Por: Ivonne Acuña Murillo
Afirmar que “en México la seguridad, integridad y vida de las mujeres valen madres” no es un mero recurso literario o efectista, es una realidad. Uno de los casos más recientes y conocidos por su viralización en redes sociales es la desaparición y asesinato de Debanhi Susana Escobar Bazaldúa, jovencita de 18 años vista por última vez en el lugar en que un taxista de aplicación, Juan David Cuellar (nombre proporcionado por el padre de la joven, Mario Escobar) la abandonó, después de acosarla sexualmente (según información proporcionada por el mismo señor Escobar), en la madrugada del día 8 de abril, en la Colonia Nueva Castilla en Escobedo, Nuevo León, kilómetro 15 de una zona conocida como la “Carretera de la muerte”.
Se sabe que durante 2021 desaparecieron al menos 77 personas en el tramo carretero de 219 kilómetros que va de Monterrey a Nuevo Laredo. Entre los desaparecidos hay 31 choferes de tráiler, 32 conductores de autos particulares, ocho choferes de empresas privadas, tres conductores de Didi, dos de Uber y un taxista. La mayor parte de las víctimas fueron hombres de entre 18 y 40 años, originarios de Nuevo León, Tamaulipas, Coahuila, Estado de México, San Luis Potosí y Veracruz (“Carretera de la muerte: el terrible apodo del tramo en donde desapareció Debanhi Escobar”, Infobae, 19 de abril de 2022).
De acuerdo con el portal Transporte.Mx, el 12 de abril de 2021 tres integrantes de una familia originaria de Texas, Estados Unidos, fueron hallados sin vida al interior de un depósito de agua (si otro) en el municipio de Anáhuac en Nuevo León. Su desaparición, ocurrida mientras viajaban por la mencionada carretera, fue reportada por integrantes del Buró Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés).
Igualmente, cabe recordar que en esa misma carretera se encontró lo que se ha denominado “un centro de exterminio”, un enorme horno crematorio donde, por años, han sido desaparecidos los restos de cientos de personas. (“Autoridades hallan en Nuevo Laredo un centro de exterminio del crimen organizado”, Expansión Política, 30 de septiembre 2021).
Sin embargo, Debanhi es tan solo una de los miles de mujeres desaparecidas primero y asesinadas después en nuestro país. De acuerdo con el informe semestral “Búsqueda e Identificación de Personas Desaparecidas”, elaborado por la Secretaría de Gobernación, del 1 de enero al 30 junio de 2021 las mujeres representaron el 24.70% de las personas desaparecidas de todas las edades. Sin embargo, en el grupo de menores de 18 años, las niñas y mujeres adolescentes representaron un 55.30% de las personas desaparecidas, la mayoría de ellas en un rango de edad que va de los 10 a los 17 años.
Pero, no se piense que encontrarse fuera del rango de edad mencionado proporciona a las niñas y mujeres la seguridad de no sufrir una violación, desaparición o asesinato. Ninguna está a salvo. Sin importar la edad, el color de piel o de cabello, la estatura, la complexión física, la ocupación, la entidad en que se habita, el estado civil, el nivel socio económico al que se pertenezca, (a menos que se forme parte de la gente más rica y protegida del país) o ninguna otra variable sociodemográfica, solo dos condiciones se necesitan para ser víctima potencial de uno de los delitos mencionados: ser mujer y la oportunidad para ser violentada.
Da lo mismo ser alta o bajita, blanca o morena, gruesa o delgada, joven, madura o vieja, pobre o de clase media, trabajadora, ama de casa o estudiante, vivir en zona rural o urbana. Aunque ciertamente, hay que decirlo, ser morena, pobre y vivir en zonas rurales ofrece una oportunidad mayor para quien atenta contra la seguridad, integridad y vida de las mujeres. Solo se requiere de “la oportunidad” para hacerlo. Oportunidad derivada del odio que en contra de las mujeres se genera en una sociedad que sigue teniendo como sustrato histórico una cultura patriarcal, machista y misógina que coloca a las mujeres en un lugar subordinado y las concibe como seres de segunda destinadas a satisfacer los deseos sexuales de los hombres. A esto se suman los altísimos y escandalosos niveles de impunidad vividos en al país, 98 por ciento, la ingobernabilidad y la incapacidad del Estado para cumplir con su función primordial: brindarle seguridad física y patrimonial a la población, sean mujeres o sean hombres.
