Mirada desencantada | AMLO: un presidente aristotélico-cristiano. Autora: Ivonne Acuña Murillo

Especial

Por: Ivonne Acuña Murillo

Imaginar un gobierno en el que la felicidad del pueblo y el amor al prójimo sean el eje de las acciones estatales, supone un enorme salto filosófico-temporal caracterizado por el abandono de lo expresado por el llamado padre de la política moderna, el florentino Nicolás Maquiavelo (1469-1527), para volver a las concepciones de un pensador de la antigüedad clásica, el filósofo griego Aristóteles (384 a.C. – 322 a.C.), y a lo predicado por el Jesús histórico (siglo primero de nuestra era). Es el caso del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), quien reconociendo la separación práctica entre la ética y la política ha optado por unirlas de nuevo.

En su obra, El príncipe (1513), Maquiavelo mostró con ejemplos históricos que la moral privada no debía ser aplicada a la política cuando de conseguir y mantener el poder se trata. Más aún, estableció los fundamentos de lo que hoy se conoce como “razón de Estado”: idea eje que justifica dejar de lado los valores religiosos y la ética privada en función de un supuesto bien mayor: la conservación del Estado. Esto es, las prácticas morales de corte cristiano son remitidas al espacio de la vida privada y, por tanto, expulsadas del ámbito de lo público, este desplazamiento conlleva decretar la separación entre ética y política.

Un ejemplo claro de razón de Estado fue el ofrecido por el expresidente Gustavo Díaz Ordaz, quien se vanaglorió de haber servido a “su país” al detener la amenaza comunista vía el asesinato de estudiantes el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Textualmente declaró, en 1977, dos años antes de morir y como embajador de México en España, que:

… hay un hecho que ensombreció la historia de unos cuantos hogares mexicanos. Yo le puedo decir a usted que estoy muy, muy contento de haber podido servir a mi país en tantos cargos como lo he hecho, que estoy muy orgulloso de haber podido ser presidente de la República y haber podido así servir a México. Pero, de lo que estoy más orgulloso de esos 6 años es del año de 1968 porque me permitió servir y salvar al país, les guste o no les guste, con algo más que horas de trabajo burocrático. Poniéndolo todo, vida, integridad física, horas, peligros, la vida de mi familia, mi honor, el paso de mi nombre a la historia. Todo se puso en la balanza. Afortunadamente, salimos adelante. Y si no ha sido por eso, usted no tendría la oportunidad ‘muchachito’ de estar aquí preguntando.

Con esta respuesta, Díaz Ordaz dio por hecho que de no haber actuado en contra de la movilización estudiantil como lo hizo no habría país (Estado) que defender y desde donde hablar, justificando así la terrible represión de que fueron objeto cientos de estudiantes como parte de una supuesta defensa del “bien común”.

Un ejemplo más, diez años atrás, el 11 de mayo de 2012, lo ofreció alguien que pretendía ocupar la silla presidencial, el entonces candidato Enrique Peña Nieto, aludió igualmente a la razón de Estado en un intento fallido por mostrarse como un gobernante asertivo a quien nunca le temblaría la mano en la defensa del Estado provocando con ello el nacimiento del movimiento estudiantil “#YoSoy132”. En el espacio del auditorio José Sánchez Villaseñor, de la Universidad Iberoamericana, y ante el reclamo estudiantil en torno a la represión que tuvo lugar durante el gobierno estatal (2005-2011) del mismo Peña Nieto, en contra de los habitantes de San Salvador, Atenco, Estado de México, el flamante candidato dijo:

… de un hecho que ustedes conocieron y que sin duda dejó muy claro la firme determinación del gobierno de hacer respetar los derechos de la población del Estado de México, que cuando se vieron afectados por intereses particulares, tomé la decisión de emplear el uso de la fuerza pública para restablecer el orden y la paz y que en el tema lamentable hubo incidentes que fueron debidamente sancionados (joven grita ‘asesino’) y que los responsables de los hechos fueron consignados ante el Poder Judicial. Pero (nuevamente el grito de ‘asesino’), reitero, reitero fue una acción determinada personalmente, que asumo personalmente, para restablecer el orden y la paz en el legítimo derecho que tiene el Estado mexicano de hacer uso de la fuerza pública como además, debo decirlo, fue validado por la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Muchas gracias!

Lo que pasó después, la corretiza por las escaleras magnas de camino a Radio Ibero 90.9 FM, el zapatazo, el baño y la búsqueda de una “salida para salir” son ya historia. Y como testimonio de lo ocurrido, la imagen del cabello lleno de gel superpuesta sobre las figuras, femenina y masculina, a la entrada de baños de la misma universidad.

