“Muertos que dan gozo y muertos que duelen”. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Foto: Xinhua

Como socióloga amante de la historia y la arqueología, el misterio al fin, recibí con un salto de gozo en el corazón la noticia de que se habían descubierto en Egipto 27 sarcófagos, con al menos 2,500 años de antigüedad, en el fondo de un pozo en la necrópolis de Saqqara, al suroeste de El Cairo, Egipto.

Los sarcófagos se encuentran sellados por lo que se presume que en su interior se encuentran intactos los cadáveres de sus ocupantes. Extraordinaria y emocionante noticia se si considera que en múltiples ocasiones las tumbas exhumadas han sido previamente saqueadas y destruidas gran parte de las pistas que llevarían a reconstruir con mayor fidelidad la vida, costumbres, hábitos, rango, posición social del muerto o muerta en cuestión.

Para aumentar el gozo, en la página de la cadena Deutsche Welle (DW) dicha noticia iba acompañada de tres más: “Encuentran en Egipto momias de cachorros de león y otros animales”, “Descubren tumba de 4,400 años de antigüedad cerca de pirámides de Egipto”, “Tumba de hace 3,500 años fue descubierta en Egipto”. Era demasiado para un solo momento. Parecía el sueño cumplido de una mente científica: un ataúd, un cuerpo, una ofrenda, una vida, una muerte intactos.

Curiosidad muy humana la de querer saberlo todo, de reconstruir el pasado para vivirlo y revivirlo, en la medida de lo posible, ante la incapacidad física de viajar al pasado.

Imperiosa necesidad de reconocernos en quienes vivieron antes, en sus imágenes, vestidos, cabellos, artefactos de uso ritual, guerrero y cotidiano.

Loca insistencia por entender su escritura para mirarnos a través de sus pasiones, sentimientos y razones. En aquello que les hacía reír, amar, sufrir, llorar, latir, soñar.

No hay dolor que acompañe lo vivido por gente de carne y hueso siglos atrás. Por lo menos no hasta conocer los detalles. ¿Murió joven o a edad avanzada, sufrió o no, rápidamente o después de una larga agonía, por razones naturales o de manera violenta? ¿Recibió al morir la atención debida, acompañada de los rituales de la época para asegurar su trascendencia a una vida superior o no?

¿Pudieron sus familiares acompañarle y ofrecer a sus restos el tratamiento respetuoso que acompaña la certeza y la paz de saber dónde descansa quien en vida llevó un nombre y una identidad?

En ese gozo estaba, cuando otra información produjo un segundo vuelco al corazón, no de gozo esta vez, sino de dolor. La memoria del horror, el recuerdo abrupto de aquello que, aunque se quiera, no se puede olvidar, la tristeza y las lágrimas arrancadas por empatía ante los datos fríos de una tragedia. La investigación realizada por Efraín Tzuc y Marcela Turati para Quinto Elemento Lab, denominada “Un país rebasado por sus muertos”.

De los muertos y muertas de hoy, de ayer, del mes pasado. De aquellos y aquellas sin nombre, sin identidad, sin familia, sin historia. ¿Cómo podrían tenerla si no han sido identificados? Si sus madres, padres, hermanos, hermanas, amigos, amigas, pareja no tienen idea de dónde están, si están vivos o no, si sufren o no, si duermen, comen, descansan, si tienen miedo, si tienen esperanzas de volver a casa y continuar sus vidas donde las dejaron.

Y no son las personas asesinadas que permanecen en alguna fosa clandestina, ni aquellas cuyos huesos están ocultos bajo tierra o el cemento de una construcción o yacen esparcidos en algún desierto, cerro o campo de cultivo, sino de quienes desbordan los Servicios Médicos Forenses (Semefos), espacios gubernamentales dedicados a resguardar, identificar y entregar los cuerpos de quienes han muerto lejos de casa.

“Más de 38 mil 500 cuerpos no identificados han ingresado a los servicios médicos forenses del país para terminar en cámaras frigoríficas, fosas comunes o escuelas de medicina; algunos, incluso, fueron desaparecidos en los registros estatales, dejados en funerarias, o incinerados. Esta investigación revela la magnitud de la crisis forense que atraviesa el país”, reportan Tzuc y Turati.

