y niños y vigilar sus estudios vía Internet, Radio o Televisión. De acuerdo con la “Consulta OpiNNA Nueva Normalidad”, realizada por el Instituto Nacional de Desarrollo Social (Indesol) y el Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes (Sipinna) aplicada a 578,174 personas, cuyas edades van de los 3 a los 17 años (54.4% mujeres y 45.3% hombres), publicada el 4 de diciembre de 2020, el 80% de quienes atienden la educación en casa son mujeres, contra 20% de los hombres.
Muchas mujeres abandonaron su trabajo para atender a la familia y muchísimas más perdieron su empleo como consecuencia de la disminución de la actividad económica y como resultado de las condiciones que previamente enfrentaban.
“La pandemia se ceba con la mujer trabajadora. Ellas tienen casi dos veces más de probabilidad de perder el empleo que los hombres”, afirmó Piergiorgio M. Sandri, en su artículo “El coronavirus ha mandado al paro a más mujeres que hombres”, del 26 de julio de 2020, publicado por La Vanguardia de Barcelona. Según datos de la consultora McKinsey, las mujeres ocupaban el 39% del empleo global, y a raíz de la pandemia el 54% de ellas perdió su empleo. Si los distintos gobiernos no atienden esta situación, la salida de la mitad de las mujeres del mercado laboral se traducirá en una reducción de un billón de dólares del Producto Interno Bruto (PIB) mundial.
A decir de Rebeca Grynspan, secretaria general iberoamericana, según reporte de la agencia de noticias EFE, las mujeres en América Latina tienen 50% más probabilidad de perder su empleo ante la crisis sanitaria siendo que, de por sí, ya participaban 25% menos en el mercado laboral que los hombres. Esto fue expresado por la secretaria general en el marco de “Mujeres incansables: Retos y logros para reinventarse en tiempos de crisis”, evento organizado en Madrid por la Fundación Microfinanzas BBVA.
Pero ¿por qué el paro económico forzoso tiene mayor impacto en el empleo femenino? El Fondo Monetario Internacional (FMI) ofrece cuatro posibles explicaciones:
Una, que un mayor porcentaje de mujeres que de hombres, trabaja en el sector social y de servicios (comercio minorista, turismo, eventos sociales) y en ramas de la administración pública (cuidados sociales y educación), áreas que representan el 60% de la fuerza laboral en todo el mundo. Estas son las actividades que han tenido que cerrar y en las que el teletrabajo no funciona (restaurantes, salones de belleza, etc.). Imagine usted a su empleada doméstica indicándole, vía Internet, como limpiar su casa. Y después piénsese pagándole por ello.
Dos, que más mujeres que hombres trabajan en el sector informal, especialmente en países subdesarrollados o emergentes, sin contar con seguridad social o definitividad en el empleo. El mejor ejemplo lo ofrece el comercio en vía pública.
Tres, las mujeres realizan el 75% de las actividades no remuneradas a nivel mundial. El trabajo doméstico, agrícola y de cuidados se reserva a las mujeres como parte de una supuesta naturaleza femenina más ligada al servicio de los otros que a sí mismas, por lo que sería “absurdo pagarles” por algo que viene en paquete al nacer.
Y qué decir de las posibilidades de volver a trabajar una vez que se ha perdido el empleo. En el mismo estudio realizado por McKinsey y citado por G. Sandri, en las familias con al menos un hijo menor de seis años el padre tiene tres veces más posibilidades de volver al trabajo que la madre.
Reforzando, en México había, en el mes de julio de 2020, 21.6 millones de personas sin empleo. De estos casi 12 millones perdieron su trabajo a causa de la pandemia, siendo las mujeres y los jóvenes, de 15 a 29 años, los más afectados. Así lo informa Acción Ciudadana Frente a la Pobreza, en un artículo de Infobae, “Coronavirus en México: casi 12 millones perdieron su empleo; mujeres y jóvenes los más afectados”, del 16 de julio.
