Inicio Opinión Mirada desencantada | El infierno de las madres buscadoras. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Mirada desencantada | El infierno de las madres buscadoras. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Imagen ilustrativa. Foto: Cuartoscuro.

Por: Ivonne Acuña Murillo 

Una experiencia personal 

Hace algunos años fui de paseo con mi familia a Ixtapan de la Sal, localidad perteneciente al Estado de México. Por supuesto, no podíamos dejar de hacer una visita al Parque Acuático Ixtapan. Ya ahí, mi hijo mayor estuvo un rato mi hija y conmigo en una alberca de agua templada para luego irse a “Los rápidos”, atracción extrema situada hasta el fondo del lugar. Al poco rato de su partida comenzó a soplar un aire fresco por lo que decidí sacar a mi pequeña hija de la alberca y llevarla a las aguas termales situadas muy cerca de la entrada.  

Algunas horas habían pasado cuando mi esposo se ofreció a ir por nuestro hijo mientras nosotras nos alistábamos para volver a la Ciudad de México. Grande fue mi sorpresa cuando después de un rato él afirmó no haberlo encontrado. 

De inmediato pensé que no podía haber ido muy lejos pues yo me había quedado con sus chanclas y su toalla. Busqué a un vigilante para pedir que lo vocearan, pero no había bocinas en ninguna parte del sitio para hacerlo. Increíble, pero cierto. Emprendimos entonces la búsqueda. Nos separamos y mi hija y yo atravesamos el parque en dirección a la atracción donde se supone que estaría.  

Diez minutos transcurrieron en ese trayecto, los diez minutos más terribles, estresantes, angustiantes y asfixiantes de mi vida. Mi corazón latía a mil por hora y por mi mente comenzaron a pasar las ideas más descabelladas. Primero, imaginé que había golpeado su cabeza contra alguno de los muros de dicha atracción y se había ahogado; después, que tal vez se había liado a golpes con alguien y que estaba mal herido; finalmente, la mucha información que guardo, debido a mi oficio de analista política y articulista, me jugó en contra y me llevó a imaginar que había sido secuestrado y sacado del parque a no sé qué zona de los alrededores, en cuyo caso tomaría la decisión de acampar en el lugar hasta encontrarlo. 

En tan sólo diez minutos mi vida se derrumbó, se convirtió en un infierno, en un regreso a mis dogmas familiares para pedir a Dios que nada de lo imaginado hubiera ocurrido. Repetía en mi mente una y otra vez, a manera de súplica, que apareciera, que estuviera a salvo y bien. Lo confundí incluso con otra persona sentada en las bancas situadas en frente del juego mencionado y sentí honda desilusión al acercarme y corroborar mi error. 

Por fin, llegamos a donde debía estar y mi alma volvió al cuerpo cuando lo vi salir y avanzar sonriente hacia nosotras. Su padre no lo había encontrado pues salió del juego para comer una pizza en un puesto cercano. 

Se preguntarán, cómo se me ocurrió dejar solo, por horas, a un niño. Que merezco lo sucedido por irresponsable. Nada más alejado de la realidad, mi hijo en aquel entonces ya habría cumplido los 28 años. Mi hija, por el contrario, si era menor de edad, razón por la cual nunca me separé de ella. 

10 minutos bastaron para llevarme del cielo al infierno y no quiero siquiera imaginar el dolor de una madre, o un padre, que por horas, días, semanas, meses, años tienen que vivir sin saber dónde están sus hijas, sus hijos, qué fue de ellos, si viven o han muerto.  

Me llamo Hilda Leticia Rodríguez, y desde el 13 de septiembre de 2011 busco a mi hijo Alfonso. Yo fui de las personas que pensaban que esto nunca me pasaría a mí, porque sólo le pasaba a la gente mala o a la que se metía en problemas. Esta experiencia tan dura me ha enseñado a no juzgar, a entender que en este país a cualquiera nos pueden desaparecer, estamos en medio de una tormenta. (Raúl Márquez Romero y Wendy Vanesa Rocha Cacho (coordinadores), Nadie detiene el amor, Instituto de Investigaciones Jurídicas, Unam, Serie Doctrina Jurídica, No. 903, 2020). 

Ser madre buscadora 

Es un día como cualquier otro, ella se arregla, deja listo el desayuno y la comida, pues no sabe a qué hora volverá, se asegura de llevar lo necesario: botellas de agua, gorra, mascada, cubrebocas, una pala y un pico. Por supuesto, lo más importante no son las cosas materiales que pueden meterse en una bolsa, sino el corazón bien puesto y la férrea voluntad de seguir buscando por el tiempo que sea necesario y a pesar del esfuerzo físico que supone remover terrenos no conocidos, al que se agregan las intimidaciones, ya sea que vengan de las propias autoridades o de los grupos delincuenciales que amenazan a la población en buena parte del territorio nacional, especialmente cuando se ponen en evidencia los secretos, los acuerdos en lo oscuro, las complicidades, los contubernios, la indolencia, la ineficiencia, en fin, la incapacidad fáctica de un Estado que se resiste a ser considerado “fallido”, “tomado” o “débil”. 