En 2019, fueron reportados 38 mil 891 cuerpos sin ser identificados, en contraste con los 178 de 2006, año en que un presidente de la República, Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, decidió declarar la guerra en contra del narco y la delincuencia organizada. ¿Coincidencia? Lo dudo. En total, Quinto Elemento Lab reconoce 289 mil personas asesinadas de 2006 a 2019 y 73 mil personas desaparecidas.

Como muestra Quinto Elemento Lab, el incremento fue gradual pero constante. De los 178 de 2006 se pasó a los 433 de 2007, a los 4 mil 408 de 2018 y los 4 mil 905 de 2019. Calderón heredó a México 9 mil 349 cadáveres anónimos y Enrique Peña Nieto, 17 mil 590.

Escalofriante cifra si se expone en el contexto del número total de personas asesinadas en el país desde 2006. Se calcula que en el sexenio de Calderón fueron asesinadas, como resultado de la guerra declarada por el exmandatario, 64 mil 786 personas según datos de la misma administración, 83 mil de acuerdo con el Semanario Zeta.

En el periodo de Peña Nieto, la cifra ascendió a 156 mil 437 homicidios, 34 mil 824 más que en la administración de Calderón, de acuerdo con la nota de El Universal, “Sexenio de EPN, el de más asesinatos: Inegi”, del 26 de julio de 2019. Lo anterior supone que se queda corta la cantidad de personas asesinadas reconocida por el expanista y el semanario citado, pues una simple resta da 121 mil 613, casi el doble de lo reconocido por Felipe de Jesús. 56,827 personas asesinadas habrían quedado fuera de sus registros. ¿A propósito? Tal vez.

Mientras que, en lo que va del sexenio de Andrés Manuel López Obrador, el avance no parece declinar, pues en los primeros 20 meses de esta administración han sido asesinadas 59 mil 451 personas según datos proporcionados por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP). Si la cifra no baja sensiblemente se podría calcular en alrededor de 214 mil personas asesinadas hacia el final de este gobierno. Muy temprano aún para decirlo y a tiempo para tratar de revertir la fatídica tendencia.

En este contexto, cobra relevancia la saturación que desde 2008 presentan algunos Semefos en varias partes de la República Mexicana, dada la falta de infraestructura, personal, recursos, cementerios forenses y protocolos homologados para la conservación de cadáveres. Hacia mediados de 2019, 263 anfiteatros tenían 8 mil 116 cuerpos, cuando su capacidad instalada sólo permitía almacenar 5 mil 171 cuerpos. Hacia finales del mismo año, 44 de 177 Semefos en todo el país denunciaron estar desbordados.

Peor aún, continuando con la investigación de Quinto Elemento Lab las autoridades forenses de Coahuila, Jalisco, Nuevo León, Oaxaca, San Luis Potosí, Tamaulipas, Tlaxcala y Zacatecas, no pueden aclarar el destino que tuvieron 999 cadáveres recibidos por sus propios peritos, en los últimos años. Se perdieron en el sistema, se reconoce.

Es dantesco el escenario en el que los muertos se acumulan sin que los servicios públicos, ni aún los privados, puedan atender la demanda de pruebas de ADN, de autopsias, de identificación, de archivo de datos siguiendo las directrices de la ciencia forense (expedientes con nombre, si se conoce, fotografía, huellas dactilares y análisis de ADN).

De locos se diría, ni como atender todas las peticiones de quienes buscan desesperadamente a sus seres queridos, vivos mientas aun hay esperanza, muertos cuando se ha perdido. Cómo responder cuando 27 mil 271 cuerpos se encuentran en fosas comunes sin haber sido identificados, cuando 2 mil 589 fueron donados a universidades y 954 reposan en urnas funerarias reducidos ya a cenizas. Sólo había esperanza para las familias de los 5 mil 446 cuerpos que permanecen en las cámaras frigoríficas de los Semefos.

De ciencia ficción, cuando las autoridades de diversos municipios como Acapulco Chilpancingo, Xalapa, Tijuana, Tamaulipas y Guadalajara, ante la magnitud del fenómeno, decidieron contratar tráileres para depositar los cuerpos que ya no cabían en sus frigoríferos, las planchas del anfiteatro o las cajas para cadáveres.

Y, en un intento por disimular la crisis, enviarlos a recorrer las calles de los municipios en espera de un espacio y la oportunidad de una autopsia y la identificación de quien corrió con suerte tan grotesca. Uno de estos casos puede constatarse en la investigación “Jalisco: La verdad de los “tráileres de la muerte”, realizada por Darwin Franco, Fara González, Fernanda Tapia, Aranza Gallardo y Samantha Vargas.