Nada importa. La entidad federativa de residencia, estar sola en la calle o en casa, sea de mañana, tarde o noche, si se va a casa, al trabajo, a caminar, a divertirse, a visitar, a comprar algo, a estudiar o a buscar empleo. Sea como sea, se cobra a las mujeres el atrevimiento de pretender ser iguales en derechos a los hombres y tener las mismas posibilidades de desarrollo. Poco interesa, pues la seguridad, integridad y vida de las mujeres en México valen madres.
Escuchar a un padre, Mario Escobar, pedir perdón a su familia por haber confiado en la justicia y en que las autoridades harían todo por encontrar viva a su hija es solo la punta del iceberg, únicamente un indicador de que el Estado mexicano le ha fallado a las mujeres.
Cuando hablo del Estado me refiero a los tres poderes reconocidos por la teoría política clásica, a saber: ejecutivo, legislativo y judicial; a los tres niveles de gobierno: federal, estatal, municipal; a las policías: municipales, estatales y federales; a la Guardia Nacional; a la Fiscalía General de la República; a las fiscalías estatales y a las fiscalías especializadas en delitos sexuales; a los ministerios públicos y a todas las instancias encargadas de investigar los casos de desaparición de mujeres, pero sobre todo y antes de eso, encargadas de asegurarse que tengan una vida libre de violencia. Es decir, no estoy hablando del Estado en términos abstractos sino como el ente político que cuenta con facultades, instituciones y recursos para cumplir con su obligación primigenia.
“Mi hija está muerta y no sé qué hacer. Estoy molesto porque me equivoqué, creí en la fiscalía, repito, en la Fiscalía”, dijo el padre de la desafortunada Debanhi. Pero, qué se podía esperar de las autoridades en Nuevo León cuando su propio gobernador, Samuel García, y su esposa, la influencer Mariana Rodríguez, pasan el tiempo grabándose en redes sociales, como si gobernar fuera hacer un performance cada día, y cuando el fiscal general de la entidad, Gustavo Adolfo Guerrero, dio a entender que las desapariciones de mujeres jóvenes se relacionan con una decisión voluntaria, producto de su rebeldía y de la falta de comunicación con sus padres. En el mismo sentido, Aldo Facsi, secretario de Seguridad Pública, minimizó el problema al decir que “las desaparecidas eran jóvenes que se habían olvidado de avisar a su mamá que se iban” (Redacción, “Fiscal de Nuevo León atribuyó las desapariciones a la ‘rebeldía’ de las víctimas: ‘son una decisión voluntaria’”, TodoNoticias.mx, 21 de abril de 2022).
Como expresar la indignación que estas declaraciones provocan para no tener que decir “que poca madre” la de estos funcionarios en cuyas manos se encuentran la vigilancia de la seguridad, integridad y vida de las mujeres. Pensando un poco, se puede ser políticamente correcta y escribir: “De desafortunadas podrían calificarse las declaraciones, tanto del fiscal general como del secretario de Seguridad Pública del estado de Nuevo León, en torno a que las desapariciones de mujeres jóvenes en la entidad se relacionan con una mala comunicación al interior de las familias, la cual provoca olvidos para avisar a mamá que se llegará tarde o de plano no se llegará”.
Sin embargo, el lenguaje políticamente correcto no alcanza para mostrar la indignación, el dolor, la impotencia, la rabia que provoca la ineptitud, la indolencia, la complicidad y, hay que decirlo de nuevo la “poca madre” de estos funcionarios, que con estas declaraciones buscan obviar su responsabilidad como encargados de que se haga justicia culpando a las familias, a los padres, a las madres de la desaparición de sus hijas.
Es doloroso y aterrador enterarse cada semana, cada día, cada hora de la desaparición, violación y/o asesinato de una niña, de una adolescente, de una mujer joven, madura o vieja. De nuevo, fatalmente ninguna está a salvo pues la seguridad, integridad y vida de las mujeres en México valen madres.