La mañana avanza y la búsqueda continua. Hay que seguir las pistas que buena gente se ha arriesgado a dar o, en su defecto, lo que indican la inteligencia, la lógica, el azar, la información suelta que circula en medios o de boca en boca. Llega la tarde y nada aparece. El pico, la pala o la rama fuerte de un árbol entran y salen sin cesar de la tierra sin arrojar las amadas reliquias que informen que por fin la persona buscada ha sido encontrada. Llega la noche y es hora de volver a casa con las manos vacías y el alma en vilo. Hay que descansar y juntar fuerzas para volver a salir al día siguiente.  

La ropa que llevaba el día en que desapareció, un arete, una pulsera, un cinturón, un diente o una muela, el hueso de un brazo, una pierna o la cadera pueden ser analizados para identificar al cuerpo del que formaron parte cuando aún se mantenía con vida. Un tatuaje, una marca, una cicatriz, una señal que permita a las también llamadas “madres excavadoras” conocer el paradero de sus hijas e hijos desaparecidos. Amarga certidumbre, triste descanso, infinito recuerdo doloroso, amor sin regreso para el resto de sus vidas. 

Triple es la tragedia que viven las “madres buscadoras”, “las madres excavadoras”. La primera, desconocer de pronto dónde están sus hijas o hijos; la segunda, tener que buscar ellas mismas, escarbando la tierra con sus propias manos, enfrentando el  horror de encontrar no solo los restos de sus hijos e hijas sino los de otras madres, buscadoras o no; la tercera, enfrentarse a una autoridad indolente, cómplice o directamente relacionada con la desaparición y que, en el “mejor” de los casos es ineficiente o no hace lo necesario para encontrar a la persona desaparecida o que, en “el peor” de estos, no solo no busca sino que amenaza a la madre que si lo hace y, al mismo tiempo, tener que enfrentar las intimidaciones, las agresiones de las bandas delincuenciales involucradas en la desaparición y, en casos extremos, pasar de ser “buscadora” a “buscada” o de “viva” a “asesinada”. 

Una larga historia 

Esta infame y espantosa historia comenzó, en México, en la década de los setenta del siglo pasado siendo la primera madre buscadora, de manera colectiva, Rosario Ibarra de Piedra (1927-2022), en el contexto de la guerra secreta, sucia o de baja intensidad iniciada por el gobierno de Luis Echeverría Álvarez en contra de la guerrilla urbana, en especial de la Liga Comunista 23 de Septiembre, de la que su hijo Jesús Piedra Ibarra, desaparecido en 1975 a los 21 años, formaba parte.  

¡Eureka!, se llama el grupo fundado por Doña Rosario, el cual tiene una especie de correlato en las “Madres tejedoras” de Chile a quienes, entre 1970 y 1990, en plena dictadura militar de Augusto Pinochet, les fueron arrebatados cerca de 20 mil bebés, los cuales fueron entregados a familias chilenas de sectores de ingreso medio-alto a través de adopciones irregulares o fraudulentas y en las “Madres de la Plaza de Mayo”, colectivo creada en 1977 en Argentina para exigir al gobierno autoritario de Jorge Rafael Videla la aparición con vida de las personas desaparecidas. En los tres casos, fue el gobierno quien convirtió en condena la vida de cientos de madres vía la desaparición, la tortura y el asesinato de sus hijas e hijos. 

Décadas han pasado y la desaparición forzada, ejecutada por miembros del gobierno, lejos de desaparecer se suma ahora a aquella operada por las bandas del narco y el crimen organizado y, desafortunadamente, es México el caso paradigmático de tal tragedia. 

De acuerdo con datos recabados por Óscar Pérez-Laurrabaquio, desde marzo de 1964 la guerra sucia acumuló 905 personas desaparecidas: “10 (1 %) con Gustavo Díaz Ordaz (en promedio dos por año), 551 (61 %) con Echeverría Álvarez (92 por año), 268 (30 %) con López Portillo (45 por año), y 56 (6 %) con Miguel de la Madrid Hurtado (nueve por año).” El 89.9 % de estas 905 víctimas eran hombres entre los 20 y los 24 años de edad. En términos geográficos, Guerrero (56 %), Ciudad de México (11 %) y Sinaloa (6 %) concentraron el mayor número de personas desaparecidas. (“Acercamiento estadístico a la desaparición de personas en México: guerra sucia y guerra contra el narcotráfico”, Nexos, 23 de febrero de 2023). 