Al igual que Díaz Ordaz, que antepuso “la historia de unos cuantos hogares mexicanos”, Peña Nieto consideró “incidentes” (“efectos colaterales” diría Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, otro presidente de triste memoria) a los atropellos cometidos en contra de la población civil de San Salvador, las golpizas, las violaciones a 11 mujeres, el que sacaran a rastras y a golpes de su casa a una persona inválida, los golpes a un inocente perro, los arrestos arbitrarios, etc., etc. Todo justificado y legitimado, a decir de él mismo, en pro “del orden y la paz pública”.

Dos muestras bastan para comparar con el discurso y las acciones que hoy el presidente López Obrador, aristotélico y cristiano, ha pretendido dejar como parte de su legado. El cambio en la fuente de la legitimidad estatal, pasando de la idea de un uso “legítimo de la fuerza” a la de “el amor al prójimo”, con la cual el Jesús de la historia pretendió luchar en contra de todos aquellos parámetros de distinción que hacían de personas y pueblos enteros sujetos de exclusión y víctimas de un trato diferenciado: prostitutas, pobres, leprosos, ciegos, tullidos, esclavos, mujeres, pecadores.

López Obrador ha llevado esta idea al punto de afirmar, en la conferencia matutina del 12 de mayo pasado que: “… porque cuidamos a los elementos de las fuerzas Armadas… de la defensa de la Guardia Nacional, pero también cuidamos a los integrantes de las bandas, son seres humanos. Esta es una política distinta, completamente distinta”. El evento que motivó la pregunta y esta respuesta fue la persecución por parte de un grupo del crimen organizado y consecuente “huida” del Ejército, la Marina y la Guardia Nacional, en Nueva Italia, Michoacán, acto que fue defendido por el primer mandatario como “actitud responsable del Ejército al evitar enfrentarse de manera directa con un grupo de presuntos delincuentes”.

Por supuesto, las críticas no se hicieron esperar, como ocurriera cuando, el 17 de octubre de 2019, autoridades mexicanas capturaron y después liberaron al hijo de Joaquín El Chapo Guzmán, Ovidio Guzmán, por órdenes del mismo presidente, bajo el argumento de que iban a morir 200 “inocentes”, en sus propias palabras:

“Yo ordené que se detuviera ese operativo y que se dejara en libertad a este presunto delincuente”, admitió el presidente mexicano. “Es lo que se decidió para no poner en riesgo a la población y para no afectar a civiles. Si no suspendíamos el operativo más de 200 personas inocentes perderían la vida en Culiacán y se tomó la decisión”.

En concordancia con estos hechos y dichos, desde el inicio de la administración en diciembre de 2018, incluso antes, el presidente ofreció amnistía y la búsqueda de una paz distinta, basada en la restitución del tejido social, del apoyo a jóvenes (principal sector del que el narco y la delincuencia organizada se valen para engrosar sus filas) vía becas para estudiar y trabajar, del fin de los ajusticiamientos extrajudiciales y de los enfrentamientos armados entre las bandas y el propio Ejército, del arresto de cabecillas de las diversas organizaciones delincuenciales a cualquier precio y sin importar que fuera la población civil la que lo pagara. “Abrazos no balazos” fue la consigna con la que arrancó AMLO su sexenio y con la que al parecer terminará pues no ha habido, hasta ahora, argumento válido que empuje al presidente a tomar una decisión precipitada en materia armada.

Por si alguna duda quedara sobre su vocación pacifista de corte cristiano, AMLO incluyó en el texto del Grito de Independencia el “viva el amor al prójimo”. La explicación por esta inclusión la ofreció en la conferencia mañanera del 17 de septiembre de 2020, en la que explicó que este amor no se deriva necesariamente de la ideología cristiana, sino que es “…un principio que se concibe se busca aplicar, desde antes del cristianismo. Les podría decir que es como el acta de nacimiento del humanismo. El principio del amor al prójimo”.

A pesar de lo cual, es difícil separar esta idea de “amor al prójimo” del Cristo humano y de la admiración que López Obrador le profesa. Como quedó de manifiesto en la conferencia del 4 de junio de 2021, cuando dijo:

Yo soy cristiano […] pero mi cristianismo, lo que yo practico, tiene que ver con Jesús Cristo, porque yo soy seguidor de el pensamiento y de la obra de Jesús. Creo que es el luchador social más importante que ha habido en el mundo, en la tierra, por eso los poderosos de su época lo seguían, lo espiaban y lo crucificaron, porque él era amor y profesaba un profundo amor a los pobres, a los débiles, a los humildes. Si todos fuésemos cristianos en ese sentido […] si todos fuésemos así, viviríamos en una sociedad mejor.

Esta idea de una sociedad mejor da paso a la finalidad última reconocida por Aristóteles a la Polis, la felicidad. Esta se alcanzaría cuando en un solo hombre, siendo ciudadano y gobernante al mismo tiempo, se unieran la virtud ética con la virtud pública. A decir del filósofo: “el gobernante recto debe ser bueno y prudente” (Política, Libro III, p. 161), sin olvidar que “la virtud del ciudadano está forzosamente en relación con el régimen” (ibídem, p. 160). Es decir, que cada régimen requeriría de una virtud política distinta, no así de una virtud ética diferenciada, que sería la misma en toda forma de gobierno.