Que infinitamente triste es escuchar a Mario Escobar, padre de Debanhi, decir: “Me equivoqué por creer en la fiscalía. Pido perdón a mi familia, pido perdón a mucha gente que creyó en mí, que creyó en mi esposa. Fueron muchos días y la fiscalía no hizo su trabajo correctamente.” No basta con sufrir la norme pena de haber perdido a su única hija en circunstancias tan infames, ahora debe cargar también con la culpa de haber puesto su confianza en las autoridades “competentes”, las cuales encontrarían con vida a Debanhi.
Todo fue una farsa. Cómo puede ser creíble que su cadáver apareciera en un lugar, una cisterna supuestamente abandonada, que había sido revisado en varias ocasiones al encontrarse tan solo a unos metros de donde ella fue vista por última vez, como refiere una fotografía tomada por el sospechoso chofer que la dejó en la “carretera de la muerte”.
Todo fue una burla. Decir que la joven sufrió un accidente y que llegó a la cisterna por su propio pie, salvando una serie de obstáculos, para caer luego en ella y ahogarse, pasando por alto los golpes que presentaba en la cabeza y en el rostro, así como el supuesto abuso sexual sufrido antes de morir, es “no tener madre”.
Todo fue un montaje. Como aquel actuado en el caso de la niña Paulette Gebara Farah, cuyo cadáver fue encontrado entre el colchón y la piecera de su cama, después de que se hizo una búsqueda exhaustiva en dicho lugar, para después afirmar que se murió solita enrollada y asfixiada por su cobija. Montaje armado a partir de suponer que la familia de Debanhi y la ciudadanía en general somos idiotas, por no decir “pendejos” (tontos, estúpidos). Les faltó decir que Debanhi abusó de sí misma antes de lanzarse de cabeza a la cisterna. Que “poca madre”, armar semejante versión para confundir a su familia y a la opinión pública.
Esta absurda versión fue complementada con una disculpa igual de ridícula por los errores cometidos en la búsqueda: “falla humana masiva” por no haber visto antes a Debanhi ahogada en la cisterna; “falla humana masiva” por no haber percibido el fuerte olor que se desprendía del cadáver, aquí habría que decir que se trató también de una “falla canina masiva”, pues ni los perros percibieron el fuerte olor a cuerpo en descomposición en las diversas ocasiones en que se acudió al motel en donde se encuentra dicha cisterna.
Vaya manera de inventar frases y situaciones irracionales con tal de evadir la responsabilidad en una investigación mal realizada, por decir lo menos. No es creíble que Debanhi se halla ahogado así nomás después de haber sido acosada sexualmente y abandonada en plena “carretera de la muerte”, que no se supiera de ella por días y días, que solo fuera captada por las diversas cámaras de seguridad de la zona en momentos previos a su desaparición y que de la nada se borraran horas cruciales para conocer su paradero. No es creíble que de pronto apareciera su cuerpo con signos de violencia física y sexual en un lugar en el que ya se había buscado.
No hace falta pensar mucho para preguntarse: ¿qué fue de Debanhi en los días en que no se supo nada de ella? ¿quién o quiénes la mantuvieron retenida? ¿en qué momento ocurrió su muerte? ¿qué papel desempeñó el chofer que supuestamente acosó, fotografió y abandonó en la “carretera de la muerte”? ¿la ofreció él como “mercancía” a algún grupo de la delincuencia organizada? ¿abusó de ella y luego la mató? ¿por qué no está detenido como principal sospechoso de su desaparición y asesinato? ¿son las autoridades encargadas del caso cómplices en la desaparición, abuso y asesinato de Debanhi? ¿protegen a alguna banda del crimen organizado? ¿colocaron el cuerpo de Debanhi en la cisterna para que tanto su familia como la opinión pública dejaran de presionar al gobierno de Nuevo León y cerrar el caso argumentando un supuesto accidente?
Con seguridad, si el papel de las autoridades va más allá de una supuesta “falla humana masiva” nunca lo sabremos.