De 1964 a mayo de 2022 más de 100 mil personas habrían desaparecido en el país. Tan solo en el sexenio de Felipe de Jesús Calderón Hinojosa se registraron 17 mil personas desaparecidas, 31 mil en el de Enrique Peña Nieto y 31 mil, hasta el año pasado, en el de Andrés Manuel López Obrador. (Pablo Ferri y Constanza Lambertucci, “El país de los 100.000 desaparecidos”, El País, 17 de mayo de 2022). 

Hasta marzo de 2023, 3 mil, 926 personas más se han sumado al registro de desapariciones, de las cuales 2 mil 592 (66.02%) son hombres, 1 mil, 332 (33.93%) mujeres y 2 (0.05%) con género indeterminado. Las edades de los hombres desaparecidos van de los 15 a los 29 años, y de las mujeres, de los 15 a los 24. Las cinco entidades con mayor número de desapariciones son:  Estado de México (1040), Ciudad de México (363), Michoacán (323), Zacatecas (310) y Veracruz (217). (“¿Cuántas personas desaparecidas hay en México en 2023?”, #RuidoEnLa Red, 16 de marzo de 2023). 

Cabe recordar que cada vez que se habla de cifras no hay un acuerdo definitivo en torno al número de personas desaparecidas o “extraviadas” en México. Por ejemplo, la Comisión Nacional de Búsqueda, de la Secretaría de Gobernación, reconoce en su sitio oficial la cifra de más de 111 mil, hay incluso quienes apuntan a 280 mil como el dato verdadero (“Madres buscadoras que fueron asesinadas en México al tratar de encontrar a sus hijos”, Infobae, 3 de mayo de 2023). 

Para agravar la situación, a la desaparición forzada ejecutada por ciertos gobiernos se suman las acciones de grupos del narco y la delincuencia organizada que han secuestrado, traficado, desaparecido y asesinado a miles de personas. De esta manera, cientos de madres y familiares se han organizado para buscar a sus hijos e hijas desaparecidas. Es el caso del Colectivo Madres Buscadoras de Sonora, primer grupo que se fijó como objetivo esta búsqueda. Su trágica historia comienza con la desaparición, en 2015, de Alejandro Guadalupe, hijo de Cecilia Patricia Flores Armenta (Ceci Flores) y continúa en mayo de 2019 cuando también desaparecen Marco Antonio y Jesús Adrián, sus otros dos hijos. Entre estas desapariciones se da también la de Jesús Ramón Martínez Delgado, hijo de Cecilia Delgado, el 2 de diciembre de 2018, en Hermosillo, Sonora. Son estos hechos y la indolencia e inactividad de las autoridades en la búsqueda de sus hijos desaparecidos los que impulsan a Ceci Flores y otras madres a salir a buscar. A la fecha son más de 900 las mujeres que, tan solo en el estado de Sonora, se han unido para excavar y arrancar a la tierra los restos de sus seres queridos.  

En adelante y siguiendo este ejemplo otros colectivos han surgido, entre otros: Personas Desaparecidas de Pénjamo (Guanajuato), Ana Karen Vive, A.C. (Morelos), Corazones de Justicia (Sinaloa), Madres y Guerreras Unidas (Sonora), Unión de Colectivos de Madres Buscadoras (Tamaulipas). A decir de Karla Quintana Osuna, titular de la Comisión Nacional de Búsqueda, existen al menos 120 colectivos de madres buscadoras y familiares de desaparecidos en el país. (Shaila Rosagel, “Hay 120 colectivos de madres buscadoras y familiares que buscan a sus desaparecidos en el País: CNB”, El Imparcial, 29 de enero de 2021). 

Estos colectivos marcharan este 10 de mayo en lo que han llamado “Marcha por la dignidad” para exigir a los diferentes gobiernos la localización de sus hijas e hijos. 

Madres buscadoras asesinadas 

Pero, como si no bastara, la desaparición de una hija o un hijo no es el único destino fatal que una madre buscadora-excavadora puede enfrentar. Morir asesinada a manos de quienes les secuestraron y/o desaparecieron y, en muchos casos, les asesinaron es también una realidad que deben enfrentar. 

Vaya aquí como recordatorio de la infamia, pero también del valor de las madres buscadoras asesinadas la lista con sus nombres y el de aquellas personas en cuya búsqueda perdieron la vida. 

María Carmela Vázquez (46 años), perteneciente al colectivo Personas Desaparecidas de Pénjamo, fue asesinada a tiros a la puerta de su casa, situada en Abasolo, Guanajuato, el 6 de noviembre de 2022. Su hijo, Osmar Zúñiga Vázquez de 21 años, desapareció el 14 de junio de 2022.  