Una opinión puede leerse también en el artículo “México: cuando las personas se tornaron cuerpos” de quien esto escribe, publicado por Prensa Ibero el 21 de septiembre de 2018, y donde se comenta:

Cuerpos chorreantes, cuya sangre sirve de decoración profana a los dos tráileres como si se tratara de las llamas que se dibujan sobre los autos deportivos. En estos macabros vehículos se pretendió contener el fétido olor, el proceso de descomposición, la dolorosa despersonalización de los cuerpos que se acumulan sin que nadie pueda siquiera “deshacerse de ellos velozmente”, cuantimenos detener la muerte que, como en el cuento de Julio Cortázar, ha tomado la casa.

Pero, la tragedia no se detiene aquí. Como indican Turati y Tzuc, miles de los cuerpos que alguna vez alcanzaron la calidad de personas han desaparecido para siempre en fosas comunes, en crematorios públicos o privados, en el traslado a otras instalaciones, en las escuelas de medicina y sus propios quemadores, en el anonimato que arrebata a quien les busca la certeza y el consuelo de saber en dónde descansan los restos de sus muertos, de sus muertas. “Pérdidas administrativas”, les llaman.

De “daños colaterales” pasaron a ser etiquetados como “pérdidas administrativas”. ¿Perdidas por quién? Por un sistema que, hasta hoy, es incapaz de asimilar la magnitud de la tragedia, y cuya “emergencia forense” reconocida así por el actual Subsecretario de Derechos Humanos, Población y Migración Alejandro Encinas Rodríguez, es sólo la punta del iceberg.

Emergencia iniciada por la ambición de aquel que no quiere dejar la política y aun abriga la esperanza de una curul y, con ella, del fuero que le proteja cuando se le exija responder por sus criminales decisiones.

Pérdidas, aunque hayan sido identificadas y a pesar de que sus madres se hayan encontrado en el mismo edificio y sólo les separara de “sus muertas” un muro y una puerta, como reportan Tzuc y Turati. No se entiende si por indolencia, complicidad, corrupción, falta de personal, protocolos, empatía o humanidad frente al dolor de otros.

Como aquella madre cuya hija estuvo en alguno de esos tráileres hasta el momento en que, en avanzado estado de descomposición, fue entregada a su familia sin que ya fuera posible velarla y despedirla como se hubiera querido. O el de tantas otras a quienes se entregan cadáveres que no corresponden con su búsqueda o miembros de cuerpos que no pertenecen a sus seres queridos.

Por estos muertos no se puede sentir el gozo que provocan aquellos depositados en sarcófagos hace más de 2,500 años. Enviados al más allá con la pompa correspondiente, con un nombre y una historia y todos aquellos artefactos que harían cómoda su vida después de la muerte.

Sin la posibilidad de despedirlos siguiendo las propias creencias y rituales, con la dignidad que merece quien algún día fue reconocido como un “ser humano”. Con el tiempo y la probidad que dan paso a un duelo que ha de ser vivido y recordado. Sin la tortura de preguntarse cada día, cada noche, cada cumpleaños, cada festejo familiar en dónde están, que habrá sido de ellas, de ellos.

Sin el dolor que se recrea en la película “Santitos” de 1998, dirigida por Alejandro Springall, protagonizada por Dolores Heredia y basada en la novela homónima de María Amparo Escandón, en la que una madre nunca pudo ver el cadáver de su hija adolescente, por lo que no puede dejar de buscarla entre los vivos, una y otra vez, una y otra vez.

Aunque los muertos que desbordan los Semefos estatales también despiertan la curiosidad humana por conocer sus nombres, sus identidades, sus últimos momentos, su historia, no conllevan la misma emoción que suscita el conocimiento del pasado.

Tal vez, si los restos de algunos de ellos o ellas son encontrados dentro de los mismos 2,500 años, el gozo y la curiosidad vuelvan con la fuerza que hoy despiertan los sarcófagos egipcios. Pero no hoy, cuando el dolor y la angustia de quienes les aman se intensifica ante la ausencia, cuando son el recordatorio de un país que se desangra, cuando muertos y muertas que duelen son el espejo en el que nadie quisiera verse.

Ivonne Acuña Murillo
Ivonne Acuña Murillo

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.

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