Como en el resto del mundo, aunque las mujeres forman poco más de la tercera parte de la fuerza laboral en México, más de la mitad de ellas se ha quedado sin empleo.
Cuatro, en los países menos avanzados social y económicamente, las pandemias tienden a causar una mayor pérdida de capital humano femenino.
No sólo la pérdida de empleo afecta más a las mujeres. La deserción escolar es también otro factor preocupante. Una vez que las niñas dejan de acudir a las escuelas, es más difícil que vuelvan a matricularse. Por esta razón, desde que inició el confinamiento, en países como la India aumentó en un 30% el registro de familias que buscan un esposo para sus hijas, con el fin de asegurar su futuro ante un presente incierto.
En este contexto, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) prevé una mayor deserción de mujeres que de hombres en universidades en el futuro post Covid-19.
En entrevista para Infobae, Francesc Pedró García, sostuvo que el caso de América Latina es más preocupante aún. Volverán menos mujeres que hombres a las aulas, ya que ellas “serán más reclamadas por los hogares por razones vinculadas al papel histórico que por desgracia se les ha asignado”. La cita fue tomada de “Habrá una mayor deserción de mujeres que de hombres en universidades en el futuro post COVID-19: UNESCO”, publicación del 14 de octubre.
Un factor más que pone a las mujeres en desventaja durante la pandemia es que ellas ocupan más puestos de trabajo de alto riesgo frente al coronavirus. 20.8 por ciento, contra 16.1 por ciento, de los hombres. Así lo afirmó un conjunto de expertas en el seminario virtual sobre “Trabajo y desigualdades de género en el contexto de Covid-19”, reportado por José Antonio Román, en el artículo de La Jornada, “Más mujeres que hombres, en trabajos de alto riesgo por el Covid-19”, del 24 de junio de 2020.
No hay mejor ejemplo que las enfermeras, quienes en los hospitales están en contacto directo con la gente infectada, y las mujeres que, en casa, deben cuidar de sus familiares enfermos, aunque nadie les pague por hacerlo.
No puede terminar esta colaboración sin mencionar el aumento que ha tenido la violencia doméstica una vez fue declarado el encierro necesario.
“A veces siento que todo esto es una pesadilla y que tarde o temprano me despertaré, pero la pesadilla nunca termina y no sé cuánto tiempo más podré aguantar”, dijo una mujer al Fondo de Población de las Naciones Unidas, como puede consultarse en el texto “Víctimas de la violencia doméstica atrapadas durante la pandemia”, publicado en el sitio de Naciones Unidas.
Las denuncias se multiplican a nivel mundial. El encierro obliga a las mujeres a convivir con su agresor por más tiempo sin aparezca en el horizonte una salida.
En la página del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), bajo el título “¿No hay lugar más seguro que el hogar?: El aumento en la violencia doméstica y de género durante los confinamientos por COVID-19 en ALC”, fechado el 3 de noviembre de 2020 y firmado por Luis Felipe López-Calva, se pueden encontrar datos de cómo en diversos países de América Latina se han incrementado las llamadas de auxilio y denuncia por violencia intrafamiliar. El aumento varía de país a país en un margen que va del 30 a más del 100%.
En lo que respecta a México, el aumento es preocupante. De acuerdo con la redacción de Animal Político, a cuatro meses de iniciado el confinamiento se registraba ya un incremento del 81% en la violencia doméstica ejercida en contra de mujeres, niñas y niños, según datos de la Red Nacional de Refugios, AC (RNR).
En el mismo sitio electrónico, se sostiene que: “Octubre rompe récord de violencia familiar: hubo más de 20 mil denuncias en México”, reportaje del 25 de noviembre de Itxaro Arteta.
Con seguridad, muchos otros ámbitos de la vida de las mujeres se han visto afectados por la pandemia de Covid-19, pero basten los ejemplos mencionados para sostener que la de ambos es “una mala relación”.