Una vez más AMLO y el filósofo griego coinciden. Aunque, para este último, no era siempre posible empatar la ética personal con la política; sin embargo, atribuir la virtud ética (el ser bueno) al buen ciudadano, en cuanto éste pudiera ser buen gobernante (virtud política), podía ser algo deseable. Más deseable aún sería que todos los ciudadanos fueran buenos, no como hombres sino justamente en relación con su calidad ciudadana. A decir del mismo filósofo: “La virtud del buen ciudadano han de tenerla todos (pues así la ciudad será necesariamente la mejor)…” (ibídem, p. 161). Solo que en este punto, mientras Aristóteles habla de la virtud política, AMLO remite a la virtud ética, la del buen hombre que ama a su prójimo como a sí mismo. Sin olvidar, por supuesto, que el estagirita asume como deseable la unión de ambas virtudes, como ya se dijo.

Atendiendo lo expuesto arriba, se podría afirmar que en la visión de AMLO se cumple lo estipulado por Aristóteles, cuando dice que el hombre bueno debe ser igual en cualquier tipo de régimen, no así el que gobierna, pues la virtud de este debe variar de acuerdo con el tipo de gobierno, pues para López Obrador, para ser un buen gobernante en la Cuarta Transformación (4T) se debe amar al prójimo.

Pero no solo en esto coincide AMLO con Aristóteles. Nuevamente, la visión cristiana de López Obrador se une al pensamiento de quien es considerado fundador de la filosofía y la política occidentales, al coincidir con este y sostener que la finalidad última del Estado (la Polis) es la felicidad del pueblo. Para Aristóteles, esta se alcanza cuando se vive bien y se obra bien. Para AMLO: “La felicidad es estar bien con uno mismo, estar bien con nuestra consciencia y estar bien con el prójimo, no lo material, el lujo barato, las marcas, no, eso es de mal gusto” (“’Es mejor la pobreza que la deshonra’: AMLO aconseja a jóvenes que se alejen de lo material”, El Universal, 6 de octubre de 2021).

Finalmente, AMLO retoma un presupuesto aristotélico: “aprender a mandar obedeciendo”, de manera que para que un individuo tenga posibilidad de ser un buen gobernante, debe aprender primero a obedecer antes de mandar. En el caso de López Obrador, la idea es mandar obedeciendo al pueblo, en el cual se encuentra depositada la soberanía, la raíz del poder político, la potentia diría el filósofo Enrique Dussel en sus 20 tesis de política (México, Siglo XXI Editores/Crefal, 2006).

Cabe concluir diciendo que López Obrador es un presidente cuya guía, para cumplir lo que a su entender es un buen gobernante, hunde sus raíces muy atrás en el tiempo, en el pensamiento de un filósofo nacido hace 2400 años y un luchador social del siglo I. Salto cuántico se diría, al abandonar la separación evidenciada por un teórico del siglo XV europeo entre la ética y la política y volver a unirlas a partir de la filosofía aristotélica y el ejemplo de vida de un luchador social temprano.

Mirada desencantada:

A 10 años de la revolución de las conciencias que significó el grito estudiantil “La Ibero no te quiere”, la gran mayoría de políticas y políticos mexicanos no han recibo el mensaje. Ni el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Partido Acción Nacional (PAN), el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y los que forman la llamada “chiquillada”, ya muy cerca en números de los que alguna vez fueron los “tres grandes”, dan señales de haber hecho una profunda autocrítica. Sus posturas, su acercamiento a tres empresarios visibles como Claudio X. González, Gustavo de Hoyos, Gilberto Lozano, cuyo proyecto de Nación se parece más al plan de un grupo de piratas preparados para brincar a un barco y asaltarlo, sus spots, su necedad para no reconocer los logros, pocos o muchos, de este  gobierno y sus absurdas acusaciones en torno a un gobierno que llaman “comunista y autoritario” dejan en claro que el rechazo juvenil a la falta de democracia, mediática y no mediática, y del resto de la población a lo que podríamos denominar “gobiernos fallidos” no aparece en su agenda.

<em>Ivonne Acuña Murillo.</em><br>
Ivonne Acuña Murillo.

Socióloga feminista, académica de la Universidad Iberoamericana. Analista política experta en sistema político mexicano y género. Autora de más de 250 artículos periodísticos y 25 académicos publicados en periódicos y revistas de circulación nacional. Ha contribuido al análisis del presente y el futuro de un país que se desgarra en múltiples medios escritos, radiofónicos y televisivos, tanto nacionales como internacionales.

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