Blanca Esmeralda Gallardo (45 años), asesinada a tiros en la madrugada del 4 de octubre de 2022, cuando esperaba el camión que la conduciría a su trabajo, en la capital del estado de Puebla. Su hija Betzabé Alvarado de 22 años desapareció el 13 de enero de 2021, se cree que fue secuestrada junto con su amiga por una red de trata de personas con asiento en Tlaxcala. Le sobreviven su nieto, el hijo de Betzabé, y el segundo hijo menor de edad de la buscadora. 

Rosario Lilián Rodríguez Barraza (44 años), integrante de “Corazones de Justicia”, sacada de su casa el 30 de agosto de 2022 y asesinada en La Cruz, Sinaloa. Su hijo, Fernando Abixahu Ramírez Rodríguez de 21 años, desapareció en octubre de 2019. 

Ana Luisa Garduño Juárez (51 años), asesinada a tiros por un hombre en Temixco, Morelos. Su hija desaparecida fue hallada muerta el 28 de enero de 2012. Ana fundó el colectivo Ana Karen Vive, A.C., en honor a su hija, Ana Karen Huicochea Garduño de 17 años quien fue asesinada por su novio, Eduardo Villalobos Villanueva de 23 años, y para ayudar a familias de personas desaparecidas. 

Teresa Magueyal (66 años), integrante del colectivo “Una promesa por cumplir”, asesinada el 2 de mayo de 2023 afuera de un jardín de niños en Celaya, Guanajuato. Su hijo José Luis Apaseo Madrigal, de 34 años, desapareció el 6 de abril de 2020. 

Como puede observarse, no importa la edad del hijo o hija desaparecida, el dolor y el desasosiego siempre acompañan a esta tragedia. 

Otras personas cuyos asesinatos se relacionan con la búsqueda de un familiar son: 

Marisela Escobedo (52 años), fue asesinada el 16 de diciembre de 2010 frente al palacio de gobierno del estado de Chihuahua mientras protestaba por el asesinato, en agosto de 2008, de su hija Rubí Marisol Frayre Escobedo de 16 años a manos de Sergio Barraza, quien meses antes había sido liberado. (Al respecto ver en la plataforma de Netflix el documental “Las tres muertes de Marisela Escobedo”, dirigido por Carlos Pérez Osorio). 

Aranza Ramos (28 años), sacada a la fuerza por hombres armados de su casa el 15 de julio de 2021, en Guaymas, Sonora, y localizada sin vida horas después a la entrada de la comunidad en la que vivía. Ella no buscaba a un hijo, sino a su esposo, Bryan Omar Celaya, desaparecido desde el 7 de diciembre de 2020. Dejó huérfana a una niña de un año de edad. 

Francisco Javier Barajas (), integrante de la Comisión de Búsqueda de Personas Desaparecidas de Guanajuato, quien buscaba a su hermana desaparecida y a quien un año después encontró sin vida. Fue asesinado a quema ropa en mayo de 2021. 

Lilly López, integrante del colectivo Madres Buscadoras de Sonora y México fue asesinada. Ella buscaba a su hermano Gilberto López, desaparecido … Le sobrevive su padre, hombre de edad avanzada y recursos limitados. 

No puede finalizar este breve recuento, en el que seguramente faltan historias y nombres, sin que se mencione el caso del buscador de personas desaparecidas Carlos Ontiveros Loza, desaparecido y encontrado sin vida el 7 de mayo de 2023 en Tijuana, Baja California y cuya madre, Diana Loza, irónicamente es exfiscal de la Unidad de Desaparecidos de Tijuana.  

Mirada desencantada 

Dedico esta sección a mi madre Josefina, fallecida el 14 de enero de 2023, quien, por fortuna, nunca tuvo que buscar a una hija o a un hijo desaparecido. Jamás tuvo que cargar con pico y pala para escarbar en la tierra rastreando el fétido olor a muerte. No vivió la terrible incertidumbre de desconocer el paradero y destino de alguien gestado o gestada en su cuerpo, ni pasó las noches en vela preguntándose: ¿“tendrá hambre”, “sentirá frío”, “sufrirá dolor”, “tendrá sed”, “tendrá miedo”, “estará siendo vejada, violada, torturada”, “lo mantendrán vivo forzándolo a trabajar”, “lo golpearán”, “pensará en mí”, “me llamará en su auxilio”? No sintió tampoco estallar la sangre en sus venas o se atragantó con su propia saliva al no poder abrazar al hijo o hija desparecida. 

Habrá que dar gracias a Dios, la vida, el destino, la suerte o el carma porque no tuvo que pasar por semejante horror.  

<em>Ivonne Acuña Murillo.</em><br>
Ivonne Acuña Murillo.

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales. X: @ivonneam

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