Lo que sí sabemos es que otro padre en Nuevo León, Gerardo Martínez, busca a su hija, Yolanda Martínez Cadena de 26 años, quien el 31 de marzo salió a buscar trabajo, en Apodaca, y no volvió. El señor Martínez ayudó, por cierto, a cargar el féretro de Debanhi.
Lo que sí sabemos es que, como ellos, miles de madres, padres, hermanos, hermanas, abuelas, abuelos, novios, esposos, parejas, amigas, amigos buscan desesperadamente a alguna mujer desaparecida.
Lo que sí sabemos es que toda mujer en México debe vivir con el miedo de ser violada, desaparecida, asesinada sin que exista autoridad capaz de frenar el terrible fenómeno que ha enlutado y enlutará a miles y miles y miles de familias en este país.
Lo que sí sabemos es que ser mujer en México conlleva un peligro latente.
Lo que sí sabemos es que México es uno de los peores lugares del mundo para ser mujer.
Lo que sí sabemos es que quienes culpan a las mujeres y sus familias de tan atroces destinos, sean gobernantes o funcionarios públicos, “no tienen madre”.
Lo que sí sabemos es que la seguridad, integridad y vida de las mujeres en México “valen madres”.
Mirada desencantada
Para concluir cabe decir que el título de esta colaboración no se deriva solo de la rabia, la indignación y el dolor que la desaparición, abuso y asesinato de Debanhi y miles más como ella despiertan, sino de un cálculo basado en la experiencia en relación con los títulos que funcionan o no. Esto es, hubo que pensar en las palabras correctas para que las y los lectores se sientan atraídos hacia el artículo y se decidan a leerlo. La exploración no fue ociosa, toda vez que cuando escribo sobre política, de AMLO en particular, el número de likes se eleva importantemente (11 mil es mi marca), pero cuando escribo sobre feminismo y mujeres el número de likes generalmente no rebasa los 100.
Aquí es donde encuentro un importante indicador para afirmar que los temas de mujeres no son interesantes a la sociedad, ni a quienes deberían volcarse a las calles, escribir, gritar, acusar, exigir que los asesinatos y desapariciones de mujeres se detengan. Como lo harían si, por principio, no se dan el tiempo de revisar aquellos escritos en los que se denuncia, analiza y comparte información al respecto.
No sé cuál será la recepción dada a este artículo, solo espero que el título arrastre a un número importante de lectoras y lectores, no para alimentar mi vanidad como articulista, sino para contribuir, desde mi trinchera, a alimentar la conciencia ciudadana en torno al infinito dolor, profundo horror, aumentada impotencia y terrible indignación que implica la desaparición y asesinato de una hija, hermana, madre, esposa, amiga, pareja, compañera, conocida, vecina.
Y no se interprete lo dicho como una disculpa por el uso, en este escrito, de expresiones como “valen madres”, “poca madre” o “no tienen madre” pues, en realidad, “me vale madres” que se piense que soy una “lepera”, “pelada”, “grosera”, “vulgar”, “feminazi”, “mal hablada”, “bruja” o “vieja loca o histérica” como se acostumbra calificar, en una sociedad patriarcal, misógina y machista, a las mujeres que levantan la voz para protestar, como ocurriera este fin de semana en diversas ciudades del país exigiendo justicia para Debanhi y todas las mujeres que han sido víctimas de semejante horror. En realidad, aunque se considere políticamente incorrecto, pienso y seguiré pensando, diciendo y escribiendo que tienen “poca madre” o de plano “no tienen madre” los funcionarios y gobernantes que culpan a las familias, a las madres, a los padres y a las propias víctimas por su violación, desaparición y asesinato.
Solo falta que lleguen al exceso de someter a juicio el cuerpo de la víctima, en el supuesto de que lo hayan encontrado, por su responsabilidad en un delito y, de ser hallado culpable, lo metan a la cárcel a purgar una condena.
¿Absurda y estúpida idea? Por supuesto. Pero, dado el nivel de entendimiento, compromiso, eficacia, y posible complicidad, de muchas autoridades mexicanas respecto de las violaciones, desapariciones y asesinatos de mujeres, bien puede ser una posibilidad para tener en cuenta